La turista que murió en mi baño Uno
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La turista que murió en mi baño

La turista que murió en mi baño

Por Elena Mares

© inepub.com

Uno

Llegué a casa el domingo a las diez y veinte de la noche.

Lo sé porque la cerradura me lo dijo. Pité tres veces al marcar el código y la luz verde parpadeó en la oscuridad del rellano.

Dani la había instalado hacía año y medio.

Alba perdía llaves como otros niños pierden dientes.

Una en el colegio. Otra en la piscina. Una tercera que apareció meses después dentro de una bota de agua.

«Con esto se acabó», había dicho Dani aquel día. Estaba de rodillas en el suelo con el destornillador en la boca. Parecía orgulloso. Hacía tiempo que no lo veía orgulloso de nada.

El piso estaba a oscuras. Dejé la bolsa en la entrada y me quité las zapatillas sin agacharme.

Tenía la espalda hecha polvo. Tres horas de autovía desde Teruel con lluvia y camiones.

Un fin de semana entero cortando la carne de mi padre en trozos pequeños y limpiándole la barbilla.

Mi padre ya no habla. Desde el ictus solo mira.

A veces creo que me reconoce. Otras veces creo que me confunde con mi madre.

No sé cuál de las dos cosas me duele más.

Lo primero que noté fue el olor.

Lejía. Mucha lejía. Ese olor que se te mete en la garganta y no te deja tragar. Conozco ese olor mejor que nadie. Llevo once años trabajando de noche en Urgencias del Clínico. Allí la lejía es lo que queda cuando ya no queda nada.

Encendí la luz del pasillo. Todo estaba en su sitio. Los abrigos en el perchero. La mochila de Alba con el llavero del pulpo. El cuadro torcido que nunca enderezo porque mi madre lo colgó así. En la cocina olía menos. En el salón olía menos. El olor venía del baño.

Dani dormía. Lo oí antes de verlo. Ronca cuando está agotado. Ronca como un hombre mucho mayor.

Abrí la puerta del baño y encendí la luz.

Hay cosas que una sabe de su casa sin mirarlas.

Sabes cuántos escalones tiene tu portal.

Sabes qué baldosa del pasillo cruje. Sabes que el grifo de la cocina gotea si no lo aprietas hacia la izquierda.

Yo sabía que en la ducha había una baldosa suelta.

La tercera de la segunda fila empezando por el desagüe.

Llevaba meses moviéndose. Cuando la pisabas hacía un ruido hueco.

Clac. Le había dicho a Dani cien veces que llamara a alguien.

Él decía que sí. Luego no llamaba. Luego yo me olvidaba.

Así funcionan los matrimonios. Por acumulación de cosas pequeñas que nadie arregla.

La baldosa no estaba.

En su lugar había un hueco. Un cuadrado gris de cemento viejo con los bordes rotos. Alrededor el suelo brillaba. Brillaba demasiado. Las juntas estaban más blancas de lo que habían estado nunca. Alguien había frotado aquel suelo con ganas.

Me quedé mirando el hueco un buen rato.

Las baldosas las había elegido yo. Hidráulicas.

Verdes y ocres con un dibujo de flores geométricas que parecía una alfombra.

Cuando mi madre murió y el piso pasó a ser mío las encontré en un almacén de derribos de Alboraya.

Venían de una casa de labradores que habían tirado.

Las limpié una por una en la terraza con un cepillo de dientes.

Cuarenta y dos baldosas. Tardé tres semanas.

Dani se reía de mí. Decía que era más fácil comprar porcelánico en una gran superficie.

Yo le decía que el porcelánico no tiene memoria.

Ahora faltaba una.

Me agaché y toqué el borde del hueco con la yema del dedo. Estaba seco. Olía a lejía incluso ahí.

«¿Marta?»

Dani estaba en la puerta. Despeinado. Con la camiseta del revés. Tenía los ojos rojos. Pensé que era el sueño.

«¿Qué ha pasado con la baldosa?»

Se frotó la cara con las dos manos. Tardó un segundo de más en contestar. Lo pienso ahora. En aquel momento no lo pensé.

«Se rompió.»

«¿Cómo que se rompió?»

«Se partió. Ayer. Alba se metió en la ducha y la pisó y se partió en dos. Tenía los bordes como cuchillas. La quité para que no se cortara.»

«¿Se hizo daño?»

«No. Nada. Un susto.»

«¿Y la lejía?»

«Había mugre debajo. Mugre de años. Daba asco. Lo limpié.»

Lo miré. Él miró el hueco.

«Mañana llamo al albañil», dijo.

«Eso llevas diciendo desde marzo.»

«Mañana. Te lo juro.»

Dani juraba muchas cosas. Era cocinero. Los cocineros juran todo el tiempo.

Juran que el pescado es de hoy. Juran que la mesa estará lista en cinco minutos.

Juran que el próximo mes irá mejor. Yo había aprendido a no escuchar los juramentos.

Escuchaba el tono. Aquella noche el tono era raro.

Plano. Como cuando alguien repite una frase que ha ensayado frente al espejo.

Pero estaba cansada. Muy cansada.

«¿Dónde está la baldosa?»

«La tiré.»

«¿La tiraste? Dani. Era de las de mi madre.»

«Estaba rota, Marta. Estaba hecha trozos.»

«Se podía pegar.»

«Lo siento.»

Se fue a la cama. Yo me quedé un rato en el baño con la luz encendida.

Me miré en el espejo. El espejo también era de mi madre.

Tiene un marco de madera pintada de blanco y una grieta en la esquina inferior derecha.

La grieta baja en diagonal como un rayo pequeño.

Se rompió el día de la mudanza. Uno de los chicos de la empresa le dio con el canto de una caja.

Mi madre lloró. Yo le dije que lo cambiaríamos.

Nunca lo cambiamos. Luego ella se murió y ya no se podía cambiar.

Me lavé los dientes. Me desmaquillé. Pisé con cuidado alrededor del hueco como si fuera una herida.

Antes de acostarme fui a ver a Alba.

Mi hija duerme atravesada en la cama. Siempre.

Da igual cómo la acuestes. A las dos horas está en diagonal con un pie fuera y el pelo en la boca.

Tiene siete años. Tiene la nariz de Dani y mi mal carácter.

Le aparté el pelo de la cara. Olía a cloro de piscina y a champú de fresa.

Tenía una tirita en la rodilla con dibujos de dinosaurios.

En la cocina la nevera estaba llena de sus dibujos.

Siempre está llena. Un sol con gafas. Una ballena morada.

Una casa con cinco ventanas y una mujer en la terraza que soy yo porque tengo el pelo naranja y los brazos muy largos.

Debajo pone MAMA sin acento. Ese dibujo tiene casi dos años.

Las esquinas están amarillas. No lo quito nunca.

Me tomé un vaso de leche de pie junto a la nevera. Pensé en mi padre. Pensé en la baldosa. Pensé que el lunes tenía turno de noche y que tenía que comprar fruta y que el seguro del coche vencía el día veinte.

No pensé en nada más.

Eso es lo que más me cuesta perdonarme. Aquella noche entré en mi baño y vi un suelo fregado con lejía y un agujero donde antes había una baldosa. Y me fui a dormir.

* * *

El lunes volví al trabajo.

Mi turno empieza a las diez de la noche y termina a las ocho de la mañana.

Diez horas. Algunas noches son tranquilas.

Un par de cólicos. Un abuelo con fiebre.

Un chaval que se ha caído de la moto y llora más por la moto que por la clavícula.

Otras noches son una guerra. No hay manera de saberlo antes.

Lo sabes cuando entras y ves la cara de la compañera de tarde.

Rocío estaba en el control con el café de máquina entre las manos.

Rocío es mi compañera desde hace seis años.

Es de Cádiz. Habla rápido y fuma en la azotea aunque está prohibido.

Tiene cuarenta y cuatro años y dos divorcios y se ríe de los dos.

Es la persona que más quiero en el hospital y probablemente fuera de él.

«Viene movida», me dijo. «Hay partido y luna llena.»

«No creo en la luna llena.»

«La luna llena sí cree en ti.»

Fue una noche movida. Un hombre con un dolor en el pecho que resultó ser un infarto. Una chica de diecinueve años con un coma etílico. Dos peleas. Una señora de ochenta y nueve años que se había caído en la bañera y llevaba seis horas en el suelo hasta que la encontró la vecina.

A la señora la atendí yo. Se llamaba Remedios. Tenía la piel fina como papel de fumar. Un hematoma enorme en la cadera. Estaba lúcida. Muy lúcida. Me agarró la muñeca con una fuerza que no esperaba.

«Llamé a mi hijo», me dijo. «Tenía el teléfono en el bolsillo de la bata. Llamé a mi hijo y no lo cogió.»

«Ya está aquí, Remedios. Ya está en buenas manos.»

«Seis horas, hija. Seis horas mirando el techo.»

Le cogí la mano. Tenía las uñas pintadas de rosa. Me contó que el techo de su baño tenía una mancha de humedad con forma de pato. Que había estado hablando con el pato toda la noche. Se rió. Luego lloró. Luego se durmió con la boca abierta.

El hijo llegó a las cuatro. Traía el móvil en la mano como una prueba. Tenía siete llamadas perdidas. Lo tenía en silencio. Estaba en una cena de empresa. Se sentó junto a la camilla y no dijo nada durante media hora. Luego me preguntó si su madre se iba a morir.

«No», le dije. «Esta vez no.»

Esas cosas no se dicen. Las dije igual.

A las ocho salí al aparcamiento. Llovía otra vez. Me senté en el coche y no arranqué. A veces hago eso. Me quedo diez minutos sentada en el coche sin hacer nada. Es el único momento del día en que nadie me necesita. Ni los pacientes. Ni mi padre. Ni Alba. Ni Dani. Diez minutos de nadie.

Aquella mañana pensé en Remedios hablando con un pato de humedad. Y luego, sin saber por qué, pensé en el hueco de mi ducha.

Llamé a Dani.

«¿Has llamado al albañil?»

«Son las ocho y cuarto, Marta.»

«Ya.»

«Esta tarde.»

No llamó esa tarde. Ni la siguiente.

El martes libré. El miércoles por la tarde fui a recoger a Alba al colegio antes de entrar de noche.

Compré fruta. Pagué el seguro del coche.

Pisé el hueco de la ducha dos veces sin querer y las dos veces se me encogió el estómago.

El cemento estaba frío. Era como pisar el lugar donde ha estado otra persona.

Dani estaba raro esos días. O quizá no. Quizá siempre estaba así y yo no lo miraba. Llegaba del hotel a las once de la noche. Se duchaba. Se sentaba en el sofá con el móvil en la mano y la tele encendida sin volumen. No veía la tele. No miraba el móvil. Miraba un punto entre los dos.

«¿Estás bien?», le pregunté el miércoles.

«Cansado.»

«¿El hotel?»

«El hotel. El jefe. Todo.»

Dani había tenido un restaurante. Se llamaba Brasa.

Estaba en la calle Sueca. Doce mesas y una barra.

Arroces los domingos y carnes a la parrilla el resto de la semana.

Lo abrió con un socio y con un préstamo y con toda la ilusión que puede tener un hombre de treinta y tres años que lleva desde los dieciséis cocinando para otros.

Duró tres años. Luego vino la subida de los alquileres y la subida de la luz y el socio que se fue a Madrid.

Dani cerró una noche de noviembre. Volvió a casa con un delantal y un juego de cuchillos japoneses envueltos en un trapo.

No lloró. Durmió catorce horas seguidas.

Desde entonces trabaja en la cocina de un hotel de la playa. Desayunos y eventos. Cobra la mitad. No se queja. Ha dejado de quejarse de todo. Al principio pensé que eso era bueno.

Esa noche le acaricié la nuca en el sofá. Tenía la piel caliente. Se apartó un poco. Muy poco. Lo justo para que yo lo notara.

«Mañana llamo al albañil», dijo.

No le había preguntado nada.