Once
El jueves por la mañana Alba me recordó que en el colegio había fiesta de Halloween el último viernes del mes. Que tenía que ir disfrazada. Que todas sus amigas iban de vampiresa y ella no quería ir de vampiresa. Que quería ir de pulpo.
«¿De pulpo?»
«Un pulpo con ocho brazos. Y que cada brazo tenga un calcetín.»
«Ya veremos.»
«El año pasado me hiciste el de murciélago. Está en el trastero. Puedes cortarle las alas y ponerle brazos.»
Los niños tienen una lógica que no se discute.
El trastero está en el sótano. Es un cuarto de dos metros por dos con una puerta metálica pintada de gris y un candado.
Hay doce trasteros en fila en un pasillo estrecho que huele a humedad y a goma de neumático.
El nuestro es el último. Tiene una bombilla desnuda que se enciende con un temporizador y se apaga a los dos minutos exactos. Siempre a mitad de algo.
Bajé después de dejar a Alba en el colegio. Abrí el candado. Encendí la luz.
El trastero estaba lleno de nuestra vida en cajas.
La cuna de Alba desmontada. La bici estática que compré en enero de hace tres años.
Las cajas de Navidad. Dos sillas plegables.
Una maleta sin ruedas. Y al fondo, contra la pared, las cajas de Brasa.
Seis cajas de cartón grueso con el logo del restaurante.
Una llama naranja dibujada a mano por Dani.
Dentro estaban los restos del restaurante.
Platos. Cubiertos. Cartas plastificadas.
Delantales. Una plancha de hierro que pesaba como un muerto.
Dani no había querido tirar nada. Decía que algún día volvería a abrir.
La caja del disfraz de murciélago estaba encima de una de las de Brasa. La cogí. Debajo la caja de Brasa estaba abierta. Las solapas levantadas.
Las cajas de Brasa no se abrían nunca. Llevaban dos años precintadas con cinta marrón. Esta tenía la cinta cortada con un cúter. Limpio. Reciente. El borde del cartón todavía estaba blanco donde se había rasgado.
La luz se apagó.
Me quedé a oscuras en el trastero con la caja del murciélago en los brazos. Oía mi respiración. Oía un goteo en algún sitio del sótano. Busqué el interruptor a tientas en la pared del pasillo. La luz volvió.
Dejé el murciélago en el suelo. Miré dentro de la caja de Brasa.
Paños de cocina. Una pila de paños blancos de algodón grueso con el logo de la llama bordado en naranja en una esquina. Dani los mandó hacer cuando abrió. Le costaron un dineral. Decía que un buen restaurante se nota en los paños.
Uno de los paños no estaba doblado como los demás. Estaba enrollado. Como se enrolla algo para protegerlo. Como se envuelven los cuchillos japoneses.
Fui a mi coche. Tengo una caja de guantes de nitrilo en la guantera. Siempre. Es una costumbre de enfermera. Volví. Me puse los guantes. Encendí la luz otra vez. Saqué el paño enrollado.
Pesaba.
Lo desenrollé encima de la tapa de otra caja.
Dentro había una baldosa partida en dos.
Verde y ocre. Con un dibujo de flores geométricas. La reconocí como se reconoce una cara. Era mía. Era la tercera de la segunda fila empezando por el desagüe. La que hacía clac. La que yo había limpiado con un cepillo de dientes en la terraza hacía ocho años.
Estaba rota en diagonal. Dos triángulos irregulares. En uno de los bordes faltaba una esquina pequeña. Como si se hubiera desprendido un trozo.
Y en el borde de la rotura había una mancha.
Oscura. Marrón casi negro. Seca. Metida en los poros del cemento. Formaba una línea fina a lo largo del filo y luego se extendía hacia el dibujo de flores en una mancha más ancha con los bordes irregulares.
Sé lo que es la sangre seca. Sé de qué color se pone. Sé cómo se mete en las cosas porosas. Sé que la lejía la decolora pero no la saca de dentro. Sé que se queda.
La luz se apagó.
Esta vez no la encendí. Me quedé en la oscuridad con los guantes puestos y la baldosa delante. No sé cuánto rato. El goteo del sótano seguía. En algún sitio arriba un vecino arrastraba algo por el suelo.
Pensé en Dani en el baño a las siete de la mañana de un domingo.
No. A otra hora. A las cuatro. A las cinco.
Arrodillado en la ducha. Con un cúter. Haciendo palanca.
Sacando la baldosa rota. Envolviéndola en un paño de su restaurante.
Bajando cinco pisos. Abriendo una caja que llevaba dos años cerrada. Escondiéndola entre los paños.
No la tiró. Me dijo que la había tirado. No la tiró.
Pensé: ¿por qué no la tiró?
Y supe la respuesta antes de terminar la pregunta. Porque Dani no tira nada. Porque Dani tiene seis cajas de un restaurante muerto en un trastero. Porque Dani es incapaz de tirar las cosas que le han importado. Porque Dani sabía que aquella baldosa era de mi madre.
O porque no supo qué hacer con ella. Porque tirarla era convertirla en basura. Y no se atrevió.
Encendí la luz. Hice fotos. Muchas. La baldosa entera. Cada triángulo. El borde. La mancha. El paño con el logo. La caja con la cinta cortada. Con el metro de costura que todavía llevaba en el bolso desde el martes.
Luego la envolví otra vez. Igual que estaba. Con el mismo número de vueltas. La metí en la caja entre los paños. Bajé las solapas. Puse encima la caja del murciélago no. Puse encima otra caja vacía que había al lado. Para que no se notara que la del murciélago faltaba.
Pensé en llevármela. Pensé en meterla en la caja de zapatos con el pendiente de Femke. No lo hice. Si Dani bajaba y no estaba lo sabría. Y entonces todo se acabaría. Allí estaba más segura que en ningún sitio. Allí la había puesto él.
Me quité los guantes y los metí en una bolsa de plástico. Cerré el candado. Subí los cinco pisos andando con el disfraz de murciélago en los brazos.
En casa me senté en el sofá con el murciélago en el regazo. Tenía las alas de fieltro negro. Una de ellas estaba descosida. Alba la había arrastrado por todo el patio del colegio.
Me puse a coser. No sé por qué. Cogí aguja e hilo negro y cosí el ala. Puntada a puntada. Era lo único que mis manos sabían hacer en ese momento.
* * *
Esa noche, mientras Dani dormía, busqué el manual de la cerradura.
Lo encontré en la web del fabricante. Un PDF de cuarenta páginas en cuatro idiomas. Lo leí entero. Página por página. En la página veintinueve, en un apartado que se llamaba Diagnóstico y soporte técnico, había un párrafo pequeño.
La cerradura almacena en su memoria interna los últimos 500 eventos de acceso de forma independiente del historial en la nube.
La eliminación del historial desde la aplicación no afecta a esta memoria.
Para exportar el registro interno, el administrador deberá situarse a menos de dos metros del dispositivo y acceder a Ajustes, Diagnóstico, Exportar registro del dispositivo, mediante conexión Bluetooth.
Lo leí tres veces.
A la una y media de la madrugada me puse de pie en el pasillo de mi casa. Descalza. Frente a mi propia puerta. Con la tableta de Dani en las manos. A medio metro de la cerradura.
Ajustes. Diagnóstico. Exportar registro del dispositivo.
Una rueda. Una barra de progreso que avanzaba despacio. Un icono de Bluetooth parpadeando. La cerradura hizo un ruido pequeño. Un clic interior. Una luz azul se encendió en el teclado y se apagó.
Registro exportado. 500 eventos.
Me senté en el suelo del pasillo con la espalda contra la puerta de mi casa.
Fui bajando. Rápido al principio. Las entradas y salidas de esta semana. Las mías. Las de Alba. Las de Dani. La línea gris del historial borrado ya no estaba. Aquí no había líneas grises. Aquí estaba todo.
Llegué al domingo 5 de octubre. Mi entrada de las diez y veintiuno de la noche. Y seguí bajando.
Registro interno del dispositivo 5 oct. · 22:21 · Marta · Código 5 oct.
· 19:44 · Dani · Código 5 oct. · 05:18 · Apertura desde el interior 5 oct.
· 04:02 · Mantenimiento · Código 5 oct. · 03:34 · Apertura desde el interior 5 oct.
· 03:14 · Dani · Código 5 oct. · 02:41 · Mantenimiento · Código 5 oct.
· 01:52 · Huésped 4471 · Código 4 oct. · 23:57 · Apertura desde el interior 3 oct.
· 18:24 · Huésped 4471 · Código 3 oct. · 08:02 · Marta · Salida
Lo leí de abajo arriba. Como se leen las cosas que han pasado. En orden.
Viernes 3 a las ocho y dos de la mañana me fui a Teruel. A las seis y veinticuatro de la tarde llegó Femke. El sábado a las doce menos tres minutos de la noche salió. Seis minutos después de la foto del espejo. A las dos menos ocho minutos de la madrugada volvió.
A las dos y cuarenta y uno entró Mantenimiento. Iván.
A las tres y catorce entró Dani.
Con su código. Con el código que usa todos los días. El que marca cuando vuelve del hotel con la mochila al hombro y los antebrazos llenos de cicatrices pequeñas.
A las tres y treinta y cuatro alguien abrió la puerta desde dentro. Salieron.
A las cuatro y dos Mantenimiento volvió a entrar. A las cinco y dieciocho alguien abrió desde dentro. Salieron otra vez.
A las siete y cuarenta y cuatro de la tarde entró Dani. Con Alba, supongo. Recién bañada en casa de su madre. Con su tirita de dinosaurios.
Y a las diez y veintiuno entré yo. Y olía a lejía.
Me quedé allí sentada en el suelo hasta que la tableta se bloqueó sola. La pantalla se puso negra y en ella vi mi cara reflejada. Una mujer descalza contra una puerta. Con la boca abierta.
Dani estuvo aquí.
Dani estuvo aquí a las tres y catorce de la madrugada. Veinte minutos. Y luego alguien abrió la puerta desde dentro.
Abrí desde dentro. Como se abre una puerta cuando llevas algo en los brazos y no puedes marcar un código.