Las bragas del revés CAPÍTULO 8 · LA CAMA SIGUE MIDIENDO NOVENTA
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CAPÍTULO 8 · LA CAMA SIGUE MIDIENDO NOVENTA

Durante el mes siguiente Berto y yo desarrollamos una relación perfectamente seria que ninguno de los dos llamaba relación.

Yo seguía negándome a decir «estamos saliendo» cuando alguien preguntaba. «Nos vemos», decía. «Estamos conociéndonos». Expresiones cuidadosamente construidas para describir a un hombre que tenía ropa interior limpia en un cajón de mi dormitorio.

Nerea disfrutaba muchísimo con esa contradicción.

—¿Dónde está Berto hoy?

—En su casa.

—¿Y mañana?

—Aquí, conmigo.

—¿Y el sábado?

—Hemos quedado con sus amigos.

—Menos mal que no salís.

—No he dicho que no salgamos.

—Has dicho que no tienes novio.

—Porque no lo tengo.

Nerea escribió algo en un papel y me lo pasó.

«NEGACIÓN: fase 3».

Lo rompí.

Dormía en mi casa dos o tres noches por semana porque, según él, yo ejercía terrorismo psicológico contra su colchón. Yo iba a la suya cuando quedábamos con sus amigos o cuando él cocinaba. Seguía teniendo la cama de noventa.

—No pienso acostarme ahí —dije cuando volví después de Gascona.

—Podemos usarla por turnos.

—Eso no es sexo, es una guardia hospitalaria.

—El sofá se abre.

—¿Y por qué no lo dijiste la primera noche?

—Porque estaba borracho y quería impresionarte con mi capacidad de supervivencia.

El sofá abierto medía ciento treinta. Ganamos cuarenta centímetros y perdimos la dignidad cuando una de las patas cedió a mitad de la noche.

Fue también el mes en que conocí a Sergio.

Berto me llevó a una cena en casa de Javi. Antes de entrar me avisó.

—Ser es intenso.

—Eso no significa nada.

—Se ordenó ministro pastafari por internet.

Me detuve en el rellano.

—¿Eso es lo del monstruo de espagueti?

—Sí, esa misma.

—¿Y por qué se ordenó?

—Porque podía, según él.

—Estoy reconsiderando entrar.

Sergio abrió la puerta antes de que llamáramos.

—¡El fraude fotográfico!

Miré a Berto.

—Te mato.

—Yo no le he dicho que te llame así.

—Yo sí —dijo Sergio—. Soy Ser.

Era alto, delgado y llevaba una camiseta con un dibujo de un barco pirata. Javi apareció detrás, mucho más normal, con una bandeja en las manos.

—No le hagas caso. Lleva toda la tarde esperando para decir eso.

—Gracias —le dije.

—Yo soy Javi.

—El adulto responsable.

—Depende de la hora.

La cena fue más fácil de lo que esperaba.

Javi había cocinado y se negó a dejar que nadie ayudara hasta que vio a Sergio intentando cortar pan con un cuchillo demasiado pequeño.

—Aparta.

—Tengo control.

—Tienes un arma inadecuada.

Yo me ofrecí a poner la mesa. Berto vino detrás con vasos.

—¿Bien? —preguntó bajo.

—Sí, tranquilo.

—Ser no te ha asustado todavía.

—Me preocupa que hayas normalizado esta gente.

—Tú trabajas con Nerea.

—Punto para ti.

En la mesa salió el tema de las aplicaciones de citas. Javi conocía la historia de las fotos, pero tuvo la delicadeza de no mencionarla. Sergio no.

—Yo le dije que pusiera una foto actual hace años.

—No me lo dijiste —protestó Berto.

—Lo pensé muy fuerte.

—Eso no cuenta.

—Para algunas religiones sí.

—La tuya no tiene telepatía —dije.

Sergio me señaló con el tenedor.

—De momento.

Berto siguió hablando sin encogerse ni ponerse a la defensiva.

Podía soportar que sus amigos se rieran de la situación mientras nadie se riera de su cuerpo, una diferencia que importaba.

Nadie interrogó sobre qué éramos. Sergio contó historias de Berto en la universidad que Berto intentó desmentir sin éxito.

Javi me explicó que llevaba años amenazándolo con tirar la funda de cohetes.

—No le deis ideas —dijo Berto.

—Ya las tengo —contesté.

Sergio se inclinó hacia mí.

—No te asustes —añadió—. No te estoy diciendo que él esté diseñando invitaciones.

—Más te vale.

—Solo que llevaba tiempo sin verlo tan... presente.

—¿Presente?

—Antes quedaba y estaba aquí, pero tenía la cabeza en otra parte. Ahora mira el móvil y sonríe como un imbécil.

—Eso también puede ser un vídeo.

—Podría. Pero los vídeos no se llaman Cristina.

Berto volvió de la cocina antes de que yo respondiera.

—¿Qué le estás contando?

—Secretos religiosos.

—Ser.

—Nada grave.

Busqué a Berto con la vista. Ocupó la silla junto a mí y me pasó una copa sin preguntar qué había dicho su amigo. Agradecí que confiara lo suficiente para no interrogarme después.

—Cuando os caséis, puedo oficiar.

Casi escupo la bebida.

—¿Cómo?

—Soy ministro.

—De una iglesia de espagueti.

—El Monstruo de Espagueti Volador merece respeto.

—Ser —dijo Javi—, déjala cenar.

Berto estaba rojo de risa.

—No nos vamos a casar.

—Eso dicen todos antes de conocer mis tarifas.

—¿Cobras? —pregunté.

—Acepto pasta.

Javi dejó el tenedor.

—Lleva años esperando ese chiste.

Me reí tanto que me dolió la cara.

Después de cenar, mientras Berto ayudaba en la cocina, Sergio aprovechó el hueco libre junto a mí.

—Le gustas mucho.

Me dejó sin respuesta un instante.

—No empieces tú también.

—No empiezo nada. Solo te aviso de que tiene cara de idiota desde hace semanas.

—Él ya tenía bastante práctica con esa cara.

Sergio sonrió.

—Bien. Vas entendiendo el sistema.

No dijo más.

La cena se alargó más de lo previsto. Javi sacó una botella de licor que nadie necesitaba y Sergio intentó convencerme de que la capa roja tenía valor ceremonial.

A las doce y media yo estaba sentada en una esquina del sofá, con los zapatos quitados y la sensación agradable de llevar horas sin tener que pensar qué impresión causaba.

Berto estaba en el suelo, apoyado contra mis piernas, discutiendo con Javi sobre una película. Sergio buscaba algo en el móvil.

—Voy a enseñaros la prueba —anunció.

—No queremos verla —dijo Javi desde la cocina.

—Habla por ti.

—Hablo por todos.

Berto levantó la cabeza hacia mí.

—¿Te estás durmiendo?

—Estoy escuchando.

—Tienes los ojos cerrados.

—Escucho mejor así.

—Eso explica muchas reuniones de trabajo.

Le di un pequeño golpe con la rodilla. Él atrapó mi tobillo y lo dejó sobre su muslo. El gesto salió con una naturalidad que habría analizado durante horas unas semanas antes. Aquella noche estaba demasiado cansada para convertirlo en teoría.

Sergio volvió con un vídeo y nos obligó a verlo. Duraba cuatro minutos. A los dos yo ya había perdido la mitad. Berto se acomodó a mi derecha para dejarle sitio y su hombro quedó pegado al mío.

El gesto ocurrió sin que yo lo decidiera. Mientras oía a Javi contar una historia sobre un viaje cambié de postura y descubrí que llevaba un rato descansando sobre Berto. Su brazo estaba detrás de mí, sobre el respaldo, sin cerrarme el paso.

Abrí los ojos.

Sergio me vio y sonrió.

—Ni se te ocurra —le advertí.

—No he dicho nada.

—Tu cara habla.

—Es una cara muy expresiva.

Berto miró a su amigo.

—Déjala.

El tono tenía más de cansancio con Sergio que de protección o posesividad, y me hizo gracia.

—Me estoy quedando dormida —dije.

—Podemos irnos.

—No quiero echarte de tu propia noche.

—Llevo viendo a estos dos desde que teníamos pelo.

Sergio señaló la cabeza de Berto.

—Habla por ti.

—Tú nunca has tenido dignidad, que es peor.

Javi volvió de la cocina con cuatro vasos de agua y puso uno delante de mí.

—Bebe y que este hombre te lleve a casa antes de que Ser empiece con las fotos de la universidad.

—Hay fotos —dije, despertándome un poco.

Berto se levantó.

—Nos vamos ahora mismo.

—Cobarde.

—Superviviente.

Al final no salimos de inmediato. Sergio encontró una fotografía en la que Berto tenía veintidós años, pelo hasta las orejas y una camiseta naranja que merecía una investigación. Me reí tanto que terminé otra vez apoyada contra él.

—Eso no eres tú —dije.

—Una época difícil.

—Tenías flequillo.

—La moda cometió delitos.

Me fijé en la foto solo un momento. Aquel Berto se parecía mucho más al hombre de Tinder que el que estaba sentado a mi lado.

Más delgado, con pelo, la cara algo más estrecha.

Y, aun así, la imagen me resultó extrañamente ajena.

Conocía al hombre que tenía el brazo caliente contra mi espalda, no al de la camiseta naranja.

Sergio quiso pasar a otra fotografía. Le quité el móvil.

—Ya has hecho suficiente daño.

Me dedicó una mirada de reojo.

—Qué bonito.

—No te estoy defendiendo. Estoy preservando mi deseo.

Javi soltó una carcajada desde la otra punta del salón. Berto se quedó rojo y Sergio declaró que, con aquella frase, yo acababa de obtener membresía vitalicia en el grupo.

Cuando por fin salimos, caminamos hasta casa de Berto sin prisa.

Yo iba algo cansada, con ese punto de sueño que vuelve las conversaciones menos vigiladas.

Berto me contó que Sergio llevaba años bromeando con oficiar bodas y que una vez había montado una ceremonia simbólica para unos amigos que ya estaban casados civilmente.

—¿Con colador?

—Por supuesto.

—Qué gente.

—Te has reído toda la noche.

—Eso no significa aprobación institucional.

Berto me cogió de la mano.

—¿Te ha molestado lo de casarnos?

—No. Me ha parecido una chorrada.

—Me quedo más tranquilo.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que pienses que mis amigos están esperando que esto vaya a algún sitio concreto.

—¿Y tú?

—Yo estoy esperando a ver dónde va.

La respuesta me gustó.

—Me ha gustado verte con ellos —dije.

—¿A pesar de Ser?

—Incluyéndolo, con moderación.

—Eso es una victoria.

—No te emociones.

Berto metió las manos en los bolsillos.

—A mí me ha gustado que estuvieras.

—Ya me habías visto estar.

—No así.

Esperé.

—¿Así cómo?

—Cómoda.

Cómoda resumía algo distinto de sentirme atractiva, divertida o integrada. Eso era exactamente lo que me pasaba.

Llegamos a su portal. Berto abrió y subimos. El sofá cama protestó cuando lo desplegó.

—Esto va a matarnos —dije.

—Tiene carácter.

—Tiene una pata enferma.

Nos acostamos. Yo tardé poco en dormirme.

A mitad de la noche me despertó la espalda.

Fui al baño y, al volver, me quedé un instante de pie junto al sofá.

Berto dormía boca arriba, con una mano sobre el pecho y la otra ocupando una parte absurda de mi lado.

En otra época habría movido el brazo y me habría colocado lo más lejos posible para recuperar espacio.

Me metí debajo de la manta y, sin pensarlo demasiado, busqué su cuerpo.

Apoyé la cabeza en su hombro. Deslicé una pierna entre las suyas para encontrar una postura que no me destrozara la cadera. Berto hizo un ruido dormido y me rodeó con el brazo.

Me acomodé sin separarme.

El gesto no tenía nada que ver con sexo. Lo único que buscaba era estar pegada a él porque allí se estaba bien.

Eso me dio más vértigo que el beso de la lavandería.

No me moví.

Desperté antes que Berto. Seguía dormido y roncaba con una intensidad ofensiva, con la mejilla aplastada contra el cojín y las gafas sobre una silla, lejos de su alcance.

Yo seguía abrazada a él.

Podía haberme apartado antes de que abriera los ojos. No lo hice.

Berto se despertó unos minutos después. Parpadeó, intentó enfocar sin gafas y bajó la mirada hacia mi brazo sobre su barriga.

—Buenos días —murmuró.

—Roncas como una obra pública.

—Eso significa que has dormido cerca.

—No saques conclusiones.

—Imposible. Soy científico.

—Eres informático.

—Peor todavía.

Se inclinó a buscar las gafas y casi nos caemos del sofá. Me agarré a él, riéndome, y Berto acabó sentado en el suelo con la manta alrededor de la cintura.

—La cama sigue midiendo noventa —dije.

—El sofá ciento treinta.

—Y aun así has intentado tirarme.

—Ha sido la gravedad.

Lo ayudé a levantarse. En la cocina preparó café mientras yo me apoyaba en la encimera. Ninguno habló del hecho de que yo hubiera buscado su cuerpo dormida.

Todavía no hacía falta ponerlo en palabras porque yo ya lo había entendido.

El sábado siguiente Berto conoció a Marta y Nerea.

La semana anterior yo había intentado preparar a mis amigas.

—No hagáis preguntas raras.

—¿Qué consideras rara? —preguntó Nerea.

—Todo lo que se te ocurra a ti.

—Eso es censura.

Marta me observó desde su sofá.

—¿Estás nerviosa porque lo conozcamos?

—No especialmente.

—Te creo a medias.

—No pongas esa cara.

—No he puesto ninguna.

—Tú también tienes cara informativa.

La verdad era que sí estaba nerviosa. Me preocupaba mucho menos que Berto les gustara que verme a mí misma a través de ellas, como me había visto a través de mi madre o de la señora desconocida bajo la lluvia.

Llevaba meses aprendiendo a separar deseo propio de mirada ajena y todavía no siempre sabía dónde terminaba uno y empezaba la otra.

Elegí un sitio de tapas para evitar la solemnidad de una cena formal. Nerea llegó diez minutos antes para poder observarlo entrar. La amenacé con irme.

—Solo quiero ver tu cara.

—Mi cara ya la ves todos los días.

—Cuando entra él no.

Marta apareció y me salvó de asesinarla.

Berto llegó puntual, con una camisa azul y las gafas nuevas que se había comprado porque las anteriores estaban rayadas.

—Buenas —dijo—. Vengo sin fotos de referencia.

Nerea lo adoró en ocho segundos.

Eso me molestó muchísimo porque le dio la razón.

Marta fue más cauta, pero amable. Nerea le pidió que explicara el mensaje del rabo y yo amenacé con marcharme otra vez.

—Fue un error comunicativo —dijo Berto.

—Histórico —añadí.

—Y ella me dejó nueve días en cuarentena.

—Te lo merecías.

—Completamente.

Marta me observó un instante con una expresión que yo conocía bien: estaba comprobando cómo hablábamos.

Más tarde, cuando Berto fue al baño, Nerea se inclinó hacia mí.

—Me encanta.

—No tienes por qué quedártelo.

—Te pega muchísimo.

—Hace dos meses me enseñabas arquitectos con perro.

—Me equivocaba.

Marta bebió.

—Lo importante es que tú estás distinta con él.

—¿Distinta cómo?

—Menos pendiente de cómo te estás viendo desde fuera.

Seguí dándole vueltas el resto de la noche.

Cuando Berto y yo caminamos hacia mi casa, me cogió la mano al cruzar una calle. No la soltó al llegar a la otra acera.

Yo tampoco.