Las bragas del revés CAPÍTULO 9 · PRESENTABLE #2
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CAPÍTULO 9 · PRESENTABLE #2

—No, quiero decirlo porque parece que estamos rodeándolo. Te deseo. No me estoy obligando a que me gustes porque seas gracioso o porque me trates bien.

Berto bajó la vista un segundo.

—Gracias.

—No me des las gracias como si te estuviera concediendo algo.

Levantó otra vez la mirada.

—Te lo digo porque sé que a ti te cuesta decir cosas sin esconderlas detrás de una broma.

Eso me dejó callada.

Desde el comedor, mi madre gritó:

—¿Queréis llevaros croquetas?

Berto aceptó la oferta sin hacerse de rogar.

—Me cae bien.

—No tienes criterio.

Cuando volvimos al comedor, mi madre estaba recogiendo el álbum. Se notaba que llevaba varios minutos pensando en qué decir y descartándolo todo.

Berto dejó las tazas sobre la mesa.

—Pilar, ¿te ayudo con algo más?

Mi madre se secó las manos en el delantal.

—Sí. Déjame pedirte perdón bien.

Yo me quedé quieta. Berto también.

—Puedes dejarlo, Cristina —dijo él.

—Para mí sí. Lo de la ensalada ha sido una grosería y lo de la foto de Dani también. No pretendía compararte, pero entiendo que ha sonado exactamente así.

Berto se tomó unos segundos antes de responder.

—Gracias. De verdad.

—No quiero que vengas aquí y pienses que tienes que demostrarme nada.

—Eso me viene bien, porque con las plantas ya he gastado casi todo mi repertorio.

Pilar sonrió, aliviada, pero no dejó que el chiste cerrara el asunto.

—Cristina lleva años oyéndome hablar de cómo debería ser su vida. A veces se me escapa incluso cuando creo que estoy ayudando. Estoy intentando aprender.

Me apoyé en el respaldo de una silla. Mi madre rara vez admitía algo con tanta precisión.

Berto asintió.

—Yo también tengo cosas que aprender. Lo de las fotos fue bastante peor que una ensalada.

—Eso también fue una tontería —dijo Pilar.

—Mamá.

—¿Qué? Él lo sabe.

Berto soltó una risa.

—Lo sé.

Mi madre levantó un dedo hacia él.

—Y no vuelvas a hacerlo.

—No pienso. He sido rehabilitado.

—Bien. Entonces podéis llevaros las croquetas.

Aquella fue su manera de dar por terminada la conversación. Sacó un táper enorme y empezó a llenarlo. Berto la ayudó con la tapa. Yo observé a los dos y sentí algo parecido a vergüenza por haber pasado toda la comida pensando que debía intervenir entre ellos. Ninguno necesitaba traductor.

Antes de marcharnos, Pilar pidió hablar conmigo a solas.

—He metido la pata —dijo.

—Un poco.

—No quería hacerle sentir mal.

—Lo sé.

—Y tampoco quiero que pienses que lo comparo con nadie. Me gusta cómo te mira.

Me sorprendió oírlo.

—¿Cómo me mira?

—Como si estuvieras hablando incluso cuando no dices nada.

—Eso suena agotador.

Mi madre se rio.

—Me gusta verte contenta. Intentaré no estropearlo opinando.

La abracé.

No le pedí promesas imposibles.

En el coche, Berto abrió la bolsa con croquetas.

No arrancamos inmediatamente. Berto dejó la bolsa entre los asientos y se quedó mirando hacia la casa de mi madre.

—Ha pedido perdón de verdad —dijo.

—Sí, se le ha notado.

—Eso no lo hace todo el mundo.

—Mi madre aprende. A veces después de atropellarte, pero aprende.

Se acomodó en el asiento.

—Quiero que sepas una cosa.

—Dime.

—Cuando hablo de cómo me miraste en Gascona no estoy intentando cobrarte una deuda. Si algún día lo uso para ganar una discusión, párame.

—Lo haré.

—Ya imaginaba.

—Con entusiasmo.

—También.

Me incliné y lo besé antes de arrancar. Después comimos dos croquetas en el coche como adolescentes mal organizados.

—Tu madre me ha dado dieciocho.

—Está compensando la ensalada.

—Acepto sus disculpas.

Le quité una.

—Esas son mías.

—Tenemos que hablar de límites.

—Precisamente.

Después arrancamos. Tardamos un rato en hablar. El táper de croquetas viajaba entre mis pies porque mi madre había decidido que una bolsa normal no ofrecía suficiente protección.

—¿Estás enfadado? —pregunté.

—Con tu madre, no.

—Eso deja opciones.

—Estoy un poco enfadado contigo por intentar vigilar cada frase que decía.

La respuesta me sorprendió.

—Quería evitar que te hiciera sentir mal.

—Ya. Y te lo agradezco. Pero puedo decirle a alguien que un comentario me molesta.

—Lo has hecho.

—Precisamente.

Miré por la ventanilla.

—Creo que me he pasado.

—Un poco.

—No pongas esa cara de satisfacción.

—Estoy conduciendo. No puedes ver bien mi cara.

—La conozco.

Berto cambió de marcha. Esperó hasta que salimos de una rotonda.

—Hay otra cosa —dijo.

—Dime.

—Esta mañana estuve a punto de decirte que no venía.

Me giré hacia él.

—¿Por qué?

—Porque sabía que tu madre conocía la historia de Tinder. Y porque, cuando una madre te invita a comer con su hija, una parte de mí sigue pensando que va a evaluarme.

—Mi madre evalúa hasta las croquetas.

—Ya lo he visto.

—¿Y por qué viniste?

Berto mantuvo la vista en la carretera.

—Porque no quiero seguir dejando que mi aspecto decida por adelantado dónde me siento cómodo. Ya hice bastante de eso usando fotos viejas.

Me quedé callada.

—No pensé que te afectara así.

—No me afecta todo el rato. Tampoco voy por el mundo sufriendo cada vez que entro en una habitación. Pero sé cómo me mira alguna gente. Y sé cómo me miraste tú aquella noche.

La ausencia de reproche en el tono lo hacía más difícil.

—Lo siento.

—No necesito que vuelvas a disculparte por sentir lo que sentiste. Necesito que no intentes compensarlo tratándome como si fuera frágil.

—Entendido.

—Y tampoco necesito que anuncies cada tres días que me deseas.

Levanté una ceja.

—Eso último no te lo crees ni tú.

Se encogió de hombros, satisfecho.

—Podemos mantener una frecuencia razonable.

—La negociaré con tu departamento.

—Horario de oficina.

La tensión se aflojó. Aun así, la conversación se quedó conmigo.

Cuando paramos en un semáforo, apoyé la mano sobre su rodilla porque me apetecía tocarlo, sin intención de tranquilizarlo ni confirmar nada.

Berto bajó la vista un segundo hacia mi mano y siguió conduciendo.

Eso bastó.

Mientras conducía, apoyó una mano sobre mi rodilla.

La dejé allí todo el camino.