La turista que murió en mi baño Seis
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Seis

Por la mañana hice tortitas.

No sé por qué. No hago tortitas nunca. Las hace Dani los domingos con harina de espelta y plátano. Las mías salen gordas y crudas por dentro. Pero ese viernes me levanté antes que nadie y saqué la sartén y la harina y me puse a hacer tortitas como si hacer tortitas fuera a mantener la casa en pie.

Alba se comió tres con sirope. Dani se comió una de pie con el café en la otra mano.

«¿Y esto?», preguntó.

«Me apetecía.»

Me miró. Le sonreí. La sonrisa me salió bien. Me salió tan bien que me dio miedo. Pensé: así es como se hace. Así es como se miente a alguien con quien vives. Sonríes. Haces tortitas. Le preguntas a qué hora vuelve.

«¿A qué hora vuelves?»

«Tarde. Hay una comunión mañana y hay que dejar la cocina preparada.»

«¿El sábado trabajas?»

«Sábado y domingo. Ya te lo dije.»

No me lo había dicho. O sí. Ya no sabía qué me había dicho y qué no.

Se fue a las siete y media. Llevé a Alba al colegio. A las nueve y cuarto estaba delante del número 14 de la calle Literato Azorín.

* * *

Era un edificio feo. Ladrillo marrón. Persianas verdes.

Toldos desteñidos. Una farmacia en el bajo con la cruz verde encendida y un escaparate lleno de cremas solares de oferta.

El portal tenía una puerta de cristal con una cerradura de llave normal y un panel de timbres.

Algunos timbres tenían nombres escritos a mano.

Otros tenían una pegatina blanca con un número de teléfono y un logo pequeño.

Una casa con un tejado y una hoja de olivo.

Casa Lucía Valencia.

Conté las pegatinas. Cinco de doce. La del tercero sexta tenía la pegatina.

En la puerta de la farmacia había un cartel. Se busca auxiliar de farmacia con experiencia. Entré.

Detrás del mostrador había una mujer de unos sesenta años con el pelo corto y gafas de pasta roja.

Me preguntó qué quería. Le pedí un ibuprofeno.

Mientras lo buscaba le pregunté por el edificio.

Le dije que estaba buscando piso de alquiler en el barrio.

Que me habían dicho que en ese portal había uno libre.

Se rió sin ganas.

«Aquí ya no alquila nadie a la gente de verdad, hija. Aquí todo son turistas. Entran y salen con las maletas a todas horas. Trolleys arriba y abajo. A las tres de la mañana. A las seis de la mañana.»

«Vaya.»

«Esto antes era un edificio de familias. Yo me crié en el cuarto. Ahora quedamos cuatro vecinos de toda la vida. Los demás son pisos de esos. Todos del mismo.»

«¿Del mismo?»

«Del chico de los pisos. Iván. Muy simpático, eso sí. Muy educado. Te saluda siempre. Pero ya me dirás tú.»

Iván. El nombre del Bizum.

«¿Es el dueño?»

«Qué va a ser el dueño. Los gestiona. Los dueños son gente de fuera. Fondos de esos. O gente del barrio que se ha ido a vivir a la playa y saca más con esto que con un alquiler normal.» Me dio el ibuprofeno. «Tres con veinte.»

Le di un billete de cinco. Mientras buscaba el cambio dijo algo más. Lo dijo bajando la voz. Como se dicen las cosas que no se deben decir en un mostrador.

«El domingo pasado se murió una chica ahí arriba. En el tercero.»

«Lo leí en el periódico.»

«Pobre criatura. Vino la ambulancia a mediodía. Y la policía. Y el Iván blanco como el papel. Yo le bajé una tila. Estaba temblando. Decía que la había encontrado él. Que estaba en la ducha. Que el agua estaba todavía corriendo.»

«Qué horror.»

«Lo que yo digo. Todas esas duchas de diseño resbalan como pistas de patinaje.»

Me dio el cambio. Sesenta y ocho céntimos. Lo recuerdo porque se me cayó una moneda al suelo y la mujer se agachó a recogerla y cuando se levantó me miró con curiosidad.

«¿Usted está bien? Está muy pálida.»

«Trabajo de noche.»

«Ay, hija. Tómese ese ibuprofeno con algo en el estómago.»

* * *

Salí. Crucé la calle. Me senté en un banco frente al edificio. Desde allí se veía la fachada entera. El tercer piso tenía las persianas bajadas. Todas. En el balcón había una maceta con un cactus muerto.

A las diez menos cinco una furgoneta blanca aparcó en doble fila delante del portal. Tenía el mismo logo en la puerta. La casa con el tejado y la hoja de olivo. Casa Lucía · Gestión de alojamientos turísticos. Un teléfono.

Se bajaron dos mujeres. Una mayor y una joven. Llevaban polos verdes y unas bolsas enormes de tela llenas de sábanas. Abrieron el portal con llave. Entraron. Volvieron a salir diez minutos después con otras bolsas. Las cargaron en la furgoneta. Se fueron.

No vi a ningún Iván.

Me quedé allí sentada media hora más. Pasó un hombre con una maleta de ruedas mirando el móvil.

Se paró delante del portal. Marcó un número.

Esperó. Entró. Pasó una pareja joven hablando en alemán.

Pasó un repartidor en bici. Pasó una señora con un carrito de la compra.

Saludó a nadie. Entró en el portal y tardó mucho en abrir porque le costaba girar la llave.

Busqué Iván Roig en el móvil.

Había un perfil en una red profesional. Iván Roig Esteve.

Fundador y director de Casa Lucía Valencia.

Ayudo a propietarios a sacar la máxima rentabilidad a sus viviendas sin preocupaciones.

Una foto de un hombre de unos cuarenta años con camisa blanca remangada y los brazos cruzados.

Moreno. Pelo corto. Sonrisa de dentista.

Detrás de él una terraza con una buganvilla.

Amplié la foto.

No era mi buganvilla. Era otra terraza. Pero se parecía. Todas las terrazas de Ruzafa se parecen cuando las buscas.

Había también una web. Casa Lucía Valencia. Tu casa es nuestra casa. Fotos de pisos preciosos. Testimonios de propietarios. Uno decía: Desde que confío en Iván he pagado la hipoteca de mi piso de la playa con los ingresos de mi piso de Ruzafa. Y no he tenido que hacer nada. Lo firmaba un tal R. M.

Y no he tenido que hacer nada.

Busqué una pestaña que se llamara Quiénes somos. Había una foto de Iván con un perro y un párrafo sobre su abuela Lucía. Mi abuela Lucía tenía una casa de huéspedes en el Cabanyal. De ella aprendí que un huésped no es un cliente. Es alguien que confía en ti. Alguien que duerme bajo tu techo.

Cerré la web.

Me quedé mirando el portal del número 14.

La chica de Utrecht no había dormido nunca bajo aquel techo.

Había llegado a otra dirección. A mi dirección.

Con un código que alguien había metido en mi cerradura.

Había subido mis escaleras. Había tocado mi barandilla.

Había dejado su maleta en mi pasillo. Había salido a cenar el sábado y había vuelto. Y luego. Y luego algo.

Y el domingo a mediodía Iván Roig la había encontrado en la ducha del tercero sexta con el agua corriendo.

Las mujeres de los polos verdes no la habían movido. Los que ponen sábanas no mueven cuerpos.

Me tomé el ibuprofeno sin agua. Se me quedó atascado en la garganta y me supo amargo durante una hora.

* * *

Esa tarde la abuela Pura vino a traer a Alba.

Lo hace los viernes cuando yo tengo noche.

Pura tiene setenta y un años. Es bajita y ancha y tiene las manos de una mujer que ha fregado escaleras durante cuarenta años.

Me quiere. A su manera. Es una manera que incluye corregirme cómo hago la tortilla de patatas y decirme que Alba está demasiado delgada.

«¿Qué tal tu padre?», me preguntó en la puerta.

«Igual.»

«Pobre hombre.» Se santiguó. «Daniel me dice que vas el fin de semana que viene otra vez.»

«Sí.»

«Pues nada. Me traigo a la nena a casa. Ya sabes que conmigo está estupendamente.»

La miré. Pura me sostuvo la mirada un segundo de más. O eso me pareció. Tenía los labios apretados. Luego bajó los ojos y le arregló a Alba el cuello del abrigo.

«Pura. ¿Tú sabías que…?»

No terminé la frase. No supe cómo terminarla.

«¿Que si sabía qué, hija?»

«Nada. Que si sabías que Alba ya se lee los cuentos sola.»

«Claro que lo sé. Me los lee a mí.»

Se fue. Desde la ventana la vi cruzar la calle despacio con su bolso de asa corta apretado contra el costado. Pensé: o no sabe nada o lo sabe todo. Con las madres de los hombres no hay término medio.

Esa noche no fui a trabajar. Llamé al hospital y dije que tenía gastroenteritis. Era la primera vez en once años que mentía para no ir. Rocío me escribió a los cinco minutos.

Tú no tienes gastroenteritis. Tú tienes algo. Mañana me lo cuentas o te mato.

No le contesté.

Dani llegó a las doce menos cuarto. Le dije que me dolía la tripa. Me trajo una manzanilla. Me tocó la frente con el dorso de la mano como hago yo con Alba. Tenía la mano fría. Se fue a dormir.

Cuando roncó fui a la cocina. Abrí el cajón de los paños.

La tableta estaba cargada. Al cien por cien. Dani la había enchufado en algún momento del día.