La turista que murió en mi baño Diecinueve
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Diecinueve

A las once y cuarto llamé a Dani desde la ventana de la cocina de Rocío.

«He llegado.»

«¿Qué tal la carretera?»

«Bien. Sin lluvia.»

«¿Y tu padre?»

«Ahora subo a verle.»

Por la ventana se veía el patio de luces y la vecina tendiendo. Hoy eran toallas. Rojas y amarillas. Como una bandera.

«Vale», dijo Dani. «Dale un beso.»

«Se lo daré.»

Silencio. Oí ruido detrás de él. Una cocina. Platos. Alguien gritaba una comanda.

«Marta.»

«¿Qué?»

Otra vez el silencio. El mismo de la mañana del jueves. El de la barbilla temblando.

«Nada. Que tengas buen fin de semana.»

Colgó.

Rocío estaba sentada en la mesa de la cocina con las piernas cruzadas encima de la silla. Me miraba por encima de la taza.

«Te iba a decir algo», dijo.

«Lo sé.»

«¿Y por qué no te lo dice?»

No le contesté. No lo sabía. O lo sabía y no quería mirarlo. Lo dejé boca abajo en un rincón con todo lo demás.

* * *

Pasamos el día en el piso de la calle Cádiz como se pasa un día de espera en un hospital. Haciendo cosas que no hacen falta. Rocío limpió el horno. Yo ordené los cajones de los estudiantes. Comimos dos huevos fritos de pie. A las dos me tumbé en la cama de Irene de Albacete y no dormí.

A las tres y cuarto le escribí a la inspectora Llopis.

Hoy a las ocho entro. El código funciona desde las cuatro.

Contestó a los dos minutos.

Mañana a partir de las 8:00 estoy en un coche gris en la esquina de la calle Cuba. Esta noche hay patrulla de barrio. Si pasa algo llame al 091 y luego a mí. No abra la puerta. Duerma.

Duerma. Me reí sola en la cama de Irene.

A las cinco y media Rocío bajó a la calle a dar una vuelta. Volvió a las seis y diez con una bolsa de pipas y la cara seria.

«Ha pasado la furgoneta», dijo. «La de la hoja de olivo. Delante de tu portal. Dos mujeres con polos verdes. Han subido con las bolsas grandes. Han bajado a la hora con otras bolsas.»

Las mujeres de los polos verdes habían subido a mi casa.

Habían abierto el armario del pasillo con su llave.

Habían sacado los cojines mostaza y el edredón blanco y el libro de fotografía de Valencia.

Habían metido dentro mis cosas. Las fotos de mi madre.

Las gafas de mi mesilla. Los peluches de Alba.

Mis libros. Habían cerrado con llave. Habían hecho la cama con cuatro almohadas y una ramita de romero.

Como cada dos fines de semana durante dieciocho meses. Como el fin de semana de Femke.

Me cambié de ropa. Unos vaqueros. Un jersey gris.

Las zapatillas de correr. Metí en la maleta de Teruel lo que me había preparado.

El móvil de Rocío. Mi móvil. Dos baterías externas.

La libreta de espiral del Clínico. Un bolígrafo.

Un táper con macarrones que me había hecho Rocío. Una botella de agua.

A las siete y media Rocío me abrazó en la puerta.

«Voy a estar en el bar de la esquina», dijo. «El de Pepe. Abre a las siete de la mañana. Voy a estar en la mesa de la ventana desde las siete. Me tomo cinco cafés si hace falta. Si me escribes una palabra subo.»

«No subas. Llama a Llopis.»

«Subo y llamo a Llopis. Las dos cosas. Soy de Cádiz. Sé hacer dos cosas a la vez.»

* * *

Era la noche de Halloween.

No me acordaba. Lo recordé en la calle. Ruzafa estaba llena de niños disfrazados.

Brujas pequeñas. Esqueletos con zapatillas de luces.

Un dinosaurio verde de un metro que no podía andar con la cola.

Los padres detrás con bolsas de caramelos y cervezas en la mano.

En los bares habían colgado telarañas de algodón y calabazas de plástico con una vela dentro. Olía a castañas asadas y a churros.

Alba estaría en casa de Pura con su disfraz de pulpo. Le habría pedido a la abuela que la llevara a pedir caramelos por Benimaclet. Pura le habría dicho que eso es una costumbre de americanos. Luego la habría llevado igual.

Subí mi calle con la maleta de Teruel. Con ruedas. Las ruedas hacían ruido en los adoquines. Tracatracatraca. El ruido de los turistas. El ruido que la farmacéutica de Literato Azorín oía a las tres de la mañana.

Me crucé con la señora Amparo en el portal. Bajaba con la bolsa de la basura y los dos gatos asomados detrás de ella en el rellano. Me miró la maleta. Me miró a mí.

«¿Te vas de viaje, Marta?»

«Vuelvo de viaje.»

«Ah.» No le pareció raro. Nada le parece raro a la señora Amparo. «Oye. ¿Tú sabes quién es esa gente que sube y baja con maletas los fines de semana? Que yo creo que se equivocan de portal. Que hace un año que los veo.»

Me quedé quieta en el primer escalón.

«No, Amparo. No lo sé.»

«Pues ya podía alguien poner un cartel. Que me despiertan a los gatos.»

Subí andando. Cinco pisos. Como Femke. Con la maleta de Teruel en la mano porque no quería oír las ruedas en la escalera.

En el quinto me paré delante de mi puerta.

Era mi puerta. De madera barnizada. Con una mirilla. Con un felpudo que pone HOLA con letras blancas que compró Dani en una tienda de chinos. Con la cerradura con teclado. Con la pegatina de un dinosaurio que Alba pegó en el marco a la altura de sus ojos y que nadie ha quitado nunca.

Marqué el código.

Tres. Uno. Uno. Cero. La tecla de la llave.

La cerradura pitó tres veces. Luz verde.

Huésped 3110. Código. Viernes 31 de octubre. 20:04.

Abrí la puerta de mi casa como una extraña.

* * *

Olía a ambientador. A ese olor a vainilla y a algo químico que tienen los hoteles baratos. Mi casa no huele a eso. Mi casa huele a café y a la crema de manos de Alba y a ropa tendida.

Encendí la luz del pasillo.

No estaba el cuadro torcido. En su lugar había una lámina enmarcada de la Ciudad de las Artes y las Ciencias en blanco y negro. Recta. Perfectamente recta. No estaba el perchero con los abrigos. No estaba la mochila de Alba con el llavero del pulpo. No estaba la foto de la boda.

En la mesita de la entrada había un cuenco de cerámica con caramelos envueltos y una tarjeta. ¡Bienvenida a tu casa en Valencia! Disfruta de tu estancia. Iván y el equipo de Casa Lucía.

Bienvenida a tu casa.

Fui al salón. Mi sofá verde con los cojines mostaza.

La manta de cuadros doblada en el brazo con precisión de tienda.

La estantería de mi padre con los libros de colores ordenados por tonos.

Encima de la mesa baja el libro de fotografía de Valencia y el jarrón con flores secas.

Y la guía de la casa. La carpeta de plástico.

Abierta por la primera página. Bienvenidos a vuestro hogar.

Fui a la cocina.

La cafetera de cápsulas. El frutero con limones. Dos copas de vino boca abajo sobre un paño. Una botella de vino blanco en la nevera con un lazo rojo.

La nevera estaba blanca.

Vacía. Lisa. Sin un solo dibujo. Ni el sol con gafas. Ni la ballena morada. Ni la mujer de pelo naranja con los brazos muy largos. Ni el calendario del Clínico con Teruel en rojo. Ni el imán de la pizzería. Ni el de la frutería de Benimaclet.

Me quedé mirando aquella puerta blanca.

Esto era lo que veían ellos. Los cincuenta y dos. Sophie y Matteo y Thomas y Laura y Jordi y Hanna y Ferran y David con su niña de seis años y Valentina. Esto era lo que vio Femke cuando entró a las seis y veinticuatro de la tarde y escribió wow . Una nevera blanca. Una casa sin nadie.

Una casa con alma. Eso ponía la reseña.

Abrí el armario del pasillo. Estaba cerrado con llave. Claro. Toqué la puerta con la palma de la mano. Detrás de esa puerta estaban las fotos de mi madre. Estaban los peluches de Alba. Estaba mi vida doblada y apilada a oscuras como los muebles de una casa que nadie habita.

Fui al dormitorio. Mi cama con el edredón blanco y las cuatro almohadas y el cojín de terciopelo. Las dos toallas enrolladas a los pies con la ramita de romero encima. La lámpara de Manises en mi mesilla sin nada más.

Fui a la habitación de Alba. El despacho. La mesa. La silla. El flexo. La colcha gris. Apagué la luz.

En el techo brillaban las estrellas fosforescentes.

Las mujeres de los polos verdes no las habían quitado. No las podían quitar. Estaban pegadas al techo con pegamento de verdad y con celo. Una luna. Un cohete. Treinta y una estrellas. Las conté.

Me quedé allí de pie a oscuras mirando el techo de mi hija hasta que se me pasó el temblor.

* * *

El baño lo dejé para el final.

Toallas blancas sobre el taburete de madera. Una vela apagada. El jabón de lujo con etiqueta en francés. El vaso azul. El espejo con su rayo pequeño. La cortina de ducha blanca.

En el plato de ducha alguien había puesto una alfombrilla de goma antideslizante. Gris. Nueva. Con ventosas. Tapaba el hueco. Tapaba el sitio exacto.

La levanté. Despacio. Las ventosas hicieron un ruido pequeño al despegarse. Uno detrás de otro. Plop. Plop. Plop.

Debajo estaba el cuadrado de cemento gris.

La dejé apartada. Me descalcé. Me metí en la ducha con los calcetines puestos. Me senté en el plato con la espalda contra la pared. Con las rodillas dobladas. Con la mano encima del hueco. Como había hecho Ingrid.

Pensé: aquí estaba ella a las dos y cinco de la madrugada.

Con el golpe en la cabeza. Mareada. Asustada. A lo mejor un poco de sangre en el pelo. Mojada. Desnuda. Sola en una casa de un país extranjero. Buscando el móvil. Buscando el número.

Busqué la guía de la casa. La tenía en la mano. La había cogido del salón sin darme cuenta. Fui a la última página. El recuadro rojo. Llámanos a nosotros primero.

Marqué el número en mi móvil. No le di a llamar. Me quedé mirando los nueve dígitos en la pantalla.

Veintisiete minutos tardó en venir. Desde la llamada de las dos y catorce a las dos y cuarenta y uno de la puerta. Veintisiete minutos. En veintisiete minutos llega una ambulancia a cualquier calle de Ruzafa tres veces.

Borré el número.

Me quedé sentada en la ducha de mi casa hasta las once de la noche. Fuera se oían los niños de Halloween. Gritos. Risas. Una canción en inglés en un bar. Petardos. Dentro no se oía nada.

A las once y cuarto me levanté. Volví a poner la alfombrilla en su sitio. Plop. Plop. Plop. Exactamente como estaba.

Comí los macarrones de Rocío fríos de pie en la cocina delante de la nevera blanca.

No dormí en mi cama. No pude. La sábana olía a suavizante de otra persona y el edredón tenía una etiqueta que ponía Hotel Quality . Dormí en el sofá verde. Vestida. Con las zapatillas puestas. Con los dos móviles en el pecho. Debajo de la manta de cuadros.

A las tres y catorce me desperté. No había sonado nada. Me desperté sola.

Me quedé escuchando la casa. La nevera. El reloj de la cocina. Un coche en la calle. Mi corazón.

Nadie entró.