Trece
Lo hace a veces. Cuando habla con su madre. Cuando habla con el jefe del hotel. Dice que en la terraza hay mejor cobertura. No es verdad. En la terraza hay la misma cobertura que en el resto de la casa. Lo que hay en la terraza es una puerta de cristal que se cierra.
Yo estaba en la cocina fregando. La ventana de la cocina da a la terraza. Está a un metro de la barandilla donde Dani se apoya cuando habla por teléfono. Está abierta casi siempre porque la campana extractora no funciona bien. Él lo sabe. Lo olvidó esa noche.
Cerré el grifo. Seguí con el estropajo en la mano. Moviéndolo despacio sobre un plato que ya estaba limpio.
«Yo no he escrito a nadie», decía Dani. Bajito. Rápido. «Te lo juro, Iván. No he abierto eso en semanas.»
Silencio. Una moto en la calle.
«¿Cuántos?»
Silencio.
«No sé. No sé quién. Igual alguien te ha hackeado. Igual es uno de los huéspedes que…»
Silencio largo. Dani se pasó la mano por la nuca. Lo vi en el reflejo del cristal de la ventana. Una figura oscura contra las luces del barrio.
«Marta no sabe ni que existe la aplicación.»
Apreté el estropajo. El agua jabonosa me corrió por la muñeca hasta el codo.
«No. No. Te digo que no. Está como siempre. Va a trabajar. Viene. Duerme. Está con lo de su padre.»
Silencio.
«¿Cómo que la propietaria? Ya. Ya lo sé. Lo sé. Pero no ha sido ella.»
Me quedé muy quieta. El plato en una mano. El estropajo en la otra. Era la primera vez en mi vida que oía a mi marido defenderme de una acusación que era verdad.
«Vale. Vale. ¿Y qué quieres que haga?»
Esta vez el silencio fue más largo. Dani se apartó de la barandilla. Dio dos pasos hacia la buganvilla. Casi no lo oía. Luego volvió.
«¿El baño entero?»
Silencio.
«Iván. Es el baño de su madre. Son las baldosas de su madre. Las limpió una por una. No me va a dejar.»
Silencio.
«Ya sé que no le voy a preguntar. Ya sé.» Su voz se rompió un poco. «Me da igual de quién sean, me dices. Vale. Vale, Iván. Lo que tú digas.»
Silencio.
«El 31. Sí. Se va el 31. Le toca.»
Silencio.
«Vale.»
Colgó. Se quedó un rato apoyado en la barandilla mirando hacia la cúpula de San Valero. Encendió un cigarro. Dani dejó de fumar hace nueve años cuando me quedé embarazada. No sabía que había vuelto. No sabía dónde guardaba el tabaco. Ya no sabía nada de aquel hombre.
Abrí el grifo. Seguí fregando el plato limpio.
* * *
Entró cinco minutos después. Olía a tabaco y a menta. Se había metido un chicle en la boca para que no lo notara.
«¿Quién era?», le pregunté sin girarme.
«El jefe. Lo del catering del sábado.»
«¿A estas horas?»
«Ya sabes cómo es.»
Abrió la nevera. Sacó el agua. Bebió directamente de la botella. Lo hace cuando está nervioso. Lo sé desde hace once años. Le he dicho mil veces que use un vaso.
«Oye», dijo. «¿Tú has cogido mi tableta?»
Dejé el plato en el escurridor. Me sequé las manos con el trapo. Me di la vuelta. Le miré a la cara.
«¿Tu tableta?»
«Sí.»
«¿Para qué iba a querer yo tu tableta? Si está llena de grasa.»
Me sostuvo la mirada. Fue un momento muy largo.
Más largo que cualquier silencio de los de la terraza.
Vi pasar algo por sus ojos. Una pregunta.
Una sospecha. Y luego vi algo peor. Vi que decidía no hacer la pregunta.
Que prefería no saber. Lo vi bajar la mirada al suelo como baja la mirada un perro que ha oído un ruido y no quiere ir a ver qué es.
«Nada», dijo. «Es que la dejé en el cajón boca arriba y hoy estaba boca abajo.»
«La habrá movido Alba buscando los rotuladores.»
«Sí. Será eso.»
Se fue a la ducha.
Me senté en la silla de la cocina. Me temblaban las piernas. Me temblaban de una forma que no había sentido nunca. Ni en el primer parto que vi. Ni la noche que se murió mi madre. Las rodillas me iban solas. Me las sujeté con las manos.
Había dejado la tableta boca abajo. Él la dejaba boca abajo. Con la funda hacia abajo. Con la esquina rota hacia la pared. Eso me dije siempre. Pero esa noche, al volver de la puerta con el registro de la cerradura, la había guardado deprisa. A las dos de la madrugada. Temblando.
Pequeñas cosas. Cosas que no ves si no buscas.
Y Dani había empezado a buscar.
* * *
Al día siguiente el código de la tableta ya no era uno, cuatro, cero, cinco.
Lo probé a las doce y media de la noche. La pantalla tembló. Código incorrecto. Probé otra vez. Código incorrecto. Inténtalo de nuevo en 1 minuto.
No volví a intentarlo. Guardé la tableta. Exactamente boca abajo. Cerré el cajón.
Me quedé de pie en la cocina a oscuras. Ya no tenía ojos dentro. Ni la plataforma. Ni la cerradura. Ni el banco. Solo tenía lo que había fotografiado. Ochocientas fotos en una carpeta que se llamaba recetas.
Y tenía una fecha. El 31.
Se va el 31. Le toca.
El baño entero.
Abrí la plataforma en mi móvil. Como cualquier persona. Ático luminoso en Ruzafa. El calendario.
El fin de semana del 31 de octubre al 2 de noviembre seguía en negro. Disponible. Ciento cuarenta y cinco euros la noche. Me quedé mirando el número.
Iván quería mi baño. Quería arrancar las baldosas de mi madre un fin de semana que yo estuviera en Teruel.
Las cuarenta y una que quedaban. Poner porcelánico gris.
Dejar el espejo. O cambiarlo. Y la siguiente vez que alguien comparara la última foto de Femke con mi baño ya no habría nada que comparar.
Una chica rubia sonriendo delante de un suelo de flores que ya no existía.
Y lo iba a hacer Dani. Con su albañil. Con sus manos.
Y a mí me lo iban a vender como un regalo.
* * *
Esa semana dormí poco. Trabajé tres noches. Las otras me quedaba despierta en la cama escuchando la respiración de Dani y haciendo listas en la cabeza. Lo que sé. Lo que tengo. Lo que me falta.
Sabía que Femke estuvo viva en mi casa a las dos menos ocho.
Sabía que Iván entró a las dos y cuarenta y uno.
Sabía que Dani entró a las tres y catorce.
Sabía que alguien salió a las tres y treinta y cuatro.
Sabía que la encontraron en otra ducha con el agua corriendo.
Tenía una baldosa partida con sangre en un trastero. Un pendiente con forma de montaña en una caja de zapatos. Cuarenta y una respuestas de huéspedes. Un registro de cerradura en fotos. Un historial borrado. Una guía de la casa que decía llámanos a nosotros primero.
Me faltaba lo más importante. Me faltaba saber si Femke estaba viva cuando salió por mi puerta.
Y me faltaba Iván. Porque Iván no había dejado su nombre en ningún sitio.
Mantenimiento. Casa Lucía Valencia. Un Bizum.
Un hombre muy amable que te llevaba la maleta.
Si todo esto llegaba a una comisaría Iván diría que Dani le dio el código para revisar una avería.
Que no sabía nada de ninguna chica en aquel piso.
Que el ático era de Dani y que Dani lo alquilaba por su cuenta.
Que él solo gestionaba la limpieza. Que le habían engañado.
Y la gente le creería. Porque Iván era el que daba la mano con las dos manos. El que bajaba la tila a la farmacéutica. El que tenía los ojos rojos.
Dani, en cambio, había borrado la memoria de nuestra puerta.
El jueves por la mañana, en el vestuario, se lo dije a Rocío.
«Necesito ver a Iván. De cerca. Necesito oírle hablar.»
Rocío se estaba quitando el uniforme. Se quedó con el pijama verde a medio sacar por la cabeza.
«¿Tú estás loca?»
«No puede verme. Sabe cómo me llamo. Puede que haya visto alguna foto mía en el piso. Hay una de la boda en el pasillo. Supongo que la guardan en el armario.»
«¿Entonces?»
«Tú tienes un piso.»
Rocío sacó la cabeza del pijama. Tenía el pelo electrizado de punta.
«Yo tengo un piso», repitió despacio.
«En la calle Cádiz. El que te compraste con el segundo. El que tienes alquilado a los estudiantes.»
«Los estudiantes se van en diciembre.»
«Pues eso.»
Rocío me miró un buen rato. Luego se rió. Una risa gaditana, ronca, de tabaco.
«Hija de puta», dijo. Esta vez sabía a quién se refería. A mí. Y lo decía con cariño.