Veintidós
El lunes el juez mandó a Iván Roig a prisión provisional.
Me lo dijo Llopis por teléfono a las siete de la tarde.
Homicidio por imprudencia grave. Omisión del deber de socorro.
Alteración del lugar de los hechos. Y una lista de cosas sobre los pisos que no entendí del todo.
Riesgo de destrucción de pruebas. Riesgo de fuga.
Tenía una casa en Andorra a nombre de una sociedad. Nadie lo sabía.
A Dani lo dejó en libertad con cargos. Omisión del deber de socorro. Encubrimiento. Una orden de comparecer en el juzgado cada quince días. Y la prohibición de entrar en mi casa sin mi permiso.
«Sin su permiso», repitió Llopis. «Eso lo ha pedido él. No lo ha pedido usted. Lo ha pedido él al juez. Que no quería entrar si usted no quería.»
No supe qué decir. Llopis tampoco dijo nada más. Se quedó un momento callada en la línea. Oí detrás un teléfono sonando. Una puerta.
«Señora Aguilar», dijo al final. «Ha hecho usted un trabajo que tendría que haber hecho yo en octubre. Si alguien en aquella comisaría hubiera escuchado a esa madre holandesa el martes. Si alguien hubiera mirado la foto del espejo cinco minutos más.»
«Usted no estaba.»
«No. Pero es mi casa.»
Colgó.
* * *
Dani me escribió el martes a las nueve de la mañana.
¿Puedo ir a por ropa? Solo ropa. Mi madre me espera abajo. Diez minutos.
Tardé una hora en contestarle. Le escribí: A las doce. Alba está en el colegio.
A las doce menos cinco llamaron al telefonillo. No tenía código. No tenía llave. Ya no era su casa. Le abrí el portal. Le oí subir andando. Cinco pisos. Despacio.
Llamó al timbre. Le abrí.
Estaba en el felpudo que pone HOLA. Con la sudadera gris. Sin afeitar. Con los ojos hundidos. Había adelgazado. En tres días había adelgazado. Lo vi en el cuello. En las clavículas.
Miró el bombín de latón.
«Ya no hay código», dijo.
«No.»
Asintió. Como si fuera lo justo. Como si fuera lo mínimo.
«¿Puedo pasar?»
Me aparté.
Entró. Se quedó en el pasillo. Miró la foto de la boda. Miró el cuadro torcido. Luego fue a la cocina sin preguntar. Como entraba siempre. Por costumbre. Se paró delante de la nevera.
La ballena arriba. La mujer de pelo naranja en el centro. El imán de la pizzería.
Se quedó mirando los dibujos mucho rato. Le vi la espalda. Los hombros. Se le movían. Lloraba sin ruido.
Me senté en la mesa de la cocina. Puse delante de mí una carpeta de plástico. Dentro estaba la traducción del informe holandés. Seis páginas.
«Siéntate», le dije.
Se sentó. Enfrente. Con las manos encima de la mesa. Las manos de cocinero llenas de cicatrices pequeñas.
Saqué la página tres. La puse delante de él. Le señalé el párrafo 3.2 con el dedo.
«Léelo.»
Lo leyó. Le vi los ojos moverse. Línea por línea. Despacio. Hematomas en ambas regiones axilares. Presión digital. Reacción vital. Las lesiones se produjeron en vida. Sujeción y traslado de la persona por terceros.
Lo leyó otra vez.
Luego levantó la vista. No era la cara de un hombre que ha descubierto algo. Era la cara de un hombre que ha confirmado algo. Algo que sabía desde hacía cuatro semanas y que no se había dejado saber.
«Ya me lo dijo la inspectora», dijo. «El sábado. En la comisaría. Me lo dijo con estas palabras. Reacción vital.» Tragó saliva. «Yo no sabía lo que era. Le pregunté. Me lo explicó.»
«¿Y?»
«Y vomité en la papelera de su despacho.»
* * *
Me lo contó. Todo. Sin que le preguntara nada. Con las manos encima de la mesa sin moverlas. Con la vista en el informe. Lo cuento como me lo contó. Lo más fiel que puedo.
«Me llamó a las dos y cincuenta. Iván. Yo estaba despierto en el sofá de mi madre.
No dormía. No dormía nunca esas noches. Me quedaba despierto con el móvil por si pasaba algo.
Por si algún huésped rompía algo. Por si llamaba alguien del edificio.
Por si tú volvías antes de Teruel. Me pasaba las noches así. Dieciocho meses.
»Me dijo que había pasado algo. Que la chica de tu casa se había caído en la ducha.
Que estaba muerta. Así. Está muerta, Dani.
Ven ahora. Le dije que llamara a una ambulancia.
Te lo juro, Marta. Es lo primero que le dije.
Llama a una ambulancia. Y me dijo que ya no servía de nada.
Que estaba muerta. Que si venía una ambulancia venía la policía.
Que si venía la policía encontraban un piso turístico ilegal a nombre de mi mujer.
Que te iban a meter una multa de cien mil euros.
Que te iban a quitar la casa. Que yo iba a ir a la cárcel por lo del préstamo y por lo de Hacienda y por todo.
Que Alba se iba a quedar sin padre. Que había una manera. Que él sabía cómo hacerlo. Que viniera.
»Corrí. Corrí todo el camino desde Benimaclet. No cogí el coche. No sé por qué. Corrí.
»Cuando llegué estaba en el suelo de la ducha.
Iván la había tapado con una toalla. Una de las blancas.
De las del armario. Solo se le veía el pelo.
Rubio. Mojado. Y un brazo. Un brazo fuera de la toalla encima de las baldosas.
Iván estaba de pie en la puerta del baño con el móvil en la mano.
Muy tranquilo. Me dijo no la toques. Me dijo no la mires.
Me dijo está muerta, no hay nada que hacer, ahora hay que pensar.
»Y yo no la miré, Marta.
»Esa es la verdad. No la miré. No le busqué el pulso.
No le puse la mano en el pecho. No hice nada de lo que tú habrías hecho.
Tú habrías entrado en ese baño y le habrías apartado la toalla y le habrías puesto dos dedos en el cuello.
Lo sé. Lo he pensado cada noche desde entonces.
Tú lo habrías hecho en un segundo. Y yo me quedé mirando el brazo.
Solo el brazo. Tenía un tatuaje pequeño en la muñeca.
Una golondrina. Me quedé mirando la golondrina.
»Iván dijo que había que llevarla a Literato Azorín.
Que allí había licencia. Que allí todo estaba en regla.
Que la poníamos en la ducha y abría el agua y por la mañana la encontraba él y llamaba al 112 y era un accidente en un piso legal y se acabó.
Que nadie iba a saber nunca que había estado en tu casa.
Que nadie iba a buscar nada. Que él ya lo había hecho otras veces.
Con otras cosas. Con huéspedes borrachos. Con una pelea. Que sabía cómo.
»Le dije que no. Te lo juro. Le dije que no. Le dije que yo no podía. Y él me dijo vale, pues llamo a la policía ahora mismo y les digo que el piso es tuyo y que yo solo hacía la limpieza y que me has llamado tú. Y me enseñó el móvil. Con el 112 marcado.
»La cogimos entre los dos. Él por debajo de los brazos. Yo por las rodillas. Con la toalla encima. Pesaba. Pesaba mucho. Más de lo que parecía. La bajamos en el ascensor. Ella iba con la cabeza apoyada en el pecho de Iván. Yo iba mirando los números del ascensor. Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno.
»En el ascensor me pareció…»
Se calló. Se tapó la cara con las dos manos.
«¿Qué te pareció?»
No contestó durante mucho rato. Luego se quitó las manos de la cara. Tenía los ojos rojos. Secos.
«Me pareció que respiraba», dijo. «Una vez.
En el ascensor. Entre el tres y el dos. Me pareció que hacía un ruido.
Como un suspiro. Muy pequeño. Y le dije a Iván.
Le dije Iván, ¿has oído eso? Y él me dijo que era el aire.
Que a los muertos se les sale el aire de los pulmones cuando los mueves.
Que es normal. Que lo había visto en la tele. »
Me quedé muy quieta.
Es verdad. A veces pasa. Cuando mueves un cuerpo muerto el aire que queda en los pulmones sale por la boca y hace un ruido. Lo sabe cualquier enfermera. Lo sabe cualquier celador.
Y también es verdad que una persona con un hematoma epidural inconsciente respira así. Despacio. Con ruido. Con suspiros largos y espaciados. Respiración irregular. Lo sé porque lo he visto. Lo he oído. Lo oí la noche de Iker en el box antes de llamar al médico gritando.
Las dos cosas suenan igual. Para alguien que no sabe. Para alguien que no quiere saber.
«Le creí», dijo Dani. «Quise creerle. Era más fácil creerle.»
* * *
Luego me contó el resto. Literato Azorín.
La furgoneta de la hoja de olivo. El portal con la llave normal.
El ascensor otra vez. El tercero sexta. La ducha gris.
El agua caliente. Iván colocándola. Iván colocándole el pelo.
Iván volviendo a mi casa con él a las cuatro con una botella de lejía y un cubo.
Iván frotando. Dani sacando la baldosa rota con un cuchillo de cocina porque no encontraba otra cosa.
Dani bajando al trastero a las cinco con la baldosa envuelta en un paño de Brasa porque no sabía qué hacer con ella.
Porque no era capaz de tirarla a un contenedor. Porque era de mi madre.
La maleta de Femke. Que la hizo Iván. Doblando la ropa como en una tienda.
El lunes a las siete y doce de la mañana. La tableta. El historial. ¿Seguro que quieres eliminar el historial? Sí.
«No sabía que la cerradura guardaba otra memoria», dijo. «Iván tampoco. Nadie lee el manual de nada.»
«Yo sí.»
«Ya lo sé.» Casi sonrió. No le salió. «Tú siempre lees los prospectos enteros.»
Se quedó callado. Miró la nevera otra vez.
«El jueves por la mañana», dijo. «Antes de que te fueras a Teruel. Me llegó la reserva a la tableta. Nueva reserva. Rocío. Del 31 al 2. Con su foto. La de la playa con el sombrero de paja.»
Me quedé quieta.
«La conozco, Marta. He cenado con ella cuatro veces. En las cenas de Navidad de tu planta. Me sé su risa. Vi la foto y supe que lo sabías. Lo supe en un segundo. Supe que lo sabías todo y que habías reservado tu casa y que el sábado ibas a estar ahí cuando subiera Iván.»
«¿Y por qué no se lo dijiste?»
Me miró. Por primera vez desde que había empezado a hablar me miró a los ojos.
«Porque quería que lo supieras», dijo. «Quería que alguien lo supiera.
Que alguien lo parara. Yo no podía. Lo intenté.
Te lo intenté decir el jueves en la cocina.
Delante del café. Lo intenté el viernes por teléfono.
No me salía. Se me cerraba la garganta. Llevaba cuatro semanas sin poder decirlo.
Así que no hice nada. Dejé que pasara. Me quedé en el cuarto piso apoyado en la barandilla esperando a que tú lo pararas.
» Bajó la cabeza. «Como esa noche. Me quedé mirando una golondrina esperando a que alguien hiciera algo. »
* * *
No le perdoné. No lo voy a escribir aquí como si le hubiera perdonado.
Tampoco le grité. No le pegué. No lloré delante de él. Esas cosas las hice después. Sola. En el baño del personal del Clínico a las cinco de la mañana. En el coche en mis diez minutos de nadie. En la ducha con la mano encima del hueco en forma de cruz.
Le dije que cogiera su ropa.
Fue al dormitorio. Le oí abrir el armario. Le oí meter cosas en una bolsa de deporte. Tardó diez minutos. Como había dicho. Cuando salió llevaba la bolsa al hombro y en la mano una cosa envuelta en un trapo.
Los cuchillos japoneses. Los de Brasa.
Se paró en el pasillo delante de la foto de la boda.
«¿Puedo ver a Alba?»
«En casa de tu madre. Los sábados. Hasta que diga otra cosa un juez.»
Asintió.
«¿Qué le vas a decir?»
«La verdad. Cuando tenga edad para entenderla. Ahora le diré que papá hizo algo muy malo y que está intentando arreglarlo.»
«¿Y lo estoy intentando?»
«Eso lo sabrás tú.»
Abrió la puerta. Se quedó un momento en el felpudo que pone HOLA. Miró el bombín de latón otra vez.
«Marta.»
«¿Qué?»
«Las baldosas. Las que quedan. No dejes que nadie te las quite.»
Cerró la puerta despacio.
Salí a la terraza. Me asomé por encima de la buganvilla.
Abajo, en la acera de enfrente, Pura esperaba de pie con su bolso de asa corta apretado contra el costado.
Dani salió del portal. Cruzó la calle. Pura le cogió la bolsa de deporte.
Él no la soltó. Forcejearon un segundo. Al final la llevaron entre los dos. Uno de cada asa.
Los vi alejarse calle abajo hacia el mercado. Despacio. Una mujer pequeña y ancha y un hombre que de repente parecía tener cincuenta años. Con una bolsa de deporte entre los dos.
Como se lleva a alguien entre dos. Uno por cada lado.