Las bragas del revés CAPÍTULO 7 · SOBRIOS #2
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CAPÍTULO 7 · SOBRIOS #2

Aquello cambió algo entre nosotros. Después pudimos bromear sin que cada broma tuviera que proteger una inseguridad.

Berto miró mi techo.

—Tu cama es enorme.

—Es de ciento cincuenta.

—Civilización.

—No pienso volver a dormir en la tuya.

—Eso es discriminación inmobiliaria.

Me giré hacia él.

—Cómprate una cama normal.

—¿Esto es una condición para volver a acostarte conmigo?

—Es una condición para conservar mi columna.

Me rozó el tobillo con el pie.

Nos quedamos un rato sin hablar. Era extraño tenerlo allí. No incómodo. Extraño en el sentido de que mi dormitorio estaba lleno de cosas elegidas solo para mí, y de pronto había un hombre ocupando media almohada.

—¿Te quieres quedar? —pregunté.

Berto tardó un segundo en contestar.

—Quiero quedarme.

—Entonces quédate.

Se quedó.

Después nos quedamos tumbados atravesados en mi cama, que por suerte no medía noventa centímetros. Berto tenía una pierna fuera del edredón y yo apoyaba la cabeza cerca de su hombro.

—Tengo una pregunta delicada —dijo.

—Como preguntes si ha sido mejor que la otra noche te echo de casa.

—No iba a preguntar eso.

—Más te vale.

—¿Puedo beber agua sin que se interprete como recuerdo traumático?

Le pegué suavemente en el brazo.

—Vete a la cocina.

—A sus órdenes.

Volvió con dos vasos. Me pasó uno y se acomodó junto a mí. La luz seguía encendida. Lo observé beber y sentí una tranquilidad extraña, menos intensa que el deseo y quizá más peligrosa.

—¿Qué miras? —preguntó.

—Estoy comprobando si te conviertes otra vez en otra persona después del sexo.

—¿Resultado?

—De momento sigues calvo.

—Menos mal. Había invertido mucho en esta imagen.

Se tumbó. Yo apoyé una mano sobre su abdomen sin pensarlo. Berto bajó la vista hacia mis dedos, luego hacia mí.

—Eso me gusta —dijo.

—¿Qué cosa?

—Que me toques cuando no estamos haciendo nada.

Me pilló desprevenida y no encontré ningún chiste con el que protegerme, así que dejé la mano donde estaba.

—A mí también —admití.

Nos quedamos así un rato. Hablamos de la cena que se había quedado a medias, del vino cerrado y de si al día siguiente yo tenía que madrugar. La conversación era tan normal que terminaba de borrar la idea de que aquella noche necesitaba ser una prueba.

Cuando apagamos la luz, ya no tenía ninguna duda de que la noche de Gascona había sido algo más que un accidente de la sidra.

Me apetecía volver a tocarlo incluso después de haberlo hecho.

Le presté una camiseta para dormir que no le cerraba bien en el abdomen. Se miró en el espejo del baño.

—Esto me convierte en cantante de los noventa.

—Te queda fatal.

—Qué detalle.

—Puedes dormir sin ella.

—Eso querías desde el principio.

—No te emociones.

Acabó durmiendo sin camiseta. Yo apagué la luz y durante unos minutos escuché su respiración antes de que empezaran los ronquidos.

Me había acostumbrado tanto a dormir sola que el peso de otra persona moviendo el colchón me resultaba extraño, aunque la extrañeza tenía más de novedad que de incomodidad.

A mitad de la noche me desperté porque Berto hablaba dormido. Dijo algo sobre un servidor y una contraseña.

—Hasta dormido trabajas —murmuré.

Por suerte, dejó la frase sin respuesta.

A las tres de la mañana descubrí el problema de los ronquidos.

Le di un codazo suave y conseguí doce segundos de silencio antes de que los ronquidos regresaran. A las tres y veinte terminé empujándolo.

—¿Qué pasa? —murmuró.

—Estás serrando un bosque.

—Lo siento.

Se dio la vuelta.

Durmió en silencio cinco minutos.

A las cuatro pensé seriamente en enviarlo al sofá.

A las siete me desperté con su brazo sobre la cintura y la cara enterrada contra mi hombro.

A las ocho ya estábamos en la cocina. Berto llevaba una de mis camisetas porque la suya había desaparecido debajo de la cama y afirmaba que buscar ropa antes de café atentaba contra los derechos humanos.

—Te queda corta —dije.

—Moda.

—Te queda como un top.

—Más moda.

Preparó café y quemó dos tostadas. Yo corté fruta. Nos movimos por la cocina con la torpeza de dos personas que todavía no conocían los recorridos de la otra.

—¿Esto qué es? —preguntó levantando un bote.

—Semillas.

—¿Para comer?

—No, para decorar el baño.

—Pregunto porque en tu casa hay cosas muy organizadas.

Desayunamos en silencio durante unos minutos. Me fijé en que Berto no parecía tener prisa por irse, pero tampoco daba por hecho que pudiera quedarse todo el día.

—Tengo que hacer compra —dije.

—Yo he quedado con Javi a mediodía.

—Me parece bien.

—¿Bien de «qué pena» o bien de «por fin»?

—Bien de que los dos tenemos vida.

Su expresión se relajó.

—Eso me gusta.

A mí también.

Me quedé escuchando su respiración.

Me quedé quieta porque me gustaba tenerlo allí, no por miedo a despertarlo.

Ahí estuvo la verdadera sorpresa de aquella noche.

El sexo había sido fantástico. Podía entender el sexo.

Lo que no entendía era la calma de encontrarlo dormido pegado a mí y no sentir ninguna necesidad de recuperar espacio.

Berto abrió un ojo.

—Buenos días.

—Roncas.

—Empiezas fuerte la mañana.

—Muchísimo.

—Se puede negociar.

—No sé si hay convenio que cubra esto.

Sonrió con los ojos todavía medio cerrados.

—¿Café?

—Tú haces café.

—Estoy desnudo.

—No es un impedimento técnico.

Se levantó y caminó hacia la cocina sin ropa.

Lo miré irse.

Esta vez no aparté los ojos.