Vera tenía un plan: viajar a Bali con su novio y pasar allí las vacaciones con las que llevaba meses soñando.

El día antes de coger el avión, lo descubrió con otra mujer.

Y no con una desconocida.

Fer trabajaba en el mismo hospital que ella. La otra mujer, también.

Dos años después, Vera ha superado a Fer, pero cuando sus amigas le proponen irse juntas a Bali, Vera se niega.

Tiene treinta años, unas semanas libres y aproximadamente cero ganas de reconciliarse con una isla que no le ha hecho nada.

Ellas hacen las maletas y Vera se va al pueblo de sus abuelos dispuesta a pasar unos días tranquilos.

Hasta que una loseta se mueve.

Debajo encuentra una caja llena de cartas escritas por Aurora, la hermana de su madre, una mujer de la que apenas sabe nada salvo que se marchó siendo muy joven y no quiso volver a saber de su familia.

Sin embargo, las cartas cuentan algo muy diferente. Y cuanto más lee más admira a aquella mujer que se marchó sola y acabó al otro lado del mundo.

La última dirección conocida de su tía conduce hasta Melbourne y hasta Michael, un atractivo médico de Urgencias que compró la antigua casa de Aurora un año atrás.

Lo que empieza con una llamada da un giro cuando Vera descubre que Michael tiene una segunda caja de cartas que Aurora dejó atrás.

Vera decide viajar a Australia.

Allí, junto a Michael, emprende un viaje por carretera siguiendo el rastro de Aurora.

Kilómetros y kilómetros después, Vera está cada vez más cerca de comprender por qué Aurora se marchó y qué ocurrió para que su familia llevara tantos años sin hablar de ella.

Pero también empieza a sentirse demasiado bien al lado de alguien a quien apenas conoce.

Y quizá haya llegado el momento de volver a confiar.

Vera no quería ir a Bali.

Y mucho menos enamorarse.

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