Capítulo 17
Cuando regresé a nuestra cabaña, Santiago estaba sentado con Michael en la terraza.
Los dos se volvieron hacia mí al mismo tiempo.
Mi primo fue el primero en levantarse.
—¿Qué tal?
Solté el aire y me dejé caer en una silla.
—Tengo la cabeza como un bombo.
—¿Te lo ha contado? —me preguntó Santiago, mordisqueándose una uña.
—Todo.
Santiago se sentó a mi lado y quiso saber perplejo:
—¿Todo, todo?
—Sí.
Michael no preguntó nada. Se limitó a mirarme desde el otro lado de la terraza, esperando a que fuera yo quien decidiera si quería hablar.
—¿Y ahora qué? —quiso saber Santiago.
—Ahora tengo que hablar con mi madre.
—Eso seguro.
—Lleva días diciéndome que le pregunte a Aurora. Pues ya le he preguntado. Supongo que ahora que sabe que conozco la historia me contará su versión.
—Yo creo que sí. Ahora ya sabe que tú sabes.
—Menudo trabalenguas.
—Nuestra familia entera es un trabalenguas —replicó Santiago.
—Supongo que hablará también contigo —le dije.
—Yo no puedo más con la intriga. Llevo bastante tiempo desarrollando hipótesis y cada una es peor que la anterior —confesó mi primo, llevándose la mano al cuello.
—Yo también me imaginé de todo antes de saberlo.
—¿Y?
—Y no acerté ni de lejos —admití.
Santiago se quedó a cuadros, tragó saliva y susurró:
—Joder. Es muy gordo, ¿no?
—Sí, pero no como estás pensando.
—¿Cómo sabes lo que estoy pensando?
—Porque yo pasé por ahí antes que tú. No hay muertos, hijos escondidos, herencias millonarias ni ningún psicópata enterrado debajo de la morera.
—Lo del psicópata no lo había pensado.
—Pues ya tienes una teoría más.
—Vera...
Nos reímos los tres y luego le seguí contando.
—Es una historia mucho más normal de lo que imaginas. Y quizá por eso da tanta pena.
—Pues cuéntamela.
Estuve a punto. Al fin y al cabo, ya conocía toda la historia. Pero negué con la cabeza.
—No. Creo que tiene que contártela tu madre.
—¿Por qué?
—Porque es suya, Santiago. Yo puedo contarte lo que he entendido, pero no cómo lo vivieron. Y después de casi sesenta años callándoselo, creo que es ella la que tiene derecho a ponerle palabras.
Santiago resopló.
—Tienes razón. Pero solo te pido una pista.
—Ni de coña.
—Una pequeñita.
—Habla con tu madre. Después de contármelo a mí, seguro que ya no le cuesta tanto soltarlo. Lo difícil era romper sesenta años de silencio.
—Lo haré. A ver si por fin dejo de ser el último que no sabe los secretos de mi propia familia.
—Yo también tengo que hablar con mi madre. Pero no pienso llamarla todavía. Necesito unas horas sin hermanas, cartas, secretos familiares ni gente que lleva casi sesenta años sin hablarse.
—Pues fíjate cómo me siento yo que aún no sé de qué va la película.
—Tú es que no has visto ni el tráiler —ironicé.
—De hoy no pasa. En cuanto os deje, me voy a ir a comer con ella, aprovechando que mi padre está fuera.
—Me parece genial —repliqué, recogiéndome el pelo en una coleta.
—Y a vosotros os he preparado un plan —nos informó mi primo.
Lo miré divertida y le pregunté:
—¿Qué has hecho?
—¿Por qué das por hecho que he hecho algo?
—Porque te conozco desde ayer y ya sé cómo eres.
Michael no se pudo quedar callado y añadió:
—Aprende rápido.
—Es manchega —afirmó mi primo—. Pues mirad, como sabía que Vera, después de la conversación con mi madre, iba a necesitar despejarse, he pensado que os vendría bien hacer una ruta a caballo y comer en un sitio divinísimo.
—¿A caballo? ¿Tienes caballos? —pregunté porque para nada me esperaba que me hiciera esa propuesta.
—Sí.
—No sé montar —le advertí, moviendo las manos.
—¿Nunca has montado? —me preguntó mi primo.
—En el burro del abuelo.
Santiago ni se lo pensó y me dijo convencido:
—Sirve.
—¿Cómo que sirve? —repliqué un tanto extrañada.
—Tiene cuatro patas y tú vas encima.
—Y hasta ahí las similitudes —intervino Michael.
Me volví hacia él.
—¿Tú sabes montar?
—Sí.
Resoplé y pensé que para qué había hecho la pregunta.
—Claro que sabes montar. ¿Hay alguna cosa australiana que no sepas hacer?
Michael fingió pensárselo.
—Tocar el didyeridú.
—Menos mal. ¡Empezaba a sentirme inútil!
—Chica, los caballos no son australianos —me aclaró Santiago—. Lo que aprendiste en el burro te sirve para el caballo. Y además vas a ir con Manolo.
—¿Ese quién es? ¿Un ayudante?
—Es el caballo más manso que tengo. Es que tuve un amante que era igual. Bueno, es una historia que ya te contaré.
—¿Y por dónde piensas que me voy a meter con Manolo? —le pregunté a modo de advertencia porque no pensaba coger más que rectas.
—La ruta es fácil y está señalizada. No tiene pérdida.
—Eso espero. He venido a Australia a buscar a mi tía, no a morir desnucada.
—Confía en mí.
—Lo hago. Pero tú recuerda que vengo de enterarme del secreto de la familia y no quiero más estrés ni más nervios.
—Por eso mismo te conviene airearte. ¡Y no me recuerdes más que has visto la peli antes que yo! Porque no sabes tú lo persistente que soy y voy a acabar arrancándote la confesión.
Luego señaló una mochila que había dejado junto a la puerta.
—Así que mejor que no te vea durante un buen rato. Os he metido todo lo que necesitáis. Tenéis comida, agua y algo que no puede faltar.
Entrecerré los ojos y repliqué convencida de que iba a acertar:
—¿Queso manchego?
—Por supuesto.
Me levanté y le dije a mi primo, con ganas de empezar con la aventura:
—¿Dónde están esos caballos?
Mi primo se levantó también y nos pidió que le acompañáramos hasta las cuadras.
Ni que decir tiene que Manolo era un caballo blanco precioso.
El de Michael se llamaba Ashley, era negro, más grande y con más personalidad que el mío.
Michael no tardó ni diez segundos en hacerse con él.
—¿Y tú dónde coño has aprendido a montar así? —le pregunté alucinada.
—Vera, soy de Dubbo.
—¿Y?
—Crecí rodeado de granjas. Aprendí de pequeño.
—Australiano, surfista, médico y encima vaquero.
—Aquí se llama stockman.
—Pues yo aprendí con un burro. Como Sancho Panza. Vamos a ver…
Lo que vi fue que toda mi experiencia ecuestre sobre el burro de mi abuelo resultó no ser homologable en Australia.
Puse un pie en el estribo, intenté impulsarme y volví exactamente al mismo sitio.
—¿Quieres que te ayude? —preguntó Michael.
—No —dije muy digna.
Segundo intento.
Peor. Los dos lloraban de la risa.
—¡Cabrones!
—¿Te ayudo, prima?
—He dicho que no.
—Vale.
—¡Y dejad de descojonaros de mí!
No podían. Seguían doblados de la risa.
Pasé de ellos. Y al cuarto intento, Manolo giró la cabeza para mirarme.
—Tú no me juzgues, que bastante tengo.
Santiago, llorando, me preguntó:
—¿Seguro que montabas en burro?
—Pero por mucho que digas, lo que aprendí con Chicharro no vale con este.
Después de varios intentos, dos amenazas a Manolo y un espectáculo bastante lamentable, conseguí subir.
Me acomodé en la silla y levanté la barbilla.
—¿Veis?
Michael asintió muy serio.
—Ajá. Impresionante.
—Que te den.
Y pasado el ridículo, le pedí a mi primo que nos hiciera una foto para mandarle a las chicas.
Aquella mañana ya les había contado por WhatsApp que había encontrado a mi primo, que parecía más bien mi hermano, que tenía un novio japonés y que Aurora estaba viva y estaba a punto de conocerla.
Yo les había prometido mantenerlas informadas. Y ahí estaba…
—¡Mejor un selfi! —le pedí a mi primo—. ¡Ponte entre los caballos y así sales y te conocen mis amigas!
En foto no salíamos ninguno bien, pero la mandé igual.
VERA: Ya he hablado con mi tía. Estoy asimilando. Pero todo bien. Ahora paseo a caballo. Ya os contaré luego.
En España era tarde, pero entre que era verano y que desde que había llegado a Australia las tenía enganchadas a mi vida como si fuera una serie de Netflix, las tres contestaron al instante.
MARTA: ¿Estás bien? Cuántas emociones. ¡Me alegro mucho de verte con esa sonrisa con tu primo y con Michael! Disfruta del paseo y luego hablamos. A ver si podemos hacer una videollamada con tu primo y lo conocemos.
SILVIA: ¿Pero ha ido bien con tu tía? Con eso me vale de momento. Y agárrate bien, que tú nunca has montado en uno de esos.
Faltaba una.
No tardó.
SONIA: Tú al que tienes que montar es al australianorro. ¿Ha habido tema ya?
Guardé el móvil. Nos despedimos de mi primo. Y tiré para adelante por el camino que me había marcado.
Michael se vino detrás de mí.
—¿Qué te han dicho las chicas?
—He guardado el teléfono porque si no me iban a tener tres horas. Les he contado que he visto a mi tía, pero nada más. Y lo de anoche por supuesto que ni de coña se lo cuento todavía.
—¿No?
—No. Primero tendré que enterarme yo de qué coño está pasando.
—¿Pero tienes alguna idea?
—Alguna, pero sin elaborar. ¿Y tú?
—Yo sí sé lo que me está pasando —respondió él, sin dudarlo.
Me quedé muerta y solo pude farfullar:
—¡No me digas!
—No te pongas tan rígida —me dijo Michael.
—No estoy rígida.
—Parece que te han metido un palo por la espalda.
Era cierto y lo achaqué a lo menos comprometido. Porque me negué a reconocer que me había puesto muy nerviosa que él supiera lo que estaba pasando entre nosotros.
—Estoy intentando no caerme.
—No vas a caerte.
—Eso lo dices porque no conociste al burro de mi abuelo.
Michael se rio.
—¿Qué hacía?
—Lo que le daba la gana.
—Este también lo hará si nota que estás aterrada.
Miré al caballo.
—No estoy aterrada.
Movió una oreja.
—Creo que no te ha creído.
—Tú cállate.
Los primeros minutos avancé tan concentrada que apenas miré el paisaje. Después fui relajándome.
Y entonces entendí por qué Santiago había querido que fuéramos.
El bosque se abría y cerraba a nuestro alrededor. Había tramos en los que los árboles casi formaban un techo sobre nosotros y otros desde los que se veían las laderas verdes extendiéndose a lo lejos.
Después de todo lo que acababa de escuchar sobre lo que pasó entre mi madre y mi tía, aquel silencio me sentó bien.
Michael cabalgaba a mi lado.
—¿Quieres contarme lo de Aurora?
Lo miré.
—Es muy largo.
—Tenemos tiempo.
—Mi tía estaba enamorada de mi padre.
Michael giró la cabeza de golpe.
—Vale. Eso no me lo esperaba.
—Desde los trece años.
—¿Y estuvieron juntos?
—Nunca. Mi padre ni siquiera sabía que ella estaba enamorada de él. Eran mejores amigos.