La turista que murió en mi baño Dieciséis
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Dieciséis

Dani llegó esa noche a las nueve y media. Antes de lo normal. Traía una bolsa de papel de una panadería de la playa con napolitanas de chocolate. Las favoritas de Alba. Y debajo del brazo una caja plana de cartón.

«Tengo una sorpresa», dijo.

Alba saltó del sofá. Cogió una napolitana. Se manchó la cara de chocolate en dos segundos.

«¿Es un perro?»

«No es un perro.»

«¿Es un hámster?»

«No es nada que se mueva.»

Alba perdió el interés y volvió a los dibujos con la napolitana. Dani dejó la caja encima de la mesa de la cocina. Me miró. Tenía una sonrisa rara. Una sonrisa que le subía por un lado de la boca y por el otro no.

«Ábrela.»

La abrí.

Dentro había cuatro baldosas. Grandes. De sesenta por sesenta. Envueltas en papel de seda gris. Las saqué una por una. Gris claro. Mate. Con una textura muy fina como de piedra. Lisas. Perfectas. Sin un solo dibujo. Sin una flor. Sin memoria.

Porcelánico gris.

«Es antideslizante», dijo Dani. «Clase tres. Lo máximo. Lo ponen en los hospitales. Lo ponen en las piscinas.»

No dije nada. Pasé el dedo por una de ellas. Estaba fría. Era áspera al tacto. Como papel de lija muy fino.

«Llevamos meses con lo de la baldosa», siguió Dani.

Hablaba rápido. Había ensayado. Lo noté.

«Y ahora que falta una es peor. Y las otras están igual.

Se van a soltar todas. Thomas el… quiero decir.

Lo dice todo el mundo. Las hidráulicas viejas se sueltan.

Así que he hablado con un amigo. Un albañil que trabajaba en la obra del restaurante.

Me hace precio. Lo hace en un fin de semana. Todo el suelo. La ducha. Todo nuevo.»

Thomas el. Se le había escapado. Thomas, el de la reseña de agosto. El que avisó de que el suelo resbalaba.

Lo dejé pasar. Pasé el dedo por la baldosa otra vez.

«¿Cuándo?»

«El fin de semana que te vas a Teruel. El 31. Así no te molesta el polvo. Te vas el viernes con tu baño viejo y vuelves el domingo y tienes un baño nuevo.» Abrió los brazos. «Sorpresa.»

«¿Y quién lo paga?»

«Lo pago yo. He ahorrado. Horas extra.»

Horas extra. Ciento cuarenta y cinco euros la noche. Dos noches. Menos la comisión de Casa Lucía. Bizum recibido. IVAN ROIG.

«Dani», le dije. «Esas baldosas eran de mi madre.»

Se le borró la sonrisa. Del todo. De los dos lados de la boca.

«Ya lo sé.»

«Las limpié una por una. En la terraza. Con un cepillo de dientes. Tú te reías.»

«Ya lo sé, Marta.»

«Cuarenta y dos.»

«Cuarenta y una.»

Lo dijo sin pensar. Cuarenta y una. Las que quedaban. Se quedó mirando la caja como si la caja le hubiera hablado.

«Te las guardo», dijo muy bajo. «Todas. Las quito con cuidado. Una por una. Te las guardo en el trastero. Envueltas. Y cuando tengamos otra casa. Una casa en el campo o lo que sea. Las ponemos en la cocina. O en una mesa. Como la mesa de tu tío Vicente. Te lo prometo.»

En el trastero. Envueltas. En un paño de Brasa.

Lo miré. Lo miré mucho rato. A aquel hombre que me ofrecía guardar las baldosas de mi madre en el mismo sitio donde había escondido la que estaba manchada de sangre.

Lo decía en serio. Eso fue lo terrible. Lo decía en serio.

Lo vi en sus ojos. Quería guardarlas. Quería hacer una mesa.

Quería una casa en el campo. Quería que todo esto no hubiera pasado y estaba intentando con todas sus fuerzas construir una versión del futuro donde todo esto no hubiera pasado.

Y para construir esa versión tenía que arrancar las pruebas de la otra.

«Vale», dije.

Dani parpadeó.

«¿Vale?»

«Vale. Tienes razón. Resbalan. Un día se va a matar alguien.»

Lo dije. Lo dije mirándole a los ojos. Un día se va a matar alguien.

Dani se quedó quieto. Tragó saliva. La nuez le subió y le bajó. Le temblaba un poco la mano izquierda. La escondió en el bolsillo del pantalón.

«Sí», dijo. «Eso.»

«El 31 me voy a Teruel», dije. «Ya han quitado lo de la gripe. Me voy el viernes por la mañana. Vuelvo el domingo por la noche.»

«Vale. Vale. Perfecto. Alba se viene conmigo a casa de mi madre. Bueno. Alba a casa de mi madre y yo vengo aquí a ayudar al albañil.»

«Muy bien.»

Me dio un beso. En la boca. Rápido. Con sabor a chocolate de la napolitana que no se había comido. Luego cogió la caja con las cuatro baldosas grises y la metió en el armario del pasillo. El armario que se cierra con llave. Lo cerró. Se guardó la llave en el bolsillo.

Lo vi hacerlo. Lo vi guardarse la llave en el bolsillo.

Ya no la dejaba en la caja de los tornillos.

* * *

Esa noche, mientras Dani se duchaba, me encerré en la habitación de Alba. Alba dormía atravesada con un pie fuera. Me senté en el suelo junto a su cama a oscuras. Encima de mí las pegatinas fosforescentes. Estrellas. Una luna. Un cohete que se despegó hace un año y que pegamos otra vez con celo.

Abrí la plataforma en el móvil.

Ático luminoso en Ruzafa. El calendario.

El 31 de octubre en negro. El 1 de noviembre en negro. Disponible.

Pensé en Iván. En la regla de Iván. Nunca se deja un fin de semana libre sin vender. Lo había dicho en el salón de Rocío. Con orgullo. Un fin de semana vacío es dinero tirado. Vendo el viernes igual. El sábado subo yo. Nadie se queja.

Se le cambia de piso.

Os cambiamos a otro piso igual.

Iván no iba a cerrar ese fin de semana. Iván iba a vender el viernes.

Y el sábado por la mañana iba a llamar a la puerta con su camisa azul y su sonrisa de dentista y una botella de cava.

Lo siento muchísimo. Ha habido una avería de agua.

Hay que hacer una reparación urgente. Os llevamos a otro piso igual a cinco minutos.

Os devuelvo el dinero de una noche. Y detrás de él subirían los albañiles con la maza y las cajas de porcelánico.

Y Dani. Dani también. Con sus manos.

Cerré los ojos.

El que reserve ese fin de semana va a ver a Iván en la puerta. Va a ver cómo trabaja. Va a oír sus frases. Va a tener en la mano la reserva con el registro de Literato Azorín y el mensaje con la dirección actualizada de mi casa. Va a ser exactamente lo que fue Femke.

Un huésped más.

Alba se dio la vuelta en la cama. Murmuró algo en sueños. Una palabra que no entendí. Le tapé el pie.

* * *

A las doce y cuarto me llegó un mensaje de Ingrid. No era texto. Era una foto.

Una foto de un folio. Un informe. Con un sello azul arriba a la derecha. Nederlands Forensisch Instituut. Y debajo, en neerlandés, cuatro líneas subrayadas a mano con bolígrafo rojo.

Y luego un mensaje.

Me lo han dado hoy. Domingo. Ha venido el fiscal a casa. Mañana se lo mando traducido. Pero mire las líneas rojas. Usted es enfermera. Usted lo va a entender.

Puse el traductor del móvil encima de la foto. La cámara tembló. Las palabras en neerlandés se fueron convirtiendo en español una por una encima de la pantalla. Como cuando se revela una foto.

Leí las cuatro líneas.

Las leí otra vez.

Me tapé la boca con las dos manos para no despertar a Alba.