La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Al final había encontrado el gran amor del que le hablaba mi padre. Luego Robert recibió aquella oportunidad en Melbourne. Ella cruzó medio planeta con él. Llegó Santiago. Después la radio. Los programas. Años delante de un micrófono hablando de relaciones, de pérdidas, de encuentros.

—¿Y acabaste haciendo un programa sobre el amor?

—La vida tiene sentido del humor. En el pueblo, como nadie me sacaba a bailar, me pasaba las verbenas sentada mirando a los demás.

Sabía quién estaba enamorado de quién, quién se moría por uno que no le hacía ni caso, quién se había peleado y quién iba a reconciliarse antes de que terminara la noche.

Al final empecé a conocer sus historias mejor que ellos.

—¿Y te pedían consejo? En alguna carta lo leí.

—Sí. Todo el tiempo. La que no tenía novio era la experta en novios. Venían a preguntarme: «Aurora, ¿tú crees que este me quiere?», «¿Qué hago con aquel?», «¿Le escribo o no le escribo?». Y yo opinaba de todo.

—Vamos, que el programa empezó en la plaza del pueblo.

—Sin micrófono y con una orquesta al fondo, pero sí. Más o menos.

—Y acabaste haciéndolo en la radio —comenté fascinada.

—Quién me lo iba a decir. La chica que se quedaba mirando cómo bailaban los demás terminó ganándose la vida hablando de amor. ¿Quieres escuchar cómo empezaba mi programa?

Le dije que sí, ansiosa ya por escucharla. Aurora cogió el móvil que tenía sobre una mesita, buscó la grabación y me la puso:

Buenas noches, queridos oyentes. Hoy hablaremos del amor....

Todavía conservaba un ligero acento español que aparecía en algunas palabras.

—Siempre empezaba el programa así —me contó tras parar la grabación.

—¡Qué emoción! ¿Sabes que la abuela de Michael era fan tuya? Me lo contó el otro día.

—¡Qué honor! Si quieres, llámala.

—¿De verdad? Porque le haría una ilusión tremenda.

—Llama…

Llamé a Margaret.

Cuando vio a Aurora en la pantalla se llevó las dos manos a la boca.

—Oh, my God!

Aurora se echó a reír.

—Hello, Margaret!

Margaret se emocionó tanto que durante los primeros segundos apenas consiguió decir nada. Después empezó a hablar y ya no hubo quien las parara.

Las dejé charlando un ratito.

Cuando colgué, Margaret ya tenía su número y le había pedido que moviera sus hilos para conseguir que su nieto y yo acabáramos en el mismo continente.

Luego, Aurora siguió con la grabación…

Esta noche quiero hablarles de una cosa bastante absurda que hacemos todos: esperar que alguien adivine lo que nunca nos hemos atrevido a decirle.

Así que, si están escuchando esto mientras esperan que alguien les lea el pensamiento, tengo una mala noticia: la gente tiene muchas virtudes, pero esa no suele ser una de ellas.

—Tengo un montón de grabaciones y ha salido esta. Qué casualidad. O no —comentó tras detenerla.

Me acordé entonces de Margaret y de lo avispada que había sido. Mi tía sabía demasiado de amores imposibles. Y eso hizo que la quisiera un poco más todavía.

—¿Volviste a ver a mi padre? —le pregunté emocionada de haberla escuchado.

—Sí. En el entierro del abuelo.

—¿Y?

—Descubrí que Pilar y él hacían muy buena pareja.

—No me jodas —farfullé retirándome las lágrimas.

—Mucho mejor que la que habríamos hecho Pepe y yo.

—¿Y no te fastidió admitirlo?

—Una barbaridad.

Nos reímos y lloramos a la vez. Para mí era muy fácil entenderme con mi tía. La conocía de un rato, pero ya tenía la sensación de que la conocía de toda la vida. Y me lancé a preguntarle algo que tampoco entendía:

—Entonces, si ya no estabas enamorada de él, ¿por qué no arreglaste las cosas con mi madre?

La sonrisa desapareció.

—Porque para entonces Pepe ya no tenía nada que ver con nuestro distanciamiento.

—Mi madre intentó contactar contigo.

—Muchas veces.

—¿Y pedirte perdón?

—También. Pero no quise escucharla.

—¿Nunca? —pregunté con la garganta tensa.

—Tu abuela intentó mediar durante años. Pili escribió, insistió... Yo tenía mucho rencor.

—¿Y después?

Aurora miró hacia la morera.

—Después dejé de estar enfadada.

—¿Entonces?

—Llegó el orgullo.

—¿Y luego?

Tardó en contestar, me miró y reconoció con pena:

—La vergüenza.

—¿Vergüenza?

—Había rechazado tantas veces a tu madre que llegó un momento en que no sabía cómo volver. ¿Cómo llamas después de un montón de años y dices que quizá has sido una imbécil?

—Pues llamando.

—Eso lo dices porque tienes treinta años.

—¿Y con ochenta y cuatro?

—Con ochenta y cuatro sabes que tendrías que haber llamado. Y eso te reconcome por dentro.

Nos quedamos en silencio y le pregunté sabiendo la respuesta:

—¿Dejaste de quererla?

Aurora me miró, negó con la cabeza, se retiró las lágrimas y respondió:

—¿Cómo iba a dejar de querer a mi Pili?

Aquello fue probablemente lo que más me dolió de toda la historia. Y me dejó sin palabras.

Tantos años.

Tantas cartas.

Dos hermanas queriéndose desde dos extremos del mundo y ninguna capaz de recorrer la distancia que cabía en una llamada de teléfono.

—Qué triste —murmuré.

Aurora bajó la mirada.

—Sí.

—Sesenta años.

—No me los recuerdes. Y quédate las cartas —me dijo Aurora.

—Pero son tuyas.

—Ya las he guardado suficientes años.

Miré a aquella mujer a la que acababa de encontrar después de cruzar medio mundo.

Y entonces entendí que a veces no hacía falta que ocurriera una gran tragedia para perder a alguien.

A veces bastaba con dejar pasar demasiado tiempo…