Las bragas del revés CAPÍTULO 1 · CUARENTA
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Las bragas del revés

Las bragas del revés

Por Llara Valle

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CAPÍTULO 1 · CUARENTA

Cumplí cuarenta un martes y el mundo decidió celebrarlo recordándome todo lo que no había hecho.

Mi madre empezó a las ocho y doce de la mañana, antes incluso de que yo pudiera terminar el primer café.

—Felicidades, cariño. Cuarenta ya. Parece mentira.

—A mí también me cuesta creer que hayan pasado cuarenta años desde que nací.

—No seas tonta. Me refiero a lo rápido que va todo. A tu edad yo ya te tenía a ti.

Ahí estaba. El regalo.

Me apoyé en la encimera de la cocina con la taza entre las manos y miré mi piso.

Dos dormitorios, uno de ellos convertido en despacho porque podía, un sofá que había elegido yo sin consultar a nadie, una estantería llena de novelas y una planta que llevaba tres años sobreviviendo a mi falta de talento botánico.

Nunca me había parecido un escenario trágico hasta que alguien pronunciaba «a tu edad».

—Mamá, son las ocho de la mañana.

—Solo digo que la vida pasa.

—Y yo solo digo que todavía no me he duchado. Si quieres hundirme moralmente, espera por lo menos a que me haya lavado el pelo.

Pilar se rio. Mi madre tenía la habilidad de meter el dedo en una herida y, medio minuto después, hablar del tiempo como si nada. La mala intención no formaba parte del problema, y precisamente por eso enfadarme con ella siempre resultaba más complicado.

—El sábado vienes a comer, ¿no?

—Claro. El sábado estaré allí.

El día de mi cumpleaños, además, había empezado con una notificación del banco felicitándome y otra de una clínica dental recordándome que tocaba revisión. A cierta edad hasta las empresas parecen ponerse de acuerdo para hacer balance.

—Y esta noche sales con las chicas —añadió mi madre.

—Eso parece.

—No vuelvas tarde, que mañana trabajas.

Me aparté la taza de la boca.

—Mamá, tengo cuarenta.

—Precisamente. Ya no estás para dormir tres horas.

—Gracias por aclarar qué parte de cumplir años era la peor.

Pilar se rio y cambió de tema para contarme que había visto unas cortinas “muy de mi estilo” en una tienda.

Así funcionaba mi madre. Podía recordarme que mi fertilidad, mi resistencia al alcohol y el paso del tiempo eran asuntos públicos y, treinta segundos después, hablarme de cortinas con un cariño tan genuino que resultaba imposible enfadarse de forma eficiente.

—Tu tía Merche preguntó por ti.

—Eso ya me preocupa más.

—Está encantada con la boda de Lucía.

Lucía era mi prima segunda, treinta y dos años, boda en octubre y una cuenta de Instagram donde llevaba seis meses enseñando pruebas de vestido, menús, centros de mesa y frases sobre elegir para siempre.

Me caía bien. El problema era que su felicidad se había convertido en un espejo que determinadas mujeres de mi familia se empeñaban en ponerme delante.

—Me alegro por ella.

—Ya lo sé. Pero tú también podrías...

—Mamá.

—No he dicho nada.

—Lo estabas preparando.

—Pues no lo digo. Hoy no.

Me felicitó otra vez y colgamos. Durante unos segundos me quedé mirando la pantalla con la sensación absurda de haber suspendido un examen del que nadie me había entregado el temario.

A las nueve y diez estaba en la asesoría.

Yo llevaba once años allí y seis como responsable de administración y coordinación.

El nombre del cargo sonaba mucho mejor que la realidad, que consistía en conseguir que clientes, plazos, facturas, nóminas, impuestos y tres compañeros con formas distintas de archivar un PDF convivieran sin provocar una tragedia.

Nerea me esperaba con una bolsa de una pastelería y un globo en forma de cuatro y otro en forma de cero sujetos a mi silla.

—Te odio —le dije.

—Buenos días a ti también.

—Quita eso.

—Lo compré con dinero de la empresa.

—Eso es malversación.

—Eso es cariño fiscalmente deducible.

Nerea tenía treinta y cinco años, una fe inquebrantable en las aplicaciones de citas y la costumbre de enseñarme perfiles como quien recomienda restaurantes. A su lado, Marta sostenía dos cafés y llevaba la expresión de quien ya sabía cómo iba a terminar la mañana.

—Feliz cumpleaños —me dijo, dándome uno—. No pienso preguntarte cómo te sientes porque seguro que tu madre ya ha hecho el trabajo sucio.

—A las ocho y doce.

—Récord personal.

Nerea se sentó en el borde de mi mesa.

—¿Ha pronunciado «a tu edad»?

—Literalmente.

—Bingo.

—No quiero hablar de mi edad durante al menos siete horas.

—Perfecto. Hablemos de tu vida sexual.

Marta cerró los ojos.

—Nerea, son las nueve y cuarto.

—Nunca es mal momento para el servicio público.

Abrí el ordenador.

—Mi vida sexual está descansando.

—Está en coma inducido.

—Está tranquila. No todo necesita una reanimación.

Marta me tendió un paquete pequeño. Dentro había una libreta negra con una frase en la portada: «PLANES QUE ME DAN LA GANA».

Se me escapó una sonrisa.

—Esto sí me representa.

—Era eso o una taza de «cuarenta y fabulosa». He decidido conservar nuestra amistad.

Pasamos la mañana entre declaraciones trimestrales, una llamada de un cliente que llevaba cuatro meses sin entregar documentación y el globo del cero golpeándome la cabeza cada vez que me levantaba.

A media mañana recibí flores. No de un amante secreto, que habría sido demasiado novelesco, sino de la gestoría de Gijón con la que compartíamos algunos clientes. La tarjeta decía «Felicidades, Cristina. Que sean muchos más». La dejé junto al monitor.

Nerea apareció detrás de mi hombro.

—¿Ves? El universo te manda señales.

—El universo me manda una factura el día treinta de cada mes. Esto lo manda Nuria, de Gijón.

—Podría ser bisexual y estar enamorada de ti.

—Está casada con Emilio desde 2008.

—Eso no invalida todas mis hipótesis.

Marta, que había venido a dejarme unos papeles de su trabajo porque su empresa era cliente de la asesoría, la apartó de mi mesa.

—Déjala respirar.

—Estoy intentando que viva.

—Trabaja con declaraciones de IVA. Ya vive al límite.

Las dos se fueron discutiendo por el pasillo y yo sonreí frente al ordenador.

Mi vida tenía gente. Mucha. Gente que me llamaba, que sabía cómo tomaba el café, que podía entrar en mi oficina sin pedir permiso y que recordaba mi cumpleaños.

La sensación de fracaso que me había dejado la llamada de mi madre no encajaba demasiado bien con los hechos, pero llevaba años alimentándose de otra clase de comparaciones y no parecía dispuesta a rendirse por una mañana agradable.

A las dos, Nerea pidió comida y se empeñó en que comiéramos juntas en la pequeña sala de reuniones.

Antes de sentarnos tuve que resolver el pequeño incendio del día. Un cliente apareció sin cita con una carpeta llena de facturas impresas y la convicción de que «todo estaba ahí». Todo no estaba ahí. Faltaban extractos, nóminas y una comunicación que llevaba un mes reclamándole.

—Pero si os lo mandé —insistió.

—No nos llegó.

—Pues seguro que sí.

Giré la pantalla para enseñarle el correo.

—Aquí están todos sus mensajes. Si quiere, lo revisamos juntos.

El hombre miró la pantalla como si yo hubiera preparado una conspiración tecnológica para desacreditarlo.

—Mi hija fue la que lo envió.

—Entonces pregúntele y, cuando lo tenga, seguimos.

Se marchó convencido de que el problema era nuestro sistema. Nerea asomó la cabeza por la puerta.

—Tienes paciencia de santa.

—Tengo una hipoteca.

—Eso motiva mucho.

Aquella clase de situaciones me recordaba por qué mi trabajo me gustaba pese a todo. Había una satisfacción concreta en poner orden donde otros dejaban montones, aunque luego llegara mi cumpleaños y yo fuera incapaz de hacer lo mismo con mi propia cabeza.

Fue allí donde apareció Tinder.

Fue la palabra Tinder, más que la aplicación, la que acabó entrando en la conversación.

—Podrías volver —dijo Nerea mientras apartaba cebolla de su bocadillo.

—Podría también apuntarme a boxeo y no por eso tengo ganas de que me peguen.

—No es comparable.

—Mi última cita me contó durante cuarenta minutos su divorcio y después me preguntó si quería subir a su casa.

Marta mordió una patata.

—Eso tenía una lógica interna bastante sólida, dentro de su género.

—La anterior llevaba seis años en pareja abierta y se le había olvidado comentárselo a la pareja.

—Eso ya es peor —admitió Nerea.

—Y el de antes me preguntó cuánto pesaba.

—¿Antes o después de pedir?

—Antes del postre.

Marta dejó la patata.

—Yo habría pedido dos.

Me reí y durante unos minutos la conversación se quedó ahí.

Lo cierto era que no estaba desesperada por encontrar a nadie.

Había tenido relaciones largas, relaciones cortas, una convivencia de tres años que terminó sin platos rotos y varios hombres con los que había confundido química con compatibilidad.

Sabía estar sola. Incluso me gustaba bastante.

Lo que me estaba jodiendo era empezar a preguntarme si gustarme mi vida había sido una decisión o una forma elegante de acostumbrarme a ella.

Me guardé la respuesta. Si la decía, Nerea habría abierto Tinder antes de que pudiera acabar la frase.

Lo abrió igualmente.

—Mira este.

—Ni hablar.

—Cuarenta y dos. Arquitecto. Perro grande.

—No quiero adoptar a un hombre por su perro.

—Este otro corre maratones.

—Peor.

—Cristina, tienes criterios imposibles.

—Tengo piernas que no quieren correr cuarenta y dos kilómetros.

Marta me miró un momento por encima de su vaso.

—¿Tú quieres conocer a alguien?

Marta lo preguntó sin entusiasmo ni diagnóstico y me obligó a pensar.

—No lo sé.

—Pues esa respuesta ya sirve. No tienes que convertirlo en una misión.

—Exacto —dije.

Nerea sonrió con la satisfacción de quien acaba de ganar una discusión que nadie estaba teniendo.

—Entonces te haces un perfil y miras. Sin misión.

—Te odio un poco.

—Eso no es un no.

Aquella noche salí de la oficina a las siete y media.

Antes de volver a casa, Nerea y Marta me arrastraron a tomar algo. «Una copa», prometieron, que es una de esas unidades de medida que nunca significan exactamente una.

Fuimos a un bar del centro donde podíamos sentarnos. Marta pidió vino. Nerea pidió un cóctel de un color que no aparece en la naturaleza. Yo elegí cerveza.

—Por los cuarenta —brindó Nerea.

—He prohibido el tema.

—Por Cristina, entonces.