Las bragas del revés CAPÍTULO 1 · CUARENTA #2
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CAPÍTULO 1 · CUARENTA #2

—Eso sí.

Chocamos los vasos.

A la segunda ronda, Nerea empezó a repasar mis relaciones pasadas como si fueran temporadas de una serie.

—Dani era buen tío, pero aburrido.

—No era aburrido.

—Tenía una colección de documentales de trenes.

—Eso era una afición.

—Era una amenaza.

Marta me defendió.

—Dani estaba bien. Lo que pasaba es que los dos llevaban meses viviendo como compañeros de piso antes de admitirlo.

—Eso sí —concedí.

—¿Y Óscar? —preguntó Nerea.

—Tres meses.

—Tres meses intensos.

—Tres meses discutiendo.

—También.

—¿Sabéis qué me encanta de cumplir años? —dije—. Que de pronto todo el mundo hace una auditoría de tus decisiones.

Marta levantó su copa.

—Entonces retiro el informe.

Nerea no.

—Yo solo digo que no necesitas encontrar marido. Pero igual te vendría bien conocer gente que no sepa ya dónde guardas las bolsas de basura.

—Eso describe a la mayoría de la población.

—Me entiendes.

Sí la entendía. Quizá por eso me molestó menos que otras veces.

Oviedo estaba húmedo, con esa lluvia fina que no parece suficiente para abrir paraguas hasta que llevas cinco minutos andando y ya tienes el pelo pegado a la frente.

Volví a casa a pie, compré pan, saqué la basura y puse una lavadora.

Mi vida, vista desde fuera, tenía el dramatismo de un folleto de electrodomésticos.

Después de cenar abrí el cajón donde guardaba cargadores viejos, una cinta métrica y dos móviles que ya no usaba.

Ni siquiera sé por qué fui allí. Encontré una foto impresa de una boda de hacía cuatro años.

Yo salía con Dani, mi última relación seria.

Él había pasado un brazo por mi cintura y los dos mirábamos a cámara.

Estuvimos juntos dos años más. Cuando terminamos, ninguno quiso quedarse con la cafetera que habíamos comprado a medias.

Volví a guardar la foto.

La foto no me dio nostalgia, lo que me tranquilizó y, al mismo tiempo, me dejó sin excusa.

Instalé Tinder.

Antes de hacerlo abrí una nota nueva en el móvil y escribí, sin demasiada convicción, tres cosas que no pensaba tolerar: gente con pareja que «no lo había explicado bien», hombres que convirtieran una primera conversación en una entrevista sexual y cualquiera que usara la palabra «feminazi» en una biografía.

Después añadí una cuarta: fotos sin camiseta en baños.

La lista me hizo reír porque, en teoría, a los cuarenta una debería tener criterios sofisticados sobre proyectos de vida, valores y compatibilidad. Yo estaba empezando por pedir que no hubiera un inodoro detrás del candidato.

Nerea me mandó un audio.

«No hagas una lista de requisitos de veinte puntos. Te conozco.»

Le respondí con una foto de mis cuatro prohibiciones.

«Solo cuatro.»

«Lo del baño es razonable.»

«Gracias.»

«Lo otro también.»

«Gracias otra vez.»

«Pero dale oportunidad a los calvos.»

«¿Por qué has dicho eso?»

«Porque tenías a dos descartados y uno parecía majo.»

«No me espíes.»

«Buenas noches.»

No podía saber lo profético que iba a resultar su consejo.

Tardé veinte minutos en elegir cinco fotos que no parecieran ni una solicitud de empleo ni una advertencia policial.

Escribí una biografía de tres líneas, la borré, puse otra y también la borré.

Al final dejé algo sencillo: «Oviedo. Trabajo con números y personas, aunque los números suelen dar menos problemas.

Sidra, cine, caminar sin objetivo y gente que sepa conversar. »

Nerea me escribió antes de que yo pudiera avisarla.

«Te he visto.»

«Qué miedo das.»

«Algoritmo y amistad.»

«Voy a borrarlo.»

«Ni se te ocurra.»

Durante media hora deslicé perfiles. Había hombres con peces, hombres en gimnasios, hombres con gafas de sol en las seis fotos y uno que solo había subido fotografías de su moto. Cerré la aplicación.

La abrí otra vez diez minutos después.

Berto apareció casi al final.

Alberto, 40. Administrador de sistemas. En las fotos tenía el pelo corto, barba cuidada, una sonrisa fácil y un cuerpo normal tirando a delgado.

No parecía modelo ni lo intentaba. Había una imagen en una terraza, otra caminando por una montaña y una tercera con una camiseta negra y una taza enorme en la mano.

Su biografía decía: «Sé arreglar ordenadores, pero no impresoras. Las impresoras han elegido el mal.»

Sonreí, deslicé a la derecha y el match fue inmediato.

«Gracias por validar mi teoría sobre impresoras», escribió.

«Trabajo en una asesoría. Tengo pruebas.»

«Entonces esto puede ser el principio de una alianza estratégica.»

Hablamos cuarenta minutos.

Hubo pequeños detalles que me hicieron seguir hablando. Berto no contestaba a cada frase en medio segundo, como si estuviera pegado al móvil esperando una oportunidad. A veces tardaba unos minutos y volvía con algo que demostraba que había leído de verdad.

Cuando le dije que mi película favorita cambiaba según el día, no me pidió una lista para evaluar mis gustos. Me contó que él defendía una comedia malísima porque la había visto con su padre poco antes de que muriera y desde entonces le parecía imposible juzgarla con objetividad.

«Entonces ya no es una película mala», escribí.

«Técnicamente sigue siendo bastante mala.»

«Pero te importa.»

«Eso sí.»

Seguí pensando en aquello mientras hablábamos.

También hablamos de comida. Berto declaró la guerra al cilantro y yo le confesé que no soportaba el café con azúcar. La conversación avanzó sin exhibiciones ni currículums sentimentales.

Al despedirnos, me deseó buenas noches sin añadir corazones ni insinuaciones.

Me gustó ese final más que la mayoría de las aperturas. Hablamos de trabajo, de películas malas que nos gustaban y de los sitios donde siempre acababas pidiendo lo mismo. La conversación se mantuvo lejos del sexo y de la entrevista habitual sobre por qué seguía soltera.

Cuando me propuso tomar algo el viernes, acepté.

El viernes llegué a Gascona cinco minutos antes. Había escogido una sidrería donde se podía hablar sin quedar sorda y me planté junto a la entrada, mirando el móvil y fingiendo una tranquilidad que no sentía.

A las ocho y siete levanté la cabeza.

Un hombre bajito, gordo, calvo, con barba y gafas de pasta se acercaba hacia mí con una expresión que reconocí antes de reconocer su cara.

Al verme, la sonrisa le ocupó la cara.

—Cristina.

Miré el móvil, repasé sus fotos y volví a compararlas con el hombre que tenía delante.

Y pensé, con una claridad bastante poco elegante, que aquella noche iba a durar una sidra como máximo.