Las bragas del revés CAPÍTULO 4 · HA HABLADO #2
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CAPÍTULO 4 · HA HABLADO #2

Pensé en Berto. En sus fotos antiguas, su cama, el mensaje del rabo y el meme de la cara de muerto.

—Facilísimo —repetí.

—Una amiga de Lucía conoció al marido por internet.

—Qué bonito.

—Y tuvo al niño con treinta y nueve.

Ahí estaba el recorrido completo.

Dejé el tenedor.

—Merche, ¿te puedo hacer una pregunta?

—Claro, dime.

—¿Tú cuando me ves piensas en algo que no sea casarme y tener hijos?

Mi madre me miró, incómoda.

Merche abrió la boca y la cerró.

—Mujer, no digas eso.

—Te lo pregunto de verdad.

—Solo queremos verte feliz.

—Pues estoy comiendo fabada. Dame diez minutos y estaré en mi punto máximo.

Iván se atragantó de risa y la conversación cambió. Mi madre no dijo nada hasta que nos quedamos solas en la cocina.

—Tu tía no lo hace por fastidiar.

—Ya lo sé.

—Entonces no seas tan dura.

Sequé un plato.

—¿Y quién le explica que escuchar lo mismo durante años también cansa aunque venga con cariño?

Pilar apoyó las manos en la encimera.

—Yo a veces también lo digo.

—Me doy cuenta.

—No quiero hacerte sentir mal.

La miré. Mi madre parecía genuinamente triste.

—Pues intenta no convertir cada cumpleaños en una fecha límite.

Asintió.

La reconciliación con mi madre terminó sin abrazos de película ni comprensiones instantáneas. Al poco me preguntó si quería llevarme croquetas, una torpeza práctica que se parecía mucho más a nosotros.

Cuando salí de su casa escribí a Berto:

«Mi familia cree que Tinder es Amazon de maridos.»

«¿Con envío Prime?»

«Y devolución complicada.»

«Yo venía sin embalaje original.»

Me paré bajo un portal para reírme.

«Tú venías con publicidad engañosa.»

«He actualizado el catálogo.»

«Lo vi.»

«Eso significa que entraste otra vez.»

Me frené con el pulgar sobre la pantalla.

«Para comprobar.»

«Naturalmente.»

«No empieces.»

«No he dicho nada.»

Seguimos hablando mientras yo caminaba a casa. Cuando llegué, había pasado casi una hora.

El lunes me mandó un mensaje a las ocho y cinco.

«La impresora ha vuelto a atascarse. Dime que la tuya también para sentirme acompañado.»

Le respondí con una foto de la nuestra abierta por la mitad.

«Solidaridad intersectorial.»

Nerea, que acababa de entrar, miró el teléfono y luego mi cara.

—Te gusta.

—Me cae bien.

—Eso es lo que dices tú cuando una persona te gusta y todavía no has decidido si te conviene.

—No me atrae.

—No he dicho que te atraiga.

—Pues entonces no sé qué estás insinuando.

—Nada. Literalmente nada.

La odié por sonreír de aquella manera.

Durante la semana, Berto y yo hablamos cada día.

Un martes no hablamos hasta las seis. Yo estaba en una reunión y después enlacé dos llamadas. Cuando miré el móvil tenía un solo mensaje suyo de tres horas antes.

«Espero que el día no te haya comido.»

No había añadido otro para llamar mi atención.

Le respondí al salir.

«Ha mordido, pero sigo entera.»

«Buen pronóstico.»

«¿El tuyo?»

«He explicado a un adulto tres veces que desenchufar un router tiene consecuencias.»

«Servicio público.»

Me apoyé en una pared mientras esperaba que cambiara un semáforo. Pensé en llamarlo y guardé el móvil porque aquella llamada todavía me parecía cruzar una frontera demasiado visible.

Dos días después fue él quien llamó por error. Colgó inmediatamente y escribió:

«Bolsillo. No era una escalada de compromiso.»

Se me escapó la risa.

«Cobarde.»

«Muchísimo.»

Esa noche hablamos por teléfono media hora. A veces cinco mensajes. A veces una hora. No había coqueteo evidente, salvo cuando sí lo había y los dos fingíamos que era broma.

El jueves volvimos a discutir durante veinte minutos sobre si una tortilla debía llevar cebolla.

La propuesta no salió de la nada. Esa misma tarde habíamos hablado de devolvernos nuestras cosas y yo llevaba varios días viendo la bufanda doblada en una silla.

No la usaba porque me parecía demasiado íntimo salir con ella.

Tampoco la guardaba porque, al parecer, mi cerebro disfrutaba teniendo pruebas físicas de que Berto existía.

Marta vino a mi casa a recoger un libro y la vio.

—¿Esa no es de él?

—Esa misma.

—¿Y por qué está ahí?

—Porque tengo que devolvérsela.

—Lleva dos semanas ahí.

—Gracias por la auditoría textil.

Marta sonrió.

—No digo nada.

—Eso es mentira. Tu cara está hablando.

—Mi cara opina que te cae muy bien.

—A ti también te cayó bien por teléfono y no lo has conocido.

—Precisamente.

Cuando se fue, doblé la bufanda otra vez aunque ya estaba doblada. Después abrí el chat con Berto. Él escribió antes de que yo decidiera nada.

«Tenemos que resolver esto cara a cara porque tu postura me preocupa.»

«No voy a quedar contigo para discutir una tortilla.»

«También te devolvería la sandalia.»

«Eso ya parece chantaje.»

«Y tú mi bufanda.»

Miré la bolsa donde seguía guardada.

«Un café.»

«Un café.»

«Y esto no es una cita.»

Tardó tres segundos.

«Por supuesto. Las citas exigen fotos actuales.»

Negué con la cabeza, divertida.

El sábado a las cinco quedamos cerca del centro.

La mañana fue un ejercicio de estupidez. Me probé tres jerseys y descarté dos vaqueros porque uno parecía demasiado arreglado y el otro demasiado poco. Después me enfadé conmigo misma por dedicar energía a vestir para una cosa que insistía en que no era una cita.

Marta me llamó justo cuando estaba delante del armario.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Tienes voz de estar eligiendo ropa.

—¿También oyes caras ahora?

—¿Quedas con Berto?

—A devolver cosas.

—Entonces ponte cualquier cosa.

—Eso estoy haciendo.

—Llevas media hora, ¿verdad?

Colgué.

Elegí el primer jersey que había descartado.

Pasé la mañana diciéndome que no era una cita y veinte minutos decidiendo qué ponerme.