CAPÍTULO 11 · EL ARROZ
El comentario llegó en una boda ajena, que parecía el sitio más lógico para que alguien opinara sobre mi útero.
La semana anterior ya había habido señales.
Una clienta de la asesoría, al saber mi edad por una documentación, me había dicho que «todavía aparentaba treinta y pocos».
Le di las gracias por educación y después me quedé pensando por qué cumplir la edad que tenía debía considerarse un problema estético.
Nerea lo resumió en la oficina:
—A partir de treinta y cinco, a las mujeres nos felicitan por parecer que el tiempo no ha pasado y luego nos meten prisa porque está pasando.
—Maravilloso sistema.
—Muy coherente.
Yo había logrado reírme de aquello. Con Merche fue distinto porque la frase venía de una voz que llevaba escuchando desde niña.
Era la boda de Lucía.
El evento empezó al mediodía en una finca a las afueras. Mi madre había decidido que debíamos llegar con una hora de margen «por si acaso», como si el matrimonio dependiera de nuestra puntualidad. Berto y yo aparecimos antes que medio servicio de catering.
—Esto te pasa por dejar que tu madre organice transportes —dijo.
—He intentado explicarle que los invitados no tenemos que montar las mesas.
—Todavía puede ponernos a doblar servilletas.
Pilar apareció detrás con una caja pequeña.
—Cristina, lleva esto a la novia.
Berto señaló la caja con expresión resignada.
—Servilletas en cinco minutos.
La caja contenía unos pendientes que Lucía había olvidado en casa de su madre. Crucé la finca, encontré a mi prima rodeada de amigas y volví veinte minutos después. Berto estaba ayudando a un camarero a mover dos sillas porque mi madre le había dicho que «ya que era fuerte».
—¿Ves? —dije.
—Me ha adoptado.
—Te avisé.
Antes de la ceremonia tuvimos tiempo de observar a los invitados. Había bebés, adolescentes, parejas de todas las edades, gente divorciada que asistía con nuevas parejas y una tía abuela que llevaba viuda treinta años y parecía la persona más feliz del recinto.
Pensé que, visto así, la idea de una única vida correcta resultaba bastante difícil de sostener. Mi prima llevaba meses preparándola y yo había conseguido sobrevivir a conversaciones sobre manteles, flores y la distribución de mesas sin desarrollar una alergia visible. Fui con Berto.
Pilar estaba encantada. Merche también, aunque por razones distintas.
Durante la ceremonia me senté entre Berto y mi madre. Lucía entró del brazo de su padre y Pilar empezó a llorar antes de que la música hubiera terminado. Berto me pasó un pañuelo por delante sin mirarme.
—Es para ella —susurró.
—Ya lo sé.
—Tú también tienes los ojos raros.
—Alergia.
—En octubre.
—Muy fuerte.
La ceremonia fue bonita sin ser reveladora. Lucía y su novio se emocionaron. Yo también. Eso no despertó un deseo repentino de estar en su lugar. Me gustó poder separar ambas cosas: celebrar la elección de otra persona sin convertirla en un modelo para la mía.
En el cóctel, mientras Berto hablaba con Iván, mi tía se acercó con una copa.
Merche llevaba toda la mañana orbitando cerca. Ya me había preguntado si el anillo que llevaba en la mano derecha era «de compromiso» y había logrado interesarse por dónde vivía Berto con una precisión casi inmobiliaria.
—¿Vivís juntos? —preguntó antes de la ceremonia.
—No, vivimos separados.
—Bueno, poco a poco.
—Merche, llevamos unos meses.
—A ciertas edades tampoco conviene dormirse.
Mi madre le dio un codazo.
—Déjala.
—Si no digo nada malo.
Esa era la especialidad de mi tía. Las frases nunca eran malas si se examinaban por separado. Juntas formaban un expediente completo sobre todo lo que yo llevaba tarde.
—Qué majo es Alberto.
—Berto.
—Eso. Muy simpático.
—Sí, se llama Berto.
—Y se le ve buena persona.
Reconocí el tono. Venía una frase con cuchillo escondido.
—Merche, por favor.
—¿Qué he dicho?
—Sigue, que seguro mejora.
—Solo iba a decir que me alegro. Al final, cuando una deja de mirar tanto el envoltorio, encuentra lo importante.
Se me borró la sonrisa.
—¿Perdona?
—No te pongas así. Es un piropo.
—¿A quién?
—A él. Y a ti. Que has madurado.
Me reí sin ganas.
—Qué suerte para todos.
Merche bebió, sin darse cuenta de que estaba cavando.
—Ahora solo os falta daros prisa con lo demás, que el arroz tampoco espera eternamente.
El comentario me golpeó con una mezcla de rabia y vergüenza que me dejó sin respuesta inmediata.
Marta apareció a tiempo para llevarse a Merche con una excusa. Yo fui al baño.
Me miré en el espejo durante un rato. Tenía cuarenta años, un vestido que me encantaba, una pareja que me hacía feliz y la sensación de que alguien acababa de reducirlo todo a una carrera que seguía perdiendo.
Berto me encontró fuera.
—¿Qué pasó?
—Merche.
—Eso explica bastante.
—Ha dicho que he madurado porque estoy contigo.
Frunció el ceño.
—Qué amable.
—Y que el arroz no espera.
—Eso ya es menos amable.
—Me quiero ir un rato.
—Salimos ahora mismo.
Lo dijo sin preguntarme si exageraba ni recordarme que Lucía se casaba una sola vez.
—No puedo irme ahora. Mi madre me mata.
—Entonces salimos diez minutos, damos una vuelta y decides después.
Fuimos hasta una calle lateral.
Nos sentamos en un muro bajo, lejos del ruido. Berto no me tocó hasta que fui yo quien apoyó una mano en su rodilla.
—Me da rabia que me afecte —dije.
—Es tu familia.
—Precisamente. Debería saber ignorarlo.
—Llevas años oyéndolo. Eso no te vacuna.
—A veces pienso que si hubiera tenido un hijo a los treinta y cinco nadie me preguntaría si quería ser madre. Sería un hecho consumado.
—Probablemente te preguntarían por el segundo.
Me reí a pesar de todo.
—Qué horror.
—La gente tiene mucho tiempo libre.
Me apoyé contra él.
—¿Tú has pensado alguna vez en ser padre?
Berto miró al frente.
—Cuando estaba con Laura hablamos de ello. En abstracto. Ella decía que sí quería. Yo decía que probablemente también. Nunca llegamos a decidir nada.
—¿Y ahora?
—Ahora no quiero prometer una respuesta para tranquilizarte. Si me preguntas si mañana quiero buscar un hijo, te digo que no. Si me preguntas si descarto ser padre, tampoco.
La sinceridad tenía menos brillo que una promesa y mucha más utilidad. El ruido de la boda quedó detrás.
—¿Tú quieres hijos? —pregunté.
Berto se detuvo.
—Ahora mismo, ¿en esta calle?
—Sí, ahora mismo.
—No tengo una respuesta distinta a la que te di en Gascona.
—Han pasado meses.
—Y sigo sin querer tener un hijo para cumplir una fecha.
Me abracé los brazos.
—A mí me pasa una cosa muy estúpida.
—Cuéntamela.
—No sé si quiero ser madre. Nunca he tenido esa certeza. Pero me agobia pensar que un día ya no podré elegirlo.
Berto tardó un poco en responder.
—Eso no suena estúpido.
—Suena contradictorio.
—La gente es contradictoria.
—Tú siempre tienes respuestas muy tranquilas.
—Porque no me está pasando en mi cuerpo.
Aquello me sorprendió.
Berto siguió:
—Puedo decirte lo que pienso de mí. Si un día quisiera tener hijos, tendría que ser porque quiero esa vida. Tu miedo a perder una opción no puede decidirlo por nosotros, y yo tampoco quiero usar un hijo para arreglarte ese miedo.
—¿Y si yo decido que quiero?
—Entonces hablamos de lo que queremos los dos.
—¿Y si tú no quieres?
—También hablaremos.
Agradecí que no prometiera cambiar de opinión por mí.
—También hay otra cosa —dije.
—¿Cuál?
—Me da miedo que tú sí quieras y yo te haga perder tiempo.
La sorpresa se le notó en la cara.
—¿Ves cómo volvemos al reloj?
—Lo sé.
—Si un día yo quiero algo que tú no quieres, tendremos un problema real. Hoy no existe ese problema. No quiero vivir enfadado con una versión futura de ti.
—Eso suena demasiado sensato.
—Llevo traje. Me afecta.
Le toqué la corbata.
—Te queda bien.
—Gracias. Me está estrangulando.
La normalidad volvió poco a poco.
Volvimos a la boda.
Lucía estaba feliz. Eso fue importante. Verla no me produjo envidia, sino alegría. Caminó entre las mesas con el vestido ya manchado en el bajo, abrazó a todo el mundo y acabó comiendo un trozo de tarta con los dedos porque alguien había retirado los cubiertos.
—Mira —le dije a Berto—. Se ha casado y sigue siendo ella.
—¿Esperabas que se transformara?
—Mi familia habla de casarse como si te entregaran un diploma de adulto.
—A Sergio le entregaron un certificado de ministro por internet.
—No compares.
—Es bastante bonito.
—Cállate.
Bailamos. En una canción rápida Berto casi pisó a una niña. En otra acabó con mi madre, que bailaba mucho mejor que él y se lo hizo saber.
Más tarde, cuando la música ya había empezado y Berto estaba hablando con mi madre, Lucía me encontró junto a la mesa de dulces. Se había quitado los zapatos y llevaba el vestido recogido con una mano.
—Me han dicho que Merche ha estado en forma —dijo.
—Información clasificada.
—Es mi tía también. Conozco el género.
Cogió un trozo de tarta directamente de una bandeja.
—A mí me ha preguntado esta mañana cuándo vamos a buscar niño.
La miré.
—¿Hoy?
—Mientras me maquillaban. Me estaba casando y ya había otra casilla pendiente.
Me hizo reír.
Lucía mordió la tarta.
—Llevamos dos horas casados y ya me han preguntado por casa, hijos y si voy a cambiar de apellido. Te prometo que no existe una meta donde dejen de opinar.
—Eso es deprimente.
—A mí me ha servido para enfadarme menos. Si haces una cosa, aparece la siguiente.
Miré hacia Berto. Estaba intentando seguir una explicación de Pilar sobre una vecina a la que no conocía.
—Yo llevaba años pensando que, si conseguía lo que tocaba, la gente dejaría de mirarme como si faltara algo.
—La gente necesita entretenimiento.
—Gran consuelo.
Lucía me dio un pequeño golpe con el hombro.
—No te digo que no pienses en lo que quieres. Solo que no esperes que hacerlo calle a Merche. Es físicamente imposible.
Nos reímos y alguien vino a buscar a la novia para una foto.
La vi alejarse descalza, con la tarta todavía en la mano. Acababa de cumplir una de las grandes metas que mi familia llevaba años colocándome delante y ni siquiera había terminado el día sin recibir la siguiente pregunta.
La idea se me quedó dentro durante el resto de la boda.