La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Es el mejor beef stew que he olido nunca —dijo Michael.

—La próxima vez que vengas, te lo volveré a hacer.

Me encantó Robert. Y la verdad es que su guiso estaba delicioso.

Después de los postres acabamos hablando de amor…

—¿Cuántos años lleváis juntos? —pregunté.

Aurora y Robert se miraron.

—Demasiados —contestó ella.

—Y todavía no he conseguido librarme —añadió él.

—Porque nadie más te aguantaría.

—Eso también.

Me reí. Robert cogió la mano de Aurora.

—Después de tantos años te conoces en todas tus versiones.

—Sobre todo en las peores —puntualizó ella.

—Ahí está la gracia —intervino Santiago—. Los amigos te ven peinado, de buen humor y con ganas de tomarte una cerveza. Una pareja te ve con ojeras, con olor a sobaco, con diarreas por estrés, con deudas y quejándote en bucle durante dos semanas porque la vida no ha salido como querías.

—Qué romántico eres —ironicé.

—Pero es verdad —insistió Santiago—. Una relación te deja el ego en calzones.

Te obliga a mostrarle tus heridas, tus defectos, tus inseguridades...

Y tú ves las del otro. Eso pone a prueba el carácter.

Y es a ratos agotador. Después de dieciocho años con alguien, sé perfectamente lo que cuesta construir una relación.

Y también sé lo que cuesta desmontarla cuando se acaba.

Por eso con Kenji voy con pies de plomo.

—Pues deja de reflexionar y disfruta —dijo su madre, tras beber un poco de agua.

—Estoy en ello.

Michael sonrió y dijo:

—A mí me gustaría tener algo así algún día.

Giré la cabeza hacia él.

Santiago lo vio y bromeó:

—¿Algo agotador?

—Algo que dure más de cincuenta años.

—Pues hay que currárselo mogollón —le advirtió Robert—. Esto no viene incluido con el enamoramiento.

—Me gustan los retos —aseguró Michael, rotundo. Y yo sentí una cosa rarísima por el estómago.

—¿Y a ti, prima?

—¿A mí qué?

—¿Te gustan los retos?

—Depende del reto —repliqué encogiéndome de hombros.

—Este tipo de retos.

—Mi reto gordo es volver a confiar. Porque me pasó algo parecido a lo que pone en ese plato —dije señalándolo.

Estaba colgado en una de las paredes de la terraza. Era de cerámica, tenía estampado a don Quijote y a Sancho, y mi abuela lo tenía igual en su comedor.

Leí en voz alta:

—«Es menester tocar las cosas con la mano para dar lugar al desengaño».

—Cervantes —dijo Aurora.

—En mi caso los pillé con las manos en la masa. A mi novio y a una compañera de trabajo. El día antes de irnos de viaje a Bali.

Santiago se llevó las manos a la cabeza y murmuró:

—¡Valiente cerdo!

—Fue hace dos años. Hace unos días mis amigas se fueron a Bali, yo me negué a acompañarlas. No podía. Y me fui al pueblo…

—Y has acabado más lejos todavía —me interrumpió mi tía.

—Entonces te pasó un poco como a mamá con Pepe —soltó Santiago.

El silencio fue inmediato. Mi primo cerró los ojos, se mordió el labio, batió las manos y se excusó:

—Mierda. Perdona, mamá.

Aurora sonrió y le dijo tras servirse más agua:

—No pasa nada.

Santiago la miró sin parecer muy convencido:

—¿Seguro?

—Sí. Está todo bien.

Y pensé que quizá aquello era un principio.

Pepe acababa de aparecer en una conversación familiar y el mundo no se había terminado.

—Cuando conocí a Aurora, confiar tampoco era precisamente su especialidad —dijo Robert.

—Desde luego que no.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Nada especial —respondió Robert—. Tu tía esperaba que en algún momento yo hiciera algo que demostrara que no debía confiar en mí.

—No era para tanto —replicó mi tía.

—Era peor. Te pasabas el día con la mosca detrás de la oreja.

—Si fue así, ya lo he olvidado.

—Fue así.

—Vale, puede ser que fuera así —admitió mi tía.

—Pero ya un día me cansé y le dije que, si no se atrevía a confiar en mí por lo que habían hecho otras personas, al final era ella quien seguía pagando por aquello.

Sin darme cuenta, miré a Michael. Aunque él ya me estaba mirando.

—Así que ya sabes —dijo Aurora.

—Tomo nota —farfullé.

Santiago nos miró a Michael y a mí, apoyó una mano en la cabeza y respiró hondo.

—Sí, prima, porque es tan bonito…

Robert nos miró alternativamente.

—¿Hay algo que yo no sepa?

—Creo que está empezando algo en Australia —informó Santiago.

—¡Santiago! —le grité, divertida.

—¿Qué? —replicó mi primo—. Después de sesenta años de secretos familiares, he decidido que aquí se cuenta todo.

Robert nos miró y nos dijo encantado:

—Pues me parece una buena noticia.

—No hay ninguna noticia —protesté.

Michael se echó a reír.

—¿Cuánto tiempo os quedáis? —preguntó Aurora.

La sonrisa de Michael se apagó un poco.

—Yo me marcho mañana. Tengo que volver a Melbourne.

Lo sabía.

Claro que lo sabía.

Pero escucharlo en voz alta me produjo una sensación bastante desagradable.

—Vuelvo a trabajar en el hospital. Se acabaron mis días libres.

—¿Sigues en Urgencias? —quiso saber Robert.

—Sí.

Santiago me miró y me preguntó:

—¿Y tú?

—Yo tengo vacaciones hasta final de mes.

—¿Y qué vas a hacer? —inquirió mi primo.

Miré a Aurora. A Robert. A Santiago.

Había recorrido medio mundo para encontrarlos y ahora que los tenía delante no me apetecía salir corriendo.

—Me gustaría quedarme unos días aquí. Si no os importa.

Aurora me miró como si acabara de decir una tontería.

—Claro que no nos importa. ¡Estamos felices de que estés aquí!

—Como intentes irte, te escondo el pasaporte —añadió Santiago.

Robert asintió.

—Quédate todo lo que quieras.

Miré a Michael.

—Deberías quedarte —dijo—. Has venido hasta aquí para encontrarlos. Ahora que los has encontrado, disfruta de ellos.

Sonreí, los miré emocionada y musité:

—Eso haré.

Quería quedarme. No tenía ninguna duda. Solo habría preferido que él no tuviera que marcharse.

De vuelta en la cabaña apenas hablamos, tal vez porque teníamos demasiadas cosas que decirnos.

Me tumbé junto a Michael y apoyé la cabeza sobre su pecho.

Él pasó un brazo alrededor de mi cintura.

—Has hecho bien —masculló.

—¿En qué?

—En quedarte.

—Quiero estar con ellos.

—Necesitas recuperar el tiempo perdido.

—Pero preferiría que tú no tuvieras que irte mañana.

Michael me apretó un poco más contra él.

—Yo también.

—Te voy a echar de menos —musité, sintiéndome de maravilla en sus brazos.

—Y yo a ti.

—Qué mierda.

—No te lo voy a negar.

Se rio y me besó el pelo.

—Antes de volver a España, pasa por Melbourne.

Levanté la cabeza y le pregunté con los ojos demasiado brillantes:

—¿Eso es una invitación?

—No. Es una orden.

—Qué mandón eres.

—Vera.

—¿Qué?

—Ven.

Lo miré unos segundos y, como estaba deseando hacerlo, le aseguré:

—Iré.

—Y llámame.

—Por supuesto. Todos los días para darte por culo.

—Perfecto.

—Te vas a arrepentir.

—Lo dudo.

—¿Eres de esos médicos que odian que los llamen cuando están trabajando? —bromeé.

—Soy de esos médicos que no pueden coger el teléfono cuando están trabajando.

—Ah. Qué responsable.

—Pero puedo devolverte la llamada cuando termine.

—¿Aunque sean las tantas?

—Aunque sean las tantas.

—Eso lo dices ahora.

—Pruébame.

Me acerqué y lo besé.

Después me acomodé otra vez contra él.

Michael apagó la luz y durante un rato permanecí despierta escuchando su respiración.

Había pasado dos años procurando que nadie volviera a tener la oportunidad de hacerme daño.

Y en apenas unos días aquel hombre había conseguido que empezara a preocuparme una cosa completamente distinta.

Que se marchara.

Cerré los ojos y me abracé un poco más a él.

Hasta entonces había pensado que lo difícil sería verlo irse. Aquella noche descubrí que había algo peor: empezar a echarlo de menos cuando todavía seguía allí.