La turista que murió en mi baño Dieciocho
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Dieciocho

Rocío tiene cuenta en la plataforma desde hace años. Con su nombre. Con su foto de perfil en la playa de la Caleta con un sombrero de paja. Con once reseñas de anfitriones que la describen como una huésped encantadora y muy limpia. Rocío no es limpia. Pero cae bien.

El anuncio apareció el tercero. Ático luminoso en Ruzafa. La foto de la terraza al atardecer. Mi buganvilla.

«Joder», dijo Rocío. «Es precioso, Marta. Tu casa es preciosa.»

«Ya lo sé.»

Le dio a reservar. La aplicación le pidió un mensaje para el anfitrión. Rocío escribió:

¡Hola! Vengo a Valencia para un congreso de enfermería. Viajo sola. ¡Qué ganas de ver esa terraza!

Le dio a enviar. Pagó con su tarjeta. Trescientos cuarenta y un euros con las tasas y la limpieza. Le dije que se los devolvía. Me dijo que me callara.

La pantalla se puso verde.

¡Reserva confirmada! Ático luminoso en Ruzafa Vie. 31 oct. · Dom. 2 nov. · 1 huésped Dirección: Calle Literato Azorín 14 · 3º 6ª · Valencia Número de registro: VT 48213 V Anfitrión: Casa Lucía Valencia

Calle Literato Azorín 14. Tercero sexta.

El piso del cactus muerto. El piso de las baldosas grises. El piso donde encontraron a Femke con el agua corriendo.

Rocío hizo captura. Yo hice foto de la pantalla con mi móvil. Por si acaso. Ya no me fiaba de nada que pudiera borrarse.

A las once y diecinueve llegó el primer mensaje automático.

¡Hola Rocío! ¡Muchas gracias por tu reserva! Estamos deseando recibirte en Valencia. Unos días antes de tu llegada te enviaremos toda la información para el check in.

La misma frase. Palabra por palabra. Con la misma carita. Exactamente igual que a Femke el 28 de septiembre a las once y dos de la mañana.

Rocío leyó el mensaje y se quedó blanca. Me cogió la mano por debajo del mostrador. Se la apreté.

En la sala de espera un hombre con el brazo en cabestrillo se había quedado dormido en una silla de plástico. Roncaba. Un niño con fiebre lloraba en brazos de su madre. La máquina de café hizo su suspiro.

* * *

El jueves por la mañana Dani se levantó antes que yo. Le oí en la cocina. Le oí abrir el cajón de los paños. Le oí sacar la tableta.

Me quedé en la cama con los ojos cerrados. Contando. Uno. Dos. Diez. Veinte.

La tableta tenía notificaciones. Él era coanfitrión. Le llegaban las reservas. Le habría llegado la de Rocío. Nueva reserva. Rocío. Del 31 al 2. Un huésped.

Treinta. Cuarenta.

Le oí volver a guardarla. El cajón. Luego el ruido de la cafetera. Luego nada.

Cuando entré en la cocina estaba sentado en la mesa con el café delante. No se lo bebía. Miraba la taza.

«Buenos días.»

«Buenos días.»

«¿Te pasa algo?»

«No. Nada.» Levantó la vista. «Oye. ¿Al final te vas el viernes? A Teruel.»

«Sí. Ya te lo dije.»

«Vale.» Pausa. «Es que hay gente.»

«¿Qué gente?»

Lo dijo sin querer. Lo vi en su cara. Se le escapó como se le había escapado lo de Thomas. Se mordió el labio.

«Nada. Gente. En el hotel. Que me han pedido que haga turno el sábado por la mañana. Pero les he dicho que no. Que tengo lo del baño.»

«Ah.»

«Lo del albañil. Que viene el sábado a primera hora.»

«Muy bien.»

Bebí un sorbo de mi café. Él no se movió. Me miraba.

«Marta.»

«¿Qué?»

Abrió la boca. La cerró. Le temblaba la barbilla. Lo vi. Una vez. Dos. Como le tiembla a Alba antes de llorar. Pensé: ahora. Ahora me lo va a decir. Ahora va a decir lo siento de verdad. Ahora va a decir no sé qué hacer. Ahora va a decir ayúdame.

Y si lo decía, ¿qué iba a hacer yo?

No lo sé. Pienso a menudo en ese momento. En lo que habría hecho. No lo sé.

«Nada», dijo. «Que te quiero.»

Se levantó. Dejó el café entero en la mesa. Cogió la mochila. Se fue al hotel.

Me quedé sola en la cocina. Delante de su café frío. Arriba en la nevera la mujer de pelo naranja con los brazos muy largos. Sujeta con el imán de la frutería de Benimaclet. Todavía.

Quité el imán. Lo cambié por el de la pizzería. Puse la ballena arriba. Como quería Alba.

* * *

El jueves por la noche llegó el segundo mensaje automático al móvil de Rocío. Me lo reenvió a las diez y doce con un solo emoji. Una calavera.

Dirección actualizada Hola Rocío. Por obras en el portal de la dirección que aparece en tu reserva te alojaremos en nuestro ático gemelo a pocos metros.

¡Es el mismo de las fotos! Calle Puerto Rico 22 · Ático Código de entrada: 3110 y luego la tecla de la llave Wifi: AticoRuzafa · Contraseña: valencia2024 En la mesa del salón tienes la guía de la casa con nuestro teléfono de emergencias 24 horas.

Calle Puerto Rico 22. Ático.

Me lo leí sentada en el sofá verde. A mi lado Alba se había quedado dormida con el disfraz de pulpo puesto.

Se lo había probado después de cenar y no se lo había querido quitar.

Ocho calcetines rellenos de algodón. Cada uno de un color.

Tenía un tentáculo en la boca. Lo chupaba dormida como chupaba el chupete cuando tenía dos años.

El código era 3110. Treinta y uno diez. La fecha.

Esa noche, mientras Dani roncaba, me levanté. Fui a la puerta. Marqué 3110 en el teclado de la cerradura con la puerta abierta. Despacio. Tecla por tecla. La tecla de la llave.

La cerradura pitó dos veces. Luz roja.

Todavía no. El código de un huésped solo funciona desde la hora de llegada. Lo ponía en la guía. Check in a partir de las cuatro de la tarde.

Me quedé mirando la luz roja. La luz roja se apagó.

Volví a la cama. Dani se movió. Me pasó el brazo por encima. Dormido. Como siempre. Pesaba lo mismo que siempre. Olía igual que siempre.

No lo aparté. Esa última noche no lo aparté.

* * *

El viernes por la mañana hice la maleta de Teruel. La pequeña. La de siempre. Dos mudas. El neceser. El cargador. Un libro que no iba a leer. La puse en la entrada a las ocho menos cuarto como pongo siempre la maleta de Teruel.

Dani me la bajó al coche. Como siempre.

Alba llevaba el disfraz de pulpo en una bolsa para el colegio. Se lo iban a poner allí. La fiesta era a las once. Me hizo prometer que me haría una foto mental de ella con el disfraz aunque no la viera. Le dije que sí. Le dije que la tenía ya. Le di un beso en cada tentáculo. Ocho besos. Se rió.

«Mamá. Son calcetines.»

«Son tentáculos.»

«Son calcetines, mamá.»

Dani nos miraba desde el portal. Tenía las manos en los bolsillos. Ojeras. La barba sin afeitar. Parecía más viejo. Parecía de repente un hombre que podía tener cincuenta años.

«Ten cuidado en la carretera», me dijo.

«Siempre.»

«Llámame cuando llegues.»

«Siempre.»

Me dio un beso en la mejilla. Se quedó un segundo con la cara pegada a la mía. No dijo nada. Luego se apartó.

Arranqué. Le vi por el retrovisor. De pie en el portal de mi casa. Con Alba de la mano. Alba me decía adiós con la bolsa del pulpo. Él no.

Di la vuelta a la manzana. Aparqué en la calle Cádiz. Delante del piso de Rocío.

Subí los tres pisos sin ascensor con la maleta de Teruel. Rocío me abrió en pijama. Tenía la cafetera puesta.

«¿Y ahora?», me dijo.

«Ahora a esperar a las cuatro.»