La turista que murió en mi baño Catorce
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Catorce

Rocío rellenó el formulario de la web de Casa Lucía el jueves por la noche desde el control de Urgencias.

Lo rellenamos juntas. Nombre. Teléfono. Dirección del inmueble.

Metros. Habitaciones. ¿Está usted interesada en una gestión integral?

Sí. ¿Cuándo le gustaría recibir nuestra visita? Cuanto antes.

En el apartado de comentarios escribió: Me han dicho que ustedes llevan pisos en Ruzafa y que no hay que preocuparse de nada. Eso es lo que quiero. No preocuparme de nada.

Iván la llamó el viernes a las once de la mañana. Rocío puso el altavoz. Estábamos las dos en mi coche en el aparcamiento del Clínico. Yo con la mano tapándome la boca como si me pudiera oír respirar.

Tenía una voz agradable. Eso fue lo primero que pensé y me odié por pensarlo.

Una voz cálida. Valenciana. Sin prisa. Una voz de locutor de radio de madrugada.

Se interesó por el piso. Por los inquilinos.

Por cuándo quedaba libre. Le hizo dos bromas que Rocío celebró con su risa de Cádiz.

Quedaron el sábado a las seis de la tarde.

Cuando colgó Rocío se quedó mirando el móvil.

«Qué majo», dijo.

«Ya.»

«No, Marta. En serio. Qué majo. Eso es lo peor.»

* * *

El piso de Rocío está en un tercero sin ascensor.

Tiene dos habitaciones pequeñas y un salón que da a un patio de luces donde una vecina tiende sábanas de colores.

Los estudiantes se habían ido a su pueblo el fin de semana.

Rocío los había avisado de que vendría un hombre a tasar.

Habían dejado la cocina como dejan la cocina los estudiantes.

Rocío pasó dos horas fregando. Yo le ayudé.

A las seis menos diez me metí en el dormitorio pequeño. El de una estudiante de Albacete que se llamaba Irene según los apuntes que había encima de la mesa. Rocío dejó la puerta entornada. Un dedo. Desde la cama de Irene se veía un trozo de pasillo y la puerta del baño.

En el bolsillo de su chaqueta Rocío llevaba el móvil grabando. Lo habíamos probado tres veces. Había leído en internet que en España se puede grabar una conversación en la que tú participas. Me lo había leído en voz alta en el coche como quien lee un prospecto.

A las seis y dos sonó el timbre.

Le oí subir. Pasos ligeros. Rápidos. Un hombre en forma. Rocío abrió.

«¿Rocío? Iván. Encantado.»

«Pasa, pasa.»

Lo vi un segundo por la rendija cuando cruzó el pasillo hacia el salón. Más bajo de lo que pensaba. Camisa azul clara. Vaqueros. Zapatillas blancas impecables. Una carpeta de piel bajo el brazo. Olía a colonia cara. Me llegó el olor hasta el dormitorio. Bergamota. Algo de madera.

Se sentaron en el salón. No los veía. Los oía.

Habló durante cuarenta minutos. Casi sin interrupción. Rocío solo hacía preguntas. Las que habíamos preparado y otras que se le ocurrían. Rocío es muy buena preguntando. Lleva veinte años preguntando a borrachos y a madres histéricas y a ancianos sordos dónde les duele.

Iván le explicó cómo funcionaba. Él se ocupaba de todo.

Fotos profesionales. Anuncio. Precios dinámicos.

Limpieza. Lavandería. Llaves. Mantenimiento.

Atención al huésped veinticuatro horas. Ella solo tenía que ver los ingresos cada mes.

Le enseñó números en una tableta. Rocío dijo madre mía tres veces.

«¿Y la licencia?», preguntó Rocío. «Me han dicho que ahora en Ruzafa no dan licencias.»

Iván se rió. Una risa suave. Comprensiva.

«No dan licencias nuevas. Es verdad. Pero eso tiene arreglo.

Nosotros trabajamos con varias viviendas que tienen licencia.

Es una cuestión de organización. El anuncio lleva el registro de una vivienda con licencia.

El huésped reserva. Y luego nosotros lo ubicamos donde mejor nos venga.

Es completamente normal. Lo hace todo el mundo. »

«¿Y si viene una inspección?»

«Las inspecciones van a la dirección del registro. Y esa dirección está perfecta. Con su licencia en la puerta y su hoja de reclamaciones y todo. Créeme. Llevo seis años. Ni una multa.»

Me tapé la boca.

«¿Y si pasa algo?», preguntó Rocío. «No sé. Que un huésped se ponga malo. Que se rompa algo. Que haya un problema gordo.»

«Me llaman a mí. Siempre a mí primero.» La voz de Iván cambió un poco.

Se volvió más seria. Más de jefe. «Eso es lo más importante de todo, Rocío.

Te lo digo porque eres sanitaria y lo vas a entender.

En este negocio el enemigo no es el huésped.

El enemigo es el ruido. Una ambulancia en tu portal.

Un coche de policía. Una vecina que llama al ayuntamiento.

Eso es un anuncio muerto. Por eso en mis guías pone bien grande que me llamen a mí primero. Yo lo soluciono. Siempre. Sin ruido.»

«¿Y si es algo grave de verdad?»

«Nunca es grave de verdad.» Se rió otra vez.

«Son turistas. Se emborrachan. Se cortan con una copa.

Se les va la tensión. Yo voy, les llevo un ibuprofeno y una botella de agua, les busco un médico privado si hace falta.

Y al día siguiente me ponen cinco estrellas porque les he cuidado como una madre. »

Hubo una pausa.

«Yo he tenido algún susto», dijo Iván. Más bajo. «No te voy a engañar. Hace poco. Una chica. Se cayó en una ducha. Fue horrible. Pero ese piso tenía todos los papeles en regla. Todo estaba perfecto. La policía lo vio. Fue un accidente. Esas cosas pasan. En una casa normal también pasan.»

«Qué horror.»

«Lo peor de mi vida. No duermo desde entonces.» Pausa. «Pero hay que seguir. La vida sigue.»

Rocío no dijo nada. Yo tampoco. En el dormitorio de Irene de Albacete me había clavado las uñas en la palma de la mano hasta hacerme sangre. Lo vi después. Cuatro medias lunas rojas.

* * *

«¿Y cuando hay que arreglar algo grande?», preguntó Rocío. «Una obra. No sé. Cambiar la cocina.»

«Entre semana. O con el huésped dentro.» Iván lo dijo como quien da una receta.

«Yo un fin de semana no lo dejo vacío nunca.

Un fin de semana vacío es dinero tirado.

Si hay que hacer una reforma vendo el viernes igual.

El sábado por la mañana subo yo. Le digo al huésped que ha habido una avería de agua.

Que lo siento muchísimo. Que le cambio a otro piso igual a cinco minutos.

Le devuelvo una noche. Le dejo una botella de cava. Y detrás suben los albañiles.»

«¿Y nadie se queja?»

«Nadie. Se quedan encantados. Me ponen cinco estrellas por la atención.»

Luego Iván pidió ver el piso.

Los oí recorrerlo. Las habitaciones. El de Irene no. Rocío dijo que la estudiante tenía cosas suyas y que le daba apuro. Iván dijo que por supuesto. Que la intimidad es sagrada. Pasaron por delante de mi puerta. Vi su espalda. La camisa azul. Una mancha de sudor pequeña entre los omóplatos.

Fueron al baño.

El baño de Rocío es un baño de piso de alquiler. Azulejos blancos. Suelo de gres beige. Una bañera con mampara. Nada.

«Esto es perfecto», dijo Iván. «Esto es lo que funciona. Fácil de limpiar. No resbala. Yo siempre les digo a los propietarios lo mismo. Fuera hidráulicas. Las hidráulicas son preciosas en las fotos. Quedan de revista. Pero resbalan. Se sueltan. Se rompen. Dan problemas. Porcelánico gris y a vivir.»

«¿Tú tienes pisos con hidráulicas?»

«Tengo uno.» Una pausa pequeña. «Lo vamos a reformar. Este mismo mes.»

Se quedó un momento en la puerta del baño. Lo veía de perfil por la rendija. Miraba el suelo de gres beige. Tenía la cara quieta. Por primera vez en cuarenta minutos no sonreía.

Luego sonrió otra vez y le dio la mano a Rocío con las dos manos y le dijo que le mandaría un contrato por correo. Que no se arrepentiría. Que bienvenida a la familia de Casa Lucía.

Bajó las escaleras silbando.

* * *

Rocío cerró la puerta. Se apoyó contra ella. Sacó el móvil del bolsillo. Paró la grabación. Cuarenta y tres minutos y doce segundos.

Salí del dormitorio. Me senté en el suelo del pasillo. Rocío se sentó a mi lado. No dijimos nada durante mucho rato. La vecina del patio de luces recogió las sábanas de colores. Se hizo de noche.

«Lo tienes», dijo Rocío al final. «Lo del registro. Lo del cambio de piso. Llámame a mí primero. Ambulancia en el portal anuncio muerto. Una chica que se cayó en una ducha. Lo tienes todo.»

«No tengo nada.»

«¿Cómo que no tienes nada? Lo ha dicho él. Con su boquita.»

«Ha dicho que organiza pisos de una manera ilegal.

Eso es una multa. Ha dicho que prefiere que le llamen a él antes que a una ambulancia.

Eso es una frase de un hombre de negocios asqueroso.

Ha dicho que una chica se cayó en una ducha de un piso con papeles.

Eso es lo que dice el periódico.» Me froté la cara.

«No ha dicho que la sacara de mi casa. No ha dicho que estuviera viva. »

Rocío me pasó un brazo por los hombros.

«Lo vamos a reformar», dijo. «Este mismo mes.»

«Sí.»

«El 31.»

«Sí.»

«¿Y tú qué vas a hacer el 31?»

Miré la mancha de humedad que había en el techo del pasillo de Rocío. No tenía forma de pato. Tenía forma de nada. Una mancha marrón con los bordes borrosos.

«Todavía no lo sé», dije.

Era mentira. Ya lo sabía. Lo supe en el momento en que Iván dijo porcelánico gris y a vivir. Pero no lo podía decir en voz alta todavía. Era como una teoría que se deja boca abajo en un rincón. Si la miras demasiado pronto se te escapa.

Esa noche, antes de dormirme, escribí a Ingrid.

¿Hay noticias del forense?

Contestó a la una y cuarto. En Utrecht también era la una y cuarto. No dormía nadie.

El lunes. Me han dicho el lunes. Hay algo. No me quieren decir qué por teléfono.