Las bragas del revés CAPÍTULO 3 · DEL REVÉS
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CAPÍTULO 3 · DEL REVÉS

Me desperté en el suelo.

Aquello tenía muy poco de metáfora sobre mi vida: estaba literalmente en el suelo, con una mejilla pegada a una alfombra que no conocía y un dolor de cabeza que parecía haber solicitado licencia de obra dentro de mi cráneo.

Abrí los ojos.

Lo primero que vi fue una pata de cama.

Lo segundo, mi sujetador debajo de una silla.

Lo tercero, unos cohetes azules estampados en una funda nórdica.

Tardé varios segundos en recordar dónde estaba.

—Mierda —susurré.

Berto dormía atravesado en la cama, desnudo de cintura para arriba y con una pierna fuera.

Roncaba con una tranquilidad ofensiva. Las gafas estaban sobre una pila de libros junto a la pared.

Sin ellas parecía más joven y, al mismo tiempo, más vulnerable.

Aquello me molestó porque yo necesitaba sentirme indignada, no tierna.

Intenté incorporarme y descubrí que tampoco llevaba ropa.

—Mierda —repetí, esta vez con sentimiento.

La noche volvió por fragmentos: el portal, su barba, el preservativo, mi risa al ver la funda, una mano en mi cintura y mi propia voz diciendo «sí, sigue». Era suficiente para saber lo importante y no tanto como para evitar la vergüenza.

Busqué mi ropa sin hacer ruido. Encontré el vestido junto a la puerta del dormitorio y una media debajo de la cama. Mi bolso estaba en el pasillo. Una sandalia había terminado en la cocina.

Las bragas aparecieron enganchadas en una esquina de la funda nórdica.

Me las puse deprisa.

Berto se movió.

Me quedé inmóvil, con el vestido a medio subir.

Él se rascó el pecho, murmuró algo incomprensible y siguió durmiendo.

Perfecto.

Me vestí, localicé el móvil y vi la hora. Las nueve y cuarenta. Tenía tres mensajes de Nerea, uno de Marta y dos llamadas perdidas de mi madre.

«¿Viva?»

«Cristina.»

«Como no contestes llamo a la Policía.»

Le respondí a Nerea:

«Viva. No llames a nadie.»

Los tres puntos aparecieron de inmediato.

«¿Dónde estás?»

«Saliendo.»

«¿De dónde?»

Metí el teléfono en el bolso.

No estaba preparada para escribir «de la casa del señor de las fotos antiguas y la cama de noventa».

Salí del piso sin despertar a Berto. En el rellano descubrí que no sabía exactamente en qué calle estaba. Miré el número del portal al bajar y lo apunté en el móvil por si más tarde necesitaba reconstruir mi propia desaparición.

Entré en el ascensor.

Fue entonces cuando noté algo raro.

Una molestia en la cintura. Una costura donde no correspondía.

Bajé la mirada, tiré discretamente de la goma y cerré los ojos.

Me había puesto las bragas del revés.

—Maravilloso.

El ascensor se detuvo en el tercero. Entró una señora con un perro pequeño y una bolsa de pan. Me saludó. Yo apreté el bolso contra el cuerpo, como si pudiera ocultar una catástrofe íntima que nadie más veía.

El perro me olió una pierna.

—Toby, deja a la chica.

La chica. Le habría dado un beso a aquella señora.

Salí a la calle y pedí un taxi.

Mientras esperaba, el aire frío me dio una claridad cruel. Podría haber vuelto arriba a despedirme. Podría haber escrito una nota. Podría incluso haber esperado a que Berto despertara y tomado café como una adulta.

No hice ninguna de esas cosas.

Lo que quería era llegar a mi piso, recuperar mi ropa, mi ducha y la versión de mí misma que sabía exactamente dónde estaban las cosas. La casa de Berto era demasiado reciente, demasiado llena de pruebas de lo que había pasado.

El taxi tardó siete minutos. Durante esos siete minutos estuve a punto de subir otra vez dos veces.

Durante el trayecto miré por la ventanilla y traté de ordenar la noche.

Lo que recordaba no me asustaba: había bebido, sí, pero también conservaba decisiones claras.

La vergüenza venía de otra parte, de haber pasado de querer marcharme al verlo a terminar desnuda en su cama en menos de cuatro horas.

Explicar aquella contradicción sin parecer una persona que no se conocía demasiado resultaba difícil.

En casa me duché durante veinte minutos.

El agua caliente me devolvió algo parecido a una personalidad.

Me lavé el pelo dos veces porque olía a humo, sidra y un champú que no era mío.

Mientras me aclaraba, reconstruí una escena más: Berto buscando un preservativo, yo sentada en su cama diciéndole que se diera prisa, los dos riéndonos cuando tiró el contenido del cajón al suelo.

Aquello me tranquilizó. Después me acordé de que había huido sin decir adiós y me sentí bastante peor.

Podía haberme ido sin deberle una mañana romántica. Aun así, existía una distancia incómoda entre marcharse y escaparse de puntillas como si hubiera cometido un delito.

Me sequé, me puse un pijama limpio y recogí del suelo la ropa que había dejado al entrar. Dentro del bolso apareció un envoltorio de preservativo vacío. Me quedé mirándolo unos segundos antes de tirarlo a la papelera.

A esas alturas ya sabía lo suficiente sin necesidad de pruebas forenses.

Aun así, ese pedazo de plástico terminó de ordenar una parte de la noche.

Me cambié las bragas de posición con una solemnidad ridícula y metí toda la ropa de la noche anterior en la lavadora, incluida la bufanda de Berto, que había aparecido dentro de mi bolso.

A las once y media llamó Marta.

—¿Te pillo viva?

—Sigo viva.

—Nerea me ha escrito seis veces.

—A mí ocho.

—¿Qué pasó?

Me senté en el sofá con una botella de agua.

—La cita fue rara.

—Eso describe todas las citas.

—No era como en las fotos.

—¿Fotos falsas?

—Suyas, pero antiguas. Muchos años. Está bastante más gordo, calvo y... diferente.

Marta guardó silencio unos segundos.

—¿Y te quedaste?

—Acepté una sidra.

—Cristina...

—Al final fueron varias.

—Ahora entiendo mejor la cronología.

—Y luego fui a su casa.

Se oyó el golpe de algo al otro lado.

—¿Te has caído?

—He dejado una taza. ¿Te acostaste con él?

—Creo que esa pregunta ya viene contestada por el contexto.

—Quiero oírte decirlo.

—Sí. Me acosté con él.

Marta no se rio. Eso me hizo quererla todavía más.

—¿Estás bien con eso?

Miré la ventana.

—Sí. Me da vergüenza por idiota. Lo que pasó entre nosotros no me preocupa.

—Entonces separa las cosas.

—¿Qué cosas?

—Que te engañara con las fotos y que acabases queriendo acostarte con él. Puedes estar cabreada por una y haber elegido la otra.

Me dejé caer contra el respaldo.

—Odio cuando tienes sentido.

—Es la edad.

—Como vuelvas a mencionar la edad te cuelgo.

Se rio.

Después hablé con mi madre. Le dije que había salido y me había acostado tarde. Ella quiso saber con quién y mentí diciendo que con las chicas. Ni siquiera sé por qué. Pilar habría convertido una cita en una investigación sobre nietos antes de que yo pudiera explicarle las fotos.

Pasé el resto de la mañana tumbada.

Nerea apareció en mi casa a las doce y diez con una bebida isotónica, una barra de pan y una curiosidad que habría abierto una caja fuerte.

—No te he invitado.

—Marta me ha dicho que estás viva, pero eso es información insuficiente.

—Traes pan como si estuviera de parto.

—No sabía qué se lleva a una resaca de Tinder.

Entró y me encontró en el sofá.

—Tienes buena cara.

—Mientes fatal.

—Vale. Pareces una bolsa de basura emocional.

—Mejor.

Le conté lo de las fotos, el primer enfado, la sidra, la cama y la huida. Evité los detalles sexuales porque Nerea no necesitaba combustible.

—Entonces te gustó —concluyó.

—No sé qué parte de «quería irme» no has entendido.

—La parte en la que cuatro horas después estabas desnuda.

—Eso no convierte automáticamente a una persona en mi tipo.

—Claro que no. Pero igual tu tipo es una teoría y tu cuerpo tiene otro departamento.

Le lancé un cojín.

—Vete.

—He traído pan.

—Deja el pan y vete.

Se quedó una hora. A la una comí una tostada. A las dos pude mirar el móvil sin marearme.

Cuando Nerea se fue, me quedé otra vez sola con el ruido de la lavadora.

La cabeza seguía devolviéndome imágenes a saltos. Algunas eran inútiles: Berto intentando abrir la puerta del portal con una llave que no era, yo riéndome sentada en el primer escalón, los dos discutiendo sobre si la funda de cohetes tenía también naves o solo estrellas.

Otra llegó con más claridad.

Estábamos ya en el dormitorio. Berto había sacado un preservativo y me había preguntado si estaba segura. Yo le había contestado que sí y, como tardó un segundo en moverse, lo había agarrado de la camiseta para acercarlo.

Recordarlo me quitó una incomodidad que llevaba toda la mañana sin saber nombrar.

Mi memoria podía estar desordenada por la bebida sin convertir la noche en un espacio vacío. Sabía que había querido entrar en aquel piso. Sabía que lo había besado. Sabía que había elegido seguir.

Lo vergonzoso venía de otra parte.

Me había pasado horas juzgando a Berto por presentarse con un cuerpo distinto al de las fotos y había acabado deseando ese cuerpo.

La contradicción me dejaba peor conmigo misma que con él.

Me obligaba a aceptar que muchas de las reglas que yo consideraba gustos clarísimos funcionaban bastante peor fuera de una pantalla.

Puse una lavadora, bebí otro vaso de agua y comí el pan que Nerea había dejado.

A esa hora era incapaz de decidir si volvería a verlo. Solo quería que dejara de dolerme la cabeza y recuperar mi sandalia.

Tenía un mensaje de Berto.

«Joder, qué resaca. No sé qué pasó pero me escuece el rabo.»

Durante unos segundos no supe si reírme o bloquearlo.

Lo leí dos veces.

Después una tercera porque no podía creer que aquella hubiera sido su elección comunicativa.

No respondí.

Al rato llegó otro.

«Antes de que esto suene peor: recuerdo perfectamente que queríamos estar allí. Lo que no recuerdo es en qué momento intenté hacer una voltereta o algo parecido.»

Tampoco contesté.

A las cuatro apareció un tercero.

«He encontrado una sandalia bajo el radiador. Creo que es tuya.»

Miré mis pies.

Llevaba dos zapatillas de casa. Fui al pasillo. Solo había una sandalia del par negro.

—Me cago en todo.

Dejé el mensaje sin respuesta y pasaron el domingo y el lunes sin que Berto escribiera.

En la oficina trabajé mejor de lo esperado. Las tareas concretas tenían la ventaja de no preguntar cómo me sentía. Revisé pagos, envié documentación, corregí un error en una nómina y atendí una llamada de una clienta que quería saber por qué Hacienda «sabía tantas cosas».

—Porque se las comunicamos —expliqué.

—Pues no deberíamos.

—Es obligatorio.

—Qué abuso.

Colgué diez minutos después con la impresión de que la administración tributaria era el menor de nuestros problemas como especie.

A la una abrí WhatsApp por costumbre. El chat de Berto estaba abajo, quieto.

Lo cerré.

A las cuatro hice lo mismo.

La contradicción era ridícula: yo había ignorado sus mensajes y ahora me molestaba que respetara el silencio.

Eso, que debería haberme dado tranquilidad, me molestó de una manera difícil de justificar.

En la oficina Nerea me interrogó antes de que pudiera quitarme el abrigo.

—Cuenta de una vez.

—No pienso contarte nada.

—Marta sabe cosas.

—Marta sabe comportarse. Tú podrías probar.

—Eso no es una negación.

Me senté.

—Las fotos eran antiguas.

—¿Cuánto?

—Cuatro o seis años.

—Uf, eso son muchos años.

—Esa es la reacción correcta.

—¿Y aun así...?

La miré.

Nerea levantó las manos.

—Vale. No termino la frase.

—Gracias.

—¿Te gustó?

—No quiero hacer una valoración de servicio.

—Eso ha sido un sí.

Abrí el correo y me puse a trabajar. El lunes se llenó de cosas normales: nóminas, un cliente que había enviado dos veces la misma factura, un proveedor que reclamaba un pago ya realizado. A media mañana dejé de pensar en Berto durante casi una hora.

Al mediodía volví a mirar el chat y seguía vacío. Me enfadé conmigo misma por comprobarlo.

No quería que me escribiera. Si escribía, tendría que decidir qué hacer. Si no escribía, podía guardar aquella noche en la categoría de «cosas absurdas que pasaron una vez».

El martes encontré su bufanda, ya limpia, doblada sobre la silla del dormitorio.

La metí en una bolsa.

El miércoles borré Tinder del móvil, pero no mi cuenta.

La decisión duró seis horas. A la noche pensé que quizá Berto habría desaparecido de la aplicación. Me enfadó que esa posibilidad me importara.

Volví a instalarla y descubrí que no sabía qué quería encontrar. Si seguía activo, podía decirme que aquello había sido una noche. Si no estaba, tendría que preguntarme por qué.

Su perfil seguía ahí, pero con la foto nueva.

Me quedé mirándola más tiempo del necesario. La imagen no tenía nada espectacular. Berto estaba sentado en un banco, con una chaqueta oscura y las gafas. Se veía exactamente como se había presentado en Gascona.

Eso me pareció extrañamente valiente, aunque lo justo habría sido hacerlo desde el principio.

El jueves entré otra vez para comprobar una cosa que ni siquiera sabía definir.

Berto había cambiado la primera foto del perfil.

Ahora salía tal como era: calvo, con la barba más larga, camiseta gris y ningún ángulo favorecedor.

Debajo había añadido una línea a su biografía:

«Fotos actualizadas por orden judicial.»

Cerré la aplicación intentando conservar la dignidad. Duré poco: acabé riéndome, aunque solo un poco.