La turista que murió en mi baño Ocho
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Ocho

Los leí en el suelo de la cocina con la espalda contra la nevera. Se convirtió en mi sitio. Durante una semana fue el único lugar de la casa donde me sentía capaz de respirar.

Ferran escribía en valenciano. Lo leí despacio. Una fuga de agua en el piso de abajo. Les cambió de piso la segunda noche. A Literato Azorín. Un baño de baldosas grises.

Debajo de mi casa no ha habido nunca ninguna fuga de agua. Debajo vive la señora Amparo con sus dos gatos y sus revistas de crucigramas. Si se hubiera mojado su techo me habría enterado yo y todo el edificio y la comunidad de vecinos y el presidente de la escalera y probablemente el arzobispo.

Una señora mayor que vivía en Teruel.

Me reí otra vez. Esa risa por la nariz. Alba se movió en su cama al fondo del pasillo y me tapé la boca.

Una señora mayor que vivía en Teruel. Que se lo dejaba a él. Que era como de la familia.

Eso era yo. En la boca de Iván Roig yo era una viejecita lejana a la que había que proteger de las molestias. Una abuela Lucía de pueblo.

David · 11 oct. · 22:18 Hola. Estuvimos en marzo. Lo de la baldosa ya estaba. Mi hija de seis años se hizo un corte en el pie con el borde. Poco. Una tirita. Se lo dijimos al anfitrión. Nos dijeron que lo arreglarían esa misma semana.

Valentina · 11 oct. · 23:01 Hi Marta. Very sorry.

I have a question for you. Is the woman who died the Dutch girl from the news?

My sister sent me the article. I recognized the bathroom from the photo.

I told my sister I slept there. I got goosebumps.

I didn't know what to do so I did nothing. Now I feel bad.

Nueve respuestas el sábado. El domingo llegaron catorce más.

El lunes once. Las fui leyendo noche tras noche en el suelo de la cocina con el brillo al mínimo.

Las fotografiaba con mi móvil. Luego marcaba la conversación como no leída para que el punto rojo siguiera igual.

Me parecía más seguro que el punto rojo estuviera siempre encendido.

Un punto rojo encendido no llama la atención. Uno que se apaga sí.

Fui haciendo una lista en una libreta. Una libreta de espiral de las que uso en el hospital para apuntar las constantes. En la tapa pone Clínico Valencia · Enfermería .

La baldosa suelta. Thomas en agosto. Matteo en septiembre.

David en marzo con una niña de seis años y una tirita.

Una reseña de abril que había pasado por alto la primera vez.

Cuidado con una baldosa suelta en la ducha.

Y debajo la respuesta pública de Casa Lucía Valencia.

¡Gracias por avisar! Nuestro equipo de mantenimiento ya está al tanto.

Ya está al tanto. En abril.

Siete meses al tanto.

La dirección. Todos. Absolutamente todos habían reservado un piso en Literato Azorín 14 y habían recibido unos días antes la dirección actualizada.

Algunos ni siquiera habían visto la primera dirección.

Nadie lee las reservas. Una pareja de Hamburgo había ido primero a Literato Azorín y había esperado en el portal hasta que Iván llegó andando con una sonrisa. Otros no.

Los cambios de piso. Ferran en junio. Una fuga de agua que no existió.

Otra pareja en julio. Una familia de Toulouse en abril.

Siempre lo mismo. Iván aparecía en la puerta.

Muy amable. Muy apurado. Había una avería.

Había un problema. Os cambiamos a otro piso igual.

A veces devolvía el dinero de una noche.

A veces regalaba una botella de cava. Siempre los llevaba él mismo. Siempre a otro piso suyo.

Debajo de los tres casos escribí con letras grandes.

Iván mueve a la gente.

Lo subrayé dos veces. Me quedé mirando la frase.

* * *

El martes por la noche tenía turno. Rocío me esperaba en el vestuario con los brazos cruzados.

«Desembucha.»

«Rocío.»

«Desembucha o le digo a la supervisora que tu gastroenteritis se llama Daniel.»

Se lo conté. En la azotea. Con su cigarro prohibido y mi café de máquina.

Bajo una luna que ya no estaba llena. Se lo conté todo.

La foto. El hueco de la ducha. El anuncio.

La tableta. El nombre de Dani. El Bizum.

El historial borrado. Los mensajes. Le enseñé las fotos en mi móvil. Todas. Una detrás de otra.

Rocío no dijo nada durante mucho rato. Se fumó el cigarro entero. Encendió otro. Rocío nunca se fuma dos seguidos.

«Hija de puta», dijo al final. No sé a quién se refería. Puede que a todos.

«Ya.»

«¿Y qué vas a hacer?»

«No lo sé.»

«¿Lo vas a dejar?»

«No lo sé.»

«¿Has hablado con él?»

«No.»

Rocío me miró con esos ojos de gaditana que lo ven todo. Me cogió la cara con las dos manos. Tenía los dedos helados y olían a tabaco.

«Marta. Escúchame. ¿Tú crees que tu marido mató a esa chica?»

Ahí estaba. La pregunta que yo llevaba seis días sin hacerme. La teoría que había dejado boca abajo en un rincón.

«No», dije. Y luego. «No lo sé.»

«Vale.» Rocío asintió despacio. «Vale. Pues hasta que lo sepas no estás sola. ¿Me oyes? No estás sola.»

Me abrazó. Me puse a llorar en su hombro. Fue la primera vez que lloré desde el jueves. Lloré como lloran los niños. Con hipo. Con mocos. Con la cara aplastada contra su uniforme y su olor a tabaco y a desinfectante. Rocío me dio palmaditas en la espalda y me dijo cosas en gaditano que no entendí.

Luego bajamos. Había un chico con un ataque de asma y una mujer embarazada de treinta y nueve semanas que no sabía si había roto aguas. Trabajé toda la noche como si no pasara nada. Es lo que se me da bien. Es lo único que se me da bien.

A las cinco de la mañana, la hora de los cuerpos que se rinden, me senté en el control y abrí en el móvil la cuenta de Instagram de Femke de Wit.

Era pública.

La última foto era la del espejo. La que salió en el periódico. Debajo había más de dos mil comentarios. Corazones. Velas. Mensajes en neerlandés que no entendía. Rust zacht lieve Femke. Descansa en paz. Lo traduje con el móvil.

Bajé. Fotos de Femke con amigas en un festival.

Femke con un gato naranja. Femke con una bici en un canal.

Femke con toga y birrete delante de un edificio de ladrillo rojo.

Femke con una mujer de unos cincuenta años de pelo corto y gris y los mismos ojos claros.

Las dos se reían con la boca muy abierta. Debajo ponía Mama .

La mujer de pelo gris tenía una cuenta. La había etiquetado.

Ingrid de Wit.

Su última publicación era de dos días antes. Una foto en negro. Sin imagen. Solo un texto largo en neerlandés y debajo en inglés.

Mi hija Femke murió en Valencia el 5 de octubre.

La policía española dice que fue un accidente.

Yo no lo creo. Femke no se caía. Femke hacía escalada desde los once años.

Si alguien estuvo en Valencia ese fin de semana y vio algo, cualquier cosa, por favor escríbame.

Por favor. No me importa lo pequeño que sea.

Leí el texto tres veces en el control de Urgencias a las cinco y dieciocho de la mañana. Rocío dormía con la cabeza apoyada en el mostrador.

Le di al botón de enviar mensaje.