La turista que murió en mi baño Nueve
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Nueve

Ingrid de Wit me contestó a las siete y cuatro de la mañana. Yo estaba todavía en el aparcamiento del Clínico. En mis diez minutos de nadie.

Gracias por escribirme. ¿Podemos vernos hoy? Estoy en Valencia. Me voy el viernes con ella.

Me voy el viernes con ella.

Quedamos a las once en una cafetería pequeña junto al mercado de Ruzafa. La elegí yo. Tiene mesas de mármol y un camarero rumano que no habla con nadie. Llegué antes. Pedí un cortado. No me lo bebí.

La reconocí en cuanto entró. Más alta de lo que parecía en las fotos.

Delgada. Con un abrigo azul marino demasiado gordo para octubre en Valencia.

El pelo gris muy corto. La cara de alguien que lleva diez días sin dormir.

Conozco esa cara. La veo cada noche en la sala de espera de Urgencias.

Es la cara de los que esperan una noticia que ya saben.

Se sentó enfrente. No se quitó el abrigo.

Hablamos en inglés. Su inglés era perfecto. El mío era de hospital. Le salían las frases enteras y redondas. A mí me salían a trozos. Pero nos entendimos. Lo que voy a contar lo cuento en mi idioma porque es el único en el que sé contar las cosas.

«Usted es la dueña del piso», dijo.

«Sí.»

«En su mensaje decía que mi hija estuvo en su casa.»

«Sí.»

Saqué el móvil. Le enseñé las dos fotos. La de Femke frente al espejo. La mía frente al mismo espejo. Una al lado de la otra.

Ingrid las miró mucho tiempo. No se movió. Solo le temblaba un músculo pequeño debajo del ojo izquierdo.

«Lo sabía», dijo. Muy bajo. Casi para ella. «Lo sabía.»

«¿Qué sabía?»

Me contó.

La llamaron un domingo a las tres y media de la tarde. Estaba en el jardín de su casa en Utrecht plantando bulbos de tulipán para la primavera. Una mujer del consulado. Muy amable. Muy profesional. Un accidente. Una caída. En la ducha. Lo sentimos mucho.

Cogió el primer vuelo del lunes. La recibió un policía en el aeropuerto con un intérprete.

La llevaron al Instituto de Medicina Legal.

Vio a su hija detrás de un cristal. Luego la llevaron a una comisaría.

Le dieron las cosas de Femke en una bolsa de plástico transparente.

Su móvil. Su cartera. Su pasaporte. Sus pendientes.

Le dijeron que la autopsia estaba hecha.

Traumatismo craneoencefálico. Compatible con una caída.

Que el piso tenía licencia. Que el gestor la había encontrado.

Que no había signos de violencia. Que no había nadie más.

Que su hija viajaba sola. Que lo sentían mucho.

«Pedí ver el piso», dijo Ingrid. «Me dijeron que no era necesario. Insistí. Insistí mucho. Soy holandesa. Sé insistir.»

La llevaron el martes. Iván Roig le abrió la puerta del tercero sexta de Literato Azorín. Con los ojos rojos. Le dio la mano con las dos manos. Le dijo que lo sentía en el alma. Que llevaba dos noches sin dormir. Que era el peor día de su vida.

«Era un piso feo», dijo Ingrid. «Un piso que no era el de las fotos que me mandó Femke.»

«¿Femke le mandó fotos?»

«El viernes. Cuando llegó. Me mandó un vídeo de la terraza. Gritaba. Mamá mira qué terraza. Mira qué flores. Mira la cúpula.» Ingrid tragó. «En el piso de la policía no había terraza. Había un balcón pequeño con un cactus muerto.»

Pensé en el cactus muerto que había visto desde el banco.

«Se lo dije al policía. Le enseñé el vídeo. Le dije que esta no era la casa. Habló con Iván. Iván dijo que la terraza era la azotea comunitaria del edificio. Que Femke debió de subir. Que muchos huéspedes suben a hacerse fotos.»

«¿Y el policía le creyó?»

«El policía estaba cansado. Tenía otras cosas. Me dijo que la autopsia era clara. Que entendía mi dolor. Que a veces las familias necesitan encontrar una explicación.» Ingrid apretó los labios. «A veces las familias necesitan encontrar una explicación. Eso me dijo.»

«¿Y el baño?»

«El baño era gris. Baldosas grandes grises. Un espejo sin marco. Sin grieta. Se lo dije también. Le enseñé la última foto. La del espejo. Me dijo que a lo mejor era una foto de otro día. De otro sitio. Que la gente sube fotos antiguas.»

«La foto es del sábado a las once y cincuenta y uno.»

«Lo sé. Instagram lo dice. Él dijo que la hora en que subes una foto no es la hora en que la haces.»

Se quedó callada. El camarero rumano trajo un té que nadie había pedido y lo dejó delante de Ingrid. Ella lo miró como si no supiera qué era.

«Femke no hacía las maletas así», dijo de repente.

«¿Cómo?»

«Cuando me dieron la maleta. En la comisaría.

Estaba hecha. Toda la ropa doblada. Doblada perfecta.

Como en una tienda. Femke no ha doblado una camiseta en su vida.

Hacía la maleta como se hace una ensalada.

Todo dentro y a remover.» Se le quebró la voz por primera vez. «Alguien hizo la maleta de mi hija.»

* * *

Le conté lo mío. Todo lo que había contado a Rocío. Ingrid escuchaba con las manos juntas sobre la mesa. No me interrumpió ni una vez. Cuando dije el nombre de Dani no cambió la cara. Cuando dije que borró el historial de la puerta cerró los ojos un segundo.

«Su marido», dijo al final. «¿Él estuvo allí esa noche?»

«No lo sé.»

«¿Usted qué cree?»

Era la segunda vez en dos días que alguien me hacía esa pregunta. La segunda vez que no supe contestar.

«Yo creo que él sabe lo que pasó», dije. «No sé si estuvo. No sé si hizo algo. Pero sabe.»

Ingrid asintió despacio.

«El viernes me llevo a Femke a casa», dijo. «He pedido una segunda autopsia en Holanda. En el Instituto Forense. El fiscal ha aceptado. Me ha costado mucho. Me han dicho que no esperara nada. Que la autopsia española es correcta. Que solo servirá para que yo esté tranquila.»

«¿Cuándo tendrá los resultados?»

«Dos semanas. Tres.»

Miré el cortado frío.

«Quiero ver su baño», dijo Ingrid.

No era una pregunta.

* * *

Esa misma tarde a las cuatro. Dani estaba en el hotel hasta las once. Alba estaba en natación hasta las seis con la madre de una amiga.

Subimos andando. Ingrid quiso subir andando.

Cinco pisos. Se paraba en cada rellano. No para descansar.

Para mirar. Las barandillas de hierro verde.

Las puertas de madera de los vecinos. El azulejo con la Virgen de los Desamparados en el segundo.

La planta de plástico de la señora Amparo en el primero.

«Ella subió por aquí», dijo en el cuarto piso. «Con la maleta.»

«El ascensor funciona.»

«Femke nunca cogía ascensores. Le daban miedo desde pequeña. Se quedó encerrada en uno en Ámsterdam cuando tenía ocho años.» Puso la mano en la barandilla. «Subió por aquí.»

En el quinto marqué el código. Tres pitidos. Luz verde. Ingrid miró la cerradura como se mira un arma.

Entramos.