Veintiuno
Pasé el sábado entero en la Jefatura.
Es un edificio grande de ladrillo con un patio interior y unos pasillos pintados de verde claro que me recordaron a los pasillos del Clínico.
Todos los edificios donde la gente espera malas noticias están pintados del mismo verde.
Alguien debió de decidir hace cincuenta años que ese verde calma. No calma.
Me tomaron declaración en un despacho pequeño con una ventana que daba a otra ventana.
Llopis y un agente joven que escribía en un ordenador con dos dedos.
Lo conté otra vez. Desde el domingo a las diez y veinte de la noche.
Sin adornos. Ya no me temblaba la voz. Ya era un informe de enfermería al cambio de turno.
Les di el móvil de Rocío y el mío. Les di la libreta de espiral del Clínico.
Les di la carpeta que se llamaba recetas.
Les di la bolsita hermética con el pendiente de Femke.
La había sacado de la caja de zapatos el viernes y la llevaba en la maleta de Teruel.
Llopis la cogió con guantes. La miró a contraluz. La montaña de tres picos.
«Esto lo tiene que ver la madre», dijo.
«Lo ha visto. Lo encontró ella.»
Llopis asintió. Escribió algo en un papel. Metió la bolsita dentro de otra bolsa más grande con una etiqueta.
A las doce vino un perito de la policía científica a mi casa.
Le acompañé. Era un hombre de unos sesenta años con bigote y una maleta de aluminio llena de cables.
Se puso de rodillas delante de mi puerta.
Conectó un aparato a la cerradura. Tardó cuarenta minutos.
Luego me hizo firmar un papel. Luego desmontó la cerradura entera con un destornillador.
Despacio. Con cuidado. Como se saca una bala.
La metió en una bolsa de pruebas.
Mi puerta se quedó con un agujero redondo donde había estado el teclado. Se veía la madera por dentro. Más clara. Sin barniz.
El perito me miró.
«Le llamo a un cerrajero de guardia», dijo. «No se puede quedar así.»
El cerrajero llegó a las dos. Me puso un bombín normal. Un bombín de llave. Me dio tres llaves pequeñas de latón en una anilla. Le pagué ochenta y cinco euros. Le di las gracias. Cuando se fue me quedé mirando las tres llaves en la palma de la mano.
Llaves. Como antes. Como cuando Alba las perdía.
* * *
En el trastero estaba todo como Dani había dicho. La caja de Brasa. Los paños. El paño enrollado. Los dos triángulos de mi baldosa con la mancha oscura en el filo.
Los de la científica lo fotografiaron todo. Lo metieron en cajas de cartón con etiquetas. También se llevaron la caja entera de los paños. Y los otros cuatro paños que estaban encima. Y el cúter que había en el suelo detrás de la bici estática y que yo no había visto.
Luego subieron al baño. Me pidieron permiso para levantar más baldosas.
Las de alrededor del hueco. Les dije que sí.
Levantaron tres. Con cuidado. Con una espátula fina.
Las metieron también en cajas. Rasparon el cemento del hueco.
Tomaron muestras de las juntas. Pasaron una luz azul por el suelo y por las paredes y por la cortina de ducha.
Me quedé en el pasillo. No miré.
Cuando se fueron el hueco era más grande. Ahora eran cuatro cuadrados grises. Un agujero en forma de cruz en el suelo de mi madre.
* * *
A las seis Llopis me llevó en su coche a Benimaclet. Un coche gris. Sin distintivos. Olía a ambientador de pino y a patatas fritas.
«Su marido ha declarado tres horas», me dijo mientras conducía. Con la vista en la carretera. «Lo ha contado todo. Sin abogado los primeros cuarenta minutos. Luego le hemos obligado a esperar a uno.»
«¿Qué ha contado?»
«Eso se lo tiene que contar él.» Me miró de reojo. «O se lo contará el juez. Pero creo que mejor él.»
«¿Y Roig?»
«Roig no ha contado nada. Roig tiene un abogado de los caros desde las once de la mañana.
Pero Roig tiene un móvil. Y Roig no sabía que su móvil guarda las llamadas aunque las borres de la lista.
Y Roig tampoco sabía que los mensajes de la plataforma están en un servidor de la plataforma y que la plataforma colabora con un juez cuando el juez se lo pide. »
«¿Qué va a pasar?»
«Lunes. Juzgado de guardia. Los dos pasan a disposición del juez. Lo que pida la fiscalía. Lo que decida el juez.» Paró en un semáforo. «Yo voy a pedir prisión para Roig. Riesgo de destrucción de pruebas. Treinta pisos. Tiene donde esconder cosas. Ya lo ha demostrado.»
«¿Y para Dani?»
El semáforo se puso verde. Llopis arrancó.
«Su marido me ha dado la llave del candado del trastero en la escalera de su casa con la mano temblando», dijo. «Su marido no va a destruir nada.»
* * *
Pura me abrió la puerta antes de que llamara. Había estado mirando por la reja de la ventana. Llevaba el delantal. Tenía los ojos hinchados.
Habían estado allí por la mañana. Dos agentes.
A tomarle declaración. Ella les había contado lo de la noche del 4 de octubre.
La llamada a las tres menos diez. Su hijo corriendo calle abajo.
Las manos lavadas durante mucho rato. La lavadora.
Se lo contó todo. No se calló nada. Me lo dijo en la puerta con la barbilla levantada.
«No me he callado nada», repitió. «Ni una cosa. Lo que he callado tres semanas lo he dicho en una hora.»
La abracé. Era la primera vez que abrazaba a Pura de verdad en once años. Se quedó muy quieta. Luego me dio dos palmadas en la espalda. Luego se apartó y se limpió la nariz con el delantal.
«La nena está en el patio. Con el gato. No sabe nada. Le he dicho que papá está trabajando.»
Alba estaba sentada en el suelo del patio con el disfraz de pulpo puesto. Le faltaba un calcetín. Le había puesto el calcetín al gato en la cola. El gato gordo y gris lo arrastraba con dignidad.
Cuando me vio se levantó de un salto.
«¡Mamá! ¡Has vuelto antes! ¿Ya se ha puesto bueno el abuelo?»
«No, cariño. El abuelo sigue igual.»
«¿Has visto mi foto mental?»
«La he visto.»
«¿Y qué tal?»
«El mejor pulpo de Valencia.»
Se rió. Me abrazó las piernas. Me olió el jersey. Arrugó la nariz.
«Hueles raro.»
«Huelo a policía.»
Lo dije sin pensar. Alba me miró con la boca abierta. Luego se rió más fuerte.
«¿A policía? ¿Y cómo huele la policía?»
«A pino. Y a patatas fritas.»
* * *
Volvimos a casa en un taxi. Alba se durmió en el coche con un tentáculo en la boca.
Subimos en el ascensor. Alba se despertó en el tercero. Cuando vio la puerta de casa se quedó mirando el bombín de latón. El agujero redondo de madera clara alrededor donde antes estaba el teclado.
«¿Y la cerradura de los números?»
«Se ha roto.»
«¿Y ahora cómo entro yo?»
Le di una de las tres llaves pequeñas. La de la anilla roja.
«Con esto.»
La miró. La giró en la mano. La metió en el bombín. Le costó. Le tuve que ayudar a girar. La puerta se abrió.
«Mamá. Esto es muy antiguo.»
«Mucho.»
«La voy a perder.»
«Ya lo sé.»
Entramos.
Alba se paró en el pasillo. Miró la lámina de la Ciudad de las Artes en blanco y negro. Miró el cuenco de cerámica con caramelos en la mesita de la entrada. Miró la tarjeta que decía bienvenida a tu casa en Valencia.
«Mamá. ¿Esto qué es?»
No supe qué contestarle. Me quedé allí de pie con la maleta de Teruel en una mano y la bolsa del disfraz de pulpo en la otra.
Alba fue a la cocina. La oí pararse. La oí respirar.
«¿Dónde están mis dibujos?»
Llopis me había devuelto la llave del armario del pasillo. Me la había dado en el coche. Dani se la había dado a ella. La saqué del bolsillo. Abrí el armario.
Dentro estaba todo. Mi vida doblada y apilada a oscuras.
La foto de la boda boca abajo encima de una pila de toallas.
Las fotos de mi madre en su caja. Los libros de mi padre en tres cajas de cartón.
Mis gafas de la mesilla en una bolsa de plástico con cierre.
El perchero desmontado. La mochila de Alba con el llavero del pulpo.
El calendario del Clínico con Teruel en rojo.
Y en una carpeta de plástico transparente todos los dibujos de la nevera.
Apilados. Con los imanes metidos en una bolsita aparte.
Alba se puso de puntillas para mirar dentro del armario. Vio sus peluches en una caja de cartón. Su conejo gris sin una oreja. Su ballena morada de trapo.
«¿Por qué están mis cosas en el armario?»
Me arrodillé a su lado. A su altura. Como me enseñaron en el hospital para hablar con los niños.
«Porque unas personas las guardaron ahí sin preguntarnos», le dije. «Y ahora las vamos a sacar. Tú y yo. Todas. Y las vamos a poner en su sitio.»
Alba me miró con los ojos muy abiertos. Luego asintió despacio. Muy seria. Como asiente cuando le explico que tiene que ponerse una vacuna.
«Vale», dijo. «Pero yo pongo los dibujos.»
* * *
Tardamos tres horas.
Sacamos los cojines mostaza y los metimos en una bolsa de basura negra.
Sacamos el edredón de Hotel Quality y las cuatro almohadas y el cojín de terciopelo.
A la bolsa. Las toallas enrolladas con la ramita de romero.
A la bolsa. La lámina de la Ciudad de las Artes.
A la bolsa. El cuenco de caramelos. Alba se quedó con los caramelos. La bolsa.
Pusimos mis cojines de rayas con la mancha de zumo. Pusimos mi edredón de flores. Pusimos los libros de mi padre en la estantería sin ningún orden. Pusimos las novelas de mi madre con las tapas rotas. Colgamos el cuadro torcido. Torcido. Como lo colgó mi madre.
Pusimos la foto de la boda en el pasillo. La miré un momento. Dani con traje gris y una corbata que le había prestado su cuñado. Yo con un vestido blanco sencillo y una flor de buganvilla en el pelo. Riéndonos. No recuerdo de qué nos reíamos.
La dejé colgada. No supe qué otra cosa hacer con ella.
Alba puso los dibujos. Uno por uno. Con mucho cuidado.
Con la lengua fuera. El sol con gafas abajo a la izquierda.
La ballena morada arriba. Arriba del todo.
Como quería ella. Y la mujer de pelo naranja con los brazos muy largos en el centro.
Justo en el centro de la puerta de la nevera. Con el imán de la pizzería.
«Así», dijo. «Así es como va.»
«Así es como va.»
A las diez Alba se durmió en su cama. Atravesada. Con un pie fuera. Con la ballena de trapo apretada contra el pecho. Debajo de sus treinta y una estrellas.
Yo me quedé en la cocina. Sentada en el suelo. Con la espalda contra la nevera llena de dibujos. En mi sitio.
Hacía tres semanas me había sentado ahí mismo con la tableta de Dani y un dedo que no parecía mío.
El móvil vibró. Un mensaje de Ingrid.
La inspectora me ha llamado. Me lo ha contado. Estoy en la cocina de mi casa. Llueve. Le he puesto una vela a Femke en la ventana.
Le contesté.
Yo estoy en la mía. No llueve. Mañana le pongo una.
Luego apagué el móvil. Y me quedé dormida allí. Sentada en el suelo de mi cocina. Contra la nevera. Con mi casa otra vez alrededor.