Capítulo 16 #2
—Delante de él.
—Así que se enteró ahí —murmuré sintiéndome fatal de solo imaginarme la escena.
—Su cara fue un poema.
—¿Qué dijo?
—«Aurora» unas cuantas veces.
Me entró la risa, de los nervios que tenía.
—Suena bastante a mi padre. Cuando se bloquea, no da pie con bola.
—Intentó explicarme que no sabía nada. Y era verdad. Yo jamás le di ni la más mínima señal. De hecho, le solía comentar que me gustaba este o aquel para despistarle. A él le cogió por sorpresa. No tenía ni idea. Es que ni lo sospechaba.
—Pero te sentiste traicionada también por él.
—¡Para no hacerlo! Era mi mejor amigo. No sabía que yo bebía los vientos por él, pero llevaba meses ocultándome algo importantísimo porque Pilar se lo había pedido.
—Aunque había querido contártelo.
—Sí.
—Eso cambia un poco las cosas —repliqué.
No quería salvarle el culo a mi padre. Había sido su mejor amigo y había aceptado ocultarle algo que sabía que era importante. Eso era culpa suya.
Pero, cuanto más escuchaba a Aurora, más evidente me parecía que en aquel desastre no todos habían tenido la misma responsabilidad.
Mi padre no sabía que ella estaba enamorada de él.
Mi madre sí.
Y esa diferencia empezaba a parecerme enorme.
—Es cierto que lo cambia un poco. Ahora lo sé. Entonces no —reconoció Aurora.
Me quedé callada y ella siguió contándome tras aclararse un poco la voz:
—Después Pepe vino a buscarme a casa.
—¿Para hablar?
—Para intentar salvar nuestra amistad. Me dijo que no había querido engañarme, que jamás habría imaginado que yo sentía algo por él, que quería a Pilar pero no quería perderme a mí.
—¿Y tú?
Aurora bajó la mirada, aunque no pudo evitar que se le escapara una lágrima:
—Le dije que ya me había perdido.
—Dios —farfullé con los ojos llenos de lágrimas.
—Tenía veinticuatro años y estaba hecha polvo.
—¿No volvisteis a hablar?
—Todo se fue a la mierda entre nosotros.
Aurora me ofreció un clínex porque yo también estaba llorando. Y entonces lo comprendí.
—Perdiste a los dos.
Aurora me miró, se sonó la nariz y confesó:
—Eso fue lo que sentí. En cuestión de días había perdido al hombre del que estaba enamorada, a mi mejor amigo y la confianza en mi hermana.
—Y te fuiste.
—A Londres.
—Sola.
—Más sola que la una. Y con una pena infinita. ¿Tú sabes lo que yo quería a Pili? Yo llamaba así a tu madre. Era mi hermana pequeña. Nos llevamos seis años. Yo había cuidado de ella desde que nació. No tenía muñecas. Mi muñeca era Pili. Le hacía trenzas, le cosía vestidos, le enseñé a leer…
Se quedó callada un instante.
—Y Pepe era mi Pepe. Mi amigo. El que estaba siempre. Cuando nadie me sacaba a bailar, me decía que me esperaba un gran amor. Que era una chica maravillosa y que no hiciera caso de aquellos tontos. Y yo, como una idiota, estaba convencida de que ese gran amor era él. Que algún día se daría cuenta.
Se secó otra lágrima.
—Nunca perdí la esperanza hasta que los vi besándose. Ese día los perdí a los dos de golpe. Fue horrible. Estaba rota. No podía seguir en el pueblo. Siempre había querido marcharme, pero después de aquello ya no era solo que quisiera hacerlo. Necesitaba irme.
—¿No estabas aterrada?
—Muchísimo.
Y empezó a contarme lo que yo había leído en sus cartas, pero esta vez con su voz.
Una voz preciosa de locutora de radio. Era más grave de lo que esperaba. Cálida, pausada y un poco ronca, de esas voces que parecían hablarte a ti, aunque hubiera miles de personas al otro lado de la radio.
Aurora no tenía voz de anunciar noticias. Tenía voz de contarte algo a oscuras.
Pronunciaba despacio, dejando pequeños silencios entre algunas frases, como si quisiera darte tiempo para pensar antes de continuar.
Era una voz con la que daban ganas de quedarse.
Costaba creer que aquella mujer hubiera pasado tantos años sintiendo que nadie la veía y hubiera terminado consiguiendo que miles de desconocidos se sentaran frente a una radio solo para escucharla.
Y aquel día me habló de Londres.
Los grandes almacenes.
Pero para entender cómo había llegado hasta allí tuvo que retroceder unos cuantos años.
Aurora había comprendido muy pronto que en el pueblo no tenía futuro. Y probablemente tampoco demasiado fuera de él mientras siguiera en España.
No era solo su pierna. Era todo lo que los demás habían decidido que significaba aquella pierna. La cojera. Las miradas. Los chicos que no la sacaban a bailar. La gente que daba por hecho que determinadas cosas no eran para una mujer como ella.
Así que a los dieciséis años decidió aprender inglés.
No tenía dinero para pagarse las clases y empezó a ganárselo cogiendo puntos a las medias. Media a media. Punto a punto. Lo suficiente para pagar las clases con don Ricardo.
—Yo sabía que tenía que aprender un idioma —me explicó—. No sé cómo lo sabía, pero lo sabía. El inglés era mi billete para salir de allí.
Y Pepe la animaba.
Pepe sabía lo de las medias, lo de las clases y las horas que pasaba estudiando. La escuchaba hablar de Inglaterra como si no fuera una fantasía absurda de una chica de pueblo, sino un plan perfectamente posible.
Quizá por eso también había dolido tanto perderlo. Porque antes de que nadie creyera que Aurora podía marcharse, Pepe ya lo creía.
Y finalmente se marchó.
Llegó a Londres sola, con veinticuatro años, una maleta y un inglés que había empezado a pagarse ocho años antes arreglando medias.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
Encontró trabajo en unos grandes almacenes.
Y allí la gente la miraba de otra manera.
O, mejor dicho, dejó de sentir que la miraban.
Por primera vez no parecía importar tanto cómo caminaba. Nadie conocía a la niña que había pasado la polio. Nadie sabía quién era su familia ni todo lo que se había decidido sobre ella antes de que tuviera edad suficiente para decidirlo por sí misma.
En Londres era simplemente Aurora.
Una española que hablaba inglés con acento, que trabajaba, que aprendía, que se equivocaba, que hacía amigos y que empezaba a descubrir que podía vivir una vida mucho más grande de la que le habían hecho imaginar.
—¿Y allí no te sentías diferente?
Aurora tardó un instante en responder.
—Claro que era diferente. Pero por primera vez sentí que ser diferente no significaba ser menos.
Aquella frase se me quedó dentro. Aurora había llegado hasta Londres buscando un futuro. Y había tenido que salir de su país para descubrir que tenía derecho a tenerlo.
—En Londres esa diferencia dejó de determinar quién era para los demás —repliqué con un nudo en la garganta.
—Me dijeron tantas veces que no podía hacer algo que acabé desarrollando cierta afición por hacerlo —comentó mi tía, risueña.
—Y por subirte a la morera.
—Ni lo dudes.
Trabajó. Estudió. Peleó por entrar en Periodismo.
Y después apareció Robert.
No necesitó decirme demasiado para que entendiera lo que había significado.
—Ese sí fue el amor de mi vida.
—¿Cuándo dejaste de querer a mi padre?
—No sabría decirte. Un día me di cuenta de que llevaba tres páginas de una carta hablando de Robert y apenas había preguntado por Pepe.
—En las cartas que he leído preguntabas por mi padre. Es verdad. Pero era todo tan sutil. Era como si te preocuparas por tu futuro cuñado.
—Mi madre se enteró de todo. Se lo conté yo, pero le hice jurar que no se lo diría a nadie. No quería dar pena. Más pena. Estaba harta de ser la pobrecita Aurora.
—Y doy fe de que no contó nunca nada. Cada vez que le preguntaba por ti, me decía que estabas fuera. Y ya está.
—Tu abuela lo pasó fatal. Se vio en medio de nuestra guerra. Y lo llevó como pudo. Me echaba mucho de menos, lamentaba que estuviera tan lejos, pero ella fue la primera que se dio cuenta de que me había enamorado de Robert. Fue un amor que llegó cuando no buscaba nada.
No pude evitar pensar en Michael, pero aparté el pensamiento rápidamente.
Aurora siguió hablando.