La turista que murió en mi baño Doce
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Doce

El viernes por la noche hice lo que hago siempre. Fui a trabajar.

A las dos entró un chaval de veintidós años que se había caído de un patinete eléctrico en la avenida del Puerto.

Sin casco. Llegó andando. Con un amigo que lo sujetaba del brazo y que olía a cerveza.

Tenía un corte en la ceja y una brecha pequeña detrás de la oreja.

Hablaba. Hacía bromas. Se quejaba de que el patinete era nuevo.

Pedía un cargador para el móvil porque quería avisar a su novia.

Le limpié la herida. Le pregunté qué día era. Lo sabía. Le pregunté dónde estaba. Lo sabía. Le pedí que me apretara los dedos. Me los apretó. Le miré las pupilas. Iguales.

«¿Me puedo ir?»

«Todavía no. Te va a ver el médico.»

«Estoy bien. De verdad. Solo me duele un poco la cabeza.»

Lo dejé en un box con el amigo. Volví a los veinte minutos con el termómetro. Estaba dormido.

Le toqué el hombro. Abrió los ojos. Tardó en enfocarme.

«¿Cómo te llamas?»

Pensó. Pensó demasiado.

«Iker.»

Le miré las pupilas. La derecha era más grande que la izquierda.

Llamé al médico de guardia gritando. Los siguientes treinta y cinco minutos fueron lo que son siempre.

Una carrera. El TAC. Los neurocirujanos bajando por la escalera porque el ascensor tardaba.

Un hematoma epidural. Una arteria rota debajo del hueso que había ido sangrando despacio mientras él pedía un cargador.

Lo subieron a quirófano a las tres y diez.

El amigo se quedó en la sala de espera llamando a la novia con el móvil de Iker.

A las seis me dijeron que había salido bien. Que lo habían cogido a tiempo. Que si llega a irse a casa a dormir no se despierta.

Lo sabía. Lo sé desde la carrera. Lo sabe cualquier enfermera de Urgencias.

Se llama intervalo lúcido. La persona se da un golpe y se queda aturdida.

Luego se recupera. Habla. Bromea. Camina.

Parece que no ha pasado nada. Y mientras tanto la sangre se va acumulando dentro del cráneo.

Aprieta el cerebro. Despacio. Una hora. Dos.

A veces más. Hasta que la persona se duerme.

Y si nadie la despierta ya no se despierta.

Se puede salvar. Casi siempre. Si llega a tiempo. Si alguien llama. Si alguien llama a quien hay que llamar.

Me encerré en el baño del personal. Me senté en la tapa del váter con la cabeza entre las rodillas.

Femke volvió a casa a las dos menos ocho. Andando. Subiendo cinco pisos por la escalera porque le daban miedo los ascensores. Entró. Fue al baño. Se metió en la ducha. Pisó la tercera baldosa de la segunda fila empezando por el desagüe. Clac.

Y a las dos y cuarenta y uno entró Iván.

¿Por qué entró Iván a las dos y cuarenta y uno de la madrugada en un piso con una huésped dentro? Nadie entra a esa hora. Nadie que no haya sido llamado.

Llámanos a nosotros primero.

Femke lo llamó. Tuvo que ser así. Se cayó.

Se dio el golpe. Y estaba consciente. Lo bastante consciente para buscar el móvil.

Para buscar el número. Para llamar al número del recuadro rojo de la guía de la casa porque estaba en un país extranjero y no sabía si el número de emergencias era el 112 o el 911 o el 061.

Porque la guía decía llámanos a nosotros primero.

Porque era su primer viaje sola y estaba un poco nerviosa.

Y entre la caída y las dos y cuarenta y uno había pasado media hora. Una media hora en la que Femke estaba viva. Hablando. Quizá bromeando. Quizá pidiendo perdón por las molestias. Las chicas como Femke piden perdón por las molestias.

Y luego llegó Iván. Y luego llegó Dani. Y luego alguien abrió la puerta desde dentro.

* * *

Escribí a Ingrid a las siete y cuarto de la mañana desde el coche. Ingrid ya estaba en Utrecht. Se había ido el viernes con Femke.

Le pregunté si tenía el informe de la autopsia española. Si sabía la hora estimada de la muerte.

Me contestó enseguida.

Entre las cinco y las siete de la mañana del domingo. Eso dice el informe. ¿Por qué?

Entre las cinco y las siete.

Alguien abrió la puerta desde dentro a las tres y treinta y cuatro.

Me quedé mirando el móvil. Las cifras no cuadraban.

O cuadraban de una manera que no quería mirar.

Una persona muerta a las tres y media no tiene la hora de la muerte entre las cinco y las siete.

Pero las horas que dan los forenses son estimaciones.

Rangos. Dependen de la temperatura del cuerpo.

Del agua. Del agua caliente corriendo en una ducha que no era la suya.

El agua caliente cambia la temperatura de un cuerpo. Engaña.

No lo sabía. No podía saberlo. No era forense. Era una enfermera de noche con una libreta de espiral.

Le escribí a Ingrid. Le conté lo del registro de la cerradura. Las horas. Todas. Le conté lo del chico del patinete. Le expliqué qué es un intervalo lúcido. Le dije que no sabía nada. Que solo eran horas. Que podía estar equivocada. Que por favor le enseñara las horas al forense holandés.

Tardó en contestar. Quizá dormía. Quizá ya no podía más.

A las once y cuarenta me llegó un mensaje.

Se lo he enviado. Gracias. No me escriba más lo que podría ser. Escríbame cuando lo sepa.

* * *

Ese fin de semana me tocaba Teruel. Viernes 17.

No fui.

Lo había decidido el jueves. Aquel jueves llamé a la residencia por la tarde y pregunté por mi padre.

Estaba igual. La auxiliar me dijo que tenían un brote de gripe en la segunda planta y que no recomendaban visitas de niños.

Yo nunca llevaba a Alba. Pero se lo dije a Dani así.

Hay gripe en la residencia. Han cerrado las visitas. Este fin de semana no voy.

Lo miré mientras se lo decía. Estaba pelando patatas en la cocina. Las pela con un cuchillo pequeño en una sola tira larga que no se rompe. Siempre me ha fascinado.

La tira se rompió.

«Vaya», dijo. «Bueno. Así descansas.»

«Sí.»

«Tu padre lo entenderá.»

«Mi padre no entiende nada, Dani.»

Se quedó quieto con el cuchillo en la mano.

«Ya lo sé», dijo. «Perdona.»

Esa misma noche, antes de ponerme frente a la puerta con la tableta, abrí el anuncio en mi móvil. En la plataforma. Como cualquier persona que busca piso. Ático luminoso en Ruzafa. El calendario. El fin de semana del 17 al 19 estaba tachado en gris.

Dani lo había cerrado en algún momento de la tarde. Entre las patatas y la cena.

El del 31 de octubre al 2 de noviembre seguía en negro. Disponible.

* * *

El fin de semana del 17 fue el más largo de mi vida.

Lo pasamos en casa los tres en cuanto dormí lo que quedaba del sábado por la mañana.

Como una familia. Llovió el sábado y Alba y Dani hicieron galletas con forma de murciélago.

Yo cosí ocho brazos de pulpo con calcetines viejos rellenos de algodón.

El domingo salió el sol y fuimos a la playa de la Malvarrosa a ver el mar aunque hacía frío.

Alba se mojó los pies y gritó. Dani la cogió en brazos y la levantó por encima de las olas.

Ella se reía con la boca abierta. Como Femke en la foto con su madre.

Los miré desde la arena. Pensé: mírales bien. Mírales. Esto ya no va a volver.

Por la noche, en la cama, Dani me buscó. Hacía semanas que no me buscaba. Me puso la mano en la cadera. Me dijo mi nombre al oído. Bajito. Como antes.

Me di la vuelta.

«Estoy cansada.»

Se quedó quieto. Luego retiró la mano. Luego dijo algo. Muy bajo. Casi no lo oí.

«Lo siento.»

No le pregunté qué sentía. Él no me lo dijo.

Me quedé despierta mirando las pegatinas fosforescentes del techo. No. Esas están en la habitación de Alba. En el mío no hay nada. El techo de mi dormitorio es blanco y liso. No hay manchas. No hay patos.

A las tres y catorce de la madrugada miré el reloj del móvil.

Dani dormía. No roncaba. Respiraba despacio. Con la boca un poco abierta. Como un hombre que no tiene nada en la conciencia.

O como un hombre que lleva tanto peso que ya ni lo nota.