La turista que murió en mi baño Quince
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Quince

El domingo por la mañana llevé a Alba a comer a casa de la abuela Pura.

Dani trabajaba. Un bautizo en el hotel. Se fue a las seis y media con la mochila al hombro y me dio un beso en la frente al salir. Yo estaba despierta. Hice como que dormía.

Benimaclet es un barrio que era un pueblo y que todavía no se ha enterado de que la ciudad se lo comió.

Casas bajas. Calles estrechas. Una plaza con una iglesia y unos bancos donde los viejos se sientan a mirar a los estudiantes como se mira a una especie invasora.

Pura vive en una planta baja con una reja verde en la ventana y una puerta que nunca cierra con llave durante el día.

Olía a sofrito desde la esquina.

«Pasad, pasad. Que se enfría.»

Pura había hecho arroz al horno. Lo hace todos los domingos desde hace cincuenta años.

Con costilla y garbanzos y morcilla y una cabeza de ajos entera en el centro.

Alba se sentó en su silla de siempre. La que tiene un cojín para llegar a la mesa.

Comió como si no la alimentaran en casa.

Pura la miraba comer con los brazos cruzados y una sonrisa que solo le sale con Alba.

Después de comer Alba se fue al patio a jugar con el gato de la vecina. Un gato gordo y gris que se deja vestir con trapos. Pura recogió los platos. Yo me levanté a ayudarla. Me dijo que me sentara. Me levanté igual.

Estábamos las dos en la cocina. Pequeña. Con azulejos de flores marrones de los años setenta y un calendario de una farmacia colgado en la pared con la Virgen de los Desamparados. El grifo goteaba. Pura fregaba. Yo secaba.

«Pura», le dije. «Sé lo del piso.»

Pura no dejó de fregar. Pasó la esponja por la cazuela de barro. Una vez. Dos. Tres. Luego cerró el grifo. Se quedó con las manos dentro del agua.

«¿Qué piso?»

«Mi piso. Lo de los turistas. Sé que Dani lo alquila cuando me voy a Teruel. Sé que Alba duerme aquí. Sé que tú lo sabes.»

Pura sacó las manos del agua. Se las secó en el delantal despacio. Cada dedo. Se dio la vuelta. Tenía los ojos húmedos y la barbilla levantada. Como se ponen las mujeres de su generación cuando van a recibir un golpe.

«Yo le dije que no», dijo. «Desde el primer día. Le dije Daniel eso no está bien. Esa casa es de Marta. Es de su madre. Tú no puedes meter ahí a gente de fuera a dormir en su cama.»

«¿Y qué te dijo?»

«Que era solo un tiempo. Que eran unos meses.

Que debía mucho dinero del restaurante y que el banco le iba a embargar la nómina.

Que si se enteraba Marta se iba a morir del disgusto con lo de su padre.

Que eso lo arreglaba y luego te lo contaba.

» Se le escapó una lágrima. Se la limpió con el dorso de la mano mojada.

«Me lo pidió de rodillas, hija. De rodillas en esa cocina. Mi hijo.»

Me senté en una de las sillas de formica. Pura se quedó de pie.

«Yo no he querido saber», dijo. «Una madre no quiere saber. Me traía a la nena y yo me la quedaba y le hacía croquetas y le dejaba ver los dibujos hasta tarde. Y no preguntaba. No preguntaba nada.»

«Pura.»

«¿Qué?»

«¿Qué pasó la noche del 4 de octubre?»

Pura se quedó blanca. Blanca de verdad. Como se queda la gente en Urgencias cuando le baja la tensión. Se agarró al borde de la encimera.

«Siéntate», le dije.

«Estoy bien.»

«Siéntate, Pura.»

Se sentó. Le puse un vaso de agua delante. No lo tocó.

* * *

Me lo contó con la vista clavada en el calendario de la farmacia.

Aquel sábado Dani y Alba cenaron con ella. Tortilla. Alba se durmió en el sofá viendo una película de dibujos de un pez. Dani la llevó a la cama. Luego se quedó en el sofá con el móvil. Pura se acostó a las doce. Tiene el sueño ligero desde que murió su marido. Se despierta con cualquier cosa.

A las tres menos diez sonó el móvil de Dani.

«Lo oí sonar en el salón. Y lo oí a él. Hablaba muy bajo.

Pero yo lo oí. Decía ¿qué? ¿Cómo que? Y luego decía no, no, no.

Muchas veces. No, no, no.» Pura juntó las manos encima de la mesa.

«Luego oí la puerta. Se fue. A esas horas.

Me asomé a la ventana. Lo vi correr calle abajo.

Correr, Marta. Mi hijo no corre desde los quince años. »

«¿A qué hora volvió?»

«A las seis y pico. Casi las siete. Yo estaba despierta en la cama. No pude dormir. Lo oí entrar. Lo oí ir al baño. Lo oí vomitar.» Hizo una pausa. «Y luego lo oí lavarse las manos. Mucho rato. Mucho. Con el agua corriendo. Yo pensé que se iba a quedar sin piel.»

Me quedé quieta.

«Luego metió la ropa en la lavadora. A las siete de la mañana. Un domingo. Su ropa. Los vaqueros y la sudadera gris. Puso la lavadora. Daniel no ha puesto una lavadora en su vida. No sabe ni dónde va el detergente. Tuve que levantarme yo a ponerle el programa.»

«¿Le preguntaste?»

«Claro que le pregunté. Le dije qué te pasa. Le dije de dónde vienes. Estaba sentado en el suelo del baño con la espalda contra la bañera. Temblaba. Me dijo que un amigo había tenido un accidente. Que había ido a ayudarle. Que había mucha sangre. Que no le preguntara más.»

«¿Y no le preguntaste más?»

Pura me miró. Por primera vez desde que había empezado a hablar me miró a los ojos.

«No», dijo. «No le pregunté más. Y luego el jueves salió en el periódico lo de la chica holandesa. Lo leí en la peluquería. En Ruzafa. Al lado del mercado. Y me volví a casa sin que me terminaran el tinte.»

Me levanté. Fui a la ventana. Alba estaba en el patio. Le había puesto al gato gordo un pañuelo de cuello de Pura a modo de capa. El gato se dejaba. Alba le hablaba muy seria con un dedo levantado. Le estaba explicando algo.

«Pura», dije sin girarme. «¿Tú sabes lo que pasó?»

«No.» Su voz se rompió. «No lo sé. Te lo juro por mi marido que está en el cielo.

No lo sé. No he querido saberlo. Me he callado tres semanas.

Me he callado y he rezado y he hecho arroz al horno como si no pasara nada.

» Se puso a llorar. Bajito. Sin hacer ruido.

Como llora la gente que ha aprendido a llorar sin que la oigan. «Es mi hijo, Marta. Es mi hijo.»

Me di la vuelta. Fui hasta ella. Le puse la mano en el hombro. Era un hombro pequeño. Huesudo. El hombro de una mujer que ha fregado escaleras durante cuarenta años.

«Ya lo sé», le dije. «Ya lo sé, Pura.»

* * *

Antes de irme le pedí una cosa. Que no le dijera nada a Dani. Que no le dijera que yo sabía. Que hiciera como siempre. Que le quisiera como siempre. Que le hiciera croquetas.

Pura asintió. No me preguntó por qué. Creo que lo entendió. Las madres entienden esas cosas.

«¿Qué vas a hacer?», me preguntó en la puerta.

Era la cuarta persona que me hacía esa pregunta. Rocío. Ingrid. Rocío otra vez. Y ahora Pura. Todas mujeres. Todas mirándome como si yo tuviera la respuesta.

«Lo que haga falta», le dije.

Pura me cogió la cara con las dos manos. Como hizo Rocío en la azotea. Las de Pura olían a ajo y a jabón de fregar.

«Haz lo que tengas que hacer», me dijo. «Pero no me lo dejes solo. Prométeme que no me lo dejas solo cuando pase. Que es un desgraciado. Pero no es malo. Nunca ha sido malo.»

No le prometí nada.

Volvimos a casa en el autobús. Alba se durmió con la cabeza en mi regazo.

Olía a arroz al horno y a gato. Le acaricié el pelo todo el camino.

Por la ventana pasaban las calles de Valencia con el sol de las cinco de la tarde.

Los bares llenos. Las terrazas. Una pareja de turistas con una maleta de ruedas buscando una dirección en el móvil.

Pensé en Dani corriendo calle abajo a las tres menos diez de la madrugada. Mi marido corriendo. Por primera vez desde los quince años.

Corriendo hacia mi casa.