La turista que murió en mi baño Veinte
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Veinte

A las ocho y doce sonó el móvil de Rocío.

No te preocupes por nada.

Le hice foto. Le hice captura. Se lo reenvié a Llopis. Se lo reenvié a Rocío al mío. Lo apunté en la libreta del Clínico con la hora.

Llopis contestó con una sola palabra.

Aquí.

Me lavé la cara en la cocina. No en el baño. No quería ver el espejo. Me recogí el pelo. Me puse un jersey encima del otro porque tenía frío. No hacía frío. Doblé la manta de cuadros en el brazo del sofá con precisión de tienda.

A las ocho y media escribió Rocío.

En la mesa de la ventana. Tercer café. Hay una furgoneta blanca aparcada en doble fila delante de tu portal. La de la hoja de olivo. Hay dos tíos dentro. Monos de trabajo. Están descargando sacos y cajas. Cajas grandes planas.

Porcelánico gris. Sesenta por sesenta.

Y otro coche. Un Seat azul. Ha aparcado detrás.

¿Quién?

No veo. Espera.

Es Dani.

Dejé el móvil en la mesa de la cocina. Lo puse boca abajo. Luego lo puse boca arriba.

Dani estaba abajo. En mi portal. Con los albañiles. Con su amigo el de la obra del restaurante.

Pensé: va a subir. Va a subir con ellos.

Pensé: no. Va a esperar abajo. Va a dejar que suba Iván primero. A sacar al huésped. A hacer su número. Y cuando la casa esté vacía de huéspedes va a subir con sus manos a arrancar las baldosas de mi madre.

Pensé: ha visto la reserva. Ha visto el nombre de Rocío.

No lo sabía. Lo pensé igual.

* * *

Me senté en la cocina. En la silla que da la espalda a la puerta. Delante de la nevera blanca. Con mi móvil grabando en el bolsillo del jersey. Con el de Rocío en la mesa. Con la libreta del Clínico abierta delante. Con un vaso de agua que no me bebí.

A las nueve menos un minuto oí el ascensor.

Subía. Lo oía subir por el hueco. Primero. Segundo. Tercero. Cuarto. Quinto. Se paró. Las puertas.

Pasos. Ligeros. Rápidos. Zapatillas blancas.

Un golpe suave en la puerta con los nudillos. Dos.

«¿Rocío? ¡Buenos días! Soy Iván. De Casa Lucía.»

No contesté.

Silencio. Otro golpe. Más fuerte.

«¿Rocío? ¿Estás?»

No contesté.

Oí el teclado. Pi. Pi. Pi. Pi. La tecla de la llave. Tres pitidos.

Mantenimiento. Código. Sábado 1 de noviembre. 09:00.

La puerta se abrió.

Oí sus pasos en el pasillo. Oí que dejaba algo en la mesita de la entrada. Una botella. El ruido del cristal contra la cerámica del cuenco de caramelos.

«¿Hola? Perdona que entre así. Pensé que estabas dormida.

» Su voz cálida. De locutor de madrugada.

Acercándose. «Me sabe fatal. De verdad. Esto no pasa nunca.

Ha habido una fuga de agua en el piso de abajo.

Bastante gorda. La señora de abajo tiene el techo empapado.

Hay que levantar el suelo del baño de aquí arriba para ver de dónde viene.

Hoy mismo. Así que te voy a cambiar de piso.

Uno igual. Igualito. A cinco minutos andando.

En Literato Azorín. Te llevo yo la maleta.

Te devuelvo una noche entera. Y te he traído una botella de cava para que me perdones. »

Estaba en la puerta de la cocina. Lo sentía detrás de mí. A dos metros. Olía su colonia. Bergamota. Madera.

«Te cambiamos a otro piso igual», dijo. «Bueno. Te cambio yo. ¿Vale?»

Me di la vuelta.

* * *

Iván Roig tenía la sonrisa puesta. Camisa azul clara. Un forro polar gris encima. Zapatillas blancas. Una carpeta de piel bajo el brazo. Las llaves de una furgoneta en la mano con un llavero de una hoja de olivo.

Me miró. La sonrisa se le quedó un segundo de más en la boca. Luego se le fue apagando. Despacio. Como se apaga la luz del trastero cuando pasan dos minutos.

No me conocía. Lo vi. Buscaba en su cabeza. Una huésped. Rocío. Treinta y tantos. Pelirroja. No. Algo no cuadraba. Algo en mi cara. Algo en mi pelo naranja. La foto de la boda en el pasillo antes de que las mujeres de los polos verdes la guardaran en el armario.

«¿Rocío?», dijo.

«No.»

«Perdona. Creo que hay un error. Esta reserva es…»

«Soy Marta.»

No dijo nada.

«La señora mayor que vive en Teruel», dije. «La que te deja el piso. La que es como de la familia.»

Iván Roig dio un paso atrás. Uno pequeño. Su espalda tocó el marco de la puerta de la cocina.

«¿Al tercero sexta?», le pregunté. «¿A Literato Azorín? ¿Me vas a llevar tú? ¿Al baño de las baldosas grises? ¿A la ducha donde la encontraste a ella con el agua corriendo?»

Fue muy rápido. Lo que pasó en su cara. Lo he visto mil veces en Urgencias. Es lo que les pasa a los hombres que vienen con la mujer de la mano y dicen que se cayó por la escalera cuando la enfermera les pide que esperen fuera. Primero no entienden. Luego entienden. Luego calculan.

Iván calculaba.

«Mira, Marta», dijo. La voz había cambiado.

Seguía siendo cálida. Pero ahora era una calidez de vendedor que pierde una venta.

«Creo que tienes un lío tremendo en la cabeza y lo entiendo.

De verdad. Esto es un problema de tu marido.

Tu marido me pidió ayuda. Me dijo que el piso era suyo.

Que estaba en apuros. Yo solo le hago la limpieza y la gestión.

Si tienes algo que hablar háblalo con él. Yo me voy.»

«Femke te llamó a las dos y catorce.»

Se quedó quieto.

«Te llamó desde mi ducha. Al número de la guía. Al recuadro rojo. Llámanos a nosotros primero. Y tú tardaste veintisiete minutos en subir.»

«No sé de qué me hablas.»

«A las dos y cuarenta y uno entraste con tu código. Mantenimiento. Está en la memoria de la cerradura. Llamaste a mi marido. Le dijiste que estaba muerta. Él entró a las tres y catorce. A las tres y treinta y cuatro la sacasteis por esta puerta. Viva.»

«Eso es mentira.»

«Tenía tus dedos en las axilas.»

Iván abrió la boca. La cerró.

«Lo dice un forense holandés», dije. «Reacción vital.

Hematomas de presión digital. Compatibles con sujeción y traslado por terceros.

Hematoma epidural. Entre tres y cinco horas de supervivencia.

Partículas de baldosa hidráulica en la herida.

Verde y ocre. Óxido de cromo. Óxido de hierro.

» Le señalé con la barbilla hacia el pasillo. Hacia el baño. «Esas.»

Iván miró hacia el pasillo. Fue un movimiento muy pequeño. Un reflejo. Como mira la gente el sitio donde ha escondido algo cuando oye la palabra robo.

Luego me miró a mí. Y luego miró mi móvil. El de la mesa. El de Rocío. Y luego mi bolsillo. El jersey. La forma rectangular.

«Estás grabando», dijo.

«Sí.»

Dio un paso hacia mí.

Uno solo. No sé qué iba a hacer. Creo que ni él lo sabía. Creo que iba a quitarme el móvil. Creo que iba a coger el de la mesa. Creo que su cuerpo se movió antes que su cabeza como se mueve el cuerpo de un hombre que lleva seis años solucionando problemas sin ruido.

Yo ya había escrito la palabra.

La había escrito a las nueve y un minuto. Antes de darme la vuelta. Con el pulgar. En el móvil de Rocío. Debajo de la mesa. La palabra que habíamos acordado con Llopis.

Avería.

* * *

Se oyó el ascensor.

Iván se paró. Se giró hacia la puerta.

Se oyeron pasos en la escalera. Muchos. Rápidos. Pesados. Y una voz de mujer que gritaba desde el cuarto piso con acento de Cádiz.

«¡Quinto! ¡Es el quinto! ¡La puerta del dinosaurio!»

La puerta de casa seguía abierta. Iván la había dejado abierta para sacar la maleta del huésped.

La inspectora Llopis entró por ella con el plumífero negro y las zapatillas de correr gastadas y la placa en la mano.

Detrás de ella dos agentes de uniforme. Detrás de ellos Rocío con el pelo de punta y la cara roja de subir corriendo.

«Policía Nacional», dijo Llopis. Sin gritar. Con su voz seca. «Buenos días. Señor Roig, ¿verdad? Quédese donde está. Las manos donde las vea.»

Iván levantó las manos. Despacio. Con las llaves de la furgoneta todavía colgando de un dedo. La hoja de olivo se balanceaba.

«Hay un malentendido», dijo. «Yo vengo a por una avería. Este piso no es mío. Es de él. Del marido. Yo solo gestiono la…»

«Ya», dijo Llopis. «Siéntese, por favor.»

Iván no se sentó. Llopis lo miró. Iván se sentó. En una silla de mi cocina. Delante de mi nevera blanca.

Llopis se volvió hacia mí.

«¿Está usted bien?»

«Sí.»

«¿La ha tocado?»

«No.»

«¿Ha grabado?»

Saqué el móvil del bolsillo. Paré la grabación. Nueve minutos y cuarenta segundos. Se lo enseñé. Llopis asintió.

Rocío me abrazó por detrás. Fuerte. Me hizo daño en las costillas. Olía a café y a tabaco.

«Hija de puta», me dijo al oído. Lloraba.

* * *

En la escalera había dos hombres con monos de trabajo y una caja de porcelánico gris entre los dos. Se habían quedado parados en el descansillo del cuarto. Miraban hacia arriba sin entender. Uno de ellos tenía una maza en la otra mano. Un agente bajó a hablar con ellos.

Y detrás de ellos, en el rellano del cuarto, apoyado en la barandilla verde, estaba Dani.

No había subido con ellos. Se había quedado un piso más abajo. Esperando. Con las manos en los bolsillos de la sudadera gris. La misma que metió en la lavadora de su madre a las siete de la mañana de un domingo.

Me asomé al hueco de la escalera. Él miró hacia arriba.

Nos miramos. Un piso de distancia. Cinco metros. Once años.

No dijo nada. No intentó subir. No intentó bajar. No intentó irse.

Llopis se asomó a mi lado. Lo miró. Me miró a mí.

«¿Es él?»

«Sí.»

Llopis bajó un tramo de escaleras. Se paró dos escalones por encima de Dani.

«¿Daniel Ferrer?»

Dani asintió.

«Tengo que pedirle que me acompañe a la comisaría a hacer una declaración. Tiene usted derecho a…»

«Está en el trastero», dijo Dani.

Llopis se calló.

«La baldosa», dijo Dani. Hablaba con la vista clavada en mí. No en Llopis. En mí. «Está en el trastero. En una caja de mi restaurante. Envuelta en un paño. Yo se la doy. Tengo la llave del candado aquí.»

Sacó un llavero del bolsillo de la sudadera. Lo extendió hacia Llopis con la mano abierta. Le temblaba.

«Y el número de Iván a las dos y cincuenta. Está en mi móvil. No lo he borrado. Lo de la puerta lo borré. Eso no.» Se le rompió la voz. «Eso no lo he podido borrar.»

Llopis cogió las llaves. Le puso una mano en el hombro. No como se le pone a un detenido. Como se le pone a alguien que se va a caer.

Dani no se cayó. Bajó la cabeza. Se quedó así. Con la frente casi tocando la barandilla verde.

Desde mi rellano oí la voz de Iván en la cocina. Pidiendo un abogado. Diciendo que todo era un malentendido. Diciendo que él no había hecho nada. Que había ido a ayudar. Que siempre ayuda.

Nadie le contestaba.