Las bragas del revés CAPÍTULO 2 · EL DE LA FOTO, MÁS O MENOS
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CAPÍTULO 2 · EL DE LA FOTO, MÁS O MENOS

Berto vio mi cara.

Mi cara debió de contestar por mí. Se detuvo a dos pasos, metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y miró un segundo hacia la puerta de la sidrería.

—Las fotos —dijo.

Yo seguía con el teléfono en la mano.

—Sí. Las fotos.

—Son mías.

—Eso ya lo veo.

—Y viejas.

—Eso también.

Podría haber empezado a justificarse con el estrés, la genética, la cámara o mi superficialidad. Eligió otra cosa.

—Debería haberlas cambiado hace tiempo —dijo—. La cagué con eso. Si te quieres ir, lo entiendo.

Me desarmó un poco, lo suficiente para que el enfado no encontrara dónde ponerse.

—¿Cuánto tiempo tienen?

Se rascó la barba.

—La más reciente, cuatro años. La peor, seis.

—¿La peor para quién?

—Para mi dignidad, ahora mismo.

Lo miré mejor. La cara era la misma, claro. La sonrisa también. Los ojos detrás de las gafas eran los de las fotos. El hombre completo, sin embargo, parecía una versión que alguien hubiera dejado años fuera de actualización.

—Eso es hacer trampa.

—Sí, he hecho trampa.

—No me contestes que sí como si con reconocerlo ya estuviera arreglado.

—No está arreglado. Solo prefiero no empeorarlo mintiendo otra vez.

Había una respuesta razonable para todo y eso me irritaba casi tanto como las fotos.

Berto señaló la sidrería.

—Te propongo una cosa. Una sidra. Me dices a la cara que soy un imbécil, yo pago y después te vas sin tener que sentir que has venido hasta Gascona para hacer un giro de ciento ochenta grados en la acera.

—Puedo hacer el giro sin problema.

—Ya. Pero es una maniobra fea con tanta gente.

Se me escapó una risa. La odié un poco.

—Una sidra.

—Una.

Entramos.

La sidrería estaba llena pero no abarrotada. Había ruido suficiente para impedir silencios solemnes y poco como para que pudiéramos hablar sin gritarnos. Berto me dejó pasar delante y preguntó si prefería barra o mesa.

—Mesa. Si me voy quiero hacerlo sentada con dignidad.

—Planificación impecable.

Nos colocaron junto a una pared con fotografías antiguas. Yo dejé el bolso en el regazo, todavía preparado para marcharme.

Berto no intentó tocarme ni acercar la silla. Se sentó al otro lado, una distancia que me permitió decidir cada minuto si seguía allí.

Esa libertad influyó. Cuando una persona no tira de ti, quedarse se siente mucho más tuyo.

Me dejé el abrigo puesto porque eso transmitía intención de fuga. Berto pidió una botella y dos vasos. Cuando nos sentamos, esperó a que yo empezara.

—¿Por qué no cambiaste las fotos?

—Porque cada vez que entraba en la aplicación pensaba «mañana me hago unas decentes». Luego me veía en una foto reciente, me parecía que salía fatal y volvía a dejarlo.

—Eso no mejora la historia.

—No intento mejorarla.

—¿Y qué esperabas cuando quedaras con alguien?

—Que sucediera exactamente esto.

—Plan brillante.

—Trabajo con servidores. El contacto humano no es mi área principal.

—Muy tranquilizador.

Bebí. La sidra estaba fría. Berto levantó su vaso sin hacer brindis.

—Para que conste, si te quedas diez minutos y luego te vas, no pienso escribirte que eres una superficial.

—Qué detalle.

—Tengo valores.

—Y fotos del pleistoceno.

—También.

Volví a reírme, lo cual resultaba bastante inconveniente.

Le pregunté por su trabajo, más por rellenar la sidra que por interés.

Me contó que administraba sistemas en una empresa asturiana de software, que gran parte de su jornada consistía en evitar que gente muy inteligente pulsara botones que no debía y que tenía una relación de odio con las impresoras idéntica a la de su perfil.

—¿Eso sí era verdad?

—Todo lo que escribí era verdad. Solo omití que ahora tengo más superficie útil y menos tejado.

Levanté la vista.

—No hagas bromas sobre tu cuerpo para ponerme fácil reírme de ti.

La sonrisa le cambió un poco.

—No era la intención.

—Pues parece.

Berto asintió y dejó el vaso en la mesa.

—Vale. Gracias por decírmelo.

Aquello me gustó más de lo que quería admitir.

La primera botella terminó. Yo seguía con el abrigo puesto, pero ya no miraba la hora.

—Te toca insultarme —dijo.

—Aún lo estoy elaborando.

—Necesitas otra sidra para trabajar bien.

—No abuses.

—La pagas tú y así queda claro que no te estoy reteniendo.

Pedí la segunda.

El hecho de que pagara yo cambió la atmósfera más de lo que habría admitido. Ya no estaba aceptando una compensación por haber sido engañada. Estaba eligiendo quedarme.

—Ahora estamos en tablas —dijo Berto cuando trajeron la botella.

—No. Sigues debiéndome seis años de honestidad gráfica.

—Puedo abonarlos a plazos.

—Con intereses.

—Usura.

Nos escanciaron y seguimos hablando. Descubrí que había estudiado en Oviedo, que Sergio era amigo suyo desde entonces y que Javi había aparecido unos años más tarde, cuando coincidieron trabajando en una empresa que quebró con una elegancia administrativa envidiable.

—Un viernes nos dijeron que el lunes no fuéramos —contó—. Eso fue toda la estrategia de comunicación.

—Eficiente.

—Muy. Ahorro total en reuniones.

Yo le conté que había entrado en la asesoría pensando quedarme dos años y llevaba once.

—¿Te gusta?

Tuve que pensarlo.

—Sí. No es apasionante cuando lo cuentas en una cena, pero soy buena y me gusta que las cosas funcionen.

—Eso es más de lo que puede decir mucha gente.

—¿Y tú?

—Me gusta resolver problemas que parecen enormes y luego son una casilla mal marcada. Y odio resolver problemas que parecen una casilla mal marcada y luego son enormes.

—Eso se parece bastante a mi trabajo.

—Podemos fusionar empresas.

—Llevamos una hora y ya quieres absorberme.

—Conservarías tu puesto.

—Generoso.

En algún momento aquello dejó de parecer un juicio. El enfado siguió allí, pero empezó a convivir con el hecho incómodo de que me lo estaba pasando bien.

A mitad de botella me había contado que vivía solo, que cocinaba decentemente tres cosas y que tenía una cama pequeña porque la compró cuando se mudó «para salir del paso» y llevaba trece años saliendo del mismo paso.

Yo le conté lo de mi cumpleaños y la frase de mi madre.

No sé por qué. Quizá porque él no tenía ninguna conexión con mi familia y podía escuchar sin darme una solución.

—¿Tú quieres hijos? —preguntó.

Me puse en guardia.

—No lo sé.

—Pues ya está.

—No, no «ya está». Se supone que a estas alturas debería saberlo.

—¿Quién lo supone?

—Todo el mundo.

—Todo el mundo no va a criarlos.

Bebió y miró hacia la barra. No añadió que yo aún estaba a tiempo, ni que luego me arrepentiría, ni que una mujer sin hijos podía ser feliz. No convirtió mi duda en un debate.

—¿Y tú? —pregunté.

—Tampoco lo sé. Si alguien me obliga a decidirlo en una primera cita, probablemente diga que quiero un pez.

—Esto no es una primera cita.

—Correcto. Es una audiencia judicial por fraude fotográfico.

—Aún no hay sentencia.

—Me aferro a eso.

A las nueve y cuarto me quité el abrigo.

Lo hice porque tenía calor, no como gesto simbólico, pero Berto lo vio y sonrió.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Tu cara lo ha dicho.

—Mi cara celebra pequeñas victorias.

—No es una victoria. Hace veintitrés grados aquí dentro.

—La temperatura juega en mi equipo.

Colgué el abrigo en la silla. El gesto me obligó a reconocer que ya no estaba allí por educación. Habíamos superado ampliamente la sidra acordada. Si seguía sentada era porque me apetecía.

Aquello me devolvió una parte del control que había perdido al verlo llegar.

A las diez estábamos en otra sidrería porque la primera se llenó de un grupo enorme.

Compartimos algo de comer. Berto conocía a uno de los camareros y le habló con la normalidad de quien iba allí desde hacía años.

Me fijé en sus manos cuando partió un trozo de pan.

Dedos largos, uñas cuidadas. Fue una observación aislada y me molestó descubrirla.

Bebimos más de lo que habíamos planeado. Mucho más que una sidra.

En algún momento Nerea escribió.

«¿Sigue vivo?»

Le respondí con una foto de mi vaso.

«Yo sí.»

«¿Y él?»

«También.»

«Eso son buenas noticias.»

Guardé el móvil.

Berto había visto el intercambio.

—¿Control de seguridad?

—Mi compañera cree que Tinder es una mezcla entre catálogo y deporte de riesgo.

—Sensata.

—No la conoces.

—Entonces retiro lo dicho.

A las once y media hablamos de exparejas.

Antes hubo comida, porque dos personas adultas no podían seguir fingiendo que una aceituna y tres trozos de pan eran cena. Compartimos una tabla y unas patatas. Berto preguntó si podía coger la última croqueta.

—¿Me estás pidiendo consentimiento para una croqueta?

—He tenido una noche complicada con los límites.

—Cómetela.

—Gracias.

—No lo conviertas en algo solemne.

Me fijé en que no pedía lo mismo que yo. Si yo quería queso, él comía queso. Si yo no quería picante, no insistía en que «apenas picaba». Eran tonterías, detalles diminutos que no justificaban nada y que, sin embargo, iban componiendo una persona más completa que el perfil de Tinder.

En algún momento apareció el tema de su aspecto otra vez porque una pareja que acababa de entrar saludó a Berto. El hombre le dijo que hacía siglos que no lo veía y añadió, con la crueldad casual de los conocidos lejanos:

—Hostia, tío, cómo has cambiado.

Berto se acomodó las gafas antes de contestar.

—El tiempo, que trabaja.

El conocido se marchó. Yo vi cómo Berto bebía antes de mirarme.

—Eso te pasa mucho, ¿verdad?

—Lo suficiente.

—¿Te molesta?

—Depende del día. Hoy estoy acompañado de una mujer que ya me ha dado una charla completa, así que tengo la piel entrenada.

Le di una patada suave por debajo de la mesa.

—No te di una charla por estar gordo.

—Lo sé.

—Te la di por usar fotos viejas.

—También lo sé.

Dejamos el tema ahí. Entendí que Berto no ignoraba cómo lo miraban los demás.

Vivía con ello, y mis primeros diez segundos en Gascona se habían sumado a una colección que yo no podía borrar solo porque ahora me cayera bien.

Cuando hablamos de relaciones anteriores lo hicimos por encima.

Él había tenido una relación larga que terminó dos años antes.

Yo mencioné a Dani y la cafetera. Berto quiso saber quién se quedó con ella.

—Nadie.

—¿La abandonasteis?

—La vendimos.

—Eso es durísimo.

—Fue lo más civilizado de la ruptura.

—Espero que encontrara un buen hogar.

La noche empezó a tener bordes blandos.

Fuimos a un tercer sitio porque Berto quería enseñarme una sidrería donde, según él, ponían una tortilla excelente. Yo le dije que una tercera parada convertía la cita en una gira.

—No es cita —recordó.

—Cierto. Juicio.

—El tribunal se desplaza.

La tortilla era buena y se lo concedí. Después hablamos de música, descubrimos que nuestros gustos solo coincidían en una franja estrecha y discutimos sobre un grupo que él adoraba.

—No puedes decir que son malos —protestó.

—Puedo. Acabo de hacerlo.

—Esto sí es motivo para acabar la noche.

—Por fin encontramos uno.

Ninguno se levantó. La memoria de aquella parte no está borrada, solo desordenada por esa continuidad borracha en la que una conversación salta de un tema a otro y luego cuesta reconstruir el orden.

Recuerdo salir a la calle, el frío en la cara y a Berto dándome su bufanda porque yo había dejado la mía en casa.

También recuerdo decirle que olía a detergente.

Recuerdo también que lo besé yo.

Antes del beso caminamos bastante. La sidra nos había aflojado la lengua y vuelto innecesariamente interesante una discusión sobre si era peor perder un paraguas o prestar uno y no recuperarlo.

Berto llevaba el mío porque yo insistía en que no estaba lloviendo lo suficiente y él afirmaba que esa era la frase oficial de todo asturiano antes de empaparse.

—No tienes solución —dije.

—Me han dicho cosas peores esta noche.

—No tantas.

—Has sido eficiente.

Nos reímos. En un cruce me sujetó por el codo para evitar que bajara a la calzada justo cuando pasaba un coche. Su mano se quedó un segundo más de lo necesario.

Yo miré sus dedos sobre mi manga.

Él los retiró.

La idea de besarlo dejó de parecerme absurda en un momento muy concreto, sin música ni electricidad metafórica. Continuamos andando dos calles y yo ya no escuchaba del todo lo que decía porque estaba intentando decidir qué hacer con esa información.

Eso no se me ha olvidado.

Estábamos cerca de su portal. Él había dicho algo sobre pedir un taxi y yo me reí porque llevaba varios minutos insistiendo en que podía ir andando a casa. Se quedó quieto cuando me acerqué.

—Cristina —dijo—, ¿estás bien?

—Estoy borracha, no muerta.

—Eso lo veo.

—¿Tú estás bien?

—Bastante borracho también.

—Estupendo. Igualdad de condiciones.

Me besó después de que yo lo agarrara de la chaqueta. No fue un beso accidental ni una caída sobre su boca. Lo recuerdo con una claridad incómoda: la barba raspándome, una mano en mi cintura, mi espalda contra la pared fría del portal durante un segundo.

Nos separamos riéndonos porque las gafas se le habían torcido.

—Tu casa —dije.

La broma se le borró de la cara.

—¿Segura?

—Sí. Y como vuelvas a preguntarlo cada veinte segundos igual me da tiempo a arrepentirme por aburrimiento.

—Solo quería comprobarlo.

—Comprobado.

Subimos.

El piso era un caos funcional. Había una bicicleta apoyada en una pared del pasillo, una caja de herramientas abierta junto a una estantería y una taza olvidada sobre el escritorio. No me dio tiempo a inspeccionar mucho.

En la cocina, mientras buscaba agua, volvimos a besarnos. Berto me preguntó otra vez si quería seguir y yo contesté que sí con suficiente claridad para no tener dudas después. También recuerdo el preservativo en su mano y mi risa al ver la cama.

—¿Eso mide noventa?

—Es una cama compacta.

—Eso es una cama de adolescente.

—No insultes a mi infraestructura.

La funda era azul y estaba llena de cohetes, estrellas y espadas. Me apoyé en el marco de la puerta, riéndome.

—No puedo acostarme en esto.

—Podemos discutirlo en el sofá.

—El sofá parece peor.

—Entonces toca exploración espacial.

Volví a besarlo.

Después, los recuerdos se vuelven fragmentos: su boca en mi cuello, mis manos en su espalda, la torpeza de intentar quitarnos ropa sin dejar de reírnos, un momento en que paramos porque él golpeó la rodilla contra la cama y otro en que me preguntó si estaba cómoda.

Conservo lo importante con claridad: quise estar allí, Berto dejó claro que también y la cama de noventa acabó soportando mucho más de lo que su fabricante había previsto.