Capítulo 17 #3
—Porque he venido a pasar un día agradable, a pesar de que dudo de que al final de la jornada mis piernas me sostengan, y no quiero pensar en lo mucho que me gustas.
—Yo no paro de hacerlo.
—Tú es que eres australiano y no tienes miedo a nada.
—Tú tampoco. Acabas de estar un buen rato apoyada en un tronco en el que podía haber alguna huntsman y te ha dado lo mismo.
Di un respingo, lo miré espantada y le exigí ahuecándome el jersey:
—¡Mírame la espalda a ver si tengo alguna!
—¡Estaba bromeando! No había nada.
—Mírame.
Me miró y mientras lo hacía comentó:
—Si la tuvieras, créeme que lo notarías. Pero tranquila, que lo único que tienes es una espalda preciosa.
—Esto es un sinvivir. ¡No gano para sustos!
—Ni para polvos —masculló él, divertido.
—Eso me gusta.
—¿Y no te ha entrado hambre?
Lo miré patidifusa, pensando que aquel hombre era un prodigio de la naturaleza. Era como Australia. O él era Australia. ¡Me estaba follando a Australia!
—¿Quieres otro? —repliqué.
—Estaba hablando de comer, pero…
—Vamos a comer y luego ya lo vamos viendo por el camino.
Una media hora después, llevando los caballos al paso, llegamos al lugar que Santiago nos había señalado antes de salir.
El sendero desembocaba en un pequeño claro en lo alto de una ladera. Más allá, el terreno caía hacia un valle inmenso, verde y salpicado de árboles. Al fondo se recortaban las montañas.
—No me extraña que mi primo decidiera quedarse en este lugar. Es espectacular.
Michael se bajó del caballo y sin que yo le dijera nada me cogió en volandas y me puso en el suelo.
Anduve un poco y él soltó una carcajada…
—Serás cabrón. Entre Manolo y tú me habéis dejado una forma de andar completamente nueva.
Michael llevó los caballos hasta una valla de madera junto a un abrevadero. Los dejamos allí, a la sombra, con agua y algo de pasto alrededor, y cogimos la comida que Santiago había preparado.
A pocos metros estaba la mesa de pícnic de madera con los bancos a los lados, bajo la sombra de un eucalipto.
Santiago había metido tanta comida que parecía convencido de que íbamos a perdernos tres días.
Encontré el queso enseguida.
—¡Aquí está lo bueno! —exclamé mientras Michael abría las botellas de agua.
—No lo he probado nunca.
—¡Qué mono, mi primo! Si hasta lo ha partido… Prueba y entra en otra dimensión.
Lo probó y soltó al momento:
—Joder. ¡Esto es peor que las drogas!
—No estaba exagerando.
—Podría vivir en España por esto.
Lo miré y la pregunta me salió antes de pensarla.
—¿Tú vivirías en España?
Michael levantó la vista.
—¿Eso es una proposición?
—Es una pregunta.
—¿Me darías este queso todos los días?
—Hablo en serio.
Su expresión cambió ligeramente.
—Yo también. El queso es importante.
Le di un golpe en la pierna.
—Idiota.
Soltó una carcajada y, sin parar de comer queso, asintió:
—Sí, podría vivir en España.
—¿Sí?
—¿Por qué no?
—No sé. Tu vida está en Melbourne.
—Ese es otro tema.
Cogió otro trozo de queso y matizó:
—Viviría encantado en España. Pero tengo mi casa, el hospital, mis amigos, mi familia… todo aquí. Llevo años construyendo mi vida en Melbourne.
—Y te ha costado llegar donde estás.
—Mucho. Tengo un buen puesto en Urgencias, trabajo con gente que conozco desde hace años y compré una casa porque pensaba quedarme.
—La casa de Aurora que casualmente compraste tú para que yo pudiera llamar desde Madrid y encontrarte.
—Eso ha sonado un poco a destino.
—Son chorradas que digo cuando como queso —mascullé quitándole importancia.
—No me parece una chorrada. Y no es que no pudiera marcharme nunca, Vera. Soy médico. Podría trabajar en otros sitios. Pero ahora mismo levantar todo lo que tengo en Melbourne y empezar de cero no sería sencillo.
—Yo lo tendría más fácil —dije tras beber un poco de agua.
Michael se inclinó un poco hacia delante y preguntó muy interesado:
—¿Cuánto de fácil?
—Trabajo en un hospital privado. Me gusta mi trabajo, pero si quisiera marcharme podría dejarlo y buscar otro. Y vivo de alquiler. No tengo una casa ni nada parecido.
—Mi casa es más del banco que mía.
—Pero ya tienes algo. Yo es que de momento no puedo aspirar ni a eso.
Michael se quedó mirándome y le pregunté:
—¿Qué?
—Nada.
Le quité el queso de la mano.
—Y deja algo para mí.
—Hay medio kilo.
—No sabes de lo que soy capaz.
—Cada vez tengo más ganas de averiguarlo.
Sentí un vuelco en el estómago, solté el aire y le dije:
—Come y calla.
Y eso hizo.
Por suerte.
Porque si volvía a besarme como antes, no sabía si iba a importarme demasiado que todavía nos quedara el camino de vuelta.
Cuando regresamos a Mulberry, tenía el culo dolorido, las piernas cansadas y la cabeza bastante más despejada.
Dejamos los caballos en las cuadras, le dije a Manolo que había sido muy bueno y que mañana iría a verle. Buscamos a mi primo, pero no lo encontramos y nos volvimos a nuestra cabaña.
Dejé la mochila sobre la mesa y saqué el móvil.
Tenía un mensaje de mi madre.
MAMÁ: ¿Has hablado con Aurora?
Me quedé mirando la pantalla. Michael apareció detrás de mí.
—¿Todo bien?
—Es mi madre.
—¿Quieres llamarla?
Resoplé y asentí. Ya había escuchado a Aurora y ahora me tocaba escuchar la otra mitad de la historia…