Las bragas del revés CAPÍTULO 5 · ESTO NO ES UNA CITA
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CAPÍTULO 5 · ESTO NO ES UNA CITA

Llevé la bufanda de Berto dentro de una bolsa de tela para que nadie pudiera acusarme de romanticismo logístico.

Él llegó con mi sandalia en una caja de zapatos.

—Esto es excesivo —le dije.

—Quería que viajara segura.

—Es una sandalia.

—Ha vivido cosas.

Nos intercambiamos las pertenencias en mitad de la acera como dos espías con un presupuesto muy bajo.

—Gracias por lavarla —dijo, sacando la bufanda.

—La metí en la lavadora con todo lo demás.

—Me halaga formar parte de una colada temática.

—No existe una colada temática.

—Tú sabes lo que pasó en esa lavadora.

Empecé a andar antes de que pudiera seguir.

Habíamos quedado para tomar café. Entramos en un local pequeño y nos sentamos junto a una ventana. La tarde estaba gris y la lluvia empezaba a dibujar líneas finas sobre el cristal.

Había llegado yo primero y eso me permitió observarlo entrar sin el impacto de Gascona. Venía sacudiéndose gotas de los hombros, mirando las mesas hasta encontrarme. Cuando me vio, sonrió de una forma que ya reconocía.

La lista invisible que yo había usado durante años habría descartado su físico. Seguía siendo bajito, gordo y calvo. Las gafas le resbalaban un poco cuando se mojaban. Tenía la barba más arreglada que aquella noche de Gascona.

Lo que había cambiado era la cantidad de información asociada a su cara.

Ya no veía «el hombre que no se parecía a las fotos». Veía al que odiaba el cilantro, mandaba memes malos, sabía escuchar sin resolverme la vida y tenía una guerra personal con una impresora.

Eso no convirtió su cuerpo en irrelevante. Al contrario. Empezó a volverlo suyo.

Berto llevaba una camisa de cuadros abierta sobre una camiseta oscura. En persona, sobrio y con luz de día, su aspecto no había mejorado por arte de magia. Seguía siendo un hombre al que yo no habría elegido en una aplicación si sus fotos hubieran sido actuales.

Y, sin embargo, me alegró verlo.

Aquella contradicción iba a darme trabajo.

—He traído pruebas —dijo.

Sacó el móvil y abrió Tinder.

—¿Qué haces?

—Demostrar que estoy rehabilitado.

Me enseñó su perfil. Todas las fotos eran nuevas. Una en la calle, otra sentado en una terraza, otra con su amigo Sergio en una barbacoa. En ninguna disimulaba la calvicie ni el cuerpo.

—¿Quién te hizo las fotos?

—Ser. Le expliqué que había sufrido una intervención judicial.

—¿Ser?

—Sergio. Es incapaz de usar nombres de más de una sílaba y luego se hace llamar ministro de una religión con un monstruo de espagueti.

—¿Perdón?

—Tema largo. Mejor cuando lo conozcas.

—Eso suena como una amenaza.

Guardó el móvil.

—No he actualizado las fotos por ti.

—No te he preguntado.

—Ya, pero quería decirlo. Lo hice porque tenías razón y porque me dio bastante vergüenza verme desde fuera.

Agradecí que lo aclarara. No quería convertirme en la mujer que había llegado a su vida a corregirlo.

—Bien hecho.

—Gracias, señora jueza.

—No abuses del indulto.

Pedimos café. La conversación encontró el ritmo de los mensajes enseguida.

Hablar en persona era distinto. Por escrito, una podía releer una frase y decidir si respondía con humor. Frente a Berto, los silencios tenían cuerpo. Me sorprendió que no intentara rellenarlos todos.

En un momento nos quedamos callados mirando la lluvia.

—¿Te incomoda? —preguntó.

—¿El silencio?

—Sí, un poco.

—A mí no.

—Bien. A mí tampoco.

Seguimos así casi un minuto. Una pareja discutía cerca de la barra. La cafetera hacía ruido. Afuera, un autobús pasó levantando agua.

La tranquilidad de no tener que actuar resultó más seductora de lo que cualquier frase ingeniosa podría haber sido.

Hablamos del trabajo, de mi comida familiar y del vecino del taladro.

Berto me contó que había amenazado con comprar una batería si volvía a empezar a las nueve de la mañana un domingo.

—¿Tocas la batería?

—Ni idea.

—Entonces pierde fuerza.

—Mi amenaza es aprender.

La lluvia aumentó y el café se alargó. Cuando llevábamos más de una hora, reparé en que ninguno miraba el móvil salvo para enseñarle algo al otro.

—¿Tienes prisa? —preguntó.

—Prisa ninguna.

—Podemos esperar a que afloje.

—Esto en Asturias puede convertirse en convivencia.

—Tengo la cama pequeña, pero ya la conoces.

Le lancé una servilleta.

—He dicho que esto no era una cita.

—Y yo estoy respetando el tratado.

—Acabas de mencionar la cama.

—Como infraestructura meteorológica.

Salimos cuando la lluvia se volvió más llevadera.

Antes de abandonar el local, pagamos por separado sin hablar del asunto. Me gustó ese detalle. La primera noche había estado llena de gestos que podían confundirse con compensaciones. Esta vez cada uno puso su tarjeta y después seguimos juntos porque queríamos.

Fuera, Berto abrió un paraguas plegable de un tamaño ridículo.

—Ahí no cabemos.

—Optimismo.

—Realismo geométrico.

Intentamos caminar bajo él y terminamos chocando hombros cada pocos pasos. A los cinco minutos yo tenía media manga mojada.

—Dámelo.

—¿Por qué?

—Porque lo llevas inclinado hacia ti.

—Tengo más volumen que proteger.

Le di un codazo suave.

Berto levantó una ceja.

—Esa sí era una broma sobre mi cuerpo. Puedo hacerla yo si me da la gana.

Me quedé callada hasta que la respuesta terminó haciéndome gracia.

—Vale. Pero comparte paraguas.

Se acercó más para cubrirme. Su brazo rozó el mío durante toda una calle.

Me pareció bien. Caminamos sin decidir demasiado hacia dónde. Oviedo estaba lleno de paraguas y gente refugiándose bajo soportales. Pasamos por delante de una tienda de hogar y Berto se detuvo ante un escaparate donde había un colchón enorme.

—Eso sí es una cama —dije.

—Eso es una plaza pública.

—En la tuya dos personas adultas no caben.

—Los hechos contradicen esa afirmación.

—Sobrevivimos por suerte.

—Y talento.

Le di un golpe con el hombro. Berto se apartó exageradamente y casi chocó con una señora que salía de la tienda.

—Perdón —dijo él.

La mujer nos miró y sonrió como si fuéramos una pareja haciendo tonterías bajo la lluvia.

La idea me incomodó.

Seguí andando más deprisa.

—¿Qué pasa? —preguntó Berto al alcanzarme.

—Nada.

—Has cambiado de velocidad.

—Está lloviendo.

—Lleva lloviendo una hora.

Lo miré. No parecía molesto, solo atento.

—La señora ha pensado que éramos pareja.

Berto volvió la cabeza, aunque la mujer ya se había perdido entre la gente.

—¿Te lo ha dicho?

—Se le nota.

—Cristina, no sé leer la mente de señoras desconocidas.

—Yo sí. Es un don.

Sonrió, pero no convirtió aquello en una pregunta sobre nosotros. Seguimos caminando.

Antes de refugiarnos, mi teléfono empezó a sonar dentro del bolso. Miré la pantalla y vi el número de la asesoría.

—Tengo que cogerlo —dije.

Berto señaló los soportales.

—Yo espero ahí. Sin presión administrativa.

Era Nerea. Una de las empresas a las que llevábamos la contabilidad había enviado una nómina con una incidencia y la persona que podía corregirla estaba ilocalizable. Me aparté cerca de una columna y abrí el correo desde el móvil mientras ella me explicaba el problema.

—Dime el nombre del archivo —le pedí.

—Te vas a enfadar.

—Nerea.

—«Nómina mayo bien definitiva».

Cerré los ojos.

—Hay cuatro con nombres parecidos. Mira la hora de modificación.

Mientras hablábamos, Berto se quedó a unos metros. Sacó el teléfono, respondió un mensaje y observó cómo un repartidor intentaba colocar tres cajas bajo un toldo sin que se mojaran. Me dio espacio sin convertirlo en una escena.

Yo tardé casi veinte minutos.

Hubo que localizar una copia anterior, comprobar dos cifras y dejar preparado un correo para el lunes. La humedad se me metía por los zapatos y la pantalla del móvil se llenó de gotas cada vez que el viento cambiaba. Cuando terminé, guardé el teléfono con una mala leche bastante poco romántica.

—Perdona —dije al acercarme.

Berto tenía un vaso de agua en la mano. Me lo ofreció.

—No tienes que pedirme perdón por trabajar.

—Te he dejado ahí plantado.

—He visto una discusión muy interesante entre un repartidor y una caja.

—¿Quién ganó?

—La gravedad.

Al beber noté que el agua venía de un bar cercano.

—¿Has entrado a por esto?

—Te estabas quedando sin voz.

—No estaba afónica.

—Estabas empezando a hablar como una persona que va a despedir a alguien por teléfono.

—No puedo despedir a Nerea. Se iría con los clientes.

Berto sonrió y echamos a andar otra vez. Yo seguía pensando en la incidencia, así que saqué el móvil para apuntar una tarea antes de olvidarla.

—¿Siempre trabajas así? —preguntó.

—¿Cómo?

—Como si hubiera veinte pestañas abiertas en la cabeza.

—Quince. Veinte me parece desorganizado.

—Naturalmente.

Guardé el móvil.

—Me gusta mi trabajo.

—Se nota.

Esperaba una broma. No llegó.

—¿Se nota para bien o para mal?

—Para bien. Cuando estabas hablando con tu compañera has dejado de mirar si yo me aburría. Has empezado a decidir cosas y ya está.

La observación me incomodó un poco porque era cierta. Durante la tarde había estado pendiente de cómo nos veíamos juntos, de si una señora nos confundía con pareja, de si él se acercaba demasiado bajo el paraguas. En aquella llamada me había olvidado de todo.

—Eso es una descripción muy rara —dije.

—Trabajo con gente que entra en pánico porque un icono cambia de sitio. La competencia me impresiona.

—Qué listón tan alto.

—Me has resuelto una crisis de nóminas bajo la lluvia. Déjame admirarlo.

—No era una crisis.

—Para Nerea sí.

Sonreí. Caminamos media manzana y una ráfaga dobló el paraguas. Berto intentó devolverlo a su forma y acabó empapándose la cabeza.

—Ahora sí pareces un hombre competente —le dije.

—Soy especialista en sistemas, no en meteorología.

—Se nota.

Llegamos a una máquina de pago del aparcamiento donde un señor mayor discutía con la pantalla. Llevaba la tarjeta en una mano y el ticket antiguo en la otra.

—Perdonad —nos dijo—, ¿sabéis cómo funciona esto?