Capítulo 17 #2
Le conté el resto sin entrar demasiado en detalles. Pilar era la única que conocía los sentimientos de Aurora. Se había enamorado de Pepe. Él había querido contarle a Aurora que estaban juntos, pero mi madre le pidió que esperara hasta saber si aquello iba en serio.
Esperaron demasiado.
Aurora los pilló besándose.
Y en cuestión de segundos mi padre descubrió que su mejor amiga llevaba once años enamorada de él y Aurora descubrió que las dos personas en las que más confiaba llevaban meses ocultándole algo.
—Entiendo que se sintiera traicionada —dijo Michael.
—Yo también. Lo que cuesta entender son los casi sesenta años posteriores.
—¿Nunca hicieron las paces?
—No. Al principio mi tía estaba destrozada. Luego conoció a Robert y olvidó a mi padre. Incluso acabó entendiendo que ellos hacían buena pareja. Pero para entonces el problema ya no era Pepe.
—¿Qué era?
—Rencor. Orgullo. Vergüenza. Tiempo. Un poco de todo.
Michael guardó silencio.
—Y lo más curioso —continué— es que Aurora se marchó de España convencida de que mi padre era el amor de su vida. Y apareció Robert.
—A veces pasa.
Lo miré.
—¿El qué?
—Que aparece alguien cuando no estabas buscando a nadie.
Mi caballo siguió avanzando mientras yo fingía interesarme muchísimo por sus orejas.
—Yo no esperaba nada cuando cogí una llamada de teléfono —añadió.
—Yo tampoco. Solo estaba buscando a una señora de ochenta y cuatro años.
—Y te salió un médico de Urgencias.
—Un poco pesado.
—Y guapo.
—Eso también.
—Tú tampoco estabas en mis planes, Vera.
—Ya.
—Y ahora me tienes loco.
Lo miré refilón y no me quedó más remedio que reconocer:
—Tú a mí también.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—Pero hoy no quiero pensar en eso —añadí.
—¿Por qué?
—Porque ya he pensado suficiente para todo el mes.
—Entonces no pienses.
—Esa es mi intención. Pero tampoco puedo. Tengo que pensar en mantener el culo encima de Manolo.
—Vas bastante bien.
—Eso díselo a mi culo. Está viviendo una experiencia que no va a olvidar nunca.
Paramos un rato después.
Los árboles se abrían en una zona desde la que se veía el valle. Bajé del caballo bastante peor de lo que había subido, que ya era decir. Y, cuando puse los pies en el suelo, me agarré a Michael.
Los primeros pasos los di ligeramente encorvada y con las piernas abiertas. Tan solo parecía que tenía noventa años…
—Tengo las piernas raras.
—Es normal.
—¿Volverán a su sitio? —le pregunté sin poder enderezarme.
—Probablemente.
—Me tranquiliza mucho que un médico diga «probablemente».
Se rio. Me aparté de él y miré alrededor.
—Joder.
El paisaje era impresionante.
—Es precioso —dijo él.
—Sí.
Me giré. Michael no estaba mirando el paisaje.
—No lo hagas —le pedí.
—¿El qué?
—Eso.
—No estoy haciendo nada.
—Estabas a punto de decir alguna gilipollez romántica.
—Estaba pensando en besarte —afirmó él, con esa voz suya que me mataba.
—Eso es bastante menos gilipollas.
No necesitó más. Me agarró por la cintura y me atrajo hacia él.
Su boca cayó sobre la mía y durante unos segundos desaparecieron Aurora, mi madre, Pepe, las cartas y los casi sesenta años.
Lo agarré de la nuca y me pegué más a él.
Michael deslizó una mano por mi espalda hasta mi cintura y volvió a besarme, más despacio al principio y bastante menos despacio después.
Yo, que había decidido no pensar, descubrí que aquello se me daba de maravilla cuando tenía su lengua en mi boca y sus manos encima.
Metí las mías bajo su camiseta.
—Vera...
—¿Qué?
—Nada.
—Pues no hables.
Volvió a besarme. Su mano descendió por mi cadera y yo noté perfectamente el efecto que aquello estaba teniendo en él.
—Joder —murmuré contra su boca.
—Eso mismo estaba pensando.
—Como sigamos así...
—Ya.
—¿Ya qué?
—Estoy calculando cuánto se tarda en volver a la cabaña.
—¿Y?
Miró hacia los caballos.
—Demasiado.
—Pues deja de besarme —le aconsejé, mientras le besaba.
—Eso también parece complicado —murmuró él.
—Tienes muchos problemas, me parece a mí.
—Últimamente, sí.
Conseguimos separarnos.
Michael volvió a mirarme y supe que estábamos perdidos.
—Entonces será mejor que no te bese —insistí.
—Lo que quieras.
Pues si se trataba de hacer lo que quisiera, lo que me estaba pidiendo el cuerpo estaba claro.
—Lo que quiero es esto —susurré contra su boca.
—Genial.
Retrocedí sin dejar de besarlo hasta que mi espalda chocó contra el tronco de un árbol.
—Ay.
Michael se apartó.
—¿Te has hecho daño?
—Me urge más otra cosa.
Lo agarré de la camiseta y volví a atraerlo.
—Si quieres podemos parar.
—Ni se te ocurra.
Esta vez el beso cambió. Desaparecieron las risas y sus manos encontraron mi cintura mientras las mías se metían bajo su camiseta otra vez. Noté su piel caliente bajo los dedos y recorrí su espalda despacio, disfrutando de cómo reaccionaba cada vez que lo tocaba.
Michael enterró la cara en mi cuello.
—Vera...
—¿Qué?
—Me estás volviendo loco.
—Estamos empatados.
Su boca descendió por mi cuello y tuve que cerrar los ojos. Mis dedos se aferraron a sus hombros. Y nos dejamos llevar hasta que Michael se detuvo.
—Espera.
—Otra vez no.
Lo vi sacar un preservativo.
Lo miré.
—¿En serio?
—Hay que estar preparado.
—¡Llevas preservativos para montar a caballo!
—Llevo cartera para montar a caballo.
—Puede aparecer cualquier bicho para pedirte la documentación —solté a la vez que se lo ponía.
Después volvió conmigo. Y solo hubo aquella urgencia absurda por estar todavía más cerca, sus manos sujetándome contra él, mi boca buscando la suya y el tronco del árbol a mi espalda que me recordaba que la estaba liando por momentos.
Probablemente por eso me apeteció todavía más.
—Mírame —murmuró.
Lo hice. Michael apartó lo que estorbaba. Levanté una pierna, rodeé su cuerpo con ella y durante los minutos siguientes el mundo se redujo a Michael, a mi respiración descontrolada y a la sensación de estar haciendo una auténtica locura sin tener ninguna gana de detenerla.
Cuando conseguimos separarnos, apoyé la cabeza contra el árbol y cerré los ojos.
—Madre mía.
Michael todavía estaba recuperando el aliento.
—¿Qué?
Moví una pierna con precaución.
—Esto puede haber agravado lo de Manolo.
—¿Diagnóstico?
Probé la otra también con cuidado.
—De momento parece que siguen haciendo su labor.
—Habrá que seguir observando.
Abrí los ojos.
—¿Estás utilizando la medicina para hacerlo otra vez? —bromeé.
—No me hacen falta excusas. Contigo siempre tengo ganas.
—Pues yo mejor no te cuento.
—¿Por?