La turista que murió en mi baño Veinticuatro
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Veinticuatro

El almacén de derribos de Alboraya está en un camino de tierra entre huertas de chufa.

Es una nave de uralita con un patio delante lleno de puertas viejas apoyadas contra la pared.

Puertas de madera de casas que ya no existen.

Con sus pomos. Con sus mirillas. Con sus números.

Hay ventanas con contraventanas verdes. Hay bañeras de patas.

Hay una pila de vigas de madera más alta que una persona.

Hay una noria de hierro oxidado que nadie sabe de dónde vino.

El dueño se llama Paco. Tenía setenta años hace ocho años. Ahora tiene los mismos. Paco no envejece. Paco se va oxidando a la misma velocidad que sus cosas.

Fui el jueves por la mañana después de un turno. Me reconoció. No sé cómo. Me miró desde la puerta de la nave con un cigarro apagado en la boca.

«La de las cuarenta y dos», dijo.

«La de las cuarenta y dos.»

«Las de los labradores de la calle de la Acequia. Verdes y ocres. Una flor de ocho pétalos dentro de un rombo.»

«Esas.»

«¿Se te han roto?»

«Me faltan cuatro.»

Paco se rascó la cabeza con el cigarro apagado. Luego se fue al fondo de la nave sin decir nada. Le seguí. Pasamos entre pilas de azulejos atados con cuerda. Entre cajas de pomos de puerta. Entre lavabos de porcelana con grifos de bronce.

Al fondo, en una estantería metálica, había cajas de fruta de madera llenas de baldosas hidráulicas.

Cientos. De todos los colores. De todos los dibujos.

Paco fue sacando cajas. Las miraba. Las volvía a meter.

Murmuraba nombres de calles y de pueblos.

Esta de Benimaclet. Esta de Meliana. Esta de una alquería de Campanar que tiraron en el noventa y dos.

En la séptima caja se paró.

«Mira.»

Había seis. Verdes y ocres. Una flor de ocho pétalos dentro de un rombo. Sucias. Con restos de cemento viejo en el dorso. Una tenía una esquina rota.

«De la misma casa», dijo Paco. «Me las guardé. No sé por qué. Pensé que alguien volvería.»

Las cogí. Las miré una por una. No eran iguales. Una era un poco más clara. El verde de otra estaba más gastado en el centro como si alguien hubiera caminado sobre ella cien años más que sobre las mías. El ocre de una tercera tiraba a naranja.

No eran las mismas. Eran de la misma casa. De la misma tierra. Del mismo horno. Pero no eran las mismas.

«¿Cuánto?»

Paco me miró. Me miró mucho rato con su cigarro apagado.

«He leído el periódico», dijo. «Lo del ático de Ruzafa. Lo del baño.»

No le dije nada.

«Llévatelas», dijo. «Y no vuelvas a romperlas.»

* * *

Ingrid llegó el sábado a las cuatro de la tarde. Con unos vaqueros viejos manchados de pintura y una sudadera de una universidad holandesa con los puños deshilachados. Y con una bolsa de papel de una floristería del aeropuerto de Schiphol.

Dentro de la bolsa había una red de malla llena de bulbos de tulipán.

«Los planté el domingo que me llamaron», dijo. «En el jardín de mi casa. Estos son los que me sobraron. Me dijeron que en Valencia no salen. Que hace demasiado calor. Que no tienen invierno suficiente.» Me dio la bolsa. «Yo creo que sí salen.»

Le enseñé el baño. El hueco en forma de cruz. Los cuatro cuadrados grises de cemento raspado.

Ingrid se agachó. Puso la mano encima. Como la primera vez. No dijo nada.

Luego se levantó y se remangó la sudadera.

«Enséñeme cómo se hace.»

* * *

Yo no sabía cómo se hacía. Lo había visto en vídeos. Me había comprado un saco pequeño de mortero cola en una ferretería del barrio. Una paleta. Una llana dentada. Un cubo. Una esponja. Un mazo de goma. Un nivel de burbuja. Una bolsa de crucetas de plástico para las juntas.

El ferretero me había preguntado si era para una obra grande.

«Cuatro baldosas», le dije.

«Para cuatro baldosas no hace falta tanto.»

«Para estas sí.»

Lo hicimos de rodillas. Las dos. En el plato de ducha. Con la puerta del baño abierta y la radio de la cocina puesta bajito. Una emisora de música antigua. Sonaba algo de los años sesenta en francés que Ingrid tarareaba sin darse cuenta.

Primero limpiamos el hueco. Raspamos el cemento suelto con una espátula. Aspiramos el polvo con el aspirador de mano de Alba que tiene forma de elefante. Humedecimos el fondo con la esponja.

Luego hice la mezcla en el cubo. Agua y polvo gris. Como hacer masa de pan. Removí con la paleta hasta que quedó como yogur espeso. Ingrid me miraba hacerlo con los brazos cruzados.

«Usted ha hecho esto antes.»

«Escayolas», le dije. «He puesto cientos de escayolas. Es lo mismo. Agua y polvo. Y paciencia.»

Extendí el mortero en el primer cuadrado con la llana dentada.

Hizo unas rayas en relieve. Como un campo arado.

Ingrid me dio la primera baldosa. La más clara.

La puse encima. La apreté con las dos manos.

La golpeé suave con el mazo de goma. Una vez.

Dos. Tres. Ingrid puso el nivel encima. La burbuja se quedó en el centro.

Ingrid se rió. Fue la primera vez que la oí reírse. Una risa corta. Sorprendida. Como la de Femke en la foto con su madre.

La segunda la puso ella. La del verde gastado. Le temblaban las manos. Se le resbaló el mazo. Le dije que no pasaba nada. Que se podía levantar y volver a poner. Que el mortero tarda en secar. Que hay tiempo.

La levantó. La volvió a poner. La golpeó con el mazo. Puso el nivel. La burbuja se quedó en el centro.

La tercera la pusimos entre las dos.

La cuarta era la que tenía que ir en el sitio exacto. La tercera de la segunda fila empezando por el desagüe.

Elegí la del ocre que tiraba a naranja. No sé por qué. Me pareció que era la que más se parecía a nada. La que más claramente era otra.

Ingrid me la quitó de las manos.

«Esta yo», dijo.

Se arrodilló en el plato de ducha. Justo donde estuvo su hija aquella noche.

Donde estuve yo la noche del 31 con la mano encima del hueco.

Extendió el mortero ella sola con la llana.

Hizo las rayas. Puso la baldosa. La apretó con las dos manos abiertas.

Se quedó así. Con las palmas encima. Con los ojos cerrados. Mucho rato.

No usó el mazo. No usó el nivel.

Cuando quitó las manos la baldosa estaba perfecta.

* * *

Esperamos a que secara sentadas en la terraza.

Con dos cervezas. Con los pies encima de la mesa de mosaico del tío Vicente.

Plantamos los bulbos en la jardinera de obra de mi madre.

Al lado de la buganvilla. En la tierra húmeda.

Treinta y un bulbos. Ingrid los contó. No le dije nada de las estrellas.

Atardecía. La cúpula de San Valero se puso naranja. Luego roja. Luego morada. Los tejados de Ruzafa se fueron apagando uno a uno. Abajo en la calle pasaba gente. Ninguno con maleta.

«Mire qué flores», dijo Ingrid. Mirando la buganvilla. En neerlandés. Esta vez la entendí.

Le pregunté por el juicio. Me dijo que tardaría. Un año. Dos. Que vendría a todas las sesiones. Que se iba a sentar en primera fila. Que iba a mirar a Iván Roig a la cara cada minuto de cada día.

Le pregunté por el pendiente.

«Me lo devolverán cuando acabe todo», dijo. «Me lo pondré yo. Uno en cada oreja. El de ella y el de su casa.»

Me quedé callada.

«Usted ha dicho de su casa», le dije.

«Usted me entiende.»

La entendía.

* * *

Antes de cenar Rocío me reenvió un aviso de su móvil. Con un emoji de una calavera. Otra vez.

Recordatorio ¡Hola Rocío! Te queda un día para dejar tu reseña sobre tu estancia en Ático luminoso en Ruzafa. Tu opinión ayuda a otros viajeros a elegir. ★★★★★

Debajo había escrito Rocío:

¿La escribes tú? Te dejo mi cuenta. Contraseña la de siempre. Tu nombre al revés con un 7.

Ingrid se había ido a su hotel a las diez. Alba dormía atravesada con la ballena de trapo debajo de sus estrellas. En el baño el mortero secaba debajo de cuatro baldosas que no eran las mismas.

Me senté en el suelo de la cocina. Con la espalda contra la nevera. En mi sitio.

Abrí la aplicación con la cuenta de Rocío. Mis viajes. Ático luminoso en Ruzafa. Escribe una reseña.

Me pidió que pusiera estrellas. Limpieza. Exactitud. Comunicación. Ubicación. Llegada. Relación calidad precio.

No puse ninguna.

Me pidió que escribiera algo. Un cuadro blanco con un cursor parpadeando.

Tardé dos horas en escribir ocho líneas. Las borré muchas veces. Las escribí en español. No las traduje. Que las traduzca la máquina.

Cuando terminé le di a enviar.

La pantalla se quedó un segundo en blanco. La rueda giró. Luego salió un aviso en un recuadro gris.

Este alojamiento ya no está disponible.

Me quedé mirando el aviso. Luego toqué la pantalla para volver atrás. El texto seguía ahí. En el cuadro blanco. Sin enviar. Sin publicar. Sin nadie que lo fuera a leer.

Lo copio aquí. Porque es lo único que he escrito en mi vida que no era un informe de enfermería. Y porque esta casa es mía. Y en mi casa decido yo lo que se queda.

* * *

Ático luminoso en Ruzafa

Me alojé una noche en esta casa. Es la mía.

La terraza es tan bonita como en las fotos. La buganvilla la plantó mi madre. Los libros no están ordenados por colores. La nevera no está vacía. Tiene una ballena arriba.

El suelo del baño es precioso. Resbalaba. Lo sabíamos todos. Ya está arreglado.

Una chica que se llamaba Femke durmió aquí. Le gustaba la terraza. Le daban miedo los ascensores. Subía montañas. Era su primer viaje sola.

Si alguna vez te caes en una casa que no es la tuya no llames al número del recuadro rojo. Llama al 112. Llama a quien haga falta. Llama.

Nadie la mató. Todos la movimos.

Esta casa no se alquila.