La turista que murió en mi baño Siete
29%

Siete

Abrí primero la cerradura. La llave naranja. Usuarios. Mantenimiento. Historial de accesos.

Esta vez la rueda giró dos segundos y la pantalla se llenó.

Y justo debajo una línea gris.

Nada más. Debajo de esa línea la pantalla estaba vacía. Blanca. Como una pared recién pintada.

Lo leí muchas veces. Mi entrada del domingo estaba encima de la línea.

Todo lo que había pasado antes de que yo llegara había desaparecido.

El lunes a las siete y doce de la mañana.

Mientras yo dormía después de la noche de Teruel.

Dani se había levantado y había borrado el historial de nuestra puerta.

No el del mes. No el del año. Todo.

Pensé en él sentado en la cocina a las siete de la mañana con la tableta. En el mismo sitio donde estaba yo ahora. Con el café al lado. Buscando el botón. Confirmando. ¿Seguro que quieres eliminar el historial? Sí.

Una persona que no tiene nada que esconder no borra la memoria de su puerta.

* * *

Antes de seguir me obligué a pensar en la policía. Lo pensé en serio. Me imaginé entrando en la comisaría de Ruzafa. Una sala de espera con sillas de plástico naranja. Un agente joven con prisa. ¿Qué vengo a denunciar?

Vengo a denunciar que una chica que murió en un piso con licencia se hizo una foto en mi baño la noche antes.

Vengo a denunciar que a mi ducha le falta una baldosa.

Vengo a denunciar que mi marido alquila mi casa a mis espaldas.

El agente miraría la foto. Diría que sí, que se parece. Buscaría el expediente en el ordenador. Leería accidente. Leería autopsia. Leería caso cerrado. Me diría que lo del alquiler ilegal es cosa de la Generalitat y del ayuntamiento. Que pusiera una reclamación. Me daría un papel.

Y esa misma tarde Dani lo sabría. E Iván lo sabría una hora después. Y en una semana no habría anuncio ni reseñas ni conversaciones ni Bizum. Habría una furgoneta blanca con dos mujeres de polo verde frotando lo poco que quedara.

Y yo sería la propietaria de una vivienda turística ilegal. Eso también lo pensé. Lo pensé con vergüenza porque no debería haber importado. Pero importaba. El piso era de mi madre. Era lo único que tenía de ella aparte de un espejo roto y una buganvilla.

No. Primero tenía que saber. Luego ya vería.

Es lo que hago en el trabajo. Cuando entra alguien que no puede hablar no le pregunto qué le pasa. Le miro las pupilas. Le tomo el pulso. Le busco las heridas. Dejo que el cuerpo me cuente lo que la boca no puede.

Aquí la boca era Dani. Y Dani mentía.

El cuerpo era mi casa. Y en mi casa habían dormido cincuenta y dos veces personas que yo no conocía.

* * *

Volví a la aplicación de la plataforma. Abrí Mensajes.

Había cientos de conversaciones. No solo de mi piso. El buzón era compartido. Dani veía las conversaciones del ático pero arriba salía un aviso. Estás viendo los mensajes de 1 de los 31 anuncios de Casa Lucía Valencia.

Fui abriendo una por una. Casi todas eran iguales.

Mensajes automáticos de bienvenida. La dirección actualizada.

El código. Gracias por tu estancia. Algunos huéspedes preguntaban por el aparcamiento.

Por la lavadora. Por un restaurante de paella.

Una pareja de Bilbao se quejaba de que no había secador de pelo.

El aviso de la dirección actualizada aparecía en todas. Todas. Desde la primera reserva. Por obras en el portal. Por una avería en el edificio. Por un problema de última hora con el ascensor. Te alojaremos en nuestro ático gemelo a pocos metros. ¡Es el mismo de las fotos!

Nadie se había quejado nunca. ¿Por qué iban a quejarse? Era el mismo de las fotos. Era mi casa. Era exactamente lo que habían pagado. Solo que la dirección de la reserva era otra. Y el número de registro era de otro piso. Y nadie lee esas cosas.

Yo tampoco las leería.

Empecé a escribir. Tardé casi una hora en escribir un mensaje de ocho líneas. Lo borré cinco veces. Lo escribí en español y luego en inglés porque mi inglés es de hospital y me salía torpe.

Hola. Me llamo Marta. Soy la propietaria del piso de la calle Puerto Rico 22 donde os alojasteis.

Nunca he autorizado que mi casa se alquile.

Me he enterado hace unos días. Una joven que se alojó aquí el 4 de octubre murió esa misma noche.

Necesito entender qué ha pasado en mi casa.

Si recordáis algo os lo agradecería mucho.

Cómo os dieron la dirección. Si alguien os cambió de piso.

Si visteis a alguien. Si notasteis algo raro en el baño.

Cualquier cosa. Podéis escribirme a mi correo personal [email protected]. Gracias de corazón.

Le di a enviar en la conversación de Sophie.

El mensaje apareció en la pantalla. Mi correo no. Donde había escrito mi correo ahora ponía [dirección de correo oculta] . Debajo salía un aviso en amarillo. Por tu seguridad no compartas datos de contacto fuera de la plataforma.

Me quedé mirando aquel aviso. Por tu seguridad.

Sabía lo que significaba. Si alguien me respondía me respondería ahí. En aquel buzón. En el buzón compartido de Casa Lucía Valencia. Donde Dani lo podía ver. Donde Iván lo podía ver.

Pensé en borrarlo. Se podía. Había un botón. Pero el mensaje ya había llegado al móvil de Sophie en algún lugar de Francia. Ya estaba en el mundo.

Pensé: Dani nunca abre esta aplicación. Lo sé porque no tiene notificaciones. El icono no tenía el punto rojo. Dani la usaba para mover el calendario. Nada más.

Pensé: Iván tiene treinta y un pisos. Cientos de mensajes cada semana. Mensajes automáticos que se contestan solos. No lee las conversaciones viejas. Nadie lee las conversaciones viejas.

Pensé: no tengo otra manera.

Copié el mensaje. Quité el correo. Al final puse Respondedme aquí por favor. Lo leo yo. Y lo fui pegando en cada conversación. Una por una. Desde abril del año pasado hasta septiembre. Cincuenta y una conversaciones. Me salté solo la de Femke.

A las tres y veinte de la madrugada terminé.

Me dolían los ojos. Me dolía el pulgar de tanto pulsar. Fuera había empezado a llover otra vez. En la calle un borracho cantaba algo en inglés y se reía solo.

Antes de guardar la tableta borré las notificaciones de mensajes enviados. Comprobé que el icono de la plataforma no tenía punto rojo. Apagué la pantalla. La puse en el cajón. Con la funda hacia abajo. Con la esquina rota hacia la pared.

Me lavé los dientes en mi baño. No miré al espejo.

* * *

Dormí tres horas. Soñé con Remedios, la señora de la bañera. Estaba tumbada en el suelo de mi ducha y me hablaba del pato del techo. Yo le decía que en mi techo no había ningún pato. Ella me decía que mirara bien.

Me desperté a las siete con la boca seca. Lo primero que hice fue coger el móvil. No sé qué esperaba. No había nada. Los mensajes estaban en la tableta de Dani y la tableta de Dani estaba en el cajón y Dani estaba en la cocina tostando pan.

«¿Mejor de la tripa?»

«Mejor.»

«Hoy vuelvo pronto. A las cinco. Podemos llevar a Alba al río.»

Lo dijo con ilusión. Con una ilusión de antes.

Me miró desde la tostadora con el pan en la mano y la camiseta de Brasa que se pone para dormir y que tiene un agujero en el sobaco.

Y yo pensé que aquel hombre había estado en esta cocina el lunes a las siete y doce de la mañana borrando el historial de nuestra puerta.

«Vale», dije. «Al río.»

Fuimos al río. Al viejo cauce del Turia que ahora es un parque. Alba subió al Gulliver. Es un muñeco gigante tumbado con toboganes en el pelo y escaleras en los brazos. Dani y yo nos sentamos en un banco a mirarla. Hacía sol. El primer sol en días. Dani me pasó un brazo por los hombros.

Estuve todo el tiempo con el móvil en el bolsillo apretado en la mano. Como si pudiera vibrar.

No podía vibrar. Las respuestas no iban a llegar ahí.

Alba bajó del Gulliver con las rodillas negras de tierra y nos dijo que había conocido a una niña de Noruega que no sabía decir hola en español. Que le había enseñado. Que ahora eran amigas para siempre.

«¿Cómo se llama?», le preguntó Dani.

«No lo sé. No me lo ha dicho. Pero es mi amiga.»

Dani se rió. Me miró por encima de la cabeza de Alba. Fue una mirada larga. Cansada. Había algo en ella que no supe leer. O que no quise.

Esa noche esperé a que roncara. Fui a la cocina. Abrí el cajón.

En el icono de la plataforma había un punto rojo. Y dentro del punto un número.

Nueve.