La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 18
80%

Capítulo 18

Michael salió un rato después.

Dijo que iba a dar una vuelta por el complejo y a buscar a Santiago, aunque los dos sabíamos que en realidad me estaba dejando sola para que pudiera hablar con mi madre.

Me senté en la terraza con el móvil entre las manos.

Su mensaje seguía allí.

¿Has hablado con Aurora?

Marqué su número y contestó al tercer tono.

—¿Vera?

—Hola, mamá.

—¿Estás bien?

—Sí.

Hubo un pequeño silencio y luego preguntó con la voz un pelín temblorosa:

—¿Has hablado con ella?

—Sí.

—¿Y qué te ha contado?

No sabía muy bien por dónde empezar, así que fui directa.

—Me ha contado lo de papá.

Mi madre se quedó callada. Fue un silencio distinto. Tenso. Casi podía notar al otro lado del teléfono el miedo a lo que yo supiera y, sobre todo, a lo que pensara de ella.

—Que llevaba enamorada de él desde los trece años —continué—. Que tú lo sabías. Que papá era su mejor amigo. Que os pilló besándoos y que llevabais meses juntos sin haberle contado nada.

Seguía sin decir ni mu.

—Dice que aquel día perdió a su Pepe y a su Pili a la vez.

Escuché cómo soltaba el aire al otro lado.

—Eso decía ella.

—¿Qué?

—Su Pepe y su Pili. Siempre nos llamaba así.

—¿Por qué no se lo contaste?

Mi madre tardó en responder.

—Porque al principio pensé que no era nada. No sé ni cómo ocurrió. De pronto tu padre empezó a gustarme, pero intenté convencerme de que se me pasaría. Sabía lo que Aurora sentía por él y no quería hacerle daño.

—Pero no se te pasó.

—No. Intenté alejarme de él. De verdad que lo intenté. Pero no pude evitar enamorarme. El amor es así algunas veces. Puedes intentar ponerle toda la lógica del mundo, pero...

—Ya. Lo entiendo.

Silencio.

Mierda.

—¿Qué entiendes?

—Nada.

—Vera.

—Mamá...

—¿Estás conociendo a alguien?

Cerré los ojos.

—Sí.

—¿En Australia?

—Evidentemente.

—¿Y quién es?

—Michael.

—¿El médico al que le encomendé que te protegiera de los bichos?

—Ese.

—¿Te has enamorado?

—¡Mamá! Nos hemos besado. Nada más.

Mentirle a mi madre desde la otra punta del mundo resultaba sorprendentemente sencillo. Porque cara a cara se habría dado cuenta de que aquello era ya mucho más que unos besos.

—Vera...

—¿Qué?

—Australia está muy lejos para empezar algo serio.

—Ya lo sé.

—Entonces...

—Pero acabas de decirme que no se puede poner lógica al amor.

Esta vez el silencio duró bastante más.

—No utilices mis propias frases contra mí.

—Pues no me las pongas tan fáciles.

La escuché reír muy bajito.

—¿Te gusta mucho?

Miré hacia el interior de la cabaña.

—Demasiado.

—Pues ten cuidado.

—Eso intento.

—No me refería a que huyeras. Tú vive lo que tengas que vivir.

Me quedé callada, porque como le contara hasta qué punto lo estaba viviendo, le iba a dar un parraque.

—Mamá, estábamos hablando de ti.

—Poco más hay que contar.

—¿Cómo que no? Me dijiste que me lo contarías cuando escuchara la versión de Aurora. La he escuchado y ahora necesito saber.

Mi madre suspiró.

—Me enamoré de tu padre. Dejé pasar el tiempo porque quería estar segura. Y nada, cuanto más tiempo pasaba, más claro tenía que aquello no era un capricho. Tu padre quería contárselo a Aurora desde el principio.

—Eso me dijo ella.

—Fui yo quien le pidió que esperara. Él no sabía que Aurora estaba enamorada de él. Yo sí. Y tenía miedo.

—¿De perderla?

—Sí. Qué ironía, ¿verdad? No se lo conté porque tenía miedo de perder a mi hermana y precisamente por no contárselo la perdí.

No dije nada. Y ella lo agradeció abriéndose más.

—Cuando nos pilló besándonos fue horrible. Tu padre no entendía nada. Aurora empezó a gritar, a llorar... y terminó diciéndole delante de mí que llevaba enamorada de él desde los trece años. Imagínate cómo se quedó.

—Debió de ser terrible para los tres.

—Lo fue. Le pedí perdón. Muchas veces. Tu padre también intentó hablar con ella. Tu abuela hizo todo lo posible por arreglarlo, pero Aurora no quiso saber nada de nosotros.

—Y dejasteis de hablaros.

—Sí.

—Joder.

—Yo me sentía culpable, Vera. Muchísimo. Incluso el día que me casé con tu padre...

Se le quebró ligeramente la voz.

—¿Qué pasó?

—Nada. Y ese era precisamente el problema.

Fue uno de los días más felices de mi vida y, al mismo tiempo, uno de los más tristes.

Miraba a todas partes y mi hermana no estaba.

Habíamos imaginado que siempre estaríamos juntas y no verla en el día de mi boda fue un palo.

Ella tenía que estar allí. Pero yo lo estropeé todo.

Tragué saliva.

—Mamá...

—Es la madre que tienes. Por eso no te he contado nunca nada. Me daba una vergüenza tremenda.

—No te voy a juzgar.

—Pues yo no podía perdonarme a mí misma. Luego empezaron a pasar los años y yo no conseguía quedarme embarazada.

Ya sabía lo que venía. O quizá no.

—Llegué a pensar que era un castigo.

—¿Por lo de Aurora?

—Sí. Sé que es absurdo.

—Absolutamente.

—Ya. Pero cuando deseas algo con todas tus fuerzas y no sucede, empiezas a buscar explicaciones donde no las hay. Pensaba que era el karma. Que había hecho daño a mi hermana y que ahora me tocaba pagarlo.

—No digas eso. Joder, ¡no lo digas! —le exigí.

—Ahora sé que era una barbaridad. Entonces no.

Guardó silencio unos segundos.

—Y llegaste tú.

Sonreí sin querer, con los ojos llenos de lágrimas.

—Con cuarenta y ocho años. Pero ahí estaba yo.

—Mi niña. Cuando ya casi había perdido la esperanza. El día que naciste fue uno de los más felices de mi vida. Y también uno de los días en los que más eché de menos a Aurora.

—Y fue cuando la escribiste.

—Sí. Tu abuela ya le había contado que estaba embarazada, pero cuando naciste quise hacerlo yo. Le escribí una carta y le mandé una foto tuya. Quería que supiera que tenía la sobrina más bonita del mundo.

—Y que tenía dos pelos en la cabeza.

—Adoro esa foto. Y pensé que quizá al verla mi hermana sería capaz de perdonarme.

—No te contestó.

—No.

—¿Y después?

—Nada. Nos vimos en el entierro de tu abuelo. Ni siquiera nos saludamos. Yo estaba con tu padre y ella con Robert y Santiago. Nos miramos desde lejos. Eso fue todo.

—Santiago dice que me saludó.

—Puede ser. Había mucha gente. Tú eras pequeña.

Mi madre volvió a quedarse callada y luego continuó:

—Me partió el corazón verla aquel día, Vera. Porque para entonces ya habían pasado tantos años que ni siquiera sabía cómo acercarme a ella.

—Mamá, Aurora te ha perdonado.

—¿Te lo ha dicho?

—Sí. Y me ha dicho otra cosa.

—¿Qué?

—Que nunca dejó de quererte.

Mi madre se quedó completamente callada.

—¿Mamá?

—Estoy aquí.

—Nunca dejó de quererte. Primero fue el rencor, después la vergüenza y luego habían pasado tantos años que ya no sabía cómo volver.

Escuché a mi madre llorar.

—Yo tampoco dejé de quererla, Vera.

Escuché cómo mi madre respiraba hondo.

—No sabes la cantidad de veces que he imaginado que alguien me decía eso.

—Pues ya te lo estoy diciendo.

—Llevo toda la vida echándola de menos, Vera. Era mi hermana mayor. Para mí era todo. La adoraba.

—Pues llámala.

—No puedo.

—Claro que puedes —insistí.

—No sé hacerlo.

Aquello me dejó sin respuesta durante un instante.

—¿No será que eres tú la que le estás haciendo pagar que te castigara tantos años con su silencio?

—No lo sé. Supongo que algo habrá. Aunque yo tampoco dejé de quererla, tampoco me sale coger un teléfono después de casi sesenta años y decir: «¡Hola, soy Pili!».

—Pues por algo se empieza.

—No le digas nada de momento, Vera.

—Vale.

—Prométemelo.

—No voy a hacer nada sin hablar contigo.

Que no era exactamente lo mismo.

—¿Vera?

—¿Sí?

—Gracias por haber ido a verla.

—Gracias por haberme mandado preguntarle. Y te quiero, mamá. Te quiero muchísimo.

—Y yo a ti más.

Colgué y me quedé mirando el teléfono.

Casi sesenta años.

Las dos se querían. Las dos se echaban de menos. Y ninguna sabía recorrer la distancia que ellas mismas habían creado.

Michael regresó unos minutos después.

—¿Qué tal?

—Voy a tener que hacer algo.

—¿Con tu madre?

—Con las dos. Estas mujeres necesitan ayuda.

El teléfono volvió a sonar.

Era Santiago.

—¿Qué quieres?

—Qué recibimiento más bonito, prima.

—Acabo de hablar con mi madre.

—¿Y?

—Ya te contaré. Porque tela…

—Yo también he hablado con la mía. Por fin me ha contado. Si no llegas a venir, no me habría enterado de nada.

—¿Qué te parece? —le pregunté.

—Pepe con su pelo en pecho y su bigote era un arma de destrucción familiar y el pobre ni lo sabía.

—Yo flipé —reconocí.

—Y yo. Pensé de todo menos que fuera Pepe el motivo.

—Pepe fue el motivo, pero han estado sesenta años sin hablarse por idiotas.

—Entiendo que mi madre se cabreara. Yo también me habría sentido traicionado. Fue una putada muy gorda. Pero una vez que pasó todo…

—Ya —farfullé.

—Sesenta años son muchos años para seguir castigando a alguien por algo que hizo con dieciocho.

—Ella dice que dejó de castigarla mucho antes.

—Eso es casi peor.

—¿Por qué? —quise saber.

—Porque entonces pasaron media vida sin hablarse cuando las dos querían hacerlo. Pero por orgullo, miedo, vergüenza... llámalo como quieras, se han perdido un montón de cosas. Y, de rebote, nos han robado a nosotros mogollón de años. ¡Me cabreo cada vez que lo pienso!

—Ya estamos poniéndole remedio.

—Tendríamos que hacer algo para que estas dos vuelvan a juntarse —propuso mi primo.

—Pues sí.

—Lo tenemos que hablar. De momento, mis padres os invitan a cenar esta noche en su cabaña. Para eso también te llamaba…

A las nueve en punto estábamos allí y Robert me abrazó nada más verme.

Ni siquiera me dio tiempo a decidir si estrecharle la mano, darle dos besos o hacer alguna cosa australiana que desconociera.

Me abrazó.

—Por fin —dijo.

Y con eso consiguió emocionarme.

Además, seguía pareciéndose muchísimo a Charlton Heston y estaba estupendo.

Se notaba que hacía ejercicio y que no paraba en todo el día.

La cena estaba preparada en la terraza de la cabaña. Santiago estaba sentado a la mesa, Aurora acababa de dejar una ensalada y Robert había preparado un beef stew que llevaba horas haciéndose a fuego lento.

—Cocina él —me explicó Aurora.

—Ella solo lleva cincuenta años amenazando con aprender —respondió Robert.

—Y mírame. He conseguido no hacerlo.