La turista que murió en mi baño Diez
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Diez

Ingrid no fue directamente al baño. Recorrió el piso entero primero. Despacio. Sin tocar nada. Con las manos en los bolsillos de aquel abrigo enorme.

El pasillo. La cocina. Se paró delante de la nevera. Miró los dibujos de Alba. Miró la mujer de pelo naranja con los brazos muy largos. Luego me miró a mí. No dijo nada.

El salón. Mi sofá verde. Esta vez con mis cojines.

Mis cojines viejos de rayas con una mancha de zumo que no sale.

Ingrid se quedó mucho tiempo frente a la estantería de mi padre.

Llena de mis libros. Mis libros desordenados.

Las novelas de mi madre con las tapas rotas.

Los libros de enfermería que ya no abro.

«En las fotos de la plataforma los libros eran de colores», dijo.

«Los cambian. Antes de cada huésped. Hay un armario en el pasillo. Lo meten todo ahí. Lo mío.»

Le enseñé el armario. Un armario empotrado alto con dos puertas y una cerradura pequeña. Dani lo cerraba con llave desde hacía año y medio. Me dijo que era para que Alba no cogiera los productos de limpieza. Nunca lo abría yo. No tenía la llave.

Esa mañana había buscado la llave en el cajón de las herramientas de Dani. Estaba en una caja de tornillos. La había probado. La había vuelto a guardar.

Ahora la saqué otra vez y abrí.

Dentro estaba lo que yo había visto en las fotos.

Cojines mostaza con borlas. Una manta de cuadros.

Un edredón blanco envuelto en plástico. Toallas blancas.

Ramitas de romero secas en una bolsa de papel.

El libro de fotografía de Valencia. Un jarrón con flores secas.

Una cafetera de cápsulas en su caja. Tres botes de jabón de lujo con etiqueta en francés.

Un taburete de madera plegado. Una carpeta de plástico con hojas plastificadas.

Bienvenidos a vuestro hogar. Guía de la casa.

La saqué. La abrí.

Las normas de la casa. No fumar. No fiestas. Silencio a partir de las once. El wifi. Cómo funciona la vitrocerámica. Dónde tirar la basura. Recomendaciones del barrio. Restaurantes. Bares. El mercado. Y en la última página en letras grandes con un recuadro rojo:

TELÉFONO DE EMERGENCIAS 24 HORAS. Ante cualquier problema llámanos a nosotros primero. ¡Estamos aquí para ayudarte!

Y un número de móvil.

Llámanos a nosotros primero.

Ingrid lo leyó por encima de mi hombro. Lo leyó en voz alta. En inglés. Llámanos a nosotros primero. Luego se dio la vuelta y fue al baño.

* * *

Se quedó en la puerta.

Yo me quedé detrás de ella en el pasillo. Veía su espalda. Sus hombros dentro del abrigo. Su nuca con el pelo gris cortado al cero.

El espejo con su rayo pequeño. El vaso azul. La cortina de ducha blanca. Las baldosas verdes y ocres. Y en el plato de ducha el hueco. El cuadrado gris de cemento.

Ingrid sacó el móvil. Buscó la foto. La levantó. La puso delante del espejo. Igual que había hecho yo.

En la foto Femke sonreía con media boca. En el espejo estaba su madre.

Ingrid no lloró. Bajó el móvil. Entró. Se puso de rodillas en el suelo del baño con el abrigo puesto. Puso la mano abierta encima del hueco. Encima del cemento. La dejó ahí. Mucho rato. Como se pone la mano en la frente de alguien que tiene fiebre.

Yo me senté en el suelo del pasillo. No sé cuánto tiempo pasó. Oía la calle por la ventana de la cocina. Una moto. Unos niños. El camión de la basura. En el baño no se oía nada.

Luego Ingrid habló sin girarse.

«¿Esto lo hizo la caída?»

«No. Esa baldosa ya estaba suelta. Desde hace meses. Los huéspedes lo avisaron. Hay mensajes. El domingo cuando volví faltaba. Mi marido dijo que se rompió y que la tiró.»

«¿Femke se cayó aquí?»

No le contesté. Ella no se giró. No hacía falta.

«La encontraron en el otro piso», dijo. «En otra ducha. Con el agua corriendo.»

«Sí.»

«Entonces alguien la llevó.»

Lo dijo así. Sin dramatismo. Con su inglés perfecto. Someone carried her.

Alguien la llevó.

Era la teoría. La que yo había dejado boca abajo en un rincón de la cabeza el jueves. Ingrid le había dado la vuelta con tres palabras.

* * *

Ingrid se levantó. Se le habían quedado marcadas las juntas de las baldosas en las rodillas del pantalón. Se miró en el espejo. Luego miró hacia abajo. Hacia el radiador toallero que hay junto a la ducha. Uno de esos radiadores de barras cromadas. Se agachó otra vez.

«¿Tiene una linterna?»

Le di la del móvil.

Iluminó el hueco entre el radiador y la pared. Un hueco de tres o cuatro centímetros. Allí no limpia nadie. Allí no llega nadie. Allí se acumulan pelusas y horquillas de Alba y un tapón de champú que lleva años perdido.

Ingrid metió dos dedos. Los sacó despacio.

Entre los dedos tenía un pendiente.

Pequeño. Plateado. Con forma de montaña. Tres picos. El del centro más alto. Un pendiente de botón con el cierre de mariposa todavía puesto.

Ingrid lo miró en la palma de la mano. Luego cerró la mano. Luego se dobló hacia delante como si le hubieran dado un golpe en el estómago. Hizo un ruido. Un ruido que no voy a describir. Lo he oído muchas veces en el hospital. Siempre detrás de una cortina. Nunca en mi casa.

La sujeté. La abracé desde atrás. Nos quedamos las dos en el suelo de mi baño. Ella con el pendiente apretado en el puño. Yo con la cara en su abrigo azul que olía a lluvia de otro país.

«Se lo regalé yo», dijo cuando pudo. «Cuando terminó la universidad. Dos montañas. Una para cada oreja. Porque escalaba. Porque siempre quería subir.»

En la bolsa de plástico de la comisaría había un solo pendiente. Me lo dijo después. Un pendiente con forma de montaña. Ella pensó que el otro se había perdido en la ambulancia. En la morgue. En cualquier sitio.

Estaba aquí. En el hueco detrás de mi radiador. Donde no limpia nadie.

* * *

Antes de que se fuera hicimos lo que se debía hacer.

Lo hice yo porque sé hacerlo. Fotografié el pendiente en el sitio exacto donde lo había encontrado.

Ingrid lo volvió a colocar con mucho cuidado.

Fotografié el hueco con el pendiente dentro.

Con un metro de costura para que se viera la distancia.

Luego lo cogí con un guante de nitrilo de los que tengo en casa para curar las rodillas de Alba.

Lo metí en una bolsita hermética de las de congelar.

Escribí en la bolsa con rotulador. Fecha. Hora. Lugar. Quién lo encontró.

Ingrid me miraba hacer.

«Usted ha hecho esto antes.»

«Con ropa de pacientes. Cuando la policía la pide.»

«Guárdelo usted», dijo.

«Es de su hija.»

«Por eso. Si me lo llevo a Holanda ya no está aquí. Tiene que estar aquí. Donde pasó.» Me cogió la muñeca. Fuerte. Como Remedios aquella noche. «¿Va a hacer algo, Marta?»

«Sí.»

«¿Qué va a hacer?»

«Todavía no lo sé.»

«Yo me llevo a mi hija el viernes. En un avión. En la bodega. Con las maletas.» Me soltó. «Usted se queda. Usted tiene la casa.»

Se fue a las cinco y veinte. La acompañé hasta el portal. En la acera se dio la vuelta y miró hacia arriba. Hacia la terraza. Hacia la buganvilla que asomaba por encima de la barandilla con sus flores moradas.

«Mira qué flores», dijo en neerlandés. No lo entendí. Me lo tradujo después por mensaje.

Me quedé en el portal mucho rato después de que doblara la esquina.

Subí. Guardé la bolsita del pendiente en una caja de zapatos en lo alto de mi armario. Detrás de las cajas de fotos de mi madre. Donde Dani no mira nunca.

Cerré el armario del pasillo con la llave. Devolví la llave a la caja de tornillos.

A las seis menos cuarto fui a buscar a Alba a la piscina. La madre de su amiga me preguntó si estaba bien. Que me veía muy pálida. Le dije que trabajo de noche.

Lo decía tantas veces ya que empezaba a creérmelo.