Las bragas del revés CAPÍTULO 5 · ESTO NO ES UNA CITA #2
25%

CAPÍTULO 5 · ESTO NO ES UNA CITA #2

Berto se acercó, pero en vez de quitarle la tarjeta le preguntó qué quería hacer.

El hombre explicó que necesitaba ampliar el tiempo y que la máquina no aceptaba el número de matrícula.

Berto leyó las instrucciones, tocó dos botones y descubrió que la pantalla táctil estaba desplazada.

Había que pulsar un centímetro por encima de cada letra.

—Qué diseño maravilloso —murmuró.

Yo sujeté el paraguas sobre los tres mientras el hombre introducía la matrícula.

—¿Así?

—Un poco más arriba —le indicó Berto—. Ahí. Perfecto.

La máquina imprimió el ticket. El señor nos dio las gracias con una alegría desproporcionada para algo que había costado dos minutos.

—Hacéis buen equipo —dijo antes de marcharse.

Mi cuerpo se preparó para la misma incomodidad que había sentido con la mujer del escaparate.

Esta vez llegó más tarde y con menos fuerza.

Berto no comentó la frase. Se limitó a coger el paraguas, que seguía torcido, y miró hacia el cielo.

—Como siga lloviendo, este aparato se jubila hoy.

—Podemos entrar en algún sitio.

—¿Librería?

—Eso sí lo acepto.

Seguimos andando.

Buscamos una librería mientras la lluvia volvía a apretar.

Antes pasamos por un pequeño mercado cubierto. Yo tenía que comprar queso y Berto decidió acompañarme. Aquella clase de tarea era tan poco romántica que me relajó.

—¿Cuál? —preguntó delante del mostrador.

—Ese.

—Has señalado cuatro.

—El azul.

—Todos tienen etiqueta azul.

—No sé cómo sobrevives administrando servidores.

—Los servidores no me hacen elegir quesos.

El vendedor nos dejó probar uno. Berto puso cara de sufrimiento.

—Esto sabe a sótano.

—Es buenísimo.

—Tu paladar necesita ayuda.

Compré el queso precisamente porque él lo odiaba. Al salir, Berto llevaba la bolsa.

—Dame una bolsa, que puedo cargar.

—Ya la tengo.

—Eso no es argumento.

—Tú llevas el paraguas.

—Reparto de tareas.

Caminamos así hasta la librería: yo sujetando un paraguas demasiado pequeño y él una bolsa con queso que no iba a comer.

La escena era tan cotidiana que habría pasado inadvertida con cualquier otra persona.

Con Berto me sorprendió lo natural que resultaba.

Berto fue directo a una estantería de ciencia ficción.

Yo me perdí por narrativa. A los diez minutos apareció con un libro en la mano.

—Este te gustaría.

—¿Ya sabes lo que me gusta?

—Me has mandado fotos de tu estantería.

—Para enseñarte cómo ordenar libros.

—Y yo amplié la imagen como un pervertido literario.

Cogí el libro. Lo había leído hacía años.

—Me gustó.

—Punto para mí.

—No estamos puntuando.

—Entonces me quedo con la satisfacción moral.

Nos sentamos un rato en una mesa del fondo donde habían dejado novedades.

Berto cogió una novela y leyó la contraportada.

—Esto parece tu tipo.

—¿Por qué?

—Mujer cansada de todo, ciudad gris, humor desagradable.

—Me estás insultando.

—Estoy describiendo una sensibilidad artística.

Le quité el libro.

—Pues tú serías una saga de siete volúmenes que necesita un glosario.

—Eso me ha gustado.

—No era piropo.

—Demasiado tarde.

Compré el libro que me había recomendado antes. Berto no compró nada porque dijo que tenía una pila pendiente que amenazaba la seguridad estructural de su mesilla.

—¿La misma mesilla que sostiene las gafas junto a la cama de noventa?

—Esa institución.

Me vino una imagen demasiado clara de él desnudo y tuve que fingir interés por un expositor.

Hablamos de libros malos que nos habían entretenido y películas buenas que nos habían aburrido.

Berto defendió una saga de ciencia ficción que yo consideraba insufrible.

Discutimos tanto que el dependiente nos pidió que bajáramos la voz.

Salimos riéndonos.

—Nos han echado —dijo Berto.

—Nos han pedido volumen de biblioteca.

—Es el primer paso.

La lluvia había casi desaparecido. Caminamos hasta una plaza y nos sentamos en un banco todavía húmedo después de secarlo con pañuelos.

Dos niños que perseguían palomas le robaron la atención durante unos segundos.

—¿Te arrepientes de la otra noche? —preguntó.

Me lo preguntó sin aviso, aunque me incomodó menos de lo que habría esperado.

—No me arrepiento.

—Me alegro. ¿Y tú?

—De acostarme contigo, no. De las fotos, sí. Del mensaje sobre el rabo, muchísimo.

Me tapé la cara.

—No puedo creer que escribieras eso.

—Tenía una resaca que afectó al departamento de comunicación.

—Podías haber puesto «hola».

—Demasiado convencional.

—O no escribir.

—También.

Se frotó las manos para calentarlas.

—Pensé que si hacía una broma sería menos raro.

—Fue más raro.

—He aprendido.

Lo miré. Berto no estaba intentando convertir aquella noche en una promesa ni en una conquista. Tampoco parecía avergonzado de haber estado conmigo. Solo quería saber si yo estaba bien.

—Me dio vergüenza despertarme allí —admití.

—¿Por mí?

Las dos palabras pesaban más de lo que él dejó ver en la voz.

—Por mí. Por haber querido marcharme al principio y acabar en tu casa. Me parecía incoherente.

Berto miró hacia delante.

—La gente puede cambiar de opinión en una noche.

—Eso también es verdad.

—Y también puede no volver a cambiarla. No tienes que demostrar nada.

Me gustó que dijera eso. Mucho.

Estuvimos un rato callados viendo a los niños. El silencio resultaba cómodo, y esa comodidad empezaba a complicar mis propias excusas.

Al levantarnos, Berto me ofreció la mano porque el suelo estaba resbaladizo.

Antes de cogerla dudé un segundo. Quería hacerlo, aunque el gesto parecía pertenecer a una categoría que yo seguía intentando evitar. Después pensé que era absurdo haber tenido su boca en mi cuerpo y preocuparme por una mano en un parque.

La cogí.

Su palma estaba caliente a pesar del frío. Al ponerme en pie quedamos cerca. Berto me miró la boca un instante y después apartó la vista.

Lo vi y Berto supo al instante que me había dado cuenta, aunque los dos dejamos el momento donde estaba.

Ese no-beso me acompañó hasta casa casi tanto como el contacto.

Sus dedos siguieron alrededor de los míos un instante y yo tampoco retiré la mano.

Duró quizá dos segundos más de lo necesario.

Suficientes.

Berto fue quien se apartó.

—Te acompaño hasta tu calle.

—Puedo llegar sola.

—Lo sé. Me apetece caminar.

Fuimos despacio. Hablamos de cualquier cosa. Al llegar cerca de mi portal me sorprendió sentir que la tarde había sido corta.

—Gracias por la sandalia —dije.

—Ha sido un honor custodiarla.

—Y por el café.

—Lo pagaste tú.

—Entonces gracias por beberlo.

La comisura de su boca se levantó.

Hubo un segundo extraño en el que los dos parecimos recordar que ya nos habíamos visto desnudos y, aun así, despedirnos con dos besos se sentía demasiado íntimo.

Berto lo resolvió levantando una mano.

—Hasta luego, Cristina.

—Hasta luego.

Entré en el portal.

Cuando llegué al ascensor me vibró el móvil.

«Para no ser una cita, ha estado bastante bien.»

Respondí mientras subía.

«Porque no era una cita.»

«Naturalmente.»

Guardé el teléfono.

En casa dejé la caja de la sandalia sobre una silla y me quité el abrigo. Tenía hambre. Había ropa por doblar y un correo del trabajo que debería haber ignorado hasta el lunes.

Hice todo eso.

Y, aun así, durante el resto de la tarde pensé demasiadas veces en los dos segundos que había tardado Berto en soltarme la mano.