Las bragas del revés CAPÍTULO 6 · MANOS
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CAPÍTULO 6 · MANOS

Durante los diez días siguientes vi a Berto cuatro veces y ninguna de aquellas cuatro veces fue una cita, lo cual empezaba a exigir una cantidad de precisión semántica que habría impresionado a un notario.

La primera fue bastante difícil de clasificar. Yo tenía que recoger unas gafas que había dejado arreglando y él necesitaba comprar un cable concreto en una tienda de electrónica. Coincidimos en el centro y decidimos hacer las dos cosas juntos.

—Esto es una gestión administrativa —dije.

—Completamente.

—Nada de cita.

—La palabra no ha salido de mi boca.

—Acaba de salir.

—Porque la has dicho tú.

Berto tenía una habilidad especial para hacerme discutir definiciones hasta que olvidaba por qué me importaban.

Recogí mis gafas. Él compró un cable negro que, según explicó, era distinto de los otros siete cables negros que ya tenía en casa.

—Lo dudo.

—Eso demuestra que no respetas mi profesión.

—Tu profesión consiste en acumular cables.

—Una parte importante.

Terminamos en un supermercado porque yo necesitaba detergente y Berto aseguró que también. Fue la actividad menos seductora de mi vida y, quizá por eso, me resultó extrañamente íntima. Discutimos marcas, promociones y si merecía la pena comprar seis litros solo porque salía más barato.

—Vives solo —le recordé.

—El detergente no caduca.

—Tu piso mide cincuenta metros.

—Encontraré espacio.

—Entre los cables.

—Esa es la teoría.

En la cola, una niña pequeña que iba delante nos ofreció una pegatina de una fruta porque, según dijo, tenía dos iguales. Berto la aceptó con toda seriedad y se la pegó en la manga de la chaqueta.

—Te queda bien —le dije.

—Me rejuvenece.

—No empieces con la edad.

—He hablado de una fresa con ojos.

Salimos con nuestras bolsas. Al despedirnos, Berto siguió caminando con la pegatina puesta. No se dio cuenta hasta que le mandé una foto desde la otra acera.

La segunda fue porque se acercó a mi oficina a devolverme un libro que yo le había prestado después de nuestra tarde bajo la lluvia.

Apareció a las siete menos cuarto, cuando ya se habían ido dos compañeros y Nerea seguía peleándose con una hoja de cálculo.

—Entrega certificada —dijo desde la puerta.

Llevaba el libro dentro de una bolsa para que no se mojara.

—Podías haberlo dejado cualquier día.

—Podía.

—Entonces esto es una excusa.

—He venido a devolverte propiedad ajena. Si quieres convertirlo en delito, necesito abogado.

Nerea asomó la cabeza desde su mesa.

—Hola, Berto.

Él levantó una mano.

—Hola, Nerea.

Me giré.

—¿Cómo sabes quién es?

—La vi en una foto que me mandaste.

Nerea sonrió con la discreción de una alarma de incendios.

—Encantada de existir fuera del chat.

—Igualmente.

Cerré el ordenador deprisa antes de que aquello se transformara en presentación oficial. Salimos juntos. Berto no propuso cenar ni tomar nada. Caminó conmigo hasta una esquina y se despidió.

Ese respeto por no convertir cada encuentro en una escalada empezó a hacerme confiar más que cualquier declaración. La tercera llegó cuando coincidimos a la salida y terminamos comprando empanada para cenar en mi casa.

Aquella noche Berto estuvo en mi piso sin que el sexo apareciera ni como posibilidad inmediata. Comimos en la mesa del salón. Yo recogí mientras él miraba mis estanterías.

—Tienes los libros por colores —dijo.

—Solo esa balda.

—Eso no te absuelve.

—Y tú guardas cables de 2004.

—Patrimonio tecnológico.

Puso música desde el móvil y me ayudó a secar platos. En un momento quedamos demasiado cerca junto al fregadero. Los dos lo notamos. Berto dio un paso atrás.

—Mejor esperar un poco —dijo.

—¿Qué?

—Nada importante.

—Lo has dicho en voz alta.

—Error.

Me gustó comprobar que podía querer besarlo y, aun así, dejar el momento ahí.

Aquella cena en mi piso duró más de lo previsto porque Berto descubrió mi cajón de «cosas útiles».

Buscaba un abridor.

—¿Qué es esto? —preguntó.

Me giré y lo encontré sosteniendo una caja pequeña llena de pilas, cinta adhesiva, un metro, destornilladores y dos paquetes de bridas.

—Una casa funcional.

—Tienes las bridas separadas por tamaño.

—Y tú guardas cables que no sabes identificar.

—Los identifico casi todos.

—Qué tranquilidad.

Encontró el abridor en el segundo cajón y volvió a la mesa. Después de cenar recogió su plato sin esperar a que yo lo hiciera.

—Déjalo —dije por costumbre.

—Sé usar un lavavajillas.

—No tienes lavavajillas.

—Por eso quiero disfrutar la experiencia.

Lo abrió y miró la distribución interior como si fuera una máquina nueva.

—Esto está organizado de una forma muy específica.

—Los platos grandes abajo.

—Eso lo sé.

—Y no pongas vasos altos en esa esquina porque golpean con la bandeja.

Berto cerró los ojos.

—Quiero retirar mi candidatura a adulto autónomo.

Le lancé el paño de cocina.

Terminamos lavando a mano una sartén porque yo no quería esperar al siguiente ciclo. Berto secaba. En un momento cogió un plato antes de que yo lo soltara y nuestras manos quedaron juntas sobre la porcelana.

Ninguno hizo nada.

El contacto duró lo suficiente para que yo fuera consciente de sus dedos y de que él también se había quedado quieto.

Berto soltó el plato.

—Sigue mojado.

—Eso he notado.

No intentó besarme.

Cinco minutos después hablábamos de otra cosa. Ese pequeño retroceso voluntario me gustó. Había deseo, empezaba a ser evidente, pero no teníamos que convertir cada ocasión en una prueba de hasta dónde llegábamos.

El sábado anterior casi habíamos quedado y al final no. Yo tenía una comida con Marta y él una partida con sus amigos. A las once de la noche nos mandamos una foto cada uno desde sitios distintos: yo con una copa de vino, él con un tablero lleno de fichas.

«Vida salvaje.»

«Muchísimo.»

Nos despedimos sin proponer otro encuentro, y esa capacidad para no absorbernos me tranquilizaba. La cuarta fue la lavandería. La invitación llegó al día siguiente y sonó a tarea ridícula de domingo en vez de a convocatoria romántica. Fui porque me apetecía.

—¿Qué has hecho? —le pregunté por teléfono.

—Nada criminal.

—Eso no responde.

—La funda nórdica ha sufrido un accidente con una taza de chocolate.

—¿La de los cohetes?

—La misma.

—Tírala.

—No puedo. Tenemos historia.

—Tú y esa funda necesitáis terapia.

Media hora después estaba con él en una lavandería de barrio mirando cómo los cohetes, las estrellas y las espadas daban vueltas detrás de un cristal.

—Quiero dejar claro que no entiendo por qué he venido —dije.

—Porque has desarrollado afecto por la exploración espacial.

—Porque me dijiste que la lavadora de tu casa no centrifuga bien las cosas grandes y temí que inundaras el edificio.

—Eso suena a afecto igual.

—Suena a responsabilidad civil.

La lavandería olía a detergente industrial y calor húmedo.

El lugar ofrecía justo lo que necesitaba la historia entre nosotros: un sitio donde nadie podía interpretar una luz bonita, una copa o una canción como parte de un plan.

Había calcetines girando en una máquina industrial y un cartel que prohibía lavar alfombras con barro.

Si conseguía sentir algo por Berto allí, difícilmente podría culpar a la ambientación.

Mientras esperábamos, hablamos de nuestras casas. Él reconoció que llevaba años aplazando arreglos porque el piso siempre le había parecido temporal, a pesar de vivir allí desde los veintisiete.

—¿Temporal durante trece años?

—Soy constante en la provisionalidad.

—¿Y por qué no lo haces más tuyo?

Berto se encogió de hombros.

—Al principio pensaba mudarme. Después estaba con Laura y hablábamos de buscar algo juntos. Luego rompimos y me dio pereza empezar otra vez. Supongo que me acostumbré.

No pregunté por Laura más de lo necesario.

—Mi casa es lo contrario —dije—. Cada cosa está donde yo he querido ponerla.

—Lo he notado. Tienes hasta cajas etiquetadas.

—Eso es civilización.

—Eso es miedo al caos.

—Y tú tienes una bicicleta en el pasillo.

—Ataque personal.

Me reí. Pensé que quizá por eso nuestras casas decían tanto.

Yo había construido un lugar donde no necesitaba a nadie.

Berto había dejado el suyo a medio terminar, como si no quisiera decidir cuánto tiempo iba a quedarse.

Había una mujer leyendo, un chico con auriculares y nosotros dos sentados en unas sillas de plástico frente a una máquina enorme.

Berto llevaba una bolsa con ropa y una camiseta vieja.

Sin abrigo parecía más ancho de hombros de lo que yo recordaba.

Me fijé en sus manos cuando sacó unas monedas del bolsillo.

Otra vez las manos.

Ya me había pasado en Gascona. Después en la librería. Ahora observé cómo separaba las monedas con el pulgar y me descubrí pensando que tenía dedos bonitos.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada importante.

—Me estabas mirando.

—Estaba mirando las monedas.

—Muy romántico.

—Te he dicho que no era romántico.

Sonrió y se levantó para comprobar la secadora de al lado. Yo me quedé mirando su espalda. La camiseta se le pegaba un poco a la cintura al agacharse y por un instante recordé esa misma espalda desnuda.

Aparté la vista.

El interés sobrio era la verdadera novedad.

Hasta entonces había podido colocar la noche de Gascona en una caja separada: alcohol, química rara, decisiones impulsivas. Lo difícil era descubrir que sobria, un domingo a las once de la mañana, también me apetecía tocarlo.

—Necesito café —dije.

—Hay una máquina.

—Eso no es café.

Salimos mientras la secadora seguía funcionando y compramos dos para llevar en un bar cercano. No nos sentamos. Volvimos caminando despacio, compartiendo una bolsa de churros que Berto había pedido sin consultarme.

—No quería churros.

—Llevas tres.

—Estoy evitando que te los comas todos.

—Sacrificio precioso.

En la lavandería, la mujer que leía había desaparecido. El chico de los auriculares seguía allí. Berto metió la mano en la bolsa y me ofreció el último churro.

—Te lo cedo.

—Generoso.

Lo cogí y sus dedos rozaron los míos.

Fue un contacto mínimo.

Mi cuerpo reaccionó como si no hubiera recibido el memorando de que aquello seguía sin ser una cita.

Berto también lo notó. Lo vi porque dejó la mano quieta un instante y después la retiró sin bromear.

Nos quedamos mirando la secadora.

—Treinta y ocho minutos —dijo.

—¿Qué?

—Los treinta y ocho minutos que quedan.

—Ya me parecía.

Me comí el churro despacio, incapaz de pensar una frase que no sonara sospechosa.

La secadora acabó. Berto abrió la puerta y sacó la funda caliente. Me la puso sobre los brazos.

—Sujeta.

—¿Por qué?

—Porque hay que doblarla entre dos.

—Claro que sabes hacerlo solo.

—Sé. No quiero.

Nos colocamos uno frente al otro, cada uno sujetando dos esquinas. La funda era tan grande que nos tapaba media cara. La doblamos una vez, luego otra. Al acercarnos para juntar los extremos, terminé a menos de un palmo de él.

Olía a jabón y a café. Berto bajó los brazos mientras yo seguía sujetando la tela.

—Cristina —dijo.

—¿Qué?

—Si te beso, ¿me vas a denunciar por uso indebido de lavandería?

Me reí, pero no me aparté.

—Depende de cómo lo hagas.

Su expresión cambió. Se acabó la broma.

—¿Puedo?

Asentí y luego, porque no quería que una decisión importante quedara en un movimiento de cabeza, añadí:

—Sí. Bésame.

Lo hizo despacio. Nada que ver con el portal de Gascona. Allí habíamos ido deprisa, con alcohol, risa y urgencia. Ahora podía notar todo: la barba, la presión suave de su boca, una mano en mi nuca y la otra todavía agarrando una esquina absurda de la funda.

Le puse una mano en el pecho.

Berto se separó apenas.

—¿Bien?

No contesté inmediatamente. Le toqué la barba con los dedos, curiosa por una sensación que recordaba de la primera noche pero que ahora podía registrar sin alcohol. Era más suave cerca de la mejilla y áspera junto a la mandíbula.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Estoy investigando.

—¿Y las conclusiones?

—Aún no las tengo.

Le pasé el pulgar por la comisura de la boca. Berto dejó de sonreír.

El gesto me sorprendió a mí tanto como a él.

Durante semanas había pensado en la atracción como una pregunta que debía responder con un sí o un no.

En aquel momento entendí que podía construirse de forma mucho menos ordenada, a partir de sus manos, la voz, la forma de quedarse quieto cuando yo me acercaba o la barba bajo mis dedos.

Podía desearlo sin convertirlo en otra persona y sin fingir que el físico no importaba: importaba precisamente porque era su cuerpo el que quería tocar.

—Como vuelvas a preguntarlo cada diez segundos voy a empezar a cobrarte.

Sonrió contra mi boca y lo besé yo.

El chico de los auriculares tosió.

Nos apartamos.

—Hay público —murmuré.

—Tiene auriculares.

—Tiene ojos.

Recogimos la ropa con una dignidad limitada.

Fuera, Berto cargó la bolsa al hombro.

—Esto complica bastante el tratado de no citas.

—No hemos firmado nada.

—Menos mal.

—No te emociones.

—Estoy moderadamente ilusionado.

—Eso puedo tolerarlo.

Caminamos hasta mi calle. Esta vez, cuando llegamos al portal, ninguno fingió que dos besos eran la opción lógica.

Berto me besó otra vez.

Yo agarré su chaqueta y lo acerqué.

Cuando nos separamos, apoyó la frente en la mía.

—Tengo que irme —dijo—. He quedado con Ser para ayudarle a montar un ordenador.

—Eso ha sonado muy poco sexy.

—Mi vida es así.

—Vete a montar tu ordenador.

—¿Te escribo luego?

—Escribes siempre.

—Cierto.

Entré en el portal con una sonrisa que intenté borrar antes de llegar al ascensor.

No funcionó.

Antes de volver a casa, pasé por la de Marta.

Su hijo, Hugo, estaba montando un ordenador en el salón. Marta me abrió con una bolsa de basura en la mano.

—Llegas en buen momento. Saca esto mientras pongo café.

—Qué acogida.

Cuando volví, me miró dos segundos y sonrió.

—Ha pasado algo.

—¿Por qué todo el mundo cree que mi cara emite informes?

—Porque te conozco desde los diecisiete.

Me senté.

—He besado a Berto.

—Eso ya lo habías hecho.

—Sobria.

Marta dejó dos tazas en la mesa.

—Ah, vale.

—No digas «ah» así.

—¿Cómo lo digo?

—Como si hubiera una revelación.

—Solo hay una diferencia importante: esta vez no puedes echarle la culpa a la sidra.

—Gracias. Esa parte ya la había pensado.

Marta se sentó enfrente.

—¿Te gustó?

—Sí, me gustó.

Lo dije sin rodeos y el alivio fue inmediato.

—Pues empieza por ahí.

—No sé qué significa.

—No tiene por qué significar nada hoy.

Su hijo apareció para preguntar una contraseña del wifi y la conversación terminó. Me vino bien. No quería convertir el beso en una asamblea. Al salir, Nerea me mandó una foto de un perfil de Tinder.

«Este te pega.»

Miré al hombre de la pantalla y sentí una pereza enorme.

Le contesté:

«Estoy ocupada.»

Tardó cuatro segundos.

«¿Con Berto?»

No respondí.

Ella mandó seis signos de interrogación.

Guardé el teléfono y me fui a doblar ropa, pensando en unas manos que ya conocía demasiado bien.