Diecisiete
La traducción llegó el lunes a las nueve de la mañana. Ingrid la había pagado a una traductora jurada de Rotterdam que trabajó toda la noche. Venía en un PDF de seis páginas. Lo leí en el coche. En el aparcamiento del Clínico. En mis diez minutos de nadie que esa mañana fueron cuarenta.
No voy a copiarlo entero. Hay cosas de ese informe que no quiero volver a leer. Pero hay cuatro párrafos que me sé de memoria. Los cuatro de las líneas rojas.
Nederlands Forensisch Instituut Informe pericial de segunda autopsia · F. de W. · Traducción jurada
Óxido de cromo. Es lo que da el verde. Óxido de hierro. Es lo que da el ocre.
Verde y ocre. Con un dibujo de flores geométricas.
Leí el párrafo 3.2 muchas veces. Hematomas en las axilas.
En la cara interna de los brazos. Presión digital.
Sé cómo se coge a una persona inconsciente para moverla.
Lo hago todas las noches. Se le pasan los brazos por debajo de las axilas desde atrás.
Se le cruzan las muñecas sobre el pecho.
Se tira. Se arrastra. Si es entre dos uno coge por debajo de los brazos y otro coge por las rodillas.
Lo enseñan en el primer curso de la carrera. Lo sabe cualquier celador.
Los dedos se quedan marcados. Si la persona está viva los dedos se quedan marcados. La sangre sale de los vasos rotos y forma un cardenal. Si la persona está muerta no. Un muerto no hace cardenales. Un muerto no tiene presión en las venas. Un muerto ya no sangra por dentro.
Femke tenía los dedos de alguien marcados en las axilas.
Femke estaba viva cuando la sacaron por mi puerta.
Viva. Respirando. Con la sangre apretándole el cerebro. Con tres horas por delante. Cinco quizá. Con un hospital a quince minutos. Con el mío. El Clínico. Donde a las tres y diez de la madrugada de cualquier noche hay un neurocirujano de guardia que baja por las escaleras porque el ascensor tarda.
La metieron en el ascensor. Ese ascensor que a ella le daba miedo desde los ocho años.
Me bajé del coche. No sé para qué. Me quedé de pie al lado de la puerta abierta. Hacía sol. Pasaban compañeros que entraban al turno de mañana. Uno me saludó. No le contesté. Tenía la sensación de que si me movía me iba a caer.
* * *
Ingrid me llamó a las once. Videollamada. Estaba en la cocina de su casa. Detrás de ella había una ventana con un jardín pequeño y gris. Llovía en Utrecht.
Tenía mejor cara que en Valencia. No sé por qué. Quizá porque ya sabía. La incertidumbre envejece más que la verdad.
«El fiscal holandés ha mandado el informe a España», dijo. «Por la vía oficial. Hay un policía holandés de enlace en Madrid. Lo ha mandado a la Policía Nacional en Valencia. Al grupo de homicidios. Me han dicho que lo va a llevar una inspectora. Se llama Llopis.»
«¿Cuándo?»
«Me han dicho que se pondrá en contacto conmigo esta semana. Que hay que reabrir el caso. Que eso lo tiene que decidir un juez. Que el juez tiene que pedir diligencias. Que eso tarda.»
«¿Cuánto tarda?»
Ingrid se encogió de hombros.
«Semanas.»
Le hablé del 31. Le hablé de las baldosas grises de sesenta por sesenta. Del albañil amigo de Dani. De la caja en el armario cerrado con llave. De Iván en el baño de Rocío diciendo porcelánico gris y a vivir.
Ingrid me escuchó sin moverse. Al final cerró los ojos.
«El sábado», dijo.
«El sábado.»
«En semanas ya no habrá baño.»
«No.»
«Le voy a dar su teléfono a la inspectora», dijo Ingrid. «Hoy. Ahora. Le voy a decir que usted tiene cosas. Le voy a decir que no hay semanas.»
* * *
La inspectora Sara Llopis me llamó a las cinco de la tarde. Una voz seca. Rápida. Sin adornos. Una voz de alguien que no tiene tiempo para nadie y lo dice desde la primera frase.
Quedamos al día siguiente. Martes. A las diez. En una cafetería de la avenida del Reino de Valencia que ella eligió. No en la comisaría. Me dijo que en la comisaría no. Que todavía no.
Llegó a las diez y cuatro. Una mujer de unos cincuenta años. Pelo negro con canas recogido en una coleta baja. Gafas de cerca colgadas del cuello con un cordón. Un plumífero negro. Unas zapatillas de correr gastadas. Pidió un café solo y una botella de agua. No sonrió.
«Cuénteme», dijo. «Desde el principio. Sin adornos.»
Se lo conté. Desde el domingo a las diez y veinte de la noche. Sin adornos. Ya lo había contado tantas veces que me salía en orden. Como un informe de enfermería al cambio de turno. Hora. Hallazgo. Acción.
Llopis no apuntó nada. Me escuchó con las gafas de cerca puestas y la vista clavada en mis manos.
Cuando terminé me pidió que le enseñara las fotos.
Se las enseñé. Todas. Las de la tableta.
Las de la cerradura. Las de la baldosa en el trastero.
Las del pendiente detrás del radiador. Las respuestas de los huéspedes.
La guía de la casa. Le puse un trozo de la grabación de Rocío.
La parte de la ambulancia en el portal. La parte de la chica de la ducha.
Pasó un buen rato mirando la foto del registro interno de la cerradura. Amplió con dos dedos. 02:41. 03:14. 03:34.
«Esto es lo mejor que tiene», dijo. «Y es una foto de una pantalla.»
«La cerradura está en mi puerta. La memoria está dentro.»
«Ya. Y para sacarla de forma que valga en un juicio necesito un perito y una orden o su consentimiento por escrito como propietaria.»
«Lo tiene.»
«Lo sé.» Se quitó las gafas. Se frotó los ojos.
«Señora Aguilar. Le voy a ser sincera. Con el informe holandés este caso se reabre.
Eso seguro. Con lo que usted me trae se reabre mucho más deprisa.
Pero un juez va a tardar. Y mientras tanto su marido tiene una baldosa en un trastero.
Y un tal Iván Roig tiene un móvil que puede borrar.
Y treinta pisos donde meter cosas. Y unos albañiles el sábado. »
«Lo sé.»
«Si mañana me presento en su casa con un perito para sacar la memoria de la cerradura y un furgón para llevarme su trastero, su marido se entera esa misma tarde. Y Roig a la hora.»
«Lo sé.»
«Hay otra cosa», dijo. «En el expediente consta una llamada.
El móvil de la chica llamó al de Roig a las dos y catorce de la madrugada.
Duró un minuto y cincuenta segundos. Roig declaró que le llamó porque no salía agua caliente.
Que le explicó cómo encender el termo. Que colgaron.
Que no supo nada más hasta que la encontró por la mañana. »
Las dos y catorce. Veintisiete minutos antes de que la cerradura dijera Mantenimiento.
«Nadie pide ayuda con el termo a las dos de la madrugada», dije.
«No. Pero nadie lo preguntó.»
«Y Roig dirá que el ático lo alquilaba su marido.
Que él solo le hacía la limpieza. Que su marido le dio un código para revisar una fuga.
Que esa noche le llamó una huésped asustada y fue a ayudar y que lo que pasara después lo hizo su marido.
Y su marido tiene una baldosa con sangre escondida en una caja de su restaurante. »
Me quedé callada.
Llopis tomó un sorbo de café. Lo dejó en el platillo sin hacer ruido.
«Usted no ha venido solo a contarme esto», dijo. «Usted ha venido a contarme algo que va a hacer el sábado.»
Le hablé de la plataforma. Del calendario en negro. De la regla de Iván. Nunca un fin de semana vacío. Vendo el viernes igual. El sábado subo yo. Le cambio a otro piso igual. Detrás suben los albañiles.
Le dije que iba a reservar mi casa.
Llopis me miró mucho tiempo. Luego miró por la ventana. Pasaba un autobús. Pasaba una mujer con un perro pequeño con abrigo.
«Yo no le puedo pedir que haga eso», dijo al final. «No le puedo autorizar a hacer eso. No le puedo aconsejar que haga eso. Si le pasa algo a usted yo me quedo sin trabajo y usted se queda sin algo peor.»
«No me lo está pidiendo.»
«No.»
«Es mi casa. Yo puedo reservar lo que quiera.»
Llopis se puso las gafas de cerca otra vez. Se las volvió a quitar.
«Si usted reserva un piso por internet», dijo despacio, como si leyera un artículo de un código, «y le mandan una dirección que no es la del registro, eso es una prueba documental.
Guárdela. Si alguien entra en el piso que usted ha pagado con un código que no es el suyo, eso es un hecho.
Apúntelo. Si alguien le dice que se tiene que ir por una avería que no existe, eso es otro hecho. Grábelo. Usted es parte. Puede grabar.»
«Lo sé.»
«Y si alguien empieza a romper un suelo que forma parte de una investigación criminal en curso…» Se encogió de hombros. «Eso ya sería otra cosa. Eso ya me tocaría a mí.»
Escribió un número en una servilleta de papel con un bolígrafo que sacó del plumífero. Un móvil. Debajo puso Llopis y lo subrayó.
«Este no es el de la comisaría. Este es el mío. El sábado estoy de guardia.» Me dio la servilleta. «No haga nada sola. No abra la puerta a nadie sola. No discuta con nadie. No toque nada. Si alguien levanta la voz usted me escribe una palabra. La que sea.»
«¿Y Dani?»
Llopis guardó el bolígrafo.
«Su marido tendrá que declarar. Pronto. Muy pronto. Eso no lo puede parar nadie. Ni usted.» Pausa. «Pero puedo esperar al sábado.»
Se levantó. Pagó los dos cafés en la barra. Volvió a la mesa con el plumífero puesto.
«Una cosa más», dijo. «El pendiente. El de detrás del radiador. ¿Lo cogió con guantes?»
«Con guantes de nitrilo. En una bolsa hermética. Con fecha y hora y lugar y quién lo encontró.»
Por primera vez la inspectora Llopis sonrió. Muy poco. Un lado de la boca.
«Enfermeras», dijo.
Y se fue.