Una joven turista murió en un piso de Valencia. En su última foto Marta reconoció su propio baño.
Marta Aguilar es enfermera de noche en Urgencias. Cada dos fines de semana conduce tres horas hasta Teruel para cuidar de su padre. Su marido se queda en casa con la niña. Eso cree ella.
Un jueves de madrugada una compañera le enseña una noticia. Una chica holandesa de veinticuatro años se cayó en la ducha de un apartamento turístico de Ruzafa. Accidente. Caso cerrado. El periódico publica su último selfie frente al espejo del baño.
Marta conoce ese espejo. Conoce la grieta de la esquina. Conoce las baldosas verdes y ocres que limpió una por una con sus propias manos.
Es su baño. Y la noche de esa foto Marta estaba a trescientos kilómetros.
Esa misma mañana encuentra el anuncio. Ático luminoso en Ruzafa. Su sofá. Su buganvilla. Los dibujos de su hija en la nevera.
Su casa tiene 47 reseñas. Ella nunca la ha alquilado.
Desde el domingo a su ducha le falta una baldosa. Su marido dice que se rompió. Que la tiró. Que mañana llama al albañil.
Marta no llama a la policía. No le pregunta nada a él.
Once años en Urgencias le han enseñado que la primera mentira es la más difícil de desmontar.
Así que busca sola. En la tableta de su marido.
En la memoria de la cerradura de su puerta.
En los mensajes de los desconocidos que durmieron en su cama.
Lo que encuentra no cabe en un accidente.
Nadie la mató. Todos la movieron.
Un thriller doméstico sobre una casa que dejó de ser un hogar sin que nadie se lo dijera a su dueña.






