Veintitrés
Las semanas siguientes pasaron como pasan las semanas después de un parto difícil. Muy despacio y muy deprisa a la vez. Con días enteros que no recuerdo y minutos que no voy a olvidar nunca.
Volví al trabajo el miércoles. Rocío me esperaba en el vestuario con dos cafés de máquina. No me preguntó nada. Me dio el café. Me dio un beso en la frente. Me dijo que la luna estaba en cuarto menguante y que esa noche iba a ser tranquila.
A las ocho salí al aparcamiento. Me senté en el coche. Mis diez minutos de nadie.
Lloré los diez minutos enteros. Sin parar. Sin ruido. Con las manos en el volante.
Luego me sequé la cara y me fui a casa a hacerle el desayuno a Alba.
* * *
Llopis me llamaba de vez en cuando. Siempre a horas raras. Siempre con la misma voz seca. Nunca decía hola. Empezaba directamente.
«Han recuperado los mensajes del móvil de Roig.»
Era un martes a las once y media de la noche. Yo estaba en la azotea del Clínico con Rocío. Rocío fumaba.
«Hay uno a su marido. A las cuatro y cuarenta de la madrugada de aquel domingo. Después de dejarla en Literato Azorín. Dice: Todo bien. Mañana normal. Ni una palabra a nadie. Ni a tu madre. »
Ni a tu madre.
«Y hay más cosas. Hay un huésped de hace dos años en otro piso suyo.
En Benicalap. Un chico alemán. Se cortó la mano con una botella rota.
Mucho. Roig le llevó a una clínica privada en su coche.
Le pagó él los puntos. Le hizo firmar una cosa.
Le regaló dos noches gratis. El chico le puso cinco estrellas. »
«Llámanos a nosotros primero.»
«Exacto.» Pausa. «Hay otros cinco casos parecidos. Una mujer mayor con una caída en Benimaclet. Un borracho con un golpe en la cabeza en el Carmen. No murió nadie. Pero ninguno vio una ambulancia.»
Rocío me miraba con el cigarro en la mano. Lo había oído todo por el altavoz.
«La fiscalía va a pedir mucho», dijo Llopis. «Para él. Mucho más de lo que pensaba. Lo de su chica holandesa ya no es un accidente con mala suerte. Es un sistema.»
No es mi chica holandesa, pensé. No dije nada.
«¿Y la plataforma?»
«La plataforma ha borrado los treinta y un anuncios de Casa Lucía en veinticuatro horas. Han mandado un comunicado diciendo que colaboran plenamente con las autoridades y que están consternados.» Llopis hizo un ruido que podía ser una risa. «Consternados.»
Salió en los periódicos esa semana. Desarticulada en Valencia una red de pisos turísticos ilegales vinculada a la muerte de una joven neerlandesa.
Una foto de la furgoneta blanca con la hoja de olivo en el depósito municipal.
Una foto de Iván Roig entrando en el juzgado con la cabeza tapada con su forro polar gris.
Mi nombre no salía. El de Dani tampoco. Salía un tal D.
F. como colaborador del gestor. Salía la vivienda de la calle Puerto Rico. Salía la palabra ático.
Al día siguiente la señora Amparo me paró en el portal con los dos gatos detrás.
«Marta. Lo del periódico. Lo del ático. ¿Eras tú?»
«Era yo.»
Se quedó un rato callada. Luego me cogió la mano. Tenía la mano fría y llena de anillos.
«Yo los oía», dijo. «Las maletas. Te lo dije. Durante un año. Y no hice nada. Pensé que eran tus primos.»
«Nadie hizo nada, Amparo.»
«Tú sí.»
* * *
La carta de la Generalitat llegó el doce de noviembre. Un sobre blanco con una ventanita. Inicio de procedimiento sancionador por infracción muy grave en materia de turismo. Explotación de vivienda de uso turístico sin inscripción en el registro.
La leí en la mesa de la cocina. Luego la leí otra vez. Luego llamé a un abogado. Un primo de Rocío que trabaja en un despacho de la calle Colón y que me atendió gratis la primera vez porque Rocío le amenazó con contarle a su madre una cosa de cuando tenían quince años.
Me dijo que era normal. Que la vivienda era mía. Que la ley no pregunta quién la alquila. Pregunta de quién es. Que había multas muy altas. Que había otras más bajas. Que todo dependía de que yo pudiera demostrar que no sabía nada. Que yo había colaborado con la policía. Que yo había denunciado.
«Lo tienes todo a favor», me dijo. «Salvo una cosa.»
«¿Qué cosa?»
«Que dieciocho meses es mucho tiempo para no darse cuenta de nada en tu propia casa.»
No le contesté. Tenía razón. Lo he pensado mil veces. El suavizante de otra persona en los cojines. Los dibujos cambiados de sitio. La contraseña del wifi que de repente no funcionaba un lunes. La señora Amparo con sus maletas. Dieciocho meses.
No me di cuenta porque no quería darme cuenta. Porque mi padre se estaba muriendo despacio en Teruel y yo no tenía sitio dentro para nada más. Porque era más cómodo creer a Dani. Porque las cosas pequeñas que nadie arregla se acumulan. Clac.
Eso también me toca a mí.
* * *
El domingo nueve fui a Teruel.
Fui sola. Fui de verdad. Tres horas de autovía con niebla en Sarrión. Paré en la gasolinera de siempre a tomar un café con leche de los que saben a quemado.
La residencia es un edificio de los noventa en las afueras.
Con un jardín pequeño y unos bancos donde nadie se sienta porque hace frío.
Mi padre estaba en el salón de la segunda planta.
En su silla de ruedas. Junto a la ventana.
Con la manta de cuadros escoceses que le tejió mi madre encima de las rodillas.
Mi padre se llama Ramón. Fue maestro de escuela treinta y ocho años. Enseñó a leer a medio Teruel. Me enseñó a mí a leer los prospectos enteros. Decía que lo importante siempre está en la letra pequeña.
Le di un beso en la frente. Me senté a su lado. Le cogí la mano. Tenía la mano grande y seca y con manchas. La izquierda. La derecha ya no se mueve.
Y se lo conté.
Todo. Desde el domingo a las diez y veinte de la noche.
En voz baja. Sin adornos. Como un informe de enfermería al cambio de turno.
Le conté lo de la baldosa. Lo de la foto del espejo.
Lo de Dani. Lo de Femke. Lo de Ingrid. Lo de Iván.
Lo de la noche del 31 en mi propia casa como una extraña.
Lo de las estrellas fosforescentes que nadie pudo quitar.
Tardé una hora y media. Mi padre miraba por la ventana. A veces cerraba los ojos. A veces le caía un hilo de saliva y yo se lo limpiaba con el pañuelo. Una auxiliar se acercó a la media hora a preguntar si queríamos un zumo. Le dije que no con la cabeza. Se fue.
Cuando terminé me quedé callada. Mirando lo mismo que él. El jardín pequeño. Los bancos vacíos. Un pino. El cielo blanco de Teruel en noviembre.
Y entonces mi padre me apretó la mano.
Una vez. Fuerte. Más fuerte de lo que me había apretado en un año. Con la mano izquierda. La que todavía era suya.
Le miré. Seguía mirando por la ventana. No había cambiado la cara. Pero la mano seguía apretada. Y no la soltó.
No sé si me entendió. Los médicos dicen que no. Que después de un ictus así no se entiende el lenguaje. Que son reflejos. Que no hay que hacerse ilusiones.
Yo trabajo en un hospital. Sé lo que dicen los médicos.
Me quedé allí sentada con la mano de mi padre apretando la mía hasta que se hizo de noche y la auxiliar vino a llevárselo a cenar.
* * *
Los sábados llevo a Alba a casa de Pura.
La primera vez Dani estaba en la puerta. Esperando. Afeitado. Con una camisa limpia. Alba corrió hacia él gritando papá y se le subió encima como se sube a un árbol. Dani la abrazó con los ojos cerrados. Mucho rato. Hasta que Alba protestó porque la estaba aplastando.
Luego me miró por encima de la cabeza de Alba.
No nos dijimos nada. No hacía falta. O hacía falta demasiado. Las dos cosas a la vez.
Pura salió con un táper de croquetas envuelto en un trapo de cocina. Me lo puso en las manos.
«Para ti», dijo. «Que estás en los huesos.»
Lo cogí.
Cuando me iba, Pura me alcanzó en la esquina. Andaba deprisa con sus piernas cortas. Me cogió del brazo.
«No me lo has dejado solo», dijo.
«No te prometí nada, Pura.»
«Ya lo sé. Por eso.»
Me soltó el brazo. Se volvió a su casa. Desde la esquina la vi entrar. La vi cerrar la puerta. Por primera vez en cincuenta años Pura cerró la puerta de su casa con llave a plena luz del día.
* * *
El catorce de noviembre por la noche me escribió Ingrid.
Hoy he declarado ante el juez. Mañana tengo el día libre hasta el vuelo del domingo. ¿Puedo ir a su casa?
Le contesté que sí. Luego le escribí otra cosa.
Tráigase ropa vieja. Vamos a trabajar.