CAPÍTULO 12 · EL HOMBRE QUE ME TOCÓ
El lunes cenábamos en mi casa.
Había sido un día malo incluso antes de la conversación. Dos personas de la oficina estaban de vacaciones, un cliente había entregado documentación fuera de plazo y yo llegué a casa con dolor de cabeza. Berto apareció con comida porque yo le había escrito que no tenía ganas de cocinar.
En otras circunstancias esa escena habría sido agradable: él cortando verdura, yo sentada cerca, música baja. El problema era que llevaba cuarenta y ocho horas usando la boda para construir teorías.
Había repasado fotos, relaciones anteriores y comentarios familiares.
En lugar de preguntarme qué quería, me había preguntado qué significaba estadísticamente estar con Berto a los cuarenta.
Esa forma de análisis era exactamente lo que convertía una relación en una tabla comparativa.
Berto cortaba pimientos y yo estaba sentada en la encimera con una copa de agua.
Habíamos hablado poco desde la boda sobre lo de Merche. El tema no era tabú. Yo llevaba dos días dándole vueltas hasta deformarlo.
—Marta dice que mi tía es idiota —comenté.
—Marta tiene buena capacidad de síntesis.
—Nerea dice que la mande a la mierda.
—También válida.
—Mi madre quiere organizar una intervención.
—Esa me preocupa.
Sonreí. Después dejé de hacerlo.
—¿Tú crees que me he conformado?
Berto dejó el cuchillo.
—¿Con qué?
—Con esta vida.
—Eso es muy amplio.
—Con nosotros.
El silencio cambió la habitación.
Hasta ese momento la cena había sido completamente normal. Habíamos hablado de vacaciones, de un error de un cliente mío y de una incidencia de seguridad en la empresa de Berto. Por eso la pregunta sonó más violenta al caer en medio de una rutina.
Berto apagó el fuego de la sartén antes de contestar. Ese gesto, tan práctico, me avisó de que la conversación iba en serio.
—¿Llevas pensando esto desde la boda?
—Sí, desde entonces.
—¿Y no me lo has dicho hasta ahora?
—No sabía cómo.
—Pues has elegido una forma bastante directa.
—Ya me estoy dando cuenta.
Quise acercarme. Él se movió para dejar el cuchillo en el fregadero y mantuvo la distancia.
Berto dejó de mirar el fregadero y me sostuvo la mirada.
—Explícamelo.
—No sé. Cumplo cuarenta, vuelvo a Tinder, apareces tú, y de repente estoy pensando en parejas, hijos, bodas... cosas que durante años no me preocupaban.
—¿Y eso significa que te has conformado conmigo?
—No he dicho eso.
—Lo has preguntado.
Me bajé de la encimera.
—Estoy intentando entender si esta es la vida que quería o si simplemente he dejado de buscar otra.
En cuanto terminé la frase supe que había elegido mal cada palabra.
Berto apoyó ambas manos en la encimera.
—¿El hombre que te tocó?
—No he dicho eso.
—Es lo que suena.
—Berto, espera.
—Llevo esperando desde Gascona a que un día aparezca esta conversación.
Eso me dolió.
—¿Desde Gascona?
—Vi tu cara cuando me viste. Sé lo que pensaste. Luego cambió, sí. Lo sé. Pero no quiero ser el tío que te sirve porque te cansaste de buscar al de la foto.
Berto lo dijo sin adornos.
—No eres eso.
—Entonces dime qué soy —respondió.
Me enfadó no tener una respuesta rápida.
—Mi pareja.
—Eso es una categoría.
—El hombre al que quiero.
—Eso aclara algo.
—¿Qué quieres que diga?
—Nada concreto. Quiero que cuando dudes no empieces por preguntarte si te has quedado conmigo porque el mercado se cerraba.
«Mercado» me dolió por su precisión. Durante años había hablado de Tinder, de tipos, de opciones, como si encontrar pareja fuera una compra racional.
—No pienso así.
—Hoy sí has pensado así.
No pude discutirlo.
—Entonces necesito que tú también lo sepas.
—Lo sé.
—No parece.
Me crucé de brazos, a la defensiva.
—Tengo derecho a preguntarme cosas.
—Claro que sí. Y yo tengo derecho a no quedarme aquí mientras decides si soy una concesión.
—No te he llamado concesión.
—La palabra exacta da igual.
Berto cogió su chaqueta del respaldo de una silla.
—No quiero que esto se convierta en una amenaza —dijo—. No me voy para castigarte.
—Lo parece.
—Me voy porque estoy enfadado y porque tú no sabes todavía qué quieres decir. Si nos quedamos, acabaremos discutiendo sobre frases en vez de sobre lo que hay debajo.
—¿Y qué hay debajo?
—Eso te toca averiguarlo a ti.
—Qué cómodo.
—No. Cómodo sería decirte que todo está bien para no pasar una noche solo.
Me cerró la boca.
—¿Te vas?
—Sí, me voy un rato.
—Estamos en mitad de una conversación.
—No quiero discutir hasta decir algo peor. Y no quiero acabar acostándome contigo y fingir mañana que está resuelto.
Eso me frenó.
—No iba a hacer eso.
—Yo tampoco.
Se puso la chaqueta.
—Necesito que pienses qué estás preguntando de verdad. Yo ya sé que quiero estar contigo.
—Yo también.
—Entonces vuelve cuando esa frase no lleve un «pero» escondido.
Se fue.
La puerta se cerró despacio. Casi habría sido más fácil si hubiera dado un portazo.
Me quedé en la cocina con los pimientos a medio cortar.
El martes no hablamos.
La ausencia de mensajes convirtió el día en una sucesión de huecos pequeños.
A las ocho esperaba el meme de camino al trabajo.
A la una miré el móvil mientras calentaba comida.
A las seis salí de la oficina y durante unos segundos pensé en escribirle para contarle que Nerea había derramado café sobre una carpeta.
Podía pasar un día sin hablar con Berto y seguir con mi vida. Lo incómodo era descubrir cuántos espacios normales había ocupado sin que yo lo notara.
Nerea detectó algo a media mañana.
—¿Habéis discutido?
—¿Por qué?
—No has mirado el móvil desde que llegaste.
—Eso debería parecerte productividad.
—Me preocupa.
Le conté una versión abreviada. Nerea se quedó seria.
—Eso ha tenido que doler.
—Ya lo sé.
—A él, digo.
—Gracias por aclararlo.
—Y a ti también. No te pongas a la defensiva conmigo.
—Estoy trabajando.
—Estás moviendo la misma factura desde hace cinco minutos.
Miré la pantalla. Tenía razón.
—Déjame.
Me dejó.
El miércoles solo intercambiamos dos mensajes sobre una camisa que yo tenía en casa.
El jueves Marta vino a cenar.
Antes de que llegara llamé a mi madre. No pensaba contarle nada, pero Pilar oyó mi voz.
—¿Estás mala?
—No, mamá.
—Tienes voz rara.
—He discutido con Berto.
Mi madre se quedó en silencio.
—¿Por mi hermana?
—No exactamente.
—Pues si tiene algo que ver, le arranco la cabeza.
—Mamá.
—Estoy hablando metafóricamente.
—Espero.
Le expliqué lo suficiente para que entendiera el conflicto sin contarle cada frase.
—¿Tú lo quieres? —preguntó.
—Sí, lo quiero.
—¿Entonces qué estás intentando decidir?
—No lo sé.
Pilar suspiró.
—Yo te he metido mucha prisa con cosas que igual ni querías. Eso lo entiendo ahora. Pero no conviertas la prisa que te metimos nosotros en una razón para desconfiar de lo que sí quieres.
Mi madre no solía hablar así. Me quedé callada.
—¿Mamá?
—¿Qué?
—Eso ha sido bastante sensato.
—No te acostumbres.
Me reí. Después llegó Marta.
Le conté la conversación entera sin corregirme para parecer mejor.
—Metiste la pata —dijo.
—Gracias por la suavidad.
—No te lo digo para castigarte. Pero preguntarle si te has conformado con él, sabiendo lo de las fotos, era ir directa a la única herida que sabías que tenía.
—No quería hablar de su físico.
—Ya. Pero él no puede borrar el principio de vuestra historia.
Me serví más agua.
—¿Y qué hago?
—Averigua si la pregunta era sobre Berto o sobre ti.
—Eso es muy de terapia.
—Pues págame.
Pasé el viernes sola.
Volví a casa andando por calles donde había estado con Berto. Oviedo era pequeño y nuestra relación ya estaba repartida por muchos sitios: la librería, el mercado, una esquina donde una vez esperamos un taxi y la ferretería.
Me senté en un banco con la libreta negra que Marta me había regalado al cumplir cuarenta.
En la portada seguía diciendo «PLANES QUE ME DAN LA GANA».
Abrí una página en blanco y escribí dos columnas.
LO QUE QUERÍA.
LO QUE CREÍA QUE TENÍA QUE QUERER.
La primera se quedó casi vacía al principio: viajar, tener mi casa, trabajar en algo que se me diera bien, mantener mi independencia económica y querer a alguien sin sentirme atrapada.
La segunda se llenó mucho más deprisa: casarme antes de cierta edad, tener hijos antes de otra, estar con un hombre que quedara bien en fotos, comprar una casa grande y hacer las cosas en el orden correcto.
Me quedé mirando la diferencia.
Berto no estaba obligándome a renunciar a la primera lista.
El conflicto nacía de la segunda. Salí a caminar después del trabajo y terminé delante de la ferretería donde había aparecido la palabra novio. Me pareció ridículo que un sitio tan poco romántico tuviera de pronto importancia.
Pensé en Dani. En otros hombres. En las cosas que creía querer cuando tenía treinta. Muchas ni siquiera eran deseos. Eran imágenes prestadas.
Un hombre alto, una casa grande y una boda bonita, quizá.
Dos hijos, porque en algún momento todos dibujamos familias de cuatro miembros sin preguntarnos por qué.
Berto no había sustituido esos planes.
Había obligado a preguntarme si alguna vez habían sido míos.
La diferencia importaba.
Me quedé en el banco bastante tiempo con la libreta abierta sobre las piernas.
La primera columna parecía escrita por una persona. La segunda, por un comité.
Volví a leer «casarme antes de cierta edad» y traté de recordar cuándo había decidido aquella edad. No encontré el momento. A los veinte pensaba que treinta era lejísimos, a los treinta me parecía razonable esperar y después cada cumpleaños había movido el límite sin que nadie lo anunciara.
Escribí al lado: «¿Quién dijo 35?».
Nadie.
Con los hijos ocurría algo parecido. Había tenido momentos de deseo, claro.
Una amiga me había puesto a su bebé en brazos años atrás y durante una tarde entera imaginé cómo sería tener uno.
También había pasado fines de semana con niños ajenos en los que la idea de volver a un piso silencioso me había parecido un privilegio.
Las dos cosas podían ser verdad.