La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 19
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Capítulo 19

Los días siguientes pasaron demasiado deprisa.

Santiago se empeñó en enseñarme todo lo que pudiera de Queensland y yo me dejé llevar. A esas alturas había aprendido que hacer planes con mi primo consistía en subirme al coche y dejar que cada día me llevara a un sitio bonito mientras me contaba su vida con su banda sonora de fondo.

Cada periodo de su vida tenía una música.

Cantábamos, gritábamos, nos reíamos, llorábamos…

Porque luego yo le ponía mi banda sonora y hacía lo mismo. Revisaba mi vida en plan tragicomedia.

Lo mismo me daba por llorar que por reír.

Éramos dos locas que recorrían carreteras rodeadas de vegetación, vimos playas preciosísimas y pueblos pequeños en los que me habría quedado horas paseando.

Me llevó hasta la costa, paramos en miradores, caminamos por senderos desde los que se veía el océano y acabamos comiendo más de una vez cuando en España aún no sería ni la hora del aperitivo.

También conocí Noosa. Como mi primo me había advertido de que iba a hacer veinticuatro grados, estrené el bikini tanga de color rosa chicle.

Lo metí en el último momento en la maleta por si iba a un spa o me daba por hacerme fotos con él detrás de una pared blanca un día de aburrimiento.

Pero ese día estaba feliz y tenía detrás una playa de ensueño, así que le dije a mi primo que me hiciera unas fotos con el agua por los tobillos, eso sí, porque tenía demasiado miedo a los tiburones, a los cocodrilos, a las medusas y al corte de digestión.

Australia era bonita, pero demasiado salvaje.

Joder, y me encantaba.

Estaba cagada de miedo, pero molaba tanto.

Luego me hice selfis haciendo el tonto con mi primo y se las mandé a Michael.

Acababa de atender una urgencia y me puso:

MICHAEL: Me voy a pasar la semana entera pensando en ese bikini.

VERA: Pues concéntrate en tu trabajo, doctor.

MICHAEL: Lo intento. Pero preferiría estar ahí.

VERA: Yo también preferiría que estuvieras aquí.

Suspiré y luego las subí a Instagram.

En Madrid eran las siete de la mañana. Y mis amigas estaban ya tan despiertas que los tres primeros corazones fueron suyos.

Sonia me dejó un comentario que decía:

Mala. Te odio desde lo más profundo de mi ser. Yo en el Metro de camino a mi curro de mierda, aplastada contra una puerta en un vagón lleno de gente fea y tú enseñando culazo en una playa con esa cara de bien follada. Asco. Das mucho asco.

Marta escribió detrás de ella:

Qué bello todo. Tenemos que ir. Se te ve tan bien, amiga. Y Santiago es genial. Disfrutad mucho.

Silvia comentó unos segundos después:

Espectacular. ¿Se llega bien a esa playa o hay que andar mucho?

Fui a responder algo, pero en ese momento me cayó un corazón de Fer.

—No me lo puedo creer.

—Te has hecho viral —murmuró mi primo.

—No, el gilipollas de mi ex me acaba de poner un corazón a mi carrusel.

—Que se joda.

—¿Este tío es imbécil?

—Lo es. Porque va a dormir en el sofá cinco días.

Nos tronchamos. Y yo estaba tan relajada que acabé bañándome en el agua más transparente que había visto jamás.

Nos habríamos quedado allí hasta que anocheciera, pero Santiago me llevó después a caminar por el parque nacional.

—Mira hacia arriba —me dijo, de repente, muy misterioso.

—¿Por qué? —repliqué mosqueada.

—Porque como te estampes contra un árbol me voy a reír muchísimo, pero además puede haber koalas.

—¿Aquí? ¿Sueltos?

—No suelen ir con correa.

—Gilipollas.

No tardamos demasiado en encontrar uno encajado entre las ramas de un eucalipto.

Me quedé mirándolo como una niña.

—¡Qué increíble, por favor!

—¿Qué?

—Que esté ahí tan tranquilo.

—¿Dónde quieres que esté?

Saqué el móvil para hacerle una foto.

—Michael va a flipar.

Santiago me miró de reojo.

—Claro. Porque lo primero que haces cuando ves un koala en libertad es pensar en Michael.

—Cállate.

—Estás todo el rato pensando en ese hombre. A ver, tonta no eres…

—¿Quién va a hablar? ¿Cuántos mensajes le has mandado a Kenji hoy?

Mi primo me cogió por el brazo y tiró de mí para que siguiéramos caminando:

—Estamos buenos —dije—. Y esto va a ser de familia… Somos una panda de locas que pierde la cabeza por los hombres.

—Yo nunca me pasaría sesenta años sin hablarte si te triscaras a Kenji.

—¿No?

—¡Qué va! Te arrancaría las extensiones y seguiríamos siendo primos.

—Perdona. No llevo extensiones —le aclaré, dando un manotazo a mi pelo.

—Pues ya encontraría algo que arrancarte.

—Qué bonita relación estamos construyendo.

—Me encanta. Aunque lo de estas dos al final no fue por un hombre. Empezó por Pepe, pero lo demás fue cosa de ellas. Mi madre es muy rencorosa, la tuya se sentía muy culpable… Luego las dos estaban avergonzadas de todo… ¡Qué locura, nena!

—Eso a nosotros no nos va a pasar.

—Trato hecho. Aunque te tires a Kenji.

—Que no me voy a tirar a Kenji.

—Eso dices ahora. Ya verás cuando le veas.

—Santiago...

—Es muy guapo, prima.

—Yo ya tengo a mi guapo…

—¿Y si me pillaras besando a Michael?

—¡Cierra el pico!

Y así fueron pasando los días, intentando recuperar todo lo que nos habían quitado nuestras madres…

—De verdad, qué cabronas —soltaba mi primo de pronto.

Por ejemplo, estábamos en las Glass House Mountains y lo soltaba sin venir a cuento.

Otro día me llevó por la zona de Maleny y Montville, entre colinas verdes y carreteras que parecían no terminar nunca, lo volvió a soltar.

Yo siempre le decía lo mismo, abrazada a él en plan koala:

—¡No lo pienses, Santi! ¡No lo pienses!

Y me seguía enseñando cosas…

Cada vez que pensaba que Australia ya no podía sorprenderme, aparecía otro paisaje, otro sitio, otra carretera por la que me habría gustado seguir conduciendo.

Y Michael.

Con Michael hablaba todos los días.

Cumplió su promesa.

A veces por teléfono, otras por videollamada, a distintas horas, dependiendo de sus turnos, pero hablábamos un montón.

Me contaba cómo había ido su guardia, yo le contaba dónde me había llevado Santiago y acabábamos hablando de cualquier tontería.

Una tarde me llamó a las seis.

Santiago me había llevado a Mooloolaba. Nos bañamos, comimos junto al mar y pasamos media tarde tirados en la arena sin hacer absolutamente nada.

—¿Ese hombre ya no trabaja? —preguntó Michael, divertido.

Santiago me quitó el móvil y le dijo a Michael:

—Este hombre se lo está currando para que tu princesa no se quiera ir de Australia.

—Ojalá —masculló Michael.

Recuperé mi móvil y le dije a Michael, preocupada porque tenía unas ojeras tremendas:

—Estás hecho una mierda.

—Anoche estuve hablando con cierta princesa y se me hizo tarde.

—Deja al chico dormir —me exigió Santiago.

—Pero si es él el que no quiere colgar.

—Me pasa lo mismo con Kenji…

Estuvimos hablando casi media hora.

Cuando colgué, me descubrí sonriendo al teléfono como una imbécil.

Y aquello empezaba a preocuparme.

Porque ya no echaba de menos únicamente sus besos. Ni acostarme con él. Ni despertarme a su lado.

Empezaba a echar de menos todo. Veía algo y pensaba que quería enseñárselo. Escuchaba una estupidez de Santiago y estaba loca por contársela.

Ese mismo día cenamos en casa de Aurora y Robert.

Cuando terminamos, Robert se sentó en el sofá y tardó aproximadamente dos minutos en quedarse dormido.

—¿Está dormido? —pregunté.

Aurora miró hacia el interior.

—Completamente.

—Qué capacidad —repliqué admirada.

—Lleva perfeccionándola cincuenta años.

Santiago, Aurora y yo salimos a la terraza.

Hacía una noche estupenda. Nos quedamos un rato sin hablar, escuchando los ruidos que llegaban desde los árboles.

—Es todo precioso. Amo Australia —dije al fin.

—Te lo advertí —respondió Santiago.

—Y me queda muchísimo por ver.

—Pues vuelves.

Lo dijo con tanta naturalidad que lo miré.

—¿Así de fácil?

—Así de fácil.

Aurora asintió.

—Puedes volver cuando quieras.

—Tampoco me deis tanta confianza, que igual no me voy.

—¡Menuda alegría me darías! —dijo Santiago.

Aurora sonrió.

—Esta es tu casa, Vera.

Miré alrededor. Y lo extraño fue que no me sonó a frase hecha.

—Pues un poco me siento así.

—¡No sabes lo feliz que me haces! —exclamó mi tía.

—¿A ti te costó mucho adaptarte cuando llegaste?

Aurora apoyó la espalda en la silla.

—Al principio sí. No te voy a engañar. Me costó. Adaptarme a Inglaterra fue duro, pero a Australia mucho más. Me sentía tan lejos…

—¿Echabas de menos España?

—Todo el tiempo. A mis padres, el pueblo, la comida, mi idioma... Hasta echaba de menos cosas que cuando estaba allí me molestaban.

—¿Y cuándo dejaste de echar de menos?

—Nunca. Siempre se echa de menos. Pero estaba Robert. Después llegó Santiago. Empecé a trabajar, hice amigos, llegó la radio... Fui construyendo una vida aquí.

Miró a su hijo y me siguió contando:

—Y un día entendí que mi casa ya no era un sitio. Un lugar. Una tierra.

—¿Entonces?

—Donde estén los míos, está mi casa.

Santiago sonrió emocionado y yo también.

—Y ahora tú también eres de los míos —continuó Aurora—. Así que ya sabes que esta será tu casa siempre que quieras volver.

Noté un nudo en la garganta.

—No me hagas llorar otra vez, por favor. Llevo unos días que parezco una magdalena.

—Pues no llores.

—Buena solución.

Nos reímos. Volví a mirar hacia los árboles.

Tres semanas atrás Australia no era para mí más que un lugar lejano en un mapa.

Y ahora empezaba a ser demasiadas cosas.

—Oye —dije—. ¿Qué tendría que hacer yo para trabajar aquí?

Mi primo giró la cabeza hacia mí y Aurora hizo exactamente lo mismo.

—¿Qué? —inquirió mi tía.

—Nada. Era una pregunta.

—Ya —murmuró Santiago, sin creerme.

—Nada. No he dicho nada.

—Claro —ironizó Santiago.

—Solo quería saber si es muy complicado.

—Depende de lo que quieras hacer —replicó mi tía.

—Lo mismo que hago en Madrid. Radiología.

—Pues tendrías que mirar visado, requisitos profesionales, reconocimiento de tu formación, nivel de inglés... esas cosas —comentó mi primo.

—Hablo inglés. Y con el australiano estoy haciendo grandes avances.

—A Robert al principio también le costaba pillar cosas. Y eso que era inglés. Pero cuando se ponen a hablar cerrado, es que no te pispas de nada.

—Tú sonríe y di yeah —me aconsejó mi primo.

—Ese es tu consejo.

—El mismo que le di a Kenji. Y le funciona de maravilla.