CAPÍTULO 10 · MI NOVIO, SUPONGO
La palabra «novio» apareció en junio en una ferretería.
Para entonces nuestras agendas ya se trataban como información compartida. Yo sabía qué noches tenía él incidencias programadas y Berto sabía cuándo cerrábamos trimestre. Avisarnos había sustituido a pedir permiso.
Una tarde me llamó desde el trabajo.
—Voy a salir tarde.
—Vale. Yo también.
—¿Cenamos mañana?
—Mañana tengo a mi madre.
—¿Miércoles?
—Miércoles.
Colgamos en menos de un minuto. Dejé el teléfono sobre la mesa con una sensación extraña de estabilidad.
Había pasado años asociando pareja con conversaciones constantes, negociaciones y cierta pérdida de libertad.
Con Berto, muchas veces, la relación consistía simplemente en saber que el miércoles nos veríamos y seguir con el martes.
No hubo cena, conversación solemne ni música de fondo. Berto y yo estábamos comprando tornillos para fijar una balda en mi despacho porque la anterior había decidido inclinarse hacia la libertad.
El dependiente nos preguntó qué medida necesitábamos. Di la cifra y Berto me corrigió antes de que pudiera repetirla.
—Es más larga.
—La medí yo.
—Mediste el hueco, no la balda.
—Sé medir una balda.
El dependiente nos miró como quien había visto miles de discusiones domésticas.
—Hazle caso a tu novio —dijo—. Si luego sobra, cortáis.
Yo abrí la boca.
Berto cogió la caja de tornillos.
—Eso llevo diciéndole diez minutos.
Salimos de la tienda.
—¿Acabas de aceptar «novio» sin consultar?
—Estábamos con un señor de tornillos. No parecía momento para una cumbre.
—Podías haberlo corregido.
—Podías tú.
Caminamos unos metros.
—No lo hice porque habría sido raro.
—Yo tampoco.
—Eso no significa nada.
—Por supuesto.
Entramos en mi portal.
En el ascensor, antes de la pregunta del «novio», Berto llevaba la caja de tornillos y una bolsa con tacos. Yo sostenía una balda pequeña que habíamos comprado porque la anterior estaba dañada.
—Si esto cae encima de mis libros, te responsabilizo.
—Has sido tú quien ha elegido el sistema.
—Tú has corregido la medida.
—Entonces será culpa compartida.
Las puertas se cerraron.
Nos vimos reflejados en el espejo del ascensor cargando material de ferretería como una pareja que llevara años haciendo arreglos domésticos.
La imagen provocó la pregunta antes de que pudiera pensármela demasiado.
—¿Quieres ser mi novio? —pregunté en el ascensor.
Berto tardó dos segundos en decidir si hablaba en serio.
—¿Me lo estás pidiendo como quien renueva un seguro?
—Estoy intentando aclarar un término.
—Pues sí.
—¿Sí qué?
—Sí quiero ser tu novio, Cristina.
Sentí una mezcla absurda de alivio y vergüenza.
—Me alegro.
—Qué romántico.
—No te acostumbres.
—¿Y tú quieres ser mi novia?
—Supongo.
—Respuesta preciosa.
Lo besé antes de que pudiera seguir riéndose.
Aquella tarde montamos la balda.
Tardamos casi dos horas porque la pared resultó ser más dura de lo esperado. Berto pidió mi taladro. Yo observé cómo medía tres veces.
—Pensaba que mi medida estaba mal.
—Era la longitud de la balda, no los agujeros.
—Admite que soy útil.
—Eres administrativamente competente.
Cuando terminamos, nos sentamos en el suelo a mirar el resultado.
—Mi novia tiene una balda recta —dijo.
Dicho a propósito, novio sonó distinto.
—Tu novia te va a cobrar mano de obra si sigues provocando.
—Pero no has protestado.
Berto tenía razón con la medida y me negué a reconocérselo hasta que quedó colocada.
Dos días después de la ferretería, Berto me escribió a las siete para decir que estaba tomando algo con gente del trabajo cerca del centro.
«Si sales pronto y te apetece, estamos aquí.»
La invitación me gustó por la forma. Podía ir. Podía no ir. Nadie había organizado una presentación oficial.
Salí de la asesoría a las ocho menos cuarto. Nerea me vio guardar el portátil y preguntó si tenía plan.
—Berto está con unos compañeros.
—Tu novio, quieres decir.
—No abuses de una decisión recién estrenada.
—La palabra tiene garantía de dos años.
Le lancé un bolígrafo que no llegó ni a la mitad de su mesa.
El bar estaba a diez minutos andando. Reconocí a Berto por la espalda y a Rubén porque había aparecido tantas veces en mensajes que me pareció injusto conocer ya sus horarios de menú sin haberle visto la cara. Eran cuatro alrededor de una mesa alta, con dos portátiles cerrados junto a las bebidas.
Berto se levantó al verme.
—Has venido.
—Observación impecable.
Me presentó sin solemnidad. Rubén me dio la mano y señaló a Berto con la barbilla.
—Así que tú eres la que ha conseguido que deje de pedir comida tres noches seguidas.
—No he conseguido nada. Sigue haciéndolo cuando no miro.
—Traición —protestó Berto.
Luego pasaron al trabajo. Al principio me perdí en nombres de aplicaciones internas, despliegues y una migración que había salido mal meses atrás. Berto traducía alguna cosa cuando veía mi cara, pero no intentaba convertir cada anécdota en un espectáculo para mí.
Me gustó observarlo sin ser el motivo de la reunión.
En casa de Sergio y Javi había visto al amigo.
Allí vi al profesional. Hablaba menos que los otros, preguntaba datos concretos y tenía una manera muy tranquila de corregir cuando alguien exageraba.
Rubén contó una caída de servicio de la semana anterior y aseguró que habían estado «al borde de la guerra».
—Fueron diecisiete minutos —dijo Berto.
—Diecisiete minutos con el director llamando cada dos.
—Eso sí fue la guerra.
Una compañera que estaba sentada frente a mí se rio.
—Alberto es insoportable cuando hay una incidencia grande.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque cuanto peor va todo, más tranquilo habla. El resto estamos convencidos de que arde el edificio y él pregunta quién ha tocado la última configuración.
Berto levantó el vaso.
—El pánico no mejora los registros.
—En casa también es así —dije.
—Mentira. En casa entro en pánico con los cajones.
—Porque no los cierras.
Rubén nos miró divertido.
—Qué bonito. Discutís de almacenaje.
—La pasión adulta tiene formas inesperadas —respondió Berto.
A las ocho y media vibró su teléfono. Lo miró, dejó el vaso y toda la ligereza de la conversación se le borró de la cara.
—Perdonad, tengo que coger esto.
Se apartó hacia la puerta. Desde donde estaba podía verlo hablar con una mano en el bolsillo. No oía las palabras, pero sí el tono. Dio dos instrucciones, esperó, pidió que le repitieran un dato y sacó el portátil de la mesa.
Rubén suspiró.
—Ya tenemos noche.
—¿Es grave?
—Puede ser una tontería o puede cenarnos el jueves.
Berto volvió.
—Se ha quedado un proceso bloqueado. Rubén, ¿tienes acceso al panel desde ahí?
Durante quince minutos dejaron de estar de copas. Abrieron los portátiles y trabajaron en la mesa alta mientras yo hablaba con la otra compañera. Nadie me pidió que esperara ni me hizo sentir abandonada. Yo tampoco necesitaba que Berto cerrara el ordenador para demostrarme interés.
A los veinte minutos se recostó en el taburete.
—Resuelto.
Rubén cerró el portátil.
—Te debo una.
—Me debes seis desde enero.
—Llevas la cuenta porque eres mala persona.
Berto se volvió hacia mí.
—Perdona.
—¿Por qué?
—Te he invitado y me he puesto a trabajar.
—Yo hago exactamente lo mismo. Además, me ha gustado verte.
Entrecerró los ojos.
—Eso ha sonado sospechoso.
—Trabajando.
—Ah. Menos emocionante.
—Mucho más de lo que crees.
La compañera de enfrente sonrió.
—Tu novia tiene razón. Cuando no te toca aguantarlo ocho horas, hasta parece competente.
Novia pasó por encima de la mesa y se quedó un segundo en el aire.
Berto buscó mi reacción y yo desvié la atención hacia la compañera.
—Lo parece porque yo todavía no tengo acceso a sus incidencias —dije.
Ni Berto ni yo corregimos nada.
Eso fue todo, sin música ni conversación privada después. Una mujer a la que acababa de conocer me llamó su novia y yo seguí bebiendo como si llevara meses haciéndolo.
Al marcharnos, Berto y yo caminamos juntos hasta una esquina. Él tenía que volver a casa por si lo llamaban otra vez.
—Te has quedado muy tranquila con lo de novia —comentó.
—Ya lo habíamos aprobado en comité.
—Quería comprobar que la licencia seguía vigente fuera de ferreterías.
—Tiene cobertura nacional.
Berto sonrió y me besó en mitad de la acera.
—Buenas noches, novia.
—Como conviertas eso en apodo, te revoco la licencia.
—Entendido, Cristina.
Me fui hacia mi casa pensando que la palabra había dejado de pesar en cuanto dejó de ser una prueba.
Después de eso, pocas cosas cambiaron y a la vez cambiaron muchas. Ya no hablábamos de «quedar». Decíamos «nos vemos». Berto dejó un cargador en mi casa. Yo acabé con una llave de la suya.
La llave empezó como una solución práctica y se convirtió en otra frontera invisible. Cuando entré en su casa sin él para recoger aquel paquete, me sentí intrusa.
Abrí la puerta. El piso estaba exactamente como lo había dejado la noche anterior: una taza en el fregadero, una camiseta en el sofá, las persianas medio bajadas.
Cogí el paquete y me dispuse a salir. Entonces vi que había olvidado cerrar una ventana y empezó a llover. La cerré. Recogí la taza y la dejé en el lavavajillas.
Después me detuve.
No quería empezar a ordenar su casa como si la llave me diera derechos nuevos.
Le escribí:
«He cerrado la ventana porque llueve. Y he metido una taza en el lavavajillas. No he reorganizado nada.»
«Gracias por el informe de allanamiento.»
«Tu casa da ansiedad.»
«Y aun así tienes llave.»
Guardé la conversación sonriendo.
—Esto no significa que puedas entrar a juzgar mi orden —me dijo al dármela.
—Tu orden no existe.
—Exacto. No juzgues algo que no existe.
Dos semanas después compró una cama de ciento cincuenta.
La compra de la cama mereció una expedición propia. Fuimos a una tienda un sábado y Berto quiso probar todos los colchones como si estuviera eligiendo un vehículo.
—Este es demasiado blando.
—Llevas diez segundos tumbado.
—Mi espalda tiene criterio.
—Tu espalda ha dormido trece años en un colchón de noventa.
—Precisamente por eso está curtida.
Un vendedor se acercó.
—¿Buscáis algo para los dos?
Berto respondió antes de que yo pudiera hacerlo.
—Para mi casa.