CAPÍTULO 11 · EL ARROZ #2
Durante una canción lenta vi a Merche al otro lado de la pista. Aparté la mirada.
No quería que ella tuviera más espacio en mi noche. Merche no volvió a mencionar el tema. Pilar me preguntó si estaba bien y, cuando le conté lo ocurrido, se enfadó con su hermana de una manera casi cómica.
—Le voy a decir cuatro cosas.
—No, mamá.
—A mí puede decirme lo que quiera.
—Eso no tiene sentido.
—Ya me entiendes.
—Precisamente por eso: no quiero otra guerra familiar.
Pilar resopló.
—Pues que no vuelva a hacerlo.
Berto bailó conmigo después de la cena. Bailaba fatal. Yo también.
Berto llevaba media hora intentando seguir el ritmo de una canción rápida y ya estaba sudando.
—Esto cuenta como ejercicio —dijo.
—No uses la boda para justificar nada.
—Estoy quemando la croqueta diecisiete.
—¿Mi madre te ha contado cuántas has comido?
—Tu madre lleva un registro.
Pilar, a dos metros, bailaba con Iván y parecía mucho más en forma que nosotros. La vi reírse y pensé en todo lo que había cambiado durante los últimos meses. Seguía metiendo la pata y yo seguía enfadándome, aunque empezaba a escuchar de otra manera.
Quizá crecer también podía ocurrir a los sesenta y tantos. Durante una canción lenta me arrimé a Berto y dejé la mejilla contra su hombro.
—¿Sigues pensando? —preguntó.
—Sí, bastante.
—Mal hábito.
—Muchísimo, lo sé.
—No tenemos que resolverlo esta noche.
—Ya lo sé.
Me apretó un poco contra él.
Fue suficiente.
Al día siguiente quedé con Marta y Nerea para comer algo tarde. Berto se fue a ver a Javi y yo agradecí unas horas sin convertir cada pensamiento en una conversación de pareja.
Nerea apareció con gafas de sol aunque el cielo estaba gris.
—Tengo resaca emocional —anunció.
—Eso no existe —dijo Marta.
—Bailé con un primo de Cristina durante media hora y ahora sé demasiadas cosas sobre criptomonedas.
—Entonces sí existe.
Nos sentamos en una terraza cubierta. Yo intenté hablar de la comida, del vestido de Lucía y de una señora que se había llevado por error el chal de mi madre. Aguanté doce minutos.
—Merche me habló del arroz —dije.
Marta dejó el vaso.
—La vi acercarse. Pensé en llamar a seguridad.
—La finca no tenía seguridad para tías pesadas.
—Fallo de organización —añadió Nerea.
Les conté la conversación con Berto en la calle. Cuando llegué a la parte de los hijos, Nerea dejó de bromear.
—Yo sí quiero —dijo.
La miré.
—¿Hijos?
—Creo que sí. No mañana y desde luego no con cualquiera, pero cuando imagino mi vida más adelante aparecen. Dos, incluso. Luego pienso en dormir cuatro horas y se me pasa un poco.
Marta tomó una aceituna.
—Yo a los veinticuatro estaba convencida de que tendría tres. Tuve uno y descubrí que las convicciones salen baratas antes de vivirlas.
—Eso suena a que te arrepientes —dijo Nerea.
—Ni de lejos. Adoro a Hugo. También sé que mi vida con un hijo no se parece a la que imaginaba cuando quería tres. Me separé, cambié de trabajo, hubo años en que llegar a fin de mes era más urgente que cualquier plan de familia numerosa.
Yo jugué con la servilleta.
—Y yo no sé si quiero ninguno. Eso es lo que me hace sentir defectuosa.
Marta negó con la cabeza.
—Lo defectuoso sería fingir certeza porque la gente la espera.
Nerea se inclinó sobre la mesa.
—A mí me pasa al revés. Cuando digo que quiero tener hijos, alguna gente me habla como si hubiera elegido renunciar a mi cerebro. Parece que solo hay una respuesta feminista correcta y nadie se ha puesto de acuerdo sobre cuál es.
—Magnífico —dije—. Así puedo sentirme mal elija lo que elija.
—Eso sí es igualdad —respondió Marta.
Nos reímos. La camarera trajo comida y durante unos minutos hablamos de otras cosas.
Me vino bien que ninguna intentara resolverme.
Nerea quería una vida que quizá incluyera hijos.
Marta ya era madre y sabía lo poco que una decisión garantizaba el resto.
Yo seguía en medio, sin una respuesta limpia.
—Lo que me asusta —dije más tarde— no es despertarme mañana queriendo un bebé. Me asusta que dentro de cinco años lo quiera y piense que llegué tarde.
Marta apoyó los codos en la mesa.
—Eso puede pasar. También puedes tener un hijo ahora por miedo y dentro de cinco años preguntarte por qué tomaste una decisión enorme para evitar un arrepentimiento hipotético.
—Gracias por añadir otro miedo.
—No intento tranquilizarte. Intento que no conviertas el miedo en brújula.
Nerea asintió, pero añadió:
—Y tampoco uses el argumento contrario para aplazarlo eternamente si un día sí sabes que quieres. Hay cosas que tienen tiempos reales. No pasa nada por reconocerlo.
Las miré a las dos.
—Qué poco útil es hablar con adultas.
—Podemos volver a Tinder —propuso Nerea—. Ahí todo se resuelve deslizando un dedo.
—Prefiero seguir con el útero.
Marta se rio.
Terminamos sin conclusión y aquello me alivió más que cualquier consejo. Salí de allí sabiendo que podía querer a Berto y seguir teniendo preguntas. El problema empezó cuando, en lugar de aceptar que las preguntas eran mías, intenté convertirlas en una prueba sobre la relación.
El problema apareció dos días después, cuando la calma me dejó espacio para pensar peor.