Las bragas del revés CAPÍTULO 10 · MI NOVIO, SUPONGO #2
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CAPÍTULO 10 · MI NOVIO, SUPONGO #2

—Pero para los dos —insistió el hombre.

Yo intervine.

—Ciento cincuenta, firmeza media y que no haga ruido.

El vendedor asintió con profesionalidad absoluta.

Berto esperó a que se alejara.

—Lo de que no haga ruido ha sido muy específico.

—Roncas. No necesitamos más banda sonora.

Probamos cuatro. Elegimos uno. Yo pagué la mitad de las almohadas nuevas porque me negaba a dormir otra vez sobre la suya, que tenía la consistencia de una galleta usada.

—Esto ya parece convivencia —dijo al cargar las bolsas.

—Parece higiene del sueño.

—Otra palabra sexy.

—Somos adultos.

Me mandó una foto del somier todavía embalado.

«El amor me ha hecho perder espacio útil de habitación.»

«La fisioterapia te lo agradecerá.»

«La funda cabe.»

«Ni se te ocurra.»

La funda de cohetes sobrevivió. Compró otra gris, pero guardó la vieja y la usaba cuando la nueva estaba lavándose.

—Es patrimonio histórico —dijo.

—Es una amenaza visual.

—Tiene valor sentimental.

—Nos acostamos una vez encima. No exageres.

—Una vez decisiva.

En julio empezamos a pasar fines de semana enteros juntos sin plan.

Un sábado fuimos al mercado por la mañana y regresamos con más comida de la necesaria porque Berto compraba como si fuera a quedarse aislado por una nevada. Cocinamos una fabada rápida que mi madre habría considerado un sacrilegio y luego discutimos sobre una película.

A media tarde, Berto se durmió en el sofá mientras yo leía. Tenía los pies apoyados sobre mis piernas. Me sorprendió cuánto me gustaba aquella escena precisamente porque no estaba ocurriendo nada.

La cena no tenía nada especial. Tampoco había sexo en el horizonte inmediato, amigos alrededor ni una fecha que celebrar. Era un sábado cualquiera.

Durante años había pensado que el amor, si volvía a encontrarlo, se notaría en las grandes decisiones.

Empecé a sospechar que podía esconderse mejor en conocer el sonido exacto de alguien durmiéndose a tu lado mientras tú sigues con tu libro.

Ahí descubrí cosas más importantes que su capacidad para hacer memes.

Berto dejaba los cajones abiertos. Yo apagaba luces detrás de él.

Él cocinaba y ensuciaba cuatro utensilios para una receta que podía hacerse con dos.

Yo ordenaba la cocina mientras seguía cocinando y lo ponía nervioso.

También descubrí que sabía estar callado.

Un sábado trabajé desde casa tres horas porque teníamos cierres. Berto estaba en el salón con su portátil, me dejó café y siguió con lo suyo sin reclamar atención ni preguntar cada diez minutos cuándo acababa.

A las dos cerré el ordenador.

—He terminado.

—Bien. Tengo hambre.

—Qué apoyo emocional.

—Llevo una hora sin decirte que tengo hambre. Eso es amor.

Amor se quedó un segundo en medio de la habitación.

Berto levantó la vista del portátil.

—Ha sido una forma de hablar.

—Eso ya lo sé.

—No me mires así.

—No te miro de ninguna manera.

—Estás haciendo la cara.

—¿Qué cara?

—La de auditora emocional.

Me reí y fui a la cocina.

El amor no entró en la conversación ese día. Media hora después sí acabamos teniendo sexo sobre la encimera, tras una discusión sobre si pedir comida o cocinar. Fue menos solemne y más torpe que otras veces. Yo terminé riéndome contra su cuello porque Berto tiró una cuchara al suelo con el pie.

—No te muevas —dijo.

—Estás encima de mi calcetín.

—Problemas serios.

—Muchísimo.

Después nos duchamos y pedimos comida igualmente.

La relación se volvió doméstica sin pedir permiso.

También hubo roces menos encantadores. Una noche llegué a casa de Berto y descubrí que había invitado a Sergio y Javi a ver un partido sin acordarse de decírmelo. Yo llevaba todo el día pensando en cenar tranquila con él.

—Podías haber avisado.

—Pensé que no te importaría.

—No me importa que estén. Me importa llegar y descubrir que el plan ha cambiado.

Berto entendió la diferencia después de intentar defenderse durante treinta segundos.

—Tienes razón.

—No digas eso con cara de sufrimiento.

—Estoy aprendiendo a convivir con la derrota.

—No es derrota.

—Lo estoy entendiendo.

Me avisó desde entonces. Yo, a cambio, tuve que aprender que reorganizarle los cajones sin preguntar también era una invasión, aunque objetivamente quedaran mejor.

—No encuentro los cargadores.

—Están en la caja que pone CARGADORES.

—Antes estaban donde yo sabía.

—Estaban por tres habitaciones.

—Sistema distribuido.

—Te odio.

Esas discusiones pequeñas fueron haciendo algo que las citas no podían: probar que la compatibilidad no era ausencia de conflicto, sino capacidad para resolver estupideces sin convertirlas en amenazas.

Un cepillo de dientes, una llave, una compra compartida, una discusión por la temperatura del dormitorio. Cosas pequeñas.

Y cuanto más feliz estaba, más aparecía una pregunta incómoda.

¿Era esta la vida que había imaginado? En absoluto.

Durante años, cuando pensaba vagamente en una pareja futura, imaginaba otro tipo de hombre. Más alto, quizá. Más parecido a las fotografías antiguas de Berto, si quería ser cruelmente específica. Alguien que encajara en una imagen que nunca había escrito pero que existía.

Ahora estaba con un hombre que roncaba, guardaba fundas de cohetes y podía hablar veinte minutos de copias de seguridad.

Y estaba francamente bien, tanto que en teoría el asunto debería haberse resuelto solo.

En cambio, una parte de mí seguía intentando comparar.

Una noche, después de cenar, Berto me encontró mirando unas fotos antiguas en el móvil.

Había abierto la carpeta buscando otra cosa. Las fotografías estaban ordenadas por años y, al deslizar, aparecieron viajes, cumpleaños y cenas con personas que ya no formaban parte de mi vida cotidiana.

Lo que me atrapó fue verme a mí misma, no la nostalgia por Dani. A los treinta y dos, treinta y cuatro, treinta y seis, siempre había pensado que tenía tiempo para decidir después. Ahora las fotos demostraban que «después» había ido pasando sin anuncio.

Berto vio mi expresión antes de ver la pantalla.

—¿Todo bien?

—Sí. Estoy teniendo una crisis estadística.

—Eso suena a ti.

Me senté a su lado. No quería que interpretara el pasado como competencia, pero aún no sabía explicar que lo que me inquietaba era mi propio calendario.

—¿Qué ves?

—La boda de una amiga.

Berto acercó su silla.

—Ese es Dani, ¿no?

—Sí, ese es.

—Tu madre me hizo dossier.

—Lo siento.

—No pasa nada.

Pasé la foto.

Notó que me había quedado enganchada a la foto.

—¿Estás bien?

—Estoy bien.

—Eso ha sonado a respuesta de oficina.

Bloqueé el móvil.

—Solo estaba pensando en cosas.

—Peligroso.

—Mucho.

Confiaba en él, aunque todavía me daba vergüenza formular en voz alta las cosas que estaba pensando.

El domingo siguiente, mientras preparábamos desayuno, Berto me llamó desde la cocina.

—Novia.

—No me llames novia como si fuera mi nombre.

—Cristina, entonces.

—Mejor.

—Se ha acabado el café.

—Eso sí es motivo de ruptura.

Me puse una chaqueta para bajar a comprar.

En el espejo de la entrada nos vi juntos. Él detrás, despeinado de barba, camiseta vieja. Yo con el pelo recogido y cara de sueño.

Parecíamos una pareja sin necesidad de convertirlo en promesa, prueba o decisión provisional.

Y aquella vez la imagen no me incomodó.

Lo que me asustó fue lo mucho que me gustó.