CAPÍTULO 9 · PRESENTABLE
Mi madre conoció a Berto un domingo de mayo y estuvo a punto de arruinarlo todo con una ensalada.
La idea había sido mía.
Lo decidí después de una llamada de mi madre en la que consiguió preguntar tres veces por Berto sin pronunciar su nombre.
—¿Y el chico?
—¿Qué chico?
—El que sales.
—Salgo con mucha gente de la oficina.
—Cristina.
—Berto está bien.
—Podríais venir a comer.
—¿Los dos?
—No voy a invitar solo a él.
—Contigo nunca se sabe.
Berto aceptó la invitación, pero me preguntó si mi madre sabía lo de las fotos.
—Sí, ya lo sabe.
—Estupendo.
—No va a interrogarte.
—Esa frase solo la dice la gente antes de un interrogatorio.
—Puedo cancelar.
—Ni hablar. Quiero conocerla.
—¿Por qué?
—Porque es importante para ti.
La respuesta me dejó sin broma durante unos segundos. Pilar llevaba semanas preguntando por «ese chico con el que sales», frase que me negaba a corregir porque no tenía ninguna alternativa mejor. Berto aceptó venir a comer con una calma sospechosa.
La mañana de la comida estuve a punto de cometer una estupidez.
Berto me mandó una foto delante del espejo para preguntar si la camisa que llevaba estaba demasiado arrugada. Era azul oscura, normal, y le quedaba bien.
Mi respuesta inicial fue escribirle que quizá otra más clara. La borré.
Volví a mirar la foto. No había nada malo en la camisa. Lo que me estaba pasando era peor: estaba intentando imaginar cómo lo leería mi madre antes de que mi madre tuviera ocasión de leerlo.
Le escribí:
«Está bien. Plancha un poco la manga izquierda si quieres.»
Berto respondió con una fotografía de una plancha.
«Sé reconocer tecnología doméstica.»
«Milagro.»
Guardé el teléfono y me quedé incómoda conmigo misma.
Cuando llegó a recogerme, llevaba la misma camisa, unos vaqueros oscuros y las gafas de siempre. No había intentado parecer más delgado, más formal ni menos él. Yo sí había cambiado dos veces de jersey.
—Estás guapa —dijo.
—Gracias. Me gusta esa camisa.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué tiene que pasar algo?
—Porque me has mirado de arriba abajo y luego has puesto cara de haber incumplido una norma fiscal.
Me apoyé en la puerta del coche.
—He estado a punto de decirte qué ponerte para caerle mejor a mi madre.
Berto levantó las cejas.
—¿Y has decidido que esta camisa es suficientemente presentable?
Presentable me dolió justo por lo que implicaba.
—He decidido que no tenía derecho a decidirlo.
Berto miró su manga.
—Está bastante arrugada.
—Ese no es el tema.
—Lo sé.
Se acercó y me besó.
—Gracias por no convertirme en un proyecto.
—No prometo no decirte nunca que una camisa está horrible.
—Eso entra en pareja.
—Todavía no hemos firmado el reglamento.
—Lo vamos redactando.
Subimos al coche.
Durante el trayecto pensé que mi miedo a la mirada de otros podía ser tan dañino como la mirada misma. No servía de nada defender a Berto de mi madre si antes intentaba prepararlo para que resultara más fácil de aprobar.
—¿No estás nervioso? —le pregunté en el coche.
—He sobrevivido a una migración de servidores con seis horas de caída. Puedo con tu madre.
—No sabes lo que dices.
—He traído vino.
—Eso ayuda.
Pilar abrió la puerta con una sonrisa enorme y un delantal puesto, como si hubiera estado esperando una inspección sanitaria.
—¡Berto! Pasa, hijo.
Me giré hacia él.
—Ya eres hijo.
—Ascenso rápido.
Mi madre había cocinado para doce personas aunque éramos tres.
Antes de sentarnos, Pilar insistió en enseñarle a Berto la terraza y las plantas. Él consiguió recordar el nombre de dos de ellas y mi madre lo interpretó como prueba de carácter.
—Este chico sabe escuchar —me dijo en la cocina mientras él estaba fuera.
—No lo conviertas en candidato de oposición.
—Solo digo que me gusta.
—Hace dos horas no lo conocías.
—Tengo buen ojo.
—Mamá.
—Ya me callo.
No se calló, pero esperó hasta el segundo plato. Había croquetas, ensalada, carne guisada y dos postres.
—No hacía falta tanto —dije.
—Una vez que vienes acompañada...
La miré.
—Mamá.
—Solo he dicho acompañado.
Berto dejó el vino en la cocina.
—Huele increíble.
Pilar lo adoró desde ese momento.
Durante el aperitivo se comportó bastante bien.
Pilar había puesto sobre la mesa fotografías nuevas del viaje que había hecho con unas amigas a Portugal. Berto preguntó por ellas y mi madre se lanzó a contar anécdotas. A los diez minutos estaba enseñándole el vídeo de un camarero cantando fado.
Yo los observé desde la cocina mientras cortaba pan.
—Le estás cayendo demasiado bien —le dije a Berto cuando vino a buscar servilletas.
—He cometido un error.
—Ahora va a preguntarte por tecnología cada vez que falle el móvil.
—Eso es más grave de lo que parece.
Mi madre oyó la última frase.
—Pues ahora que lo dices, tengo una cosa con las fotos del WhatsApp.
Berto alzó las cejas.
—Profecía cumplida.
Pasó diez minutos configurando una copia de seguridad sin convertir el gesto en exhibición. Pilar le ofreció más croquetas como pago.
—Así funciona la economía de esta familia —le expliqué.
—Me interesa.
Mi madre preguntó por su trabajo, por su familia y por dónde vivía. Berto respondió sin hacerse el gracioso todo el tiempo, algo que agradecí. Hasta que llegamos a la mesa.
Mi madre sirvió la ensalada primero.
—Tú toma mucha —le dijo a Berto—. He puesto poco aceite.
Dejé el tenedor al mismo tiempo que Berto levantaba la vista. Pilar siguió hablando, inconsciente del incendio que acababa de encender en la mesa.
—Es que los hombres os cuidáis poco. Y luego con los años todo se nota.
—Mamá.
—¿Qué?
—No le expliques lo que tiene que comer.
—Solo digo que...
—Ya sé lo que dices.
Berto intervino.
—La ensalada tiene muy buena pinta.
—No tienes que rescatarla —le dije.
Mi madre se puso roja.
—No quería ofenderte.
Berto dejó el tenedor.
—No me ofende que me ofrezcas ensalada. Sí me incomoda un poco que parezca una recomendación médica durante la comida.
Pilar parpadeó.
—Tienes razón. Perdona.
El momento pasó con más dignidad de la que esperaba.
Yo tardé más en superarlo que Berto. Durante los siguientes minutos observé cada gesto de mi madre, lista para intervenir. Esa vigilancia empezó a resultar casi tan incómoda como el comentario original.
Berto me rozó el pie por debajo de la mesa.
Le devolví el roce con el pie.
Negó ligeramente con la cabeza, como diciendo que estaba bien.
Aflojé los hombros.
No necesitaba defenderlo de todo. Esa también era una forma de colocarlo en una posición inferior, como si él no pudiera hablar por sí mismo. Mi madre cambió de tema y sirvió croquetas cinco minutos después, quizá como acto de reparación.
Cuando Pilar sirvió el segundo plato, reapareció la boda de Lucía.
—Cristina dice que no le gustan las bodas —comentó Pilar.
—No he dicho eso.
—Siempre dices que son un follón.
—Pueden gustarme y parecerme un follón.
Berto masticó antes de hablar.
—Yo estuve en una boda pastafari.
Mi madre lo miró.
—¿Una qué?
Le di una patada por debajo de la mesa.
Berto se tapó la boca con la servilleta.
—Nada. Una ceremonia de un amigo. Una tontería.
—Ahora quiero saberlo —dijo Pilar.
Acabó explicándolo. Mi madre escuchó fascinada y preguntó si aquello era legal. Berto aclaró que no, que había sido simbólico. Pilar dijo que mientras la gente fuera feliz ella ya no entendía nada de las bodas modernas.
—Mamá, tú hace veinte minutos estabas hablando de que yo debería casarme.
—Una cosa no quita la otra.
A Berto se le movió la boca mientras intentaba no reírse.
Después de comer, Pilar nos dio café y sacó un álbum de fotos.
—Ni hablar —dije.
—A Berto le gustará verte de pequeña.
—Berto quiere conservar la vida.
—Yo estoy dispuesto a asumir riesgos —dijo él.
Vi fotografías mías con seis años, con doce, en la comunión de una prima, en la universidad. Mi madre contaba historias. Berto escuchaba de verdad.
En una foto yo tenía veinticinco y estaba con Dani.
La imagen me molestó antes de que mi madre dijera nada. Dani y yo aparecíamos de pie en una playa, bronceados, jóvenes y muy fotogénicos. Era una de esas fotografías que, aislada de todo, podía contar una relación más feliz de lo que había sido en aquel momento.
Berto miró la página sin detenerse demasiado.
—Esa playa es en Cádiz, ¿no? —preguntó.
—Sí, esa misma.
—Bonita.
Ahí lo dejó. No quiso saber cuánto habíamos estado juntos ni por qué habíamos terminado. Fue mi madre quien convirtió el pasado en competición con la frase sobre lo guapo que era.
Lo vi entonces desde fuera: una fotografía antigua siendo utilizada para comparar a un hombre real sentado a mi lado.
La ironía era demasiado evidente.
Pilar pasó la página demasiado despacio.
—Este era tu novio de entonces.
—Sí, estuvimos juntos unos años.
Berto no preguntó nada.
Mi madre aprovechó el silencio.
—Era guapo, ¿eh?
Sentí cómo se me endurecía el cuerpo.
—Mamá, basta.
Pilar entendió al fin. Cerró el álbum.
—Perdón.
Berto se levantó para llevar las tazas a la cocina.
Yo lo seguí demasiado deprisa y Pilar me miró con una mezcla de culpa y curiosidad.
En la cocina, Berto abrió el grifo.
—No tienes que lavar —dije.
—Estoy huyendo del álbum.
—Cobarde.
—Hay una foto tuya con flequillo que necesito procesar en privado.
Le pegué en el brazo.
La broma alivió el momento antes de que habláramos en serio. Esa era una de las cosas que mejor hacía Berto: usar el humor para abrir espacio, no para cerrarlo.
Yo fui detrás.
—Lo siento.
—No has hecho nada.
—Mi madre tiene una capacidad especial para meter el pie.
—Lo de la ensalada ha sido peor que lo de tu ex.
—No bromees.
Berto dejó una taza en el fregadero.
—No estoy bromeando. Lo de tu ex no me molesta porque haya sido guapo. Me molesta un poco pensar que tu madre pueda estar comparándonos porque sé que tú lo hiciste cuando me viste.
Me dejó sin respuesta inmediata.
—Yo estaba enfadada por las fotos.
—También estabas decepcionada por mi aspecto.
—Sí, lo estaba.
No tenía sentido mentirle.
Berto apoyó las manos en la encimera.
—No te lo digo para echarte nada en cara. Solo que existe. Y cuando tu madre dice cosas así me acuerdo.
—Lo entiendo.
—Me alegro.
—Y también te deseo.
Me miró.
—Cristina...