Las bragas del revés CAPÍTULO 7 · SOBRIOS
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CAPÍTULO 7 · SOBRIOS

El beso de la lavandería cambió una cosa muy concreta: dejó de ser posible fingir que Berto y yo éramos dos personas que simplemente se caían bien después de haberse acostado por accidente.

Dejamos pasar aquella tarde y también el día siguiente sin acostarnos, una espera que terminó resultando casi más incómoda que lanzarnos de cabeza.

Hablar con él por mensajes había sido fácil mientras todo podía esconderse detrás de una broma.

Después del beso, cada conversación tenía una segunda lectura.

Si preguntaba qué hacía, parecía interés.

Si yo le mandaba una foto de la cena, parecía intimidad.

Si pasaban tres horas sin hablar, me descubría mirando el móvil.

El miércoles me cansé.

«¿Vienes a cenar mañana?»

«Sí.»

«No he dicho hora.»

«Estoy disponible desde ahora.»

«Qué poco dignidad.»

«La gasté en Tinder.»

Llegó el jueves a las ocho.

Yo había cambiado las sábanas esa tarde y me odié un poco por hacerlo. Estaban limpias. De repente me había parecido importante que el dormitorio estuviera perfecto.

A las siete y media guardé una pila de ropa que llevaba dos días sobre una silla. A las siete cuarenta revisé el baño. A las siete cincuenta me obligué a sentarme en el sofá.

Cuando sonó el timbre, abrí intentando parecer una persona que no llevaba veinte minutos organizando una casa que ya estaba organizada.

Berto entró, miró alrededor y sonrió.

—Está todo sospechosamente limpio.

—Mi casa siempre está limpia.

—Hoy tiene energía de inspección.

—Vete.

—Acabo de llegar.

Me besó en la mejilla y fue a la cocina con la bolsa. Ese beso pequeño me puso más nerviosa que si me hubiera agarrado contra la pared.

—El vino se queda cerrado —le advertí.

Berto levantó ambas manos.

—Mejor así.

—Quiero acordarme de todo mañana.

Me salió más serio de lo que pretendía.

Él dejó la bolsa en la encimera.

—Yo también.

Cenamos en la cocina.

Durante la cena intentamos comportarnos como si los dos no supiéramos exactamente hacia dónde podía ir la noche.

Berto habló de una avería en el trabajo.

Yo le conté que Nerea había vuelto a cambiar la foto de su perfil de Tinder porque decía que la anterior «atraía economistas». Ninguno preguntó qué significaba eso.

—¿Estás usando esto para ganar tiempo? —pregunté cuando Berto llevaba cinco minutos describiendo un servidor.

—Un poco.

—Bien. Yo llevo diez hablando de Nerea.

Nos miramos y nos reímos.

—Estoy nerviosa —admití.

—Yo también.

—Y eso es absurdo porque ya nos hemos visto desnudos.

—Sí, pero aquella noche teníamos un equipo de producción formado por alcohol y una cama hostil.

—La cama no ayudó.

—Ahora estamos en tu territorio.

Me llamó la atención que lo llamara territorio.

—¿Te intimida mi casa?

—Un poco. Todo funciona.

—Qué estándares tan altos.

—Tus cajones cierran.

—Algún día te enseñaré una vivienda normal.

La broma aflojó la tensión. Después pudimos hablar de la noche de Gascona sin que pareciera un interrogatorio.

Había traído ingredientes para hacer tacos y tardó quince minutos en descubrir que yo no tenía cilantro porque lo odiaba tanto como él.

Cocinamos juntos, nos estorbamos, discutimos por el tamaño de la cebolla y terminamos comiendo de pie porque ninguno había puesto la mesa.

Después llevamos los platos al salón.

—Tenemos que hablar de la otra noche —dije.

Berto dejó el vaso de agua.

—La de Gascona.

—Esa misma.

—De acuerdo.

Me senté con las piernas dobladas bajo el cuerpo.

—Recuerdo cosas. Bastantes. Pero no todo seguido.

—Yo también.

—Recuerdo preguntarte si tenías preservativos.

—Y yo tiré media caja del cajón al suelo buscando uno.

El recuerdo me hizo gracia.

—Eso no lo recordaba.

—Yo sí. También recuerdo que me dijiste que la cama era una falta de respeto.

—Eso lo mantengo.

—Y que paramos dos veces.

Levanté las cejas.

—Una porque te golpeaste la rodilla.

—La otra porque te pregunté si estabas bien y me dijiste que necesitabas agua.

Ese recuerdo volvió con la frase: yo sentada junto al colchón, bebiendo, y él esperando sin tocarme hasta que fui yo quien se acercó.

—Sí —dije—. Ahora sí me acuerdo.

Berto apoyó los brazos en las rodillas.

—Cristina, si hay algo de esa noche que te haga sentir mal, quiero que me lo digas.

—No lo hay.

—Me alegro.

—Me avergonzó no acordarme de cada minuto, pero sé que quería estar allí. No quiero que pienses que te estoy preguntando esto porque dude de ti.

—No lo pienso.

Hablarlo me alivió más de lo que esperaba. Después de varios días construyendo el asunto en mi cabeza, resultó ser dos adultos poniendo palabras a una noche que había sido torpe, borracha y consentida.

Berto miró la botella de vino intacta.

—Entonces esta noche sobrios.

Lo dijo sin tono de pregunta, pero tampoco como una certeza.

—Eso depende —respondí.

—¿De qué?

Me acerqué un poco.

—De si dejas de hablar.

Lo besé.

Berto dejó que yo marcara el ritmo. Ese detalle fue importante porque mi invitación a cenar no se convirtió para él en un contrato con una conclusión obligatoria.

Nos movimos del sofá al dormitorio despacio. A mitad del pasillo me detuve.

—Espera.

Berto se paró de inmediato.

—¿Qué pasa?

—Quiero ir al baño.

Parpadeó y luego se echó a reír.

—Eso sí que es erotismo adulto.

—Tengo cuarenta años. He aprendido a prevenir interrupciones.

—Sabiduría.

Cuando salí, él estaba sentado al pie de la cama mirando una fotografía enmarcada de mis padres que había en una cómoda.

—¿Tu padre? —preguntó.

—Sí. Murió hace nueve años.

Berto dejó la foto en su sitio.

—Me entero ahora.

—No había salido.

No quise abrir aquella historia esa noche, pero agradecí que no hiciera una pregunta más. Me acerqué y lo besé. La intimidad siguió allí, solo que con otra textura.

Encendí la lámpara de la mesilla.

—No la apagues —dije.

Berto frenó el movimiento durante un instante.

—De acuerdo.

Aceptó sin pedirme explicaciones. Yo sí conocía la respuesta: quería verlo. Había pasado demasiado tiempo intentando decidir con palabras si me atraía y prefería dejar que el cuerpo se encargara sin convertirlo en tribunal.

Le quité la camiseta despacio. Berto no tenía el cuerpo de las fotos antiguas y a esas alturas tampoco me apetecía que lo tuviera. Tenía el pecho ancho, barriga, vello, marcas pequeñas de piel y una cicatriz cerca de una costilla que no había visto aquella primera noche.

Pasé un dedo por ella.

—¿Esto?

—Bicicleta. Tenía diecisiete y una confianza absurda en mis frenos.

—¿Ganó la carretera?

—Por goleada.

Levanté la vista y lo encontré sonriendo sin esconderse. Me gustó verlo así, y también que al acercarme me sujetara por la cintura sin intentar meterme prisa.

—¿Estás nervioso? —pregunté.

—Un poco, sí.

—A mí me pasa igual.

—Eso ayuda.

—No debería, supongo.

—Me hace sentir menos examinado.

Oírlo me dolió un poco.

—No tienes que demostrarme nada.

—Lo sé.

—Lo digo en serio.

Berto me tocó la mejilla.

—Lo sé ahora.

Nos besamos otra vez.

—Dime si hago algo que no te guste —murmuró.

—Tú también.

—Trato hecho.

Lo besé y el resto empezó desde ahí. Hubo deseo, pero también pausas.

Me quité la ropa sin esconderme bajo una sábana.

Berto me miró con una atención que me hizo sentir atractiva sin necesidad de convertirme en otra versión de mí.

Cuando noté que se quedaba demasiado pendiente de mi cara, le agarré las manos y las puse donde quería.

—Puedes tocarme —le dije—. Si no me gusta, te lo diré.

—Eso simplifica bastante el protocolo.

—Eres tú el que convierte todo en protocolo.

—Trabajo deformante.

La broma murió en cuanto volvió a besarme.

Me gustaba su peso cuando no lo usaba con cuidado excesivo.

Me gustaba la barba en el cuello aunque sabía que al día siguiente me quejaría.

Me gustaban sus manos, sí, pero ya no como una colección de detalles aislados.

Eran las manos de Berto porque sabía cómo se detenían cuando yo dudaba y cómo cambiaban de presión cuando se lo pedía.

En un momento él buscó un preservativo en el bolsillo del pantalón y yo me reí.

—¿Has venido preparado?

—He venido a cenar con una mujer con la que ya me he acostado y a la que llevo diez días besando. No me parecía una previsión delirante.

—Muy romántico.

—Responsabilidad civil.

Lo de la lavandería volvió a hacerme gracia. Berto esperó a que recuperara la compostura.

—¿Seguimos?

—Claro que seguimos.

Cuando le pedí que fuera más despacio, cambió el ritmo sin gesto de decepción y me preguntó con la mirada, sin llenar la habitación de preguntas. Asentí, lo acerqué y dejé de vigilarme desde fuera.

Eso fue lo verdaderamente nuevo.

Durante años había tenido sexo bueno, malo, urgente, cómodo y alguna vez perfectamente olvidable.

Sabía cómo funcionaba mi cuerpo. Lo que no esperaba era sentirme tan presente dentro de él.

Con Berto no estaba haciendo un examen sobre si podía desear a un hombre que al principio no me había atraído.

Estaba deseándolo. La diferencia parecía pequeña escrita así y enorme cuando la tenía encima de mí.

Después me quedé tumbada boca arriba.

Nos quedamos un rato hablando de cualquier cosa porque ninguno quería precipitar el momento de después. En otras relaciones, el postsexo había sido a veces la parte más torpe: levantarse, buscar ropa, calcular si la otra persona quería quedarse.

Berto se tumbó de lado.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Ya estás preguntando.

—¿Te molestó que dijera que estaba nervioso?

—¿Por qué iba a molestarme?

—Hay gente que interpreta la seguridad como requisito obligatorio.

—La seguridad de mentira me aburre más.

—Entonces estamos de acuerdo.

—¿Tú pensabas que yo esperaba que fueras... no sé, espectacular?

Berto negó con la cabeza, divertido.

—Un poco.

—Qué presión.

—Llevaba meses sin acostarme con nadie antes de Gascona. Y aquella noche tú eras la mujer que había querido salir corriendo al verme.

—Eso último ya lo sé.

—Lo tengo bastante presente.

Le toqué la mano.

—No quiero que nuestra cama se convierta en un examen del principio.

—Yo tampoco.