CAPÍTULO 4 · HA HABLADO
Berto dejó pasar nueve días.
No me escribió para preguntar por la sandalia, ni por la bufanda, ni por mi silencio. Durante esos nueve días tuve tiempo de convencerme de que aquella era la demostración definitiva de que los dos éramos adultos sensatos.
El décimo día me mandó un meme.
La imagen era una foto de su propia cara. Debía de habérsela hecho la mañana de la resaca. Pelo no tenía, así que el desorden se concentraba en la barba, las gafas estaban torcidas y llevaba una expresión de derrota médica. Encima había escrito:
«Yo esperando una respuesta desde 1997».
Se me escapó una carcajada en mitad de la oficina.
Nerea levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—Eso no ha sido risa de nómina.
—¿Existe una risa de nómina?
—La tuya cuando una retención sale bien.
Giré la pantalla para que no viera el móvil. Berto había añadido otro mensaje.
«Prometo no iniciar una conversación seria. Solo quería recuperar mi dignidad mediante edición gráfica.»
Escribí una respuesta y la borré.
Escribí otra.
Al final mandé tres emojis llorando de risa.
La contestación llegó al instante.
«HA HABLADO».
Me mordí el labio para no volver a reírme.
«No te emociones.»
«Demasiado tarde. Ya he avisado a la prensa.»
«Tu foto actual de Tinder está mejor.»
Tardó un poco.
«Gracias. Era una tarea pendiente.»
Ahí podría haber acabado. De hecho, durante media hora acabó. Yo seguí trabajando y él no insistió.
A la una escribió:
«Por cierto, tengo tu sandalia. No la estoy usando.»
«Eso espero.»
«Me queda pequeña.»
«Y mi bufanda está aquí.»
«Intercambio de prisioneros.»
Quedamos en que ya veríamos cómo devolvernos las cosas, sin fijar día y evitando con bastante cuidado la palabra cita.
Esa tarde, mientras esperaba que un cliente me enviara un documento, Berto me mandó una foto de una pantalla azul con un mensaje de error.
«Mi momento favorito del día.»
Le contesté con una imagen de una carpeta que un cliente había nombrado DEFINITIVO_BUENO_AHORA_SI_3.
«Competimos.»
Así empezó aquello.
El tercer día me mandó una fotografía de un cartel en una tienda: «SE ARREGLAN MOVILES» sin tilde y con una letra caída.
«Esto te está dando un ictus.»
«No sabes cuánto.»
«He pensado en entrar a corregirlo.»
«No te atreves.»
Dos minutos después llegó otra foto. Berto aparecía señalando el cartel con expresión grave.
«Intervención completada.»
«Eres idiota.»
«Pero comprometido con la ortografía.»
Otro día fui yo quien escribió. Estaba en una cola interminable de supermercado detrás de un hombre que discutía un cupón de veinte céntimos.
«Estoy viendo descomponerse la sociedad.»
«¿Impresora?»
«Peor. Caja del supermercado.»
«Te acompaño en el sentimiento.»
Esas conversaciones no avanzaban la relación de manera visible. Ahí estaba precisamente su fuerza. Empecé a incluirlo en momentos que no tenían nada que contar. Un autobús tarde. Una comida mediocre. Una señora paseando un perro con impermeable amarillo. Él hacía lo mismo conmigo.
A la semana ya sabía que su compañero de mesa se llamaba Rubén, que los martes comían menú en un bar cercano y que Sergio enviaba vídeos a cualquier hora.
Berto sabía que Nerea odiaba archivar, que Marta tenía un hijo adolescente que aparecía por mi casa a veces para arreglarme cosas que yo podría arreglar sola y que mi madre preparaba comida para seis aunque fuéramos dos.
Ninguna de aquellas cosas era seducción.
Por eso funcionaban. Al principio ni siquiera hablábamos todos los días.
Bastaban un mensaje absurdo, una foto o un comentario sobre algo que habíamos hablado.
Yo aprendí que Berto trabajaba algunos viernes desde casa, que odiaba el cilantro y que tenía un vecino empeñado en taladrar los domingos.
Él descubrió que yo llevaba una libreta de papel para cosas importantes aunque organizara toda la oficina en digital, que mi madre llamaba a la hora exacta de comer y que una vez devolví una mesa porque cojeaba dos milímetros.
—Eres una persona difícil —me escribió.
—Soy una persona que paga por cuatro patas funcionales.
—Pensaba que estábamos hablando de muebles.
—Bloqueado.
«No puedes bloquearme. Tengo una sandalia.»
No lo bloqueé.
El jueves siguiente tuve un día horrible. Un cliente había olvidado comunicar una baja, otra empresa discutía una factura y uno de mis compañeros decidió modificar una hoja compartida sin avisar. Salí tarde, con hambre y la sensación de haber hablado con demasiada gente.
Berto escribió cuando yo esperaba en un paso de peatones.
«¿Día de mierda?»
«¿Cómo lo sabes?»
«Has tardado cuatro horas en responder al meme del gato.»
«Eso no es diagnóstico válido.»
«Soy informático, no médico.»
Le conté lo de la hoja compartida. Me mandó un audio de cuarenta segundos explicando por qué tocar archivos comunes sin avisar era motivo legítimo para destierro.
Lo escuché dos veces.
Más que sus bromas, me gustaba su voz, grave y con una forma de arrastrar algunas palabras cuando estaba cansado.
Me sorprendí pensando eso y guardé el móvil.
Esa noche llegué a casa con ganas de no hablar con nadie y, aun así, a las nueve y cuarto estaba escuchando otro audio suyo mientras pelaba una patata.
—He descubierto que mi vecino no está haciendo obras —decía Berto—. Está montando muebles. Lleva tres domingos. O está amueblando un palacio o no sabe usar un destornillador.
Dejé el cuchillo sobre la tabla y grabé respuesta.
—Tú tardaste trece años en comprar una cama que cupiera en tu dormitorio. No estás en posición de juzgar procesos domésticos lentos.
La respuesta llegó cuando yo ya había puesto una sartén al fuego.
—Objeción. La cama cabe. Las personas son el elemento que complica el diseño.
—La gente suele formar parte del uso previsto de una cama.
—Depende de la época vital.
Me quedé mirando el icono del audio. Había algo extraño en oírlo dentro de mi cocina. Los mensajes escritos podían leerse en cualquier parte sin ocuparla. Su voz, en cambio, hacía que el piso pareciera menos silencioso durante los cuarenta segundos que duraba.
No quise analizarlo. Le mandé una foto de la tortilla francesa que acababa de romper al darle la vuelta.
«Cena de persona competente.»
Tardó menos de un minuto en responder con otra fotografía. Su plato contenía arroz, dos huevos y algo que podía ser pollo o una advertencia sanitaria.
«Te gano.»
«Eso parece comida de residencia universitaria.»
«Tengo proteína, hidratos y un color verde.»
Amplié la imagen.
«Eso verde es el borde del plato.»
«Detalles.»
Cené apoyada en la encimera y seguimos enviándonos audios sobre cosas tan poco importantes que resultaban difíciles de explicar al día siguiente.
Me contó que Rubén había llegado al trabajo con una cafetera nueva porque la de la oficina llevaba meses sacando un líquido que todos llamaban café por educación.
Yo le hablé de un cliente que había mandado tres veces el mismo documento con nombres distintos y después había preguntado cuál era el bueno.
—El tercero —dijo Berto en un audio—. Siempre es el tercero. La informática empresarial se sostiene sobre archivos llamados final, final dos y final ahora sí.
—Tenemos uno que se llama definitivo bueno ahora sí tres.
—Retiro lo dicho. Hay artistas en tu sector.
La broma me hizo gracia a solas en la cocina y me sorprendí mirando alrededor, como si alguien pudiera haberme visto.
A las diez y media recogí el plato. Berto envió otro audio desde su salón. De fondo se oía un golpe y luego una blasfemia.
—¿Te has caído? —pregunté.
—He pisado un cable.
—El universo intenta enseñarte algo.
—El universo no entiende de infraestructura.
—Compra una caja.
Hubo una pausa más larga de lo habitual. Cuando contestó, la voz le salió algo más baja.
—Tú tienes cajas para todo, ¿no?
—Para casi todo.
—Me imagino tu casa como un archivo municipal bonito.
—Y yo la tuya como el trastero de una tienda de informática.
—Eso es injusto. Tengo plantas.
—Una.
—Está viva.
—Según tú.
Me apoyé en el fregadero. No sabía por qué aquella conversación me hacía tanta gracia.
Quizá porque no había intención detrás. Ninguno estaba empujando hacia una cita, ni tanteando sexo, ni preguntando dónde acabaríamos.
Éramos dos adultos enseñándose la parte de la vida que normalmente no merece una fotografía.
Berto mandó una imagen de la planta. Tenía tres hojas decentes y una cuarta con un borde marrón.
«Se llama Antonio.»
«Eso cambia todo.»
«Respeta a Antonio.»
Guardé la foto sin pensar. Dos segundos después me di cuenta y la borré de la carpeta de descargas, no del chat. Ese pequeño gesto me pareció absurdamente revelador. No quería una fotografía de la planta de un hombre con el que supuestamente no estaba pasando nada. Tampoco quería perderla del todo.
A las once Berto escribió:
«Me voy a dormir. Mañana entro temprano.»
Me quedé esperando una frase más. Algo que justificara haber estado una hora hablando de comida mala, clientes torpes y una planta llamada Antonio.
No llegó.
«Descansa», contesté.
«Tú también.»
Dejé el móvil sobre la encimera y fui a lavarme los dientes. Cuando regresé, no había ningún mensaje nuevo y me alegré. La parte más cómoda de aquello era que Berto no convertía cada conversación agradable en una deuda para la siguiente.
Mientras desayunaba abrí el chat. Ya me gustaba comprobar qué tontería había encontrado antes de las nueve.
El mensaje estaba allí.
Una foto de Antonio junto a una taza.
«Ha sobrevivido a otra noche.»
Le respondí con mi café.
«Los dos sois muy valientes.»
Y seguí con mi día.
El sábado comí en casa de mi madre. Mi tía Merche estaba allí, por supuesto. También mi primo Iván con su mujer y sus dos niñas. A mitad del segundo plato salió la boda de Lucía.
—Qué ilusión le hace —dijo Merche—. Al final todo llega.
Yo seguí comiendo.
—Cristina, tú ahora estás con alguien? —preguntó.
Mi madre levantó la vista demasiado deprisa.
—No que yo sepa.
—Mamá, si quieres te mando una circular mensual.
Iván se rio. Merche no se dio por aludida.
—Es que ahora con las aplicaciones lo tenéis facilísimo.