La chica que no quería ir a Bali y llegó mucho más lejos Capítulo 16
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Capítulo 16

—¿Son moreras?

Santiago se volvió hacia mí.

Llevábamos unos minutos caminando por una de las pasarelas de madera de Mulberry Treehouses. De día, el complejo era todavía más impresionante. Las casas aparecían entre las ramas, algunas casi ocultas por las hojas, unidas por caminos elevados que parecían formar parte del bosque.

—Muchas, sí.

Me detuve.

—¿Por la de los abuelos?

Sonrió.

—¿Por qué crees que esto se llama Mulberry Treehouses?

Miré a mi alrededor y, de repente, recordé aquellas palabras de la abuela. Aurora subiéndose a la morera de pequeña, aunque todos le dijeran que bajara, que con aquella pierna no debía andar trepando por ahí.

—Fue por tu madre.

—Por ella y por todo lo que me contó de España. Yo crecí escuchando la historia de esa morera. Estudié ADE, siempre quise tener mi propio emprendimiento. Tuve varios restaurantes, pero un día vine a este sitio y me enamoró. Lo vendí todo, monté esto y me vine a vivir aquí.

—Es precioso. No me extraña que te enamoraras. Y ¿sabes que yo también me subía a la morera de la casa del pueblo?

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Por la abuela.

Aquello me hizo sonreír de pura nostalgia.

Seguimos andando hasta que Santiago señaló una casa algo apartada de las demás. Estaba construida alrededor de una morera enorme. Una pasarela ancha y prácticamente llana llegaba hasta la puerta.

—Es esa.

El corazón empezó a latirme más deprisa.

—¿Vas a venir conmigo?

—No.

Me giré.

—¿Cómo que no?

—Tienes que ir sola.

—¿Tu madre sabe que estoy aquí?

—No.

—¡Santiago!

—Como la avise, igual ni te recibe.

—Joder, qué bien.

—Por eso vas a presentarte sin más.

—¿Y si me cierra la puerta? —pregunté, atacada.

—No creo que lo haga.

—¿No crees? —repetí.

—Vera, mi madre lleva casi sesenta años evitando esto. Si le doy tiempo para pensarlo, encontrará cincuenta razones para no verte.

Miré hacia la casa.

—¿Está sola?

—Sí. Mi padre ha salido.

Respiré hondo.

—Me estoy poniendo nerviosa.

—Normal.

Santiago me besó en la frente.

—Ve, prima. Tienes que hacerlo.

—¿Y si la estamos pifiando?

—Si le aviso, corres el riesgo de no verla. Hazme caso.

—Como me eche, vuelvo a por ti.

—¡Y nos bebemos algo!

—Y sacas el queso manchego —bromeé.

—Eso ni se pregunta. ¡Venga! ¡Mucha suerte! No podemos seguir sin saber…

Avancé sola. Al llegar a la puerta tuve que respirar dos veces antes de llamar.

Lo hice y nada.

Volví a llamar.

Escuché unos pasos y la puerta se abrió.

Una mujer menuda, que se parecía a mi abuela, de pelo completamente blanco, media melena, con un conjunto de punto de color malva y un bastón en una mano, apareció delante de mí.

Me miró y ni ella ni yo dijimos nada. Durante unos segundos simplemente nos observamos.

—Hola —conseguí decir—. Soy...

—Vera.

Se me cortó la voz.

—Sí.

Aurora se llevó una mano a la boca.

—¡Dios mío!

Y entonces abrió los brazos. No me dio tiempo ni a pensar. Fui hacia ella, nos abrazamos y lloramos sin decir nada.

Me apretó contra ella y yo hice lo mismo, sin entender cómo una persona a la que no había visto en mi vida podía resultarme tan familiar.

Es que hasta su olor me recordaba a mi casa.

Cuando nos separamos, Aurora me acarició la cara.

—Te pareces a mí.

—Santiago me ha dicho lo mismo.

—¿Ya has conocido a Santiago?

—Sí.

—Entonces ya te habrá contado hasta lo que desayunó en 1987.

—Más o menos.

—Habla demasiado.

—Creo que yo también —reconocí, retirándome las lágrimas con la yema de los dedos.

—Parecemos más hermanos que primos.

Cogió el bastón y con gesto de la cabeza me dijo:

—Pasa.

La casa estaba llena de libros, fotografías, discos y recuerdos de lugares distintos. Una radio antigua ocupaba una estantería. Cerca de ella había un pequeño molinillo de café y un almirez.

—Son como los de la casa de la abuela.

—Me los regaló ella.

Volví a sentir el nudo en la garganta y luego Aurora me hizo sentarme en un sofá verde salvia junto a una ventana.

Fuera hacía un sol radiante y el clima era mucho más suave que en Dubbo.

—Gracias por venir.

—No sabía si querrías verme —repliqué, encogiéndome de hombros.

—Yo tampoco sabía si querría.

—Santiago me dijo que lo mejor era presentarme así. De sopetón.

—Mi hijo me conoce demasiado. ¿Quieres tomar algo?

—No, gracias.

Se hizo un silencio. Estuve tentada a hablar del tiempo, de los árboles, de Australia, pero estaba tan nerviosa que solté sin más:

—Necesito saber qué pasó.

Aurora asintió lentamente.

—Y ahora que estás aquí, me alegro de que hayas recorrido tanta distancia para saberlo.

—Hace unos pocos días encontré unas cartas tuyas en casa de la abuela. Siempre me habían contado que te marchaste y que no quisiste saber nada más de la familia. Pero no fue así.

—No.

—Le pregunté a mi madre.

—¿Y qué dijo Pilar?

—Que te preguntara a ti.

Aurora soltó aire, apartó la mirada, la dejó vagar por la ventana y masculló:

—Muy propio de tu madre.

—Encontré tu dirección en las cartas. Llamé y apareció Michael Bennett. El chico al que vendisteis la casa. Es quien me ha traído hasta aquí.

—Michael es un buen tipo.

—Sí. Él tenía las cartas que tú guardaste.

—Las buscamos por todas partes.

—Estaban en un armario del garaje. Pero ahí ya no entendí nada. ¿Qué pasó entre vosotras?

Aurora, con la vista puesta en el bosque, respondió:

—Pepe.

Tardé unos segundos en reaccionar porque lo que menos esperaba escuchar era un nombre de hombre. ¡Y encima que fuera el de mi padre!

—¿Mi padre?

—Tu padre.

—¿Qué tiene que ver mi padre con todo esto?

Mi tía me miró y me soltó sin pensarlo, como si necesitara liberarse de ese lastre por fin:

—Estuve enamorada de él desde los trece años.

—¿Qué?

—Lo que oyes.

—¿Tú y mi padre...? —mascullé sin dar crédito.

Por un instante se me pasaron por la cabeza un montón de películas.

—Nunca.

—¿Nunca estuvisteis juntos? —insistí porque estaba atónita.

—Ni un beso.

—¿Él sabía que estabas enamorada?

—No.

—¿Nunca se lo dijiste?

—Nunca me atreví.

Resoplé, me recosté un poco en el sofá y musité:

—Me dejas…

—Pepe era mi mejor amigo. Lo había sido desde que tengo memoria. Nuestros padres eran amigos.

—No me dio tiempo a conocer a mis abuelos paternos.

—Eran gente buena. Pepe y yo nos llevábamos fenomenal. A los dos se nos quedaba pequeño el pueblo. Queríamos viajar, conocer mundo, salir de allí. Él hablaba de marcharse al extranjero algún día. Yo soñaba con Londres.

—¿Pensabas que se iría contigo?

—Pensaba muchas cosas —respondió Aurora, moviendo las manos.

—¿Y él? —pregunté con una intriga que me tenía hiperventilando.

—Él pensaba que hacía planes con su mejor amiga. Yo pensaba que algún día dejaríamos de ser solo amigos.

—Pero nunca te prometió nada.

—Nada. Pero era mi amigo. Con el que me reía, con el que lloraba…

Pepe siempre creyó en mí. Era el único que conocía todos mis sueños.

Y siempre me empujó a ir a por ellos. Sabía que yo quería estudiar Periodismo y dedicarme a la radio.

Porque ni en mi casa ni en ninguna parte nadie esperaba nada de mí.

Pepe era todo para mí. Y estaba enamorada de él hasta las trancas.

—¿Mi madre lo sabía?

Su expresión cambió.

—Sí.

—¿Que estabas enamorada de él? —pregunté atónita.

—Sí.

—¿Se lo habías contado?

—Mucho antes. Era la única persona que lo sabía.

—Joder.

—Eso mismo pensé yo cuando los encontré besándose.

Me quedé patidifusa y le pregunté con los ojos como platos:

—¿Los pillaste?

—Los pillé.

—¿Y cuánto tiempo llevaban?

—Unos meses.

—¿Meses?

Asintió con una mueca de contrariedad y yo flipé porque lo de mi madre era de traca:

—Mi madre sabía que estabas enamorada de él y no te dijo nada.

—No.

—¿Y mi padre?

—Tampoco.

—Mi padre no sabía que tú estabas enamorada de él. Lo que no entiendo es por qué no te contó que estaba con mi madre.

Aurora suspiró.

—Porque Pilar le pidió que no lo hiciera.

—No sé ni qué decir.

Y era verdad.

Había pensado mucho en aquellos años de silencio. En todo lo que podía haber ocurrido entre dos hermanas para que una terminara al otro lado del mundo y la otra fuera incapaz siquiera de pronunciar su nombre.

Había pensado en dinero. En herencias. Incluso en que mi madre estuviera resentida con Aurora por marcharse tan lejos o que la envidiara por haber logrado cumplir todos aquellos sueños de juventud.

Pero jamás había pensado en aquello.

Mi madre se había enamorado del hombre del que su hermana llevaba años enamorada.

Y no solo eso.

Pepe había sido el mejor amigo de Aurora. Su compañero. La persona con la que hablaba de escapar del pueblo, de conocer mundo, de vivir una vida diferente. Quizá nunca había sido suyo como pareja, pero había sido suyo de otra manera. Era su refugio.

Y mi madre lo sabía.

Lo más extraño era que no había detrás una gran tragedia. Nadie había muerto. No había fortunas ocultas, hijos secretos ni uno de esos dramas familiares que parecían necesitar varias generaciones para explicarse.

Era algo mucho más pequeño.

Una hermana enamorada de su mejor amigo. Otra que también se enamoró de él. Un secreto. Un silencio. Una decisión tomada en la juventud.

Una de esas tragedias cotidianas que parecen poca cosa al lado de un secreto monstruoso, pero que pueden hacerse enormes cuando dejas pasar los años.

Y ellas habían dejado pasar casi sesenta.

—Pepe quiso contármelo desde el principio —contó mi tía, y a pesar del tiempo pasado, noté un quiebre en su voz—. Yo era su mejor amiga y estaba empezando a salir con mi hermana. Le parecía absurdo ocultármelo. Pero Pilar le dijo que esperaran.

Me revolví en el asiento y pregunté con el corazón encogido:

—¿Por qué?

—Porque todavía no sabían si aquello iba en serio. O eso fue lo que le dijo a él.

—Pero no era el verdadero motivo.

—No, claro que no.

—El verdadero motivo eras tú.

—Tu madre era la única que sabía lo que sentía por Pepe.

Me apoyé contra el respaldo.

—Madre mía.

—Pilar sabía que aquello iba a destrozarme y fue aplazándolo. Una semana. Otra. Otro mes. Hasta que los vi.

—¿Y qué pasó?

—Que perdí los papeles —respondió Aurora, alzando las cejas.

—Normal.

—Le grité que cómo podía haberme hecho aquello sabiendo que llevaba enamorada de Pepe desde los trece.

—¿Delante de mi padre?